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[ ES  - LA ]

RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LOS PUEBLOS DE ÁFRICA
*

Lunes 6 de noviembre de 1961

 

Venerables hermanos y queridos hijos del continente africano. En este fausto día en que la estación de Radio Vaticana, gracias a un aumento de potencia, da comienzo a emisiones más frecuentes para los pueblos africanos, nos agrada enviar nuestra palabra a través de las ondas, para saludaros con acentos de alegría.

Como ya hemos afirmado otras veces refiriéndonos a cada una de las naciones africanas, hemos tenido siempre sentimientos de particular benevolencia para con vuestra tierra y para los pueblos que la habitan, en los cuales están puestas grandes esperanzas.

No son, ciertamente, pocos los vínculos que nos ligan al querido pueblo africano y los conservamos con íntimo gozo entre los recuerdos más queridos de nuestro corazón; al fin de la adolescencia, en efecto, conocimos eminentes personalidades sinceramente amigas y beneméritas de África; después, en 1950, visitamos con gran admiración la costa del África septentrional, donde el cielo y la tierra resplandecen en toda su belleza; finalmente, con la misma satisfacción, nos hemos relacionado, lo mismo en París que en Roma, vértice y centro de la Iglesia católica, con muchísimos conciudadanos vuestros, y tantos otros que encontramos con alegría entre las multitudes que vienen a visitarnos.

No nos abandona jamás el recuerdo inolvidable de aquellos días en que nos mismo conferimos a numerosos obispos del África la plenitud del sacerdocio, en el momento en que, como quiere la antigua costumbre del sagrado rito, dimos a ellos el abrazo de paz, nos pareció abrazar a todos los pueblos de África, esto es, a vosotros, lo repetimos, a vosotros, queridos hijos

Con el ánimo lleno de estos recuerdos nos dirigimos a vosotros superando inmensas distancias y os hablamos como si estuviéramos en medio de vosotros, para expresaros de corazón nuestros deseos. Florezca en vuestras familias y en vuestras naciones una verdadera y estable felicidad; resplandezcan en el hogar el honor y la santidad, unidos por el vínculo del recíproco amor, consolidados por la fidelidad, alentados por la fecundidad; crezcan los jóvenes en el respeto a la rectitud y a la justicia y sus energías físicas sean apreciadas según las dotes de su espíritu; que se dediquen todas las clases sociales a favorecer y promover, con un empeño constante, el bienestar del propio país; el don celestial de la paz anime a vuestros pueblos para que, restablecida por todas partes una tranquila seguridad, podáis gozar en abundancia de todos los frutos de la gloria, de la paz, de la verdadera libertad.

"Hijos míos queridísimos —hagamos nuestras las palabras de San Pablo—, mi gozo y mi corona, permaneced así en el Señor, queridísimos, y la paz de Dios, que supera todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestras almas en Cristo Jesús" (Phil. 4, 1, 7).

Estos son los deseos que con alegría os manifestamos; acogedlos en prenda de nuestro particular afecto. Y finalmente, implorando para vosotros de todo corazón la ayuda de Dios Omnipotente, invocamos sobre vosotros todos los bienes y bienaventuranzas.

La gracia, la misericordia, la paz, los celestiales dones, estén siempre con todos vosotros. Así sea.


* AAS LIII (1961) 733-734;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. IV, págs. 35-36.



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