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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A UNA PEREGRINACIÓN DE LA DIÓCESIS DE VERONA
EN LA CONCLUSIÓN DE SU SÍNODO DIOCESANO


Sábado 4 de junio de 2005

 

Queridos hermanos y hermanas de la diócesis de Verona: 

Gracias por vuestro entusiasmo. Gracias por vuestra alegría, que es expresión y fruto de la fe. Me alegra acogeros durante vuestra peregrinación a las tumbas de los Apóstoles. Os saludo cordialmente a todos, comenzando por vuestro obispo, al que doy las gracias por haberse hecho intérprete de los sentimientos comunes. Saludo a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, a los responsables de las asociaciones y de los movimientos eclesiales, así como a las autoridades civiles que han querido estar presentes en este encuentro.

Con esta peregrinación a la Sede apostólica, queréis expresar, al final del Sínodo diocesano, los vínculos de comunión que unen a la comunidad diocesana de Verona con la Iglesia de Roma, y reafirmar vuestra plena adhesión al magisterio del Sucesor de Pedro, constituido por Cristo "pastor de todos los fieles para procurar el bien común de la Iglesia universal y el bien de cada Iglesia" (Christus Dominus, 2).

Habéis venido para ser confirmados en la fe y yo, llamado desde hace poco a esta ardua tarea, me alegro de saludar, a través de vosotros, a una antigua e insigne comunidad eclesial como es la de san Zenón, muy venerado también en mi tierra, y animaros a perseverar en el compromiso de testimonio cristiano en el mundo de hoy.

Vuestro Sínodo, iniciado hace tres años, ha tenido su fase culminante en el Año de la Eucaristía. Esta feliz coincidencia ayuda a comprender mejor que la Eucaristía es el corazón de la Iglesia y de la vida cristiana. "Ecclesia de Eucharistia" —"la Iglesia vive de la Eucaristía"—; así nos dejó escrito el siervo de Dios Juan Pablo II en su última encíclica. Vuestra diócesis debe vivir de la Eucaristía en todas sus expresiones:  en las familias, pequeñas iglesias domésticas, y en cada una de las articulaciones sociales y pastorales de las parroquias y del territorio.

"En la Eucaristía —recordé en Bari el domingo pasado, al final del Congreso eucarístico nacional—, Cristo está realmente presente entre nosotros. Su presencia no es estática. Es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a él. Cristo nos atrae a sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de todos nosotros uno con él. De este modo, nos inserta también en la comunidad de los hermanos, y la comunión con el Señor es también comunión con las hermanas y los hermanos" (Homilía, 29 de mayo de 2005:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de junio de 2005, p. 7).

Realmente nuestra vida espiritual depende esencialmente de la Eucaristía. Sin ella, la fe y la esperanza se extinguen, la caridad se enfría. Por eso, queridos amigos, os exhorto a cuidar cada vez más la calidad de las celebraciones eucarísticas, especialmente las dominicales, para que el domingo sea realmente el día del Señor y confiera pleno sentido a los acontecimientos y a las actividades de todos los días, mostrando la alegría y la belleza de la fe.

La familia es, con razón, uno de los temas principales de vuestro Sínodo, como lo es en las orientaciones pastorales de la Iglesia, en Italia y en todo el mundo. En efecto, en vuestra diócesis, como también en otras partes, han aumentado los divorcios y las uniones irregulares, y esto constituye para los cristianos una urgente invitación a anunciar y testimoniar en toda su integridad el evangelio de la vida y de la familia.

La familia está llamada a ser "íntima comunidad de vida y amor" (Gaudium et spes, 48), porque está fundada en el matrimonio indisoluble. Ojalá que, a pesar de las dificultades y los condicionamientos sociales y culturales del actual momento histórico, los esposos cristianos no cesen de ser, con su vida, signo del amor fiel de Dios; que colaboren activamente con los sacerdotes en la pastoral de los novios, de los matrimonios jóvenes y de las familias, y en la educación de las nuevas generaciones.

Queridos hermanos y hermanas, ayer celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús:  sólo de esta fuente inagotable de amor podréis sacar la energía necesaria para vuestra misión. Del Corazón del Redentor, de su costado traspasado nació la Iglesia, que se renueva incesantemente mediante los sacramentos. Procurad alimentaros espiritualmente con la oración y con una intensa vida sacramental; profundizad en el conocimiento personal de Cristo y tended con todas las fuerzas a la santidad, el "alto grado de la vida cristiana", como solía decir el querido Juan Pablo II.

María santísima, de cuyo Corazón Inmaculado hoy hacemos memoria, obtenga como don para todos los miembros de vuestra diócesis la fidelidad total a Cristo y a su Iglesia. A la intercesión de la Madre celestial del Redentor y al apoyo de los santos y beatos de vuestra tierra encomiendo el camino postsinodal que os espera.

Por mi parte, os aseguro un recuerdo en la oración, a la vez que con afecto imparto una especial bendición apostólica a vuestro obispo, a vosotros y a toda la comunidad diocesana.

 

© Copyright 2005 - Libreria Editrice Vaticana

 

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