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ALOCUCIÓN DEL PAPA PABLO VI
A LOS PADRES CONCILIARES
EN EL PRIMER ANIVERSARIO DEL COMIENZO DEL CONCILIO

Basílica de Santa María la Mayor
Viernes 11 de octubre de 1963

 

Venerables hermanos y carísimos fieles:

Expondremos solamente la razón de esta reunión de hoy. Los padres conciliares de Alemania nos han sugerido devotamente —digámoslo para honrarlos y darles las gracias— que sería una estupenda decisión el conmemorar el aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, que precisamente, como todos recordamos, aconteció bajo los auspicios de nuestro llorado predecesor Juan XXIII, el año pasado en esta misma fecha, que fue escogida con particular referencia a la fiesta de la divina maternidad de María Santísima, hoy celebrada en la Iglesia latina, en memoria del Concilio de Efeso, que hace quince siglos, en el año 431, proclamó la unidad personal de Cristo como Verbo unigénito de Dios hecho hombre, y, consiguientemente, la obligada atribución a María, Madre de Cristo según la naturaleza humana, del título de Madre de Dios.

Hasta aquí, por tanto, nos guían nuestros pasos y aquí se encienden de piadoso fervor nuestros ánimos con la conmemoración del primer año de nuestro Concilio, la coincidencia de su comienzo con el secular aniversario del Concilio efesino, que un Papa romano, Sixto III, quiso celebrar aquí con la magnífica, brillante y fascinadora decoración de esta basílica, no sin razón llamada Mayor; a esto nos invita el culto especialísimo dirigido a María, que la Roma fiel, consciente de su poderosa y maternal bondad, ha querido tributarle el título agradecido y glorioso de salvadora: Salus populi romani (salvación del pueblo romano), y Nos también gustoso queremos llevar a María, con nuestra humilde presencia, con nuestra devota oración, el homenaje de nuestro Concilio, en el momento en que, reanudados los trabajos en esta segunda sesión, se va a pronunciar en la gran visión de la Iglesia el nombre dulcísimo y santísimo de la Virgen, la Madre de Cristo, y por ello Madre de Dios y Madre nuestra.

No diremos ahora nada de Ella, si bien este acto de nuestra profunda y filial piedad, nos hará sentir su arcana presencia, y con ella el deseo de entonar a coro sus letanías, cantando y proclamando sus alabanzas. Que María lea en nuestros corazones estas alabanzas y las escuche también en las oraciones que todos vamos a recitar.

Diremos algo más de nosotros mismos, del rito que estamos celebrando y del doble significado que éste quiere asumir, un significado de honor y de culto, un significado de oración y de confianza. Y para nuestra fortuna, son habituales en nuestra formación católica estas dos intenciones, y no tenemos necesidad de gastar palabras en hacerlas vivas y unánimes en nuestros corazones: basta, simplemente, enunciarlas.

Pretendemos rendir honor a María Santísima. El honor que le es debido, conforme a la excelencia de su ser y de su misión; honor singular, honor superior, honor que lamenta no poder jamás igualarse con el que el Señor le ha rendido, y que el plan divino, que también descansa sobre Ella, merecería; honor que Ella misma presagió, cuando profetizó que todas las generaciones la llamarían bienaventurada; honor que no olvida su humildad de creatura, como Ella es y se proclama y, por tanto, no ignora el abismo inconmensurable de la trascendencia divina sobre el cual sólo la adoración tiende un puente, pero que es entusiasta y estático al advertir que Dios mismo quiso abarcarlo, el abismo inconmensurable, para hacerse hombre, y en la humanidad, hasta que Ella sola, la elegida, se amparara bajo su Espíritu, haciendo de ella la única puerta para su entrada en el mundo y en la Historia.

Diremos con San Efrén, el poeta mariano oriental del siglo IV: “Bienaventurada tú, María, porque en Ti habitó el Espíritu Santo, y tus glorias las cantó David. Bienaventurada porque fuiste digna de recibir el saludo del Padre por medio de Gabriel. Bienaventurada porque fuiste como el vehículo de Cristo, tus rodillas lo sostuvieron y lo llevaron tus brazos” (Himno XV).

Luego nuestra fe se hace oración.

Mira María a la Iglesia, mira a los miembros más responsables del Cuerpo místico de Cristo, reunidos en torno a Ti para reconocerte y celebrarte como a su mística Madre.

Bendice, María, la gran asamblea de la Iglesia jerárquica, también ella engendradora de cristianos hermanos de Cristo, primogénito de la humanidad redimida. Haz, María, que esta Iglesia que es suya y tuya, al definirse a sí misma, te reconozca por su madre, hija y hermana predilecta, incomparable modelo, su gloria, su gozo y su esperanza. Ahora te pedimos que seamos dignos de honrarte por lo que eres, por lo que haces, en la admirable y amorosa economía de la salvación: “Dignare nos laudare Te, Virgo sacrata” (Que seamos dignos de alabarte, Virgen sagrada).

María, míranos como a tus hijos; míranos, hermanos y discípulos, apóstoles y continuadores de Cristo, haz que seamos conscientes de nuestra vocación y de nuestra misión, haz que no seamos indignos de asumir, en nuestro sacerdocio, en nuestra palabra, en la oblación de nuestra vida en pro de los fieles que se nos han confiado, la representación, la personificación de Cristo. Tú, llena de gracia, haz que el sacerdocio, que te honra, sea también santo e inmaculado.

María, te pedimos por nuestros hermanos separados, todavía, de nuestra familia católica. Mira cómo una escuadra gloriosa de ellos celebra con fidelidad y amor tu culto; mira cómo en otras escuadras, tan resueltas a llamarse y a ser cristianas, alborea ahora tu recuerdo y tu culto. Oh piadosísima; llama con nosotros a todos estos hijos tuyos a la misma unidad bajo tu maternal y celestial tutela.

Mira, María, a la humanidad entera, a este mundo moderno en el que Dios nos llamó a vivir y a trabajar; es un mundo que vuelve las espaldas a la luz de Cristo, y luego tiembla y gime en las sombras terribles que al actuar así él mismo se crea. Que tu dulce y humana voz, la más bella entre las vírgenes, la más digna de las madres, bendita entre todas las mujeres, los invite a volver su mirada hacia la vida, que es la luz de los hombres, hacia Ti, que eres el candelabro portador de Cristo, única y suma luz del mundo, e implora para el mundo la verdadera ciencia de su propia existencia; consigue para el mundo la alegría de vivir como creación de Dios, y, por ello, el deseo y la capacidad de dialogar, orando, con su Hacedor, del que refleja en Sí la imagen misteriosa y bienaventurada; consigue para el mundo la capacidad de valorar todas las cosas como don de Dios, y la virtud de actuar con bondad, y de emplear tales dones con sabiduría y tacto. Implora para el mundo la paz. Haz a los hombres hermanos entre sí, todavía tan divididos; guíanos a una sociedad más ordenada y acorde.

A los que sufren, que son tantos y nuevos hoy, en las presentes desventuras, concédeles el consuelo; a los difuntos, el descanso eterno.

“Monstra te esse matrem”. Haznos ver que eres nuestra madre. Esta es nuestra oración: clemente, piadosa y dulce Virgen María. Amén.

 



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