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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL MOVIMIENTO CRISTIANO UCRANIANO


Viernes 18 de octubre de 1963

 

Venerables hermanos y queridísimos hijos:

Nuestro corazón se colma de gozo entusiasta a recibir a los cualificados miembros del “Movimiento cristiano ucraniano”, conducidos por el venerado y apreciado monseñor José Slipyj, arzobispo de Leópolis, que ha querido procurarnos la alegría de este encuentro.

Con ocasión del decenio de la fundación de vuestra Unión, habéis querido llevar el latido de vuestra fe y de vuestro afecto al humilde sucesor de Pedro. Os lo agradecemos sinceramente, y nos alegramos de manifestaros nuestra complacencia, nuestra estima y nuestra benevolencia.

Estos sentimientos nacen de la consideración de ese signo distintivo, abierto e inequívoco, con el que habéis querido titular vuestro movimiento, llamándolo con la franca profesión de “cristiano”. Este es vuestro honor, vuestra gloria, vuestro mérito; habéis querido sacar de vuestra historia milenaria su más ilustre título, y su honor imperecedero, que une en un estrecho vínculo de comunión y de amor a los hijos de una tierra fuerte. Este apelativo, prueba de la predilección divina ofrecida por Cristo a todos los hombres, adquiere reflejos más luminosos y significativos en correspondencia con la celebración, ahora en curso, del undécimo centenario del apostolado de los Santos Cirilo y Metodio en la gran Moravia y en todas las regiones que la circundan; apostolado múltiple y generoso, que irradió sus beneficios aún después de la muerte de los dos santos, extendiéndose también a vuestras poblaciones, abiertas al influjo de la gracia como flores sensibles a las caricias del sol de la mañana.

Permaneced fieles, hijos queridos, a la empresa, que el ejemplo de vuestros padres ha transmitido a sus hijos, de generación en generación, entre dificultades y peligros, hasta hoy. Sois sus herederos, y, dondequiera que viváis, mantened firmemente su valor. Pues las diversas actividades religiosas, benéficas, culturales del “Movimiento cristiano ucraniano”, de las que estamos ampliamente informados y que acabamos de oír mencionar, son elocuente confirmación de esta consoladora realidad.

Estamos por ello agradecidos, y al augurar a vuestra Unión una siempre gozosa abundancia de crecimientos fecundos en los años que esperan a la actividad común, queremos daros esta consigna, que, por lo demás, lleváis impresa en el corazón, más que en vuestras insignias. Sed siempre dignos del nombre cristiano, continuadores de las tradiciones religiosas de vuestros mayores; amaos mutuamente con el amor de Cristo, ayudándoos los unos a los otros con entrega fraternal; vivid con la luz transfiguradora de la gracia divina, que nos injerta en la vida misma de Dios, dándonos un tesoro que sobrepuja a toda prueba, a toda contrariedad y desaliento. Permaneced unidos en la oración y en la comunidad de ideales: “y la paz de Cristo, que supera todo entendimiento, como dice San Pablo, guarde vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús” (Flp 4, 7).

Estamos junto a vosotros con nuestro afecto y con la ayuda que podamos siempre prestar a vuestros esfuerzos y actividades. Estaremos junto a vosotros especialmente en la invocación constante de los dones de las divinas complacencias para vosotros, vuestras familias, vuestros hermanos lejanos y seres más queridos.

Y como confirmación de nuestros paternales votos, que de todo corazón manifestamos, en prenda de viva benevolencia, descienda sobre vosotros la bendición apostólica, y sobre cuantos os han seguido hasta aquí con el pensamiento y con el afecto, a los que nos es grato imaginarlos aquí con nosotros, reunidos en “unidad de espíritu y con el vínculo de la paz” (cf. Ef 4, 3).

 



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