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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
DURANTE SU VISITA A LA UNIVERSIDAD LATERANENSE


Jueves 31 de octubre de 1963

 

Antes de referirnos al motivo de esta solemne reunión deseamos manifestar nuestro vivo agradecimiento por la gentil e insistente invitación con que ha sido solicitada nuestra presencia. La invitación sabía que encontraría abierta la puerta del corazón, y ha sido aceptada de buen grado, haciéndonos gustar anticipadamente los emotivos recuerdos y obligada complacencia, que esta apertura de curso nos proporciona.

¡Los recuerdos! Sí, se cuentan entre los más apreciados de nuestra vida romana, recuerdos que evocan las figuras de maestros venerandos, de dignísimos colegas, de compañeros apreciados; muchos de aquellos hombres, que el antiguo y querido Instituto Apolinar nos hizo encontrar, han sido llamados ya a la luz eterna; los demás los vemos en torno a Nos, ilustres y celosos servidores de la santa Iglesia; es un recuerdo edificante, que nos confirma la idea de la fecundidad de recursos de cultura y virtud, con que está enriquecida la vida eclesiástica romana; a los difuntos el homenaje de nuestra fiel veneración, a los vivos el saludo de nuestro aprecio devoto y cordial.

Luego, el recuerdo de los breves años, durante los cuales Nos, primeramente como discípulo, y como profesor, después, frecuentamos el Apolinar, del que surgió esta Universidad, que, aunque no nos tienta de vanidad —nos faltaría ingenio y tiempo para enaltecer esa doble asistencia nuestra—, nos evoca con imágenes tranquilas y reposadas ese empeño de nuestra humilde vida que creímos, más que ningún otro, de acuerdo con nuestra persona: el estudio y las clases, que, por prevalecer otros deberes, no pudimos realizar nuestro programa concreto de provechoso trabajo para Nos y de mejor servicio a la Iglesia; pero las primeras e inocentes ilusiones no se olvidan, y motivan por ello ahora su nostálgico recuerdo.

Esto es una muestra de los sentimientos de agradecimiento, de afecto, de devoción que ligan nuestro espíritu a estas aulas que vemos, complacidos, elevadas a la dignidad de Universidad Pontificia y situadas en este domicilio de Letrán, sagrado en la historia siempre viva de la urbe y en la misión del pontificado romano, como queriendo ser el primero en nutrirse de los tesoros de su magisterio y en prestarle fiel testimonio e ilustre esplendor. Con no menor placer contemplamos el crecimiento de nuevos Institutos y el florecimiento de actividades culturales de esta nueva Universidad eclesiástica, que debe su prestigio a la concurrencia de sus renombrados profesores procedentes del clero diocesano y de diversas familias religiosas, a la afluencia de estudiosos y estudiantes, tanto eclesiásticos como seglares, y a su norma de expresar la doctrina purísima de la Iglesia en el lenguaje más fiel y a la vez más accesible al pensamiento moderno. Esta Universidad se presenta, pues, como una cátedra que honra a la cultura católica, que ofrece una palestra de estudio y de enseñanza a muchos eclesiásticos, que de lo contrario no tendrían posibilidad de realizar lo uno y lo otro con igual empeño y decoro, y que por ello entra dentro del marco de las grandes escuelas y de la vida diocesana de Roma, como digno complemento de los estudios religiosos y como eficaz instrumento de formación intelectual y espiritual.

Acabamos de escuchar con vivo interés, como autorizada muestra de esa actividad de pensamiento, la docta disertación del esclarecido y reverendo profesor Fabro, al que dirigimos la expresión de nuestra grata complacencia, y conocemos el florecimiento de actividades y publicaciones en que está cimentada la vitalidad de este Instituto, y no podemos menos de alegrarnos por sus magníficos y prometedores progresos.

Sólo nos resta manifestar nuestros mejores votos por su creciente prosperidad. Pues estamos convencidos de la benéfica función que esta Universidad Pontificia Lateranense puede ejercer hoy día incrementando los estudios eclesiásticos y con el estímulo que su activa presencia puede ofrecer a cuantos tienen a gala la cultura católica y a la preparación de los elementos, tanto del clero como del laicado, aptos para la investigación científica, para la enseñanza y las tareas que requieran una iniciación superior y específica en los estudios eclesiásticos.

Y nuestros votos son tanto más fervientes por cuanto que, por un lado, deseamos una perfecta regularidad de funcionamiento, una rigurosa seriedad de estudio, un perseverante esfuerzo de mejoramiento que empeñe a todos, maestros y alumnos, en dar a esta Universidad méritos y virtudes de acuerdo con la excelencia de su fama, y, por otro lado, que su afirmación en el concierto de las grandes, célebres y beneméritas instituciones romanas de la alta cultura eclesiástica, sea de sincero reconocimiento, de fraterna colaboración, de leal emulación, de mutua reverencia y de amistosa concordia y no una celosa concurrencia, y jamás una enojosa polémica.

La Universidad Pontificia Lateranense de esta forma realizará su positiva misión, demostrará su particular fisonomía y podrá ganar sus propias glorias, contará siempre con nuestro afecto y será siempre sostenida por nuestra bendición apostólica.

 



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