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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
DURANTE SU VISITA AL COLEGIO DE PROPAGANDA FIDE


Domingo 20 de octubre de 1963

 

Venerables hermanos y queridos seminaristas:

Nuestro espíritu palpita con emocionada alegría, al venir a este querido Colegio de Propaganda Fide, en la tranquila tarde de esta jornada misionera del año en curso. Damos las gracias sentidamente al venerado cardenal Gregorio P. Agagianian, siempre en primera línea, con inteligente vivacidad en cuanto respecta al crecimiento de la actividad misionera, y a todos sus colaboradores.

Hemos tenido, en Castelgandolfo, el verano pasado el consuelo de charlar con vosotros, queridos jóvenes, esperanza de la Iglesia en el mundo, en un descanso prolongado y confortador de nuestro trabajo diario; pero hoy, entramos aquí por primera vez, después de nuestra elevación a la Cátedra de San Pedro, en esta casa, que hemos visto crecer y extenderse, que todos los días ofrece a nuestra vista, como para darnos el primer saludo.

Por esto el corazón se nos llena de alegría, y al paso que nuestros ojos se posan sobre cada uno de vosotros, queremos ir con el pensamiento a cada una de las diócesis, que han visto despertar vuestra vocación, a las nobles naciones de las que procedéis, augurando a cada una un seguro progreso y una fecunda prosperidad.

Pero una nota particular hace que sea para Nos y para vosotros, especialmente, significativo este encuentro: es la Jornada Mundial Misional que, como decíamos en el radiomensaje de ayer por la tarde, une en una sola onda de oración más intensa a los hijos de toda la familia católica, esparcidos por los cinco continentes para testimoniar la presencia irradiante de Cristo y de su Iglesia; jornada en la que todos se sienten estimulados a una mayor generosidad, para sostener también con su sacrificio las necesidades y los problemas de la Iglesia misionera en el mundo; jornada en la que aparece más clara y persuasiva la percepción de que la obra de la Iglesia es esencialmente misionera, de acuerdo con el mandato de Cristo: “Euntes in mundum universum, praedicate Evangelium omni creaturae” (Marchad a todo el mundo predicando el Evangelio a toda creatura) (Mc 16,15); por tanto, esta divina misión obliga y empeña a todos los cristianos, según sus diversas atribuciones y propias responsabilidades.

Nos consolamos al ver que un esfuerzo de incansable generosidad invade a nuestros hijos, estimulándolos siempre a nuevas empresas, que enriquecen el ideal misionero en el mundo. Estamos seguros que habrá adquirido esto un nuevo vigor con la solemne ceremonia de esta mañana en la basílica vaticana, en la que hemos consagrado a un grupo de nuevos obispos, procedentes de las tierras de misiones y a ellas destinados.

El significado de la jornada de hoy, en verdad, no podía quedar mejor subrayado que con este rito, siempre augusto, siempre conmovedor, en el que catorce elegidos, miembros de la Iglesia, han sido elevados a la plenitud del sacerdocio; no hay ya diferencias de lenguas, de naciones, de procedencias, sino que todos están unidos en una sola cosa por su transfigurante misión: “Sic nos existimet homo ut ministros Christi et dispensatores mysteriorum Dei” (De esta forma los hombres nos tendrán como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios) (2Cor 6, 4).

Ved así afirmada con espléndida evidencia la misión de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica; que pretende no dividir, sino unir; no confundir, sino afirmar en la fe y en el amor; no perturbar, sino llevar el orden y la paz a los pueblos, mejorando sus condiciones, promoviendo su elevación con la tutela de los sanos valores humanos, con la proclamación de la dignidad cristiana. Es una marcha ascensional que lleva consigo a los hombres para unirles a Dios en Cristo Jesús, y la palabra “misión” trae al pensamiento “esa figura del movimiento que caracteriza a la vida de la Iglesia, que es parte de Cristo; que sigue su mandato, la estimula y la sigue; ella lo lleva consigo, lo predica, lo comunica, lo transmite; mediante ella Cristo llega a los hombres, abarca los confines de las naciones, sobrevuela los siglos, en contacto con la vida humana, con sus formas, sus instituciones, sus costumbres, su civilización; padece obstáculos, persecuciones; encuentra fieles, conquistas, triunfos; y marcha, sufriendo y creciendo, orando y actuando, enseñando y repartiendo beneficios”.

Esto es la Iglesia misionera: abraza a todos los hombres, al paso que los hace “conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” ,(Ef 2, 19), no descuida hacerlos los ciudadanos más leales de la patria terrena, los promotores devotos y sinceros del bien común, que quieren contribuir eficazmente a la seguridad, a la prosperidad y a la concordia de sus respectivos países. No quiere dominar, sino servir; quiere contribuir al bien real, positivo, creciente de la Humanidad, enderezándola hacia el cielo “in viam pacis” (por el camino de la paz) (Lc 1, 79).

Os decimos esto emocionados, seguros de que nuestra voz, partiendo de aquí, donde encuentra los retoños más prometedores de las cristiandades esparcidas por el mundo, suscitará en vuestras tierras, en todas las naciones, un eco de asentimiento y benevolencia.

Pero hay una sombra en nuestra alegría, como usted, recordaba hace un momento, señor cardenal, una sombra que también Nos debemos notar con paternal tristeza e íntimo dolor: sí, el pensamiento de un gran país, la China, gran parte de cuyos hijos no están asociados a Nos en esta jornada, que a ellos les toca tan de cerca.

¡Cuánto hubiéramos deseado ver entre los nuevos pastores, por Nos consagrados, alguno de aquel gran pueblo chino, siempre presente en nuestra memoria y estimado por sus ilustres tradiciones de civilización, por su esforzada laboriosidad, por sus generosas pruebas de fe católica, que a lo largo de los siglos han dado sus hijos con firmeza ejemplar! ¡Cuánto hubiéramos deseado abrazar entre los obispos presentes en el Concilio a todos los pastores de aquel inmenso territorio, mientras que sus puestos vacíos son para Nos otras tantas espinas de dolor!

Y cómo gozaríamos al ver aquí entre vosotros, en este grupo de jóvenes procedentes de todo el mundo, representantes de aquellas antiguas y un día florecientes comunidades cristianas, cuya fe ha sido templada por la prueba del sufrimiento. La sede apostólica las ha estimado siempre, dándoles a lo largo de los siglos sus cuidados, enviando sus hijos más dignos, más aún la flor y nata de este siglo, delicada y gentil, como las formas de aquel arte local cristiano.

Todavía está vivo el recuerdo de la consagración de los seis primeros obispos chinos, de manos de nuestro predecesor Pío XI, en la basílica vaticana el 28 de octubre de 1926, que tanto eco y universal asentimiento despertó en el mundo. Aquel gran Pontífice secundado por la obra inteligente del llorado cardenal Celso Constantini, de cuyos recuerdos está lleno este Colegio, supo dar a la Iglesia católica en China un magnífico impulso, con el incremento dado a la jerarquía eclesiástica, con el surgir de las Universidades católicas, con la multiplicación de las obras religiosas, culturales, beneficiosas para el desarrollo del arte sagrado.

El recuerdo de estas consoladoras realidades, que son etapas luminosas de un lento y secular camino, al paso que nos llena de tristeza por la presente condición de la Iglesia católica china, nos infunde también en el ánimo una firme esperanza: esa semilla lanzada en los surcos fecundados por las lágrimas, no podrá dejar de germinar en el tiempo oportuno, y ser recogida un día en medio del gozo de toda la Iglesia (cfr. Ps 125, 5). Os confiamos con serena certeza, apoyada solamente en Dios, mientras pensamos en aquellos obispos, sacerdotes y fieles, exhortándoles a la serena constancia, también en las horas de la prueba, invitando a los gobernantes a que consideren con equidad la condición de aquellos hijos nuestros, a los que el nombre de católicos nada les quita de lealtad en su amor a la patria; porque como hemos dicho, pertenecer a la Iglesia, en lugar de debilitar, afianza y valoriza la relación de los ciudadanos con su país, y los hace partícipes de su garantía y seguridad, de su paz y de su verdadero progreso.

Venerables hermanos y queridos hijos:

En esta hora de tristes recuerdos, avivados por la confianza en Dios, en la que hemos querido desahogar nuestro espíritu en el vuestro, la oración sube al Señor, para invocar sobre toda la Iglesia misionera sus dones de asistencia y de gracia: desciendan copiosas las bendiciones celestiales para confortar a los sacerdotes locales, a los que se les ha encomendado la grave responsabilidad de mantener alta entre sus poblaciones la antorcha de la fe; descienda para alentar al clero misionero, que, expuesto a pruebas y privaciones, de su casa y de su patria, vive en las avanzadas del Evangelio con la mirada puesta en la aurora de días mejores; que se derramen las divinas complacencia sobre los catequistas, sobre los miembros de las asociaciones católicas y de acción social, sobre todos los fieles, a los que el sello de su pertenencia a Cristo infunde en sus rostros y en sus almas una nueva dignidad. El Señor los guarde firmes en la fe, seguros en la esperanza, ardientes y generosos en la caridad, para que su número se amplíe cada vez más, como el árbol evangélico que extiende sus frondas “de forma que las aves del cielo vengan a posarse en sus ramas” (Mt 13, 32).

Confiamos estos votos a la Virgen Santísima, Reina de las misiones, para que las avale con su poderosa intercesión al paso que de corazón impartimos la bendición apostólica al señor cardenal prefecto de lo Sagrada Congregación de Propaganda Fide y a su celosos colaboradores, al rector y a los superiores del Colegio, a todos vosotros, a vuestros seres queridos lejanos y a los fieles de vuestras amantísimas diócesis.

 


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