Index   Back Top Print

[ ES  - IT ]

ALOCUCIÓN DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL FINAL DEL RITO DE BEATIFICACIÓN DEL OBISPO JUAN NEUMANN


Domingo 13 de octubre de 1963

 

No puede estar ausente nuestra palabra de esta ceremonia, que nos procura un inefable consuelo. Es la primera que la divina bondad nos concede realizar, como para confortar los comienzos de nuestro servicio apostólico con la visión de un nuevo ciudadano de la Jerusalén celestial. Este es uno de los resultados más consoladores de la realización, ni breve ni fácil, de las causas de beatificación y canonización, el recordar a la Iglesia peregrina y militante en la escena del mundo presente a la Iglesia bienaventurada y triunfante, es decir, el epílogo glorioso de la vida cristiana, la certeza de nuestra inmortalidad y de nuestro destino para el Paraíso; la posibilidad de poder conseguir la meta feliz y el camino para alcanzarla, es decir, el camino de la imitación de Cristo y de nuestra unión real con El, para que sea consumada luego con la plenitud de su gloria, que está sentado a la diestra del Padre. Nuestra mirada se atreve a levantarse a lo alto, siguiendo la invitación del Señor para las difíciles y penosas circunstancias presentes: “Levate capita vestra” (Lc 21, 28), levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra salvación.

La visión del hermano, que partiendo de esta misma vida mortal, ha conseguido la bienaventuranza de la eterna salvación, por un momento nos atrae, nos exalta, nos avala; y luego nos invita a colmar nuestra mirada con esta nueva y preciosa lección en el espíritu; es preciso seguir acá abajo el ejemplo de los santos, si queremos llegar a la gloria de los elegidos allá arriba. Los santos, los beatos, son nuestros maestros, nuestros modelos, nuestros amigos, nuestros protectores. El culto de aquellos que la Iglesia declare dignos de él es una gran, humana y persuasiva pedagogía: la imitación del Divino Maestro demuestra la indefinida variedad de sus formas posibles, y nuestra debilidad es confortada con la fuerza múltiple y misteriosa, pero muy concreta, de la “comunión de los santos”.

De forma que, haciendo Nos mismo esta feliz experiencia más viva por el hecho que es parte de muestro ministerio el ofrecerla a nuestra alma y a la Iglesia entera, nos vemos obligados a repasar y describir la historia del elegido, que hoy nos proporciona tal fortuna. Pero no lo haremos ahora por falta de espacio y de tiempo. Nos limitaremos a algunos breves comentarios, que no sólo se referirán a la biografía de nuestro beato, sino más bien a los principales y más fáciles sentimientos que el culto que para él se ha decretado hace brotar en nuestro corazón.

Son, ante todo, sentimientos de admiración. También éstos son parte de la conversación que la Iglesia nos procura con los ciudadanos del cielo: “nostra autem conversatio in coelis est” (Flp 3, 20). El mundo de los santos es un mundo de maravillas. Más que nosotros lo sabían los hagiógrafos antiguos, que, precisamente, buscaban los aspectos singulares y milagrosos en la vida de los santos, y tejían su historia con narraciones repletas de hechos, legendarios muchas veces, prodigiosos y maravillosos, quizá, demasiado; pero habían comprendido que la vida de un cristiano, que verdaderamente esté animado por la fe y por la gracia, no puede dejar de ser maravillosa. Los hagiógrafos modernos son más cristianos y prudentes; pero cuando son sabios también ellos llegan, y con mayor fuerza de persuasión, a descubrir lo sobrehumano en lo humano. Y también nosotros, mirando en síntesis la vida de este beato obispo Juan Nepomuceno Neumann, nos tenemos que dejar invadir por un sentimiento de obligada admiración.

Admiración, de la que ahora exponemos un solo motivo: este beato obispo nos conmueve y nos encanta por su caridad pastoral. Se podía decir que ninguna forma de vida es menos apta para crear maravillas que el ministerio pastoral, que está tejido de acciones ordinarias, ¿dónde encontrar en él el aspecto extraordinario de la santidad? Está completamente dirigido a la actividad exterior, ¿dónde descubrir la riqueza interior propia de quien, como el santo, ha de estar unido a Dios? Con frecuencia carece de un orden metódico, sin presentación formal, sin efectos sorprendentes, ¿dónde manifiesta la perfección que sabemos es la misma santidad?

Pero también la maravilla nace de la observación llana y objetiva de la epifanía de caridad que este pastor irradia en torno a sí. No sería difícil establecer una relación de semejanza entre el Beato Neumann y San Alfonso María de Ligorio, del que fue hijo y discípulo, como miembro de la Congregación del Santísimo Redentor, fundada precisamente por San Alfonso, del que conocemos, con la gloria del doctor, los méritos del pastor. No sería difícil descubrir el valor del ministerio pastoral de nuestro beato en su expresión misionera: Neumann fue un pionero; fue, en cierto sentido, un fundador; fue uno de aquella maravillosa cadena de obispos que preparó los cuadros de la jerarquía católica en los Estados Unidos, y le infundió las virtudes de entrega, de celo, de practicidad eficiente, de fidelidad absoluta, que todavía distinguen al venerable y ejemplar episcopado americano. Fue un promotor, fue un animador, un educador; personificó el tipo del pastor que hace suyas las virtudes naturales y cristianas de un pueblo —virtudes magníficas si recordamos que derivan de espléndidas tradiciones civiles y espirituales de esta vieja Europa, que fueron trasplantadas al suelo fecundo del nuevo continente, han dado y dan todavía una maravillosa expresión—. Las hace propias, digamos, y de esta forma el pastor se convierte en el hombre más normal y más comprensible; pero, al mismo tiempo, más profundo y más singular, porque casi penetra y vive esas virtudes de sentido y gracia cristiana, transformándolas de naturales en sobrenaturales, de profanas en sagradas, de inconstantes en heroicas, de populares en angélicas; esto es estupendo y esto es el motivo de la admiración debida al humilde y sublime obispo de Filadelfia, que hemos elevado al honor de los altares.

Muchísimas más cosas tendríamos que decir ahora para manifestar nuestro sentimiento de admiración pero queremos limitarnos a señalar otros sentimientos referentes al acontecimiento que estamos celebrando.

Y otro sentimiento nuestro es de confianza, de esperanza. De confianza en la capacidad del catolicismo americano para alcanzar el nivel de la perfección cristiana, de la santidad.

Esta beatificación es un óptimo documento de ello, que nos desengaña de la errada opinión de que el catolicismo americano no está orientado en las singulares expresiones de la santidad, sino más bien en las comunes y populares de la vida cristiana ordinaria, no alejada del ambiente de la vida moderna. Mirad: también América tiene sus santos. Ayer era la Beata Seton la que subía a los altares, guía y símbolo de la magnífica escuadra de mujeres elegidas que, consagradas a Cristo, son como abejas incansables, “apes argurmentosae”, dedicadas a construir el gran panal de la Iglesia americana; hoy es el obispo Neumann al que veneramos como Beato, y que nos descubre una doble visión: la de los numerosos americanos héroes de la fe y de la caridad que son igualmente dignos de subir a los altares. Nuestro secretario de Estado ha escrito un libro titulado La santidad en América, que lo demuestra, y no una santidad individual, sino colectiva, no restringida a casos singulares, sino compartida por escuadras numerosas de fieles, no de uno, sino de muchos; una santidad de pueblo. ¿Es que es posible que hoy, en este nuestro mundo moderno, tan profano y manchado por la incredulidad y el vicio se produzca, y precisamente en América, una santidad de pueblo? ¿La santidad de la que hablaba San Pedro, “Vosotros sois una estirpe elegida, un sacerdocio real, una gente santa, un pueblo rescatado”? (1P 2, 9). Sí. Esta es nuestra confianza, ésta es nuestra esperanza. Al ver ciertas manifestaciones de la vida católica americana: las parroquias, las escuelas, las universidades, los hospitales, las misiones; cuando observamos el espíritu de fe y sacrificio que alimenta estas obras; cuando sentimos la profunda y sólida unión que liga a aquellos católicos con la Iglesia católica, al tener delante a sacerdotes, religiosos y obispos que reflejan en sí los ejemplos de John Neumann, esa confianza y esa esperanza llena nuestro espíritu.

Y también nos invade otra ola de sentimientos: la alegría, hoy es día de santa alegría.

Alegría para la Iglesia de Roma, dichosa de decretar los honores del culto católico para un nuevo Beato. Alegría de toda la Iglesia católica que celebra en el obispo ejemplar una nueva gloria, una nueva esperanza.

Alegría para la familia religiosa del Santísimo Redentor que ve expresada su tradición de santidad en el que fue el primer profeso redentorista en los Estados Unidos.

(El Papa se dirigió en alemán a los representantes de Beihmen, ciudad natal del beato.)

Para vosotros, hijos e hijas de Böhmen, el día de hoy es un día de interna alegría y de profundo júbilo; pues uno de vuestros hijos, Johannes Neumann, ha sido ,elevado al honor de los altares.

Lo que representa ante todo Johannes Neumann, y de él irradia, es el amor del buen pastor, que vive por completo del Evangelio y que se da por completo a su rebaño, en una entrega sin límites.

Que su fe y su amor sean para vosotros, sus hermanos y hermanas aquí en la tierra, un ejemplo. Que sea también un ejemplo que ilumine vuestro camino que, como el suyo, debe conducir a contemplar eternamente a Dios.

(En inglés a los católicas norteamericanos.)

Hoy es también un día de alegría para los católicos de los Estados Unidos de América. Un hijo adoptivo de su nación aparece ante la Iglesia universal como ejemplo de santidad. Como simple lego, como religioso, como sacerdote y como obispo, supo dar en cada uno de estos estados un ejemplo digno de imitación, y, como San Pablo, puede decir a todos: “Imitadme a mí del mismo modo que yo imito a Cristo” (1Cor 11, 1).

En particular éste es un día de regocijo para la gran archidiócesis de Filadelfia. En presencia de su décimo prelado, el cuarto que ocupó la misma sede es glorificado como un ejemplo de virtud sacerdotal y santidad episcopal. El nuevo beato ha sido especialmente exaltado como un buen pastor, guía y protector del rebaño confiado a él por Dios, como uno que conoce su rebaño y cuyo rebaño le conoce, así como conoce a su voz que les llama invitándoles a buscar una unidad cada vez más firme con su Redentor, con su Vicario en la tierra, y con su Iglesia.

Invocando la intercesión de esta gloriosa alma, obispo de Filadelfia y alegría de la Iglesia en América, Nos cariñosamente otorgamos sobre vosotros toda nuestra paternal bendición apostólica, que hacemos extensiva también a todos vuestros familiares, particularmente aquellos que están enfermos, ancianos o afligidos, y a vuestros hijos.

 



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana