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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LOS PARTICIPANTES EN LA VII CONFERENCIA INTERNACIONAL CONTRA LA TUBERCULOSIS


Viernes 27 de septiembre de 1963

 

Señores:

Vuestra presencia nos llena de agradecimiento y admiración. La cortesía con la que habéis querido, en el curso de vuestra XVII Conferencia Internacional de la tuberculosis, hacernos una visita, el número en verdad impotente de participantes en el congreso, el número de países representados, la importancia de los problemas abordados en vuestras reuniones, y, sobre todo, la influencia que vuestros estudios y actividades ejercen en la terapia de una de las enfermedades más extendidas, y, por consiguiente sobre la sociedad, son otros tantos motivos que Nos hacen más sensible a este encuentro y Nos obligan a prestaras la más cordial y afectuosa acogida.

No es de nuestra competencia pronunciarnos sobre los diferentes temas que han ocupado vuestra atención durante las sesiones y simposios de la Conferencia que acabáis de celebrar. Pero estamos suficientemente informados sobre el curso del grande y terrible fenómeno de la tuberculosis para creernos autorizados, o mejor, obligados, a presentaros nuestras más efusivas felicitaciones. Quisiéramos que la expresión de este sentimiento no fuera solamente la voz personal de nuestro espíritu emocionado y agradecido, sino también intérprete de la satisfacción y de la gratitud de la multitud innumerable de enfermos que habéis curado y que asistís en la actualidad, de sus familias y de la sociedad entera.

Sabemos muy bien que la terrible enfermedad no está completamente vencida y que sus estragos continúan afligiendo a un número inmenso de seres humanos. Pero también sabemos dos cosas, a las que se dirige el homenaje de nuestras felicitaciones, en primer lugar, que la tuberculosis no tiene la virulencia de otros tiempos, su nivel de mortalidad está muy reducido, y en la actualidad no representa el espectro fatal que hacía desesperar a todos los que afectaba. Ha cedido a los múltiples procedimientos con que la habéis asediado, de forma especial por los antibióticos. ¡Es una victoria magnífica! La humanidad entera os debe loor y gratitud.

Y en segundo lugar, sabemos que si la tuberculosis es uno de los mayores azotes de la salud humana, vosotros os proponéis continuar vuestra admirable tarea, combatiéndola con todas las técnicas de higiene, de profilaxis, de terapia y de asistencias sanitarias modernas. No os habéis fatigado en la lucha sin tregua que habéis declarado, y estáis decididos a realizar todos los esfuerzos posibles por contrarrestar el funesto poderío de esta enfermedad, protegiendo de ella a las nuevas generaciones lo mismo que a los pueblos en vías de desarrollo. ¡Gran misión, gran mérito! Otro motivo de satisfacción, otra razón que abre nuestro espíritu a la más alta consideración al ejército animoso y bienhechor que formáis.

Con seguridad todo el mundo comparte estos sentimientos, Quisiéramos añadir una nota que Nos es especial. Permitirnos formularla sobre una pregunta que no espera respuesta, pero que quisiera llegar, con toda discreción por lo demás, al fondo de vuestras almas. La pregunta es la siguiente: ¿No es el amor lo que os incita a emprender vuestra lucha contra esta triste enfermedad? El amor, diríamos, no sólo a la Ciencia por la Ciencia, y a la profesión a la que os liga vuestro deber, sino el amor, también, y sobre todo, a vuestros enfermos, a los hombres y a las mujeres, a los niños y a los jóvenes, que sin vuestra ayuda estarían perdidos; el amor, digamos la palabra, a vuestro prójimo.

Queremos creer que es así. Un gran idealismo sostiene vuestro trabajo; quizá haya él inspirado la elección de vuestra especialidad médica; el deseo de ser útiles a los demás, de hacer bien a los desgraciados y a los que sufren, de dar consuelo y esperanza a los que, sin vosotros, no hubieran podido tenerlas. Y sabed, señores, que habéis realizado una obra que sobrepasa la vida presente; habéis ganado un mérito que no tiene recompensa adecuada en esta vida, pero que la tendrá en la vida futura, donde Cristo, el Jefe de la humanidad inmortal; el Varón de dolores afligido con todos los dolores de la humanidad temporal, nos espera.

Con esta perspectiva religiosa y sobrenatural vemos vuestro trabajo; y nos atrevemos a creer que vosotros mismos deseáis recibir de nuestros labios, de nuestro corazón, ese reconocimiento.

Permítasenos dar a vuestra obra la aprobación más calurosa. He aquí un trabajo digno de una verdadera civilización. He ahí una lucha en la que todo el mundo se debe alistar. He ahí un programa que merece la solidaridad en todos los niveles y en la medida más correcta y generosa. ¡Que los hombres os comprendan y que Dios os proteja!

Os aseguramos nuestra simpatía, nuestro aliento y la adhesión más favorable y más incondicional de nuestro espíritu, que os testimoniamos con nuestra paternal bendición.

 



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