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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A LA UNIÓN DE LA PRENSA CATÓLICA ITALIANA


Domingo 22 de septiembre de 1963

 

¡Hablar a los periodistas es para temblar! ¡Los periodistas son los profesionales de la palabra, los expertos, los artistas, los profetas de la palabra! Se les puede atribuir lo que Cicerón dice del orador: “omnia novit”; el periodista lo sabe todo; el virtuosismo de su pensamiento y de su lenguaje es capaz de embarazar a cualquiera que se atreva a dialogar con él, aunque el interlocutor cuente con una palabra grave y densa, pues en comparación con la ágil, dúctil y fácil del periodista, resulta tímida, deslucida y casi incapaz de subir a los labios.

¡Hablar a los periodistas es para temblar! Son capaces de sacar provecho a una palabra, a una alusión, a una frase, y encontrarle cien significados; su curiosidad es una red extendida, en la cual el incauto que queda prendido, cándido e ingenuo, cae fácilmente, asaltado por cuestiones inesperadas, por preguntas comprometedoras, por juicios imprevistos, libres y audaces, a veces inexactos y crudos.

Al hablar a los periodistas hay que dar por supuesto que es superfluo: lo saben todo, decíamos; no hablan de su pensamiento, se consideran simplemente transmisores de las palabras ajenas y de hechos que no les afectan; se puede sospechar que en el fondo sean un poco escépticos, casi indiferentes, demasiado sagaces al clasificar las opiniones ajenas para que se dejen influenciar y den a lo que escuchan más importancia que la profesional; es decir, el interés por su periódico y no por su propio sentir.

Estas son las primeras reacciones interiores que también bullen en nuestro ánimo con la invitación, que este encuentro y otros semejantes suponen, al diálogo con los periodistas. Sería preciso, al menos, tiempo y formas para desarrollar algunas ideas ordenadas y meditadas; cosa que en estos momentos no nos es permitido hacer. Las primeras reacciones, decíamos, porque inmediatamente otras surgen que prevalecen victoriosamente con una doble consideración. La primera, ¿es que hay algún público más importante al que dirigir la palabra que aquel que da a la palabra la resonancia, las alas de la prensa? ¿Habrá otro público más atento, más ávido, más apto para comprenderlo todo, para captarlo todo y divulgarlo? ¿No es el diálogo con los periodistas el más interesante, el más provechoso, el más digno de ser acogido y servido?

La segunda consideración nos hace no sólo solícitos, sino dichosos al responder a la invitación al diálogo: son periodistas católicos. Son hijos, tan hábiles como fieles, que no ambicionan otra cosa que escuchar unas palabras del Papa para hacerlas suyas y difundirlas a los demás, con atención, exactitud, diligencia, bondad, que no sería posible encontrar en ninguna otra clase de oyentes.

Por tanto, queridos periodistas católicos italianos, os manifestamos nuestra complacencia en recibiros, nuestra satisfacción al conocer los resultados de vuestro Congreso de Bolsena, nuestra admiración por la sabiduría de vuestras relaciones, nuestra confianza en vuestra unión, nuestra esperanza en vuestros programas, nuestra profunda valoración de vuestra función tanto en el campo de nuestra sociedad como en el propiamente católico.

Lo que equivale a decir que tenemos no una, sino cien cosas que deciros; no escasez, sino sobreabundancia de temas que tratar con vosotros, y, por tanto, nuestro deseo es abriros nuestro corazón sobre los problemas de la prensa católica, no temiendo repetir cosas ya dichas y sabidas, haciendo nuestros vuestros: pensamientos y propósitos, corriendo el peligro de hastiaros al repetir temas, tantas veces y por tantas voces autorizadas, ya expuestos y tratados; tan viva y casi atormentada es la conciencia que tenemos sobre la importancia y urgencia, dignidad y belleza con que hoy se presentan las cuestiones relacionadas con la prensa católica. Lo excesivo, no lo poco, es lo que nos impide en esta ocasión llegar a lo vivo de vuestros problemas.

Nos limitaremos a destacar lo que nos parece obligado y prometedor. Hace un momento se nos ha ofrecido un bellísimo volumen, por medio del padre Francesco Farusi, intérprete y ejecutor del apreciado y eficaz presidente de vuestra Unión Católica de la Prensa italiana, nuestro Raimundo Manzini; nos referimos al Anuario de 1963 de esta Unión. Conocíamos otros volúmenes parecidos; por ejemplo, el impreso en 1936 con el título “Arma veritatis”, a continuación de la exposición de la Prensa Católica, aquí organizada en la Ciudad del Vaticano, promovida por el conde de la Torre y bajo los auspicios del Papa Pío XI, de grata memoria. Aquel volumen, para el que no lo sepa, fue compilado con gran cuidado por Alcide De Gasperi, entonces humilde y silencioso miembro de la Biblioteca vaticana. Pero este nuevo volumen, que al llamarse Anuario promete futuras ediciones, nos parece original y moderno, y tan rico en temas y noticias sobre la Prensa católica italiana que despierta, en cualquiera que amistosamente lo hojee, un sentimiento de admiración por tan amplia, útil y cuidada compilación, y un sentimiento consolador por el cuadro complejo y confortador que ofrece de la Prensa católica misma. Es obligado congratularnos con la Unión de la Prensa católica por tan rica y objetiva documentación, y augurarle vitalidad y funcionalidad.

A pesar de tan consoladora documentación, más aún, en virtud de lo que ella nos demuestra y nos promete, pensamos que la Prensa católica precisa nuevos impulsos, nuevos progresos, nueva eficacia. Antiguas y repetidas palabras, pero a ellas estimula el volumen citado, a la par que hace esperar nuevos y positivos resultados. Está bien. ¡Quiera Dios que sea así! ¡La Prensa católica ha de florecer en un nuevo y amplio desarrollo!

Brotan, pues, del corazón impetuosos y familiares los votos que Nos mismo deseamos expresar por el incremento de la Prensa católica en Italia. ¡Quisiéramos que su voz fuese más fuerte! Es decir, quisiéramos que se le diera todo el perfeccionamiento técnico y redaccional, y que el público italiano, el católico especialmente, correspondiese con una difusión más amplia, más sistemática, más constante y más general al ya digno esfuerzo de apoyo y confianza que

la Prensa católica está hoy realizando. ¡Quisiéramos que su voz fuese más acorde! Nos referimos especialmente a la prensa diaria y periódica. No sólo es deseable la uniformidad en las palabras; también una espontánea conformidad de juicio contribuiría a dar mayor crédito a la Prensa católica y a darle mayor influencia en la opinión pública, y asimismo a asegurar a sus lectores la rectitud de las ideas y de las posturas en sus propósitos, haciéndolos más solidarios y coherentes en sus relaciones con la vida pública. ¡Quisiéramos, finalmente, que su voz siempre vibrara con timbre cristiano! Ya lo hace, y es su gloria, su característica, su razón de ser; ¡que así, siempre limpia y sin tacha, permanezca! No debe por ello un periódico limitarse a dar noticias y comentarios de índole religiosa, ni tampoco acentuar artificiosamente su carácter confesional y apologético, con menoscabo de su función primordial informativa, sino que siempre habrá de empapar de sabiduría cristiana todas sus palabras, y pensar siempre en el efecto que el lector ha de deducir de la lectura de su periódico: un efecto que tonifique sus sentimientos espirituales y morales, y su estilo sano y fuerte de sentir y querer. No es raro que los periodistas de otras y no sanas ideas, bajo este aspecto, sean más certeros y combativos que nosotros en pro de sus tesis. ¡No en vano el periodista es el maestro y guía de su lector! ¡Recordadlo!

De esta forma, queridos y esforzados periodistas católicos, Nos permitimos integrar el significado de la palabra que habéis puesto en el centro de las relaciones y discusiones de vuestro Congreso, la palabra “Mediación”; que, justamente, la habéis atribuido a vuestra función, que se coloca entre la verdad y la opinión pública. Cierto; estáis entre la verdad y el pensamiento del público, de vuestros lectores; y, naturalmente, estáis en medio para transmitir la verdad a la opinión pública. Mas tal función, llevada a cabo con amor —y seguro que en muchos de vosotros por amor— a la verdad, por un lado, y por otro, al lector, ejercida con vigor y rigor de espíritu, y al servicio no solamente de la caduca y llamativa verdad, que es el rápido sucederse de las vicisitudes humanas, nuestra crónica efímera y muda, casi fotografiada y proyectada sobre el público, sino de aquella otra verdad que permanece, por divina, e ilumina, como sol suspendindo en el cielo, para nuestro gozo y salvación, la escena del mundo; tal función, decimos, no es solamente mediación —instrumental, pasiva, impersonal—, sino misión: activa, apostólica y personal, y meritoria como nunca. Y puesto que es esa vuestra función, mediación y misión, de corazón la alentamos y la bendecimos.

 



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