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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LOS PERIODISTAS

Sábado 29 de junio de 1963

 

Señores:

Esta reunión, precedida por las corteses palabras de Agne Hamrin y de Mario Missiroli, ofrece, ante todo, la ocasión de volverles a agradecer, señores representantes de la prensa italiana y extranjera y con ustedes a la gran red de personas y de servicios de la prensa unida a ustedes, la publicidad que con su trabajo han dado a dos grandes acontecimientos que interesan a la Santa Sede, a la Iglesia católica y al mundo entero: uno de ellos, la muerte, tanto más dolorosa a nuestros corazones humanos cuanto más piadosa y admirable, de nuestro inmediato predecesor, el amable y sabio Juan XXIII.

El eco que, junto con los otros servicios de comunicación, le ha dado la prensa a este acontecimiento ha sido grande y reverente, y por su acento religioso y humano ha conmovido al mundo y ha convertido el triste e inexorable suceso en un coro de sentimientos y de voces que han revelado unánimemente, en la medida de su singular grandeza, la bondad humana y evangélica del Papa que moría, y han suscitado en los corazones de todo el mundo una conmoción unánime y ciertamente provechosa, como si se tratara de un padre común a todos, que, como Cristo, ha pasado haciendo bien a todos y dando a todos un mensaje de concordia, de paz y de esperanza.

Por esta publicidad, tan digna y reverente en su conjunto, os debíamos nuestro aplauso y nuestro reconocimiento, uniéndonos al aplauso y al reconocimiento de vuestros innumerables lectores.

El otro acontecimiento, del que del mismo modo ustedes han informado tan diligentemente, es el recinto conclave, del que Nos hemos salido cargados con la responsabilidad de las llaves de San Pedro y del que ustedes se disponen a dar noticias, impresiones y comentarios sobre la última ceremonia que se celebrará mañana. ¿Deberemos atenuar la expresión de nuestro reconocimiento por cuanto de fantástico, de inexacto, de inoportuno se ha podido encontrar en el relato y en la interpretación de este acontecimiento, tan relacionado con nuestra persona y tan ávidamente seguido por la opinión pública? Seremos indulgentes hacia estos árbitros periodísticos, no pocos por desgracia, y dirigiremos nuestra mirada al valor de conjunto de vuestro servicio informativo y apreciándolo en general respetuoso y benévolo con nuestra humilde persona y serio y deferente con la Santa Sede le daremos voluntariamente el premio de nuestro elogio y nuestra gratitud.

Mas he aquí que esta reunión presenta otra propicia ocasión, que parece incluso, más importante y feliz que la primera: la de establecer y casi determinar las relaciones existentes o posibles entre nuestro ministerio apostólico y vuestra profesión periodística. El tema parece tan bello y fecundo que no pretendemos agotarlo con estas brevísimas palabras.

Pero no podemos silenciar, ante todo, una circunstancia que merece por nuestra parte aunque sólo sea una discreta mención: es la circunstancia de que nuestro padre, Giorgio Montini, a quien debemos, con la vida natural, tan gran parte de nuestra vida espiritual, fuera, entre otras cosas, periodista. Periodista de otros tiempos, ya se entiende, pero durante largos años director de un modesto y combativo diario de provincias. Pero si nos refiriésemos a la conciencia de profesión de que estuvo animado y a las virtudes morales que le adornaron, podríamos trazar el perfil de quien concibe la Prensa como una espléndida y ardorosa misión al servicio de la verdad, de la democracia, del progreso; del bien público, en una palabra. Pero señalamos simplemente esta circunstancia no ya para alabar a aquel hombre dignísimo y tan querido por Nos, sino para decirles a ustedes, señores periodistas, qué predisposición a la simpatía, a la estimación y a la confianza hay en nuestro ánimo por lo que ustedes son y por lo que ustedes hacen. Nuestra educación familiar, diríamos, viene de ustedes. Y esto les hace a ustedes, en cierto modo, colegas míos.

Pensad, pues, cómo esta relación entre nuestro ministerio apostólico y vuestra profesión encuentra en nuestro espíritu el más favorable fundamento, al cual podríamos añadir el que representa el nombre de San Pablo, bajo cuya protección e inspiración hemos querido poner nuestro pontificado. Era y es casi un lugar común buscar en San Pablo, autor de epístolas que, por su finalidad doctrinal, educativa y divulgadora, parecen perseguir el propósito que la Prensa se propone un precursor del periodismo al servicio de la idea. No insistiremos en este paralelismo, que exigiría tanta cautela y reserva. Diremos simplemente que el ansia de evangelización universal propia del Apóstol de las Gentes está ahora en nuestro corazón, al tiempo que deseamos humildemente que se haga inextinguible, operante y eficaz. Y esta ansia nos hace considerar con inmenso respeto, con inmensa admiración, la facultad de que están ustedes dotados para difundir la noticia, la palabra, el pensamiento y la verdad.

Miramos a ustedes casi con estupor. ¡Qué conjunto de medios, qué potencia la vuestra! Y aunque el apostolado cristiano implica hoy considerables recursos técnicos, y aunque la Prensa católica, entre nosotros y en el mundo, aparece en el campo publicístico con una presencia verdaderamente digna y numerosa, debemos reconocer, en la comparación de los medios de que dispone la Prensa profana con los medios de que dispone la difusión del mensaje evangélico y del magisterio eclesiástico, qué desproporción existe y cuál es vuestra superioridad, qué pobreza de medios la del maestro de la verdad cristiana, la del misionero y, en ciertos aspectos, la de la cultura católica. Pero no decimos esto con un sentimiento amargo de envidia, sino más bien con una doble esperanza en el corazón: la de que el mensaje cristiano, del que somos los más interesados y responsables pregoneros, tiene en sí mismo una virtud de irradiación y de persuasión que no se mide con los medios a menudo tan inadecuados a la dignidad y a las necesidades del mensaje, sino par su intrínseco carisma de verdad.

Placuit Deo —dice San Pablo— per stultitiam praedicationis salvos facere credentes. Place a Dios llamar a la salvación a los creyentes mediante una mísera predicación y una difusión desprovista de medios exteriormente impresionantes y atractivos. Esperamos que este prodigio continúe. En segundo lugar, sonríe la esperanza, una gran esperanza, de que la Prensa moderna, incluso la profana, querrá gloriarse de dar al mensaje de Cristo tanto su espontáneo y noble servicio como su humano y precioso testimonio, como acaba de suceder con motivo de los episodios históricos recientes.

Y estamos tanto más confiados de que este halagüeño y honorífico fenómeno se reproducirá cuanto que queremos creer que un alto concepto de la función de la Prensa en el mundo contemporáneo guía vuestra actividad y le confiere una dignidad de pensamiento y de costumbre que fácilmente le lleva a encontrar en el humanismo moderno que renace de la Iglesia y en la Iglesia —las últimas encíclicas de Juan XXIII lo demuestran— una coincidencia de ideas y de sentimientos de la que es fácil y noble dar conocimiento al mundo a través de la Prensa.

Nuestra confianza se afirma aún más en espera de la próxima reanudación del Concilio Ecuménico. Procuraremos ofrecerles, como ya se hizo en la primera sesión, las mayores facilidades para que puedan realizar su misión profesional, y haremos todo lo posible para que ustedes puedan tener conocimiento en el momento debido y en la forma oportuna de las cosas que interesan a su avidez de noticias y a su apresuramiento por transmitirlas, confiando en todo momento en su probidad y en su comprensión, y así nos sentiremos satisfechos por haber proporcionado una cordial acogida y una diligente ayuda.

Les ayudaremos también, siempre de acuerdo con nuestras posibilidades, a comprender la verdadera naturaleza y espíritu de los hechos, a los cuales dedican ustedes su actividad profesional, la cual no debe estar orientada, como tal vez ocurre por criterios que suelen inspirarla y que califican las cosas de la Iglesia de acuerdo con criterios profanos y políticos, en virtud de los cuales no se atiende a las cosas mismas y así resultan deformadas. Por el contrario, debe tener en consideración aquello que realmente inspira la vida de la Iglesia, es decir, su finalidad religiosa y moral, así como su característica fisonomía espiritual.

Todo esto nos permite esperar, señores, que, como Nos deseamos, las relaciones entre nuestro ministerio y su profesión, entre la Santa Sede y la Prensa nacional e internacional, entre nuestra persona y la suya, sean relaciones amistosas, leales, de recíproca comprensión y respeto y con recíprocos beneficios y satisfacciones.

Su presencia aquí y las palabras que hemos escuchado nos parecen una firme garantía, a cambio de la cual Nos os impartirnos la bendición apostólica.

 



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