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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A UN GRUPO DE PEREGRINOS PROCEDENTES DE FILADELFIA


Jueves 17 de octubre de 1963

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

Nos sentimos verdaderamente dichosos al recibiros y hablaros de nuevo, después de las solemnes ceremonias durante las cuales el venerable Juan Neumann ha sido elevado a la gloria de la beatificación. Con particular alegría os acogemos, venerables hermanos, arzobispo de Filadelfia, sucesor del nuevo beato, y arzobispos y obispos de aquellas diócesis en cuyos territorios él ejerció su ministerio. Nos mismo hemos visitado varias de vuestras diócesis, Filadelfia y su bella catedral, Baltimore, vuestras más antiguas diócesis de Pittsburg y Búfalo. Y conservamos un buen recuerdo de la feliz memoria de las glorias naturales y espirituales de vuestros Estados residenciales.

La beatificación del obispo Neumann durante la celebración del Concilio Vaticano II nos hace recordar que el primer deber de un obispo, como de cualquier cristiano, es santificarse uno mismo, y así servir de ejemplo para los demás: Una ciudad edificada sobre la montaña que no puede ser escondida, una luz en el candelero para alumbrar a todos los que están en la casa.

Este santo pastor también fue un religioso de la congregación del Sagrado Redentor, por ello saludamos con placer a los padres redentoristas presentes aquí hoy, encabezados por su superior general.

Una de sus más fructíferas realizaciones fue la fundación de las hermanas franciscanas de la Orden Tercera, varias de las cuales advertimos entre vosotros y las acogemos con afecto paternal.

Invocando la intercesión celestial del nuevo beato para todos vosotros, a cuyos antepasados predicó el Evangelio y dio un ejemplo sobresaliente de santidad, amorosamente os impartirnos a vosotros, a vuestras familias, a vuestros hogares, especialmente a los niños, a los afligidos y a los que sufren, a los obispos y a los pastores, nuestra afectuosa bendición apostólica.

 



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