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RADIOMENSAJE NAVIDEÑO
DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
*

Jueves 21 de diciembre de 1961

 

Venerables hermanos y amados hijos:

Natividad del Señor, fiesta de paz.

Se puede ir en busca de otras resonancias del gran misterio para expresar la plenitud de gracia que en estos días constituye el gozo de los creyentes en Jesucristo, pero no sale de este pensamiento.

Esto es, pues, el mensaje de Belén: Gloria de Dios, paz verdadera e invitación a que la voluntad humana corresponde a don tan grande. Gloria in altissimis Deo: Pax hominibus bonae voluntatis (Luc. 2, 14.)

La literatura secular de todos los países por donde pasó la luz de Cristo no se extiende más allá de esta triple manifestación que se ofrece a los hombres con la venida a la Tierra del Hijo de Dios.

I. El tema dominante de los Radiomensajes navideños

Por cuarta vez, en Navidad, este humilde hijo del pueblo, llamado a la cumbre del sacerdocio y del gobierno de la Iglesia —permitidnos decirlo así porque así es como habitualmente Nos consideramos— pone su mente, sostenida por la gracia del Señor, al servicio de la transmisión del gran mensaje de paz.

En los años precedentes quisimos presentar a la Humanidad entera la paz de Belén en una triple refracción.

Siempre la paz de Cristo, pero reflejada en sus manifestaciones más nobles: paz y justicia, paz y unidad y paz y verdad.

a) Triple refracción

En esta triple irradiación late la evocación de los principales y más preciosos bienes de la Humanidad. Si quisiéramos recoger los deseos o repetir las felicidades con que se felicitan los hombres en estos días no encontraríamos nada más expresivo que esta múltiple efusión de riquezas que el Verbo de Dios hecho hombre trajo a la tierra para la redención y exaltación universal.

Bien sabéis, amados hijos, que los Padres de la Iglesia oriental y occidental, los doctores y los Pontífices, cuyas voces se unen y se combinan armoniosamente, son reconocidos como intérpretes fidelísimos de una enseñanza antigua y siempre nueva de las comunicaciones celestiales.

b) Voces concordes de los siglos

Una de estas voces, a Nos familiar desde la juventud, es la de San León Magno, que este año despierta acentos de nuevo fervor. San León Magno, de quien, con la reciente encíclica Aeterna Dei, hemos celebrado el decimoquinto centenario de la muerte.

Cuán grato nos fue, en las faustas circunstancias del pasado noviembre, inspirarnos para nuestras palabras en este gran doctor. También hoy deseamos servirnos de aquellos sermones suyos de Navidad —que conservan intacta la vivacidad de un estilo tan personal— para elevar la atención de vuestras miradas hacia la gruta de Belén. Oíd. Oíd.

«Generatio... Christi origo est populi chistiani, et natalis capitis natalis est corporis». Qué palabras, amados hijos. «La generación de Cristo es el comienzo del pueblo cristiano, y la Natividad de la cabeza es también Natividad del cuerpo». Y prosigue: «Si bien cada uno de los llamados tiene su propio grado, y los hijos de la Iglesia se distinguen entre sí según la sucesión de los tiempos, sin embargo la totalidad de los fieles, nacida de la frente bautismal, es engendrada por Cristo en esta Natividad... por lo tanto, la grandeza del don que nos ha sido otorgado exige de nosotros una reverencia digna de su esplendor...»

c) Particular acentuación de este año

¿Y qué podemos encontrar más conforme con la dignidad de la fiesta de hoy si no la paz, que en la Natividad del Señor fue anunciada por primera vez por el coro de los ángeles? Ella es la que engendra a los hijos de Dios, como madre de unidad... La Natividad del Señor es natividad de la paz, porque dice el apóstol: «Él es nuestra paz» (Eph. 2, 14.)

La paz de los hombres buenos y rectos —os diremos, parafraseando el pensamiento de San León— viene de lo alto y eleva hacia lo alto, no quiere confundirse con las fáciles inclinaciones de los amadores del mundo. Ella resiste a todos los obstáculos, y de las peligrosas deleitaciones empuja al hombre hacia las verdaderas alegrías... Fundidos, como nos sentimos, en una sola voluntad y en una sola convicción, y concordes en la fe, en la esperanza y en el amor, puede ella traernos el Espíritu de la paz (cf. Leonis I Sermo XXVI (in Nativ. Dom. VI), II, III, V; Migne PL 54, 213, 214, 216).

d) Auspicio y augurio

Son admirables estas elevaciones de San León. Contienen preciadas indicaciones de doctrina y de vida práctica, porque ahí está todo: Iglesia santa en todos sus órdenes de fieles, sacerdocio, pontificado supremo en función de instrumento querido por Dios para la unión de los pueblos, y unión de los pueblos dirigida a la exaltación verdadera y durable de la civilización.

Sí, cuanto en estos tres primeros años de nuestro encuentro de Belén hemos indicado como felicitación navideña, ahí está. ¿Os acordáis? Conocimiento de la verdad, Pax et Veritas: que lleva a la adoración del Hijo de Dios hecho hombre por nosotros, y a la aceptación de su mensaje. Pax et Veritas, que robustece los sentimientos nobles y sostiene los propósitos rectos de conocer la verdad y estar a su servicio. Pax et unitas: invitación urgente a la fidelidad alrededor de esta cátedra apostólica que es centro de unidad. En fin, Pax et iustitia, en esa visión de la realidad única de la Iglesia, que contiene elementos preciosos para asegurar la solidez de la estructura social y para celebrar contratos de pacífica convivencia: ya sea de los ciudadanos en el ámbito de una misma nación y en las relaciones del trabajo, ya sea en el mundo entero, que pertenece a todos y a todos debe garantizar la ocupación y la tranquilidad de la vida.

¿No creéis que a esta triple iluminación de paz: in veritate, in unitate, in iustitia podemos añadir en esta Navidad un cuarto destello: el de la bondad, la Pax Christi in bonitate, para nuestra mayor y más intensa edificación espiritual?

¡Oh qué bien y con qué perfecta irradiación resultan nuestras elevaciones hacia el reino glorioso de Cristo en la expresión de la santa liturgia: «Rex pacificus magnificatus est, cuíus vultum desiderat universa terra. Rex pacificus super omnes reges universae terrae» (In Vesperis Nativit.).

II. Regnum Christi: bonitas

Así, pues, Pax Christi in bonitate.

La primera visión que se nos presenta es la de Él, que nos invita desde la cuna de Belén, anticipando tiempos futuros en que, ya respetado y aclamado como rabí, el Divino Maestro se encontrará en medio de las turbas conmovidas y les dirá: «Disicite a me quia mitis sum et humilis corde». (Matth. 11, 29).

Esta voz, que viene de la cuna de Belén, es la irradiación de la bondad de Jesús, de la cual es Él sustancia viva, fuente divina y cuya gracia es magisterio universal de paz para todo el mundo.

a) Visión desconcertante

Por desgracia, este magisterio, irisado de humildad y de mansedumbre y abierto al gozo de la paz universal, es de hecho, en la sucesión de los siglos, señal de lucha y de obstinada dureza en las mutuas relaciones de los hombres.

Al observar los acontecimientos más cercanos a nosotros se diría que, en esta época nuestra, la aprensión y el miedo producen una fiebre y un ardor de mutua desavenencia, tal vez inconsciente en muchos, pero siempre observable en las relaciones recíprocas, lo que conduce a un continuo desconcierto en las relaciones familiares y sociales, civiles e internacionales.

Esta comprobación es más dolorosa cuando se piensa que el Creador, en el plan de su providencia, ha puesto en los hombres la inclinación a entenderse, a ayudarse, a integrarse unos con otros en la fraterna colaboración en sus empresas, en la paciente conciliación de diferencias, en la justa distribución de los bienes materiales; iusticia duce, caritate comite, según la caridad y la justicia. (Pío XII, Ep. enc., Sertum laetitiae, 1 noviembre 1939; AAS v. XXXI [1939], pág. 642).

¡Oh, qué claras son a este propósito las palabras de los profetas y de los salmos cuando en nombre de Dios inculcan la bondad y el amor. Dice Isaías: «Desata los haces opresores, deja ir libres a los oprimidos y quebranta todo yugo. Parte tu pan con el hambriento y alberga al pobre y al peregrino, y viste al que veas desnudo, y no desprecies tu propia carne..., y el Señor te dará un perpetuo reposo y llenará tu alma de resplandores» (Is. 58, 6-7, 11.).

b) Espíritu de contradicción

Si consideramos en conjunto las relaciones mutuas, tanto en el ámbito interno de las naciones cuanto en las asambleas internacionales, podemos advertir qué lejos estamos todavía de la divina enseñanza que brilla en los siglos del Antiguo Testamento y resplandece con luz perfecta en la plenitud de los tiempos con la venida del Divino Maestro. Allí todo es invitación a la paz, porque se proclama la felicidad de la paz. Aquí, por el contrario, bajo el rumor de las bellas palabras (cuando al menos se salva la forma, pues muchas veces, por desgracia, se descuida), es con frecuencia el espíritu de contradicción a la paz.

Es el orgullo del poderoso que subyuga, es la codicia del que acumula, cerrando su corazón ante las necesidades de su hermano ,(Cfr. 1 Io. 3, 17), es la insensibilidad del que goza, ignorando el inmenso gemido de dolor que hay en el mundo, es el egoísmo del que piensa exclusivamente en sí mismo.

Es que falta siempre las bonitas Christi, la cual, ante todo, debe constituir el antídoto de este espíritu de contracción y de dureza, encaminando a los hombres a una más tranquila valoración de las cosas.

c) Celestial remedio

En nuestra encíclica Mater et Magistra hemos querido subrayar que, «cuando estamos animados de la caridad de Cristo, nos sentimos todos unidos y tomamos como propias las necesidades, los sufrimientos y las alegrías de los demás. En consecuencia, la actividad de cada uno —decíamos— no puede menos de resultar más desinteresada, más vigorosa y más humana, porque la caridad es sufrida, es bienhechora..., no busca sus intereses..., no se huelga de la injusticia, mas se complace en el gozo de la verdad. Todo lo espera y lo soporta todo (1 Cor. 13, 4-7; AAS LIII (1961), pág. 461).

Y por esto precisamente la súplica de paz que se eleva este año de la cuna de Belén quiere ser invocación de bondad, consideración de verdadera fraternidad, a propósito de sincera cooperación, que evite todas las intrigas y todos aquellos elementos disolventes que Nos —lo repetimos— llamamos con su verdadero nombre, sin paliativos: orgullo, codicia, insensibilidad, egoísmo.

Esta exhortación se hace tanto más urgente cuanto la mutua desconfianza es mayor causa de creciente malestar. Reflexionad: que el simple estado de temor de que se sienten presos todos los ánimos al seguir los esfuerzos de ostentada violencia y de enemistad fomentada, da origen a un general enfriamiento y lo extiende cada vez más. En tales circunstancias es natural pensar en las solemnes y graves palabras de Cristo, que suenan como profecía y como amenaza: «Por la inundación de la iniquidad se enfriará la caridad de muchos» (Matth., 24-12). El hombre ya no es para con el hombre hermano bueno, misericordioso y amable, sino que se ha convertido en un extraño, un calculador, un sospechoso, un egoísta.

Qué necesario se hace clamar por el único remedio, que es recibir a Jesús de Belén, Cordero de Dios, venido para quitar el pecado del mundo (Cf. Io. 1-29), recurrir a su gracia y practicar su doctrina de misericordia.

d) Irradiación de la bondad

¡Oh!, bendita Navidad: encuentro de las almas sencillas e invitación a la purificación interior y a la bondad hacia todos porque «se ha manifestado la benignidad y la amabilidad de Dios, nuestro salvador, para con el hombre» (Tit., 3, 4).

Deplorar el mal es triste, pero deplorarlo no basta para eliminarlo. Es necesario querer el bien, practicarlo y exaltarlo. Es necesario que sea proclamada la bondad a la faz del mundo para que difunda su luz y penetre en todas los formas de la vida individual y social.

Bueno debe ser el individuo: bueno como espejo de conciencia pura, donde no entra la doblez, el cálculo ni dureza de corazón. Bueno como entregado a un continuo empeño de purificación interior y de verdadera perfección. Bueno como fiel a una inmutable firmeza de propósito, con el que mida cada uno de los pensamientos y cada una de las acciones.

Buena la familia, en la cual debe palpitar como llama el amor recíproco en el ejercicio de todas las virtudes. La bondad endulza y refuerza la autoridad paterna, es difundida por la delicadeza materna, matiza la misma obediencia de los hijos atemperando su exuberancia e inspirándoles los sacrificios que no pueden faltar.

La bondad debe dirigir también cualquier expresión de vida que, aun estando fuera del ámbito estrictamente doméstico, tenga conexión con él. Aquí tenemos las distintas aplicaciones que se pueden hacer de la bondad en los diversos grados de la enseñanza y en las diversas instituciones de la vida cívica, a fin de establecer la convivencia. Todas las relaciones entre los diversos órdenes sociales deben recibir gel influjo de la bondad. También recomienda San León Magno con trazos enérgicos: «Hacer injusticia y repararla —dice— es prudencia de este mundo; pero no devolver a ninguno mal por mal, es expresión inocente de indulgencia cristiana. Se ame, se ame, pues, la humildad y estén lejos los cristianos de cualquier arrogancia. Cada uno anteponga su hermano a sí mismo y ninguno busque el propio interés, sino el interés de los otros, para que, cuando en todos abunde el afecto de benevolencia, en ninguno se encuentre el veneno de la enemistad» (Serm. XXXVII [In Epiphaniae sollem. VII], IV; Migne PL 54, 259).

Buena debe ser la humanidad. Estas voces, que desde lo profundo de los siglos vuelven a adoctrinamos en nuestros días con acentos modernos, recuerdan a los hombres el deber, que a todos incumbe, de ser buenos, es decir, justos, rectos, generosos, desinteresados, prontos a comprender y excusar, dispuestos al perdón y a la magnanimidad. Como invitación al ejercicio de este deber, se hace de nuevo oportuno el llamamiento —que ha sido el camino de esperanza que ha tomado este nuestro radiomensaje— a querer la paz y a eliminar los elementos que la impiden.

III. Férvido llamamiento a los responsables de la vida de los pueblos

Nos resistimos a creer que la prepotencia humana pueda desbordarse. Junto a elementos de temor y de aprensión, existen positivos fulgores de buena voluntad, constructiva y benéfica. Al dar, por ello, gracias a Dios, fuente de toda bondad, dirigimos a todos la invitación que nos apremia en el corazón: invitación a quien posee la fuerza económica, a arriesgar todo antes que la paz y la vida de los hombres, a emplear todos los medios que el actual progreso pone a nuestra disposición para acrecentar en el mundo el bienestar y la seguridad, no para difundir la desconfianza y las mutuas sospechas. Una vez más «notábamos con tristeza —para emplear palabras de nuestra Encíclica Mater et Magistra—que... mientras por un lado las situaciones de malestar van adquiriendo un gran relieve y se vislumbra el espectro de la miseria y del hambre, por otro se utilizan, y a menudo en gran escala, los descubrimientos de la ciencia, las realizaciones de la técnica y los recursos económicos para crear terribles instrumentos de ruina y de muerte» (AAS. LIII [1961], pág. 448.)

Invitación a quien posee la facultad de formar la opinión pública o tiene el monopolio de una parte de ella, a temer el severo juicio de Dios, y también el de la Historia, y a proceder cautamente, con respeto y sentido de moderación. No pocas veces en los tiempos modernos —lo decimos con pena y sinceridad— la prensa ha cooperado a preparar un clima de aversión, de animosidad y de ruptura.

Invitación a los responsables de las naciones, a los que hoy tienen en sus manos los destinos de la humanidad. Vosotros también sois hombres frágiles y mortales. Sobre vosotros están fijos con ansia los ojos de vuestros semejantes, que son vuestros hermanos antes que vuestros súbditos. Con la autoridad que de Jesucristo nos viene, os decimos: alejad, alejad la sugestión de la fuerza; temblad ante la idea de iniciar una cadena imponderable de hechos, de juicios y de resentimientos que pueda terminar en actos considerados como irreparables. Se os ha dado un gran poder, no para destruir, sino para edificar; no para dividir, sino para unir; no para hacer derramar lágrimas, sino para dar trabajo y seguridad.

Anhelo de justicia y de equidad

Ahí tenéis las diversas aplicaciones de puna bondad que debe extenderse a todos los campos de la convivencia humana. Esta bondad es fuerza y dominio de uno mismo, paciencia con los demás y caridad que no se apaga ni se desanima, porque quiere realmente hacer el bien a su alrededor, según las inmortales palabras de San Agustín: La bondad «permanece tranquila en las ofensas, beneficia en medio del odio; en la ira es mansa; es inofensiva en las insidias; gime en la iniquidad, y respira en la verdad: inter iniquitates gemens, in veritate respirans» (Sermo 350-3; Migne PL 39, 1535).

Venerables hermanos y amados hijos:

Al contemplar de nuevo al Hijo de Dios hecho hombre, deseamos que descienda sobre cada uno de los hombres con todo su esplendor el mensaje de la bondad y caridad evangélica. Sea este mensaje para los creyentes un nuevo estímulo que los conduzca a vivirlo en toda su plenitud, llevándolo con su ejemplo al mundo angustiado. Sea para todos los hombres de buena voluntad una invitación a reflexiones saludables sobre la aplicación constante de los principios en que se basa el orden social de la vida.

Este humilde Vicario de Cristo, al hacer resonar su voz, ha pretendido proponer con más persuasiva evidencia el deber común que brota de la esencia misma de la Navidad.

Al poner fin a nuestra palabras, el pensamiento se dirige, lleno de emoción, a la humanidad entera, por cuya salvación se encarnó el Verbo divino, de manera particular a los que sufren, a los atribulados de espíritu o de cuerpo, a quien está en espera de justicia y caridad. A todos se dirige el deseo paterno de toda clase de consuelo.

Pero no podemos callar esta pena a nuestro corazón: que la próxima fiesta de Navidad, al amanecer en el mundo, va todavía a encontrar pueblos privados de paz, de seguridad y de libertad religiosa, angustiados por el espectro de la guerra y el hambre. Por ellos se eleva al cielo nuestra más fervorosa oración, velada por el llanto, con los votos paternos para que se resuelva equitativamente toda dificultad o controversia y con la intimación, a los responsables de las naciones, a que por obra conjunta de ellos, se afiance la justicia, la equidad y la deseada paz.

Con esta palabra de paz, fundada sobre la verdadera bondad, queremos poner el sello a nuestro mensaje, al cual unimos un fausto saludo y el don de la bendición apostólica.


* AAS 54 (1962) 14-22;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. IV, págs. 101-111.



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