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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LOS MIEMBROS DEL MOVIMIENTO «PAX CHRISTI»


Sábado 26 de octubre de 1963

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

Vuestro eminente intérprete ha dicho justamente: el Movimiento “Pax Christi” es conocido plenamente por Nos. Lo hemos seguido desde su fundación y le hemos transmitido en muchas ocasiones —especialmente en su Congreso de Ensiedeln, en 1954— las directrices y los alientos de nuestro gran predecesor el Papa Pío XII.

Esto quiere decir que os recibimos aquí con alegría y podéis estar seguros, de antemano, de encontrar en Nos todo el apoyo y el sostén que creáis necesarios, para el feliz desarrollo de vuestro movimiento.

Fieles a la misión que la Iglesia os confiaba, hace una docena de años, tuvisteis a gala poneros al servicio de la “única paz verdadera”, con un espíritu auténticamente cristiano. Y estimando justamente que sólo el episcopado, unido al Papa, podía garantizar la seguridad doctrinal de una acción común de los cristianos en pro de la paz, vuestra primera preocupación fue apoyaros en los obispos. Se puede decir que “Pax Christi” ha rendido así homenaje al episcopado cuyo lugar en la Iglesia se está sacando a la luz en la imponente asamblea ecuménica. Nos complacemos en felicitaros por ello.

Pero no estáis aquí para congratularos con el pasado. “Pax Christi” es un movimiento: queremos augurar ante todo su mejor marcha hacia adelante, y, para hacerlo así, proceder “a esa puesta al día”, a esa revisión de vida, como vosotros la llamáis, a la que toda la Iglesia está invitada en el marco del Concilio. Esta será para vuestro movimiento como para otros, la ocasión de revisar sus métodos, adaptar sus estructuras, sus objetivos, sus medios, a las transformaciones del mundo moderno.

Que vuestra principal preocupación sea no desviarse de la línea que os habéis trazado. En el marco de la época en que vivimos —vosotros lo sabéis mejor que cualquiera— se ha abusado de la palabra paz como de muchas otras, hasta hacerlas servir, por desgracia, para enfrentar a los hombres en lugar de unirlos. Que quede bien claro que la paz para la que vosotros trabajáis es y sigue siendo la que magistralmente definió nuestro inolvidable predecesor Juan XXIII en su memorable encíclica Pacem in terris, que legítimamente sirve de nombre a vuestro movimiento: la paz de Cristo, “Pax Christi”.

Este título también os obliga, sin tregua, a hacer las distinciones necesarias, con el fin de no comprometer a la Iglesia en cualquier dirección, salvaguardando siempre la libertad legítima de la elección en el campo político e intelectual donde se construye la paz temporal.

Os obliga a tratar también, quizá, de dar una extensión mas amplia al movimiento. Porque la paz de Cristo no tiene fronteras, es un bien común ofrecido a todos, y que se arraiga y fortifica con su propagación. Diversas circunstancias han podido hacer que el movimiento no se haya desarrollado hasta ahora fuera de Europa: ¿No sería este el momento de lanzar el “duc in altum” evangélico? ¡Qué ocasión más hermosa la del Concilio Ecuménico para entrar en contacto, con este fin, con los episcopados de los países donde su implantación parecería ahora posible y deseable!

Confiándoos esta sugerencia, soñamos en el papel cada vez más grande que podría estar llamado a jugar “Pax Christi” en la organización y sostenimiento, en todas partes, de la acción concorde de los cristianos en favor de la paz, para instruirlos, hacerles reflexionar, hacerles actuar, y por ellos, hacer triunfar por fin, más allá de las fronteras de la Iglesia, la concepción cristiana de la paz.

Que Dios bendiga vuestros esfuerzos y multiplique sus frutos. Se lo pedimos de todo corazón, al paso que os impartirnos a todos, comenzando por el venerable cardenal presidente de “Pax Christi”, una muy paternal bendición apostólica.

 


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