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ENCUENTRO CON LOS PÁRROCOS Y SACERDOTES DE LA DIÓCESIS DE ROMA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Sala de las Bendiciones
Jueves 22 de febrero de 2007

 

1. En la primera pregunta, el párroco y rector del santuario de Santa María del Amor Divino en Castel di Leva pidió indicaciones concretas para poder realizar con mayor eficacia la misión del santuario mariano de la diócesis de Roma más amado.

Ante todo, quisiera decir que estoy contento y feliz de sentirme aquí realmente Obispo de una gran diócesis. El cardenal vicario ha dicho que esperáis luz y consuelo. Y os confieso que ver a tantos sacerdotes de todas las generaciones es luz y consuelo para mí. Ya desde la primera pregunta sobre todo he aprendido:  y esto me parece también un elemento esencial de nuestro encuentro. Aquí puedo oír la voz viva y concreta de los párrocos, sus experiencias pastorales, y así puedo comprender también yo vuestra situación concreta, las cuestiones que afrontáis, vuestras experiencias y dificultades. Puedo vivirlas no sólo de modo abstracto, sino en un coloquio concreto con la vida real de las parroquias.

Respondo a esta primera pregunta. Me parece que usted ha dado esencialmente también la respuesta sobre lo que puede hacer este santuario... Sé que es el santuario mariano más querido por los romanos. Yo mismo, cuando fui en diversas ocasiones al santuario antiguo, experimenté esta piedad tan arraigada. Se percibe la presencia orante de las distintas generaciones y casi se palpa la presencia materna de la Virgen. Las distintas generaciones que vienen al encuentro de María con sus deseos, necesidades, estrecheces, sufrimientos e incluso alegrías nos permiten constatar realmente esta antigua devoción mariana. Así, ese santuario, al que van las personas con sus esperanzas, problemas, interrogantes, sufrimientos, es un hecho esencial para la diócesis de Roma. Comprobamos cada vez más que los santuarios son una fuente de vida y de fe en la Iglesia universal, y lo mismo en la Iglesia de Roma. En mi tierra natal tuve la experiencia de las peregrinaciones a pie a nuestro santuario nacional de Altötting. Es una gran misión popular. Van sobre todo los jóvenes y, peregrinando a pie durante tres días, viven en clima de oración, de examen de conciencia, casi redescubriendo su conciencia cristiana de fe. Esos tres días de peregrinación son días de reconciliación, de oración, son un verdadero camino hacia la Virgen, hacia la familia de Dios y, también, hacia la Eucaristía. Caminando, van a la Virgen y van, con la Virgen, al Señor, al encuentro eucarístico, preparándose a la renovación interior por medio de la confesión. Viven de nuevo la realidad eucarística del Señor que se entrega a sí mismo, como la Virgen dio su propia carne al Señor, abriendo así la puerta a la Encarnación. La Virgen dio su carne para la Encarnación, y así hizo posible la Eucaristía, en la que recibimos la Carne que es el Pan para el mundo. Saliendo al encuentro de la Virgen, los jóvenes aprenden a ofrecer su propia carne, la vida de cada día, para entregarla al Señor. Y aprenden a creer, a decir, poco a poco, "sí" al Señor.
Por eso, retomando la pregunta, diría que el santuario como tal, como lugar de oración, de confesión, de celebración de la Eucaristía, es un gran servicio en la Iglesia de nuestros días para la diócesis de Roma. Por tanto, pienso que el servicio esencial, del que usted, por otra parte, ha hablado de modo concreto, es precisamente ofrecerse como lugar de oración, de vida sacramental y de vida de caridad. Si he entendido bien, usted ha hablado de cuatro dimensiones de la oración. La primera es personal. Y aquí María nos muestra el camino. San Lucas nos dice dos veces que la Virgen "guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc 2, 19; cf. 2, 51). Era una persona en coloquio con Dios, con la palabra de Dios, y también con los acontecimientos a través de los cuales Dios hablaba con ella. El Magníficat es un "tejido" de palabras de la Sagrada Escritura, y nos muestra cómo María vivió en un coloquio permanente con la palabra de Dios y, así, con Dios mismo. Naturalmente, en la vida junto al Señor estuvo siempre en coloquio con Cristo, con el Hijo de Dios y con el Dios trino. Por consiguiente, aprendamos de María a hablar personalmente con el Señor, ponderando y conservando en nuestra vida y en nuestro corazón la palabra de Dios, para que se convierta en verdadero alimento para cada uno. De este modo, María nos guía en una escuela de oración, en un contacto personal y profundo con Dios.

La segunda dimensión de la que usted ha hablado es la oración litúrgica. En la liturgia el Señor nos enseña a rezar, primero dándonos su Palabra y después introduciéndonos mediante la oración eucarística en la comunión con su misterio de vida, de cruz y de resurrección. San Pablo dijo en una ocasión que "no sabemos cómo pedir para orar como conviene" (Rm 8, 26):  no sabemos cómo rezar, qué decirle a Dios. Por eso Dios nos ha dado las palabras para la oración, tanto en el Salterio, como en las grandes oraciones de la sagrada liturgia o en la misma liturgia eucarística. Aquí nos enseña a rezar. Entramos en la oración que se ha formado a lo largo de los siglos bajo la inspiración del Espíritu Santo, y nos unimos al coloquio de Cristo con el Padre. Por tanto, la liturgia es sobre todo oración:  primero escucha y después respuesta, sea en el salmo responsorial, sea en la oración de la Iglesia, sea en la gran plegaria eucarística. La celebramos bien, si la celebramos con actitud "orante", uniéndonos al misterio de Cristo y a su coloquio de Hijo con el Padre. Si celebramos la Eucaristía de este modo, primero como escucha y después como respuesta, o sea, como oración con las palabras indicadas por el Espíritu Santo, la celebramos bien. Y la gente es atraída a través de nuestra oración común hacia la comunidad de los hijos de Dios.

La tercera dimensión es la piedad popular. Un importante documento de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos habla de esta piedad popular y nos indica cómo "orientarla". La piedad popular es una fuerza nuestra, porque se trata de oraciones muy arraigadas en el corazón de las personas. Incluso personas que están algo alejadas de la vida de la Iglesia y no tienen una gran comprensión de la fe, se sienten tocados en el corazón por esta oración. Se debe sólo "iluminar" estos gestos, "purificar" esta tradición, para que se convierta en vida actual de la Iglesia.

Luego, la adoración eucarística. Estoy muy agradecido, porque se renueva de forma constante. Durante el Sínodo sobre la Eucaristía, los obispos hablaron mucho de su experiencia, de cómo las comunidades recobran nueva vida con esta adoración, incluso nocturna, y de cómo precisamente así nacen nuevas vocaciones. Puedo decir que dentro de poco firmaré la exhortación postsinodal sobre la Eucaristía, que luego estará a disposición de la Iglesia. Es un documento que se ofrece precisamente para la meditación. Será una ayuda tanto en la celebración litúrgica, como en la reflexión personal, en la preparación de las homilías, en la celebración de la Eucaristía. Y servirá también para guiar, iluminar y revitalizar la piedad popular.

Por último, usted nos ha hablado del santuario como lugar de la caritas. Esto me parece muy lógico y necesario. He releído hace poco tiempo lo que san Agustín dice en el libro X de las Confesiones:  he sido tentado, y ahora comprendo que era una tentación encerrarme en la vida contemplativa, buscar la soledad contigo, Señor; pero tú me lo has impedido, me has sacado y me has hecho oír las palabras de san Pablo:  "Cristo murió por todos. Así nosotros debemos morir con Cristo y vivir para todos"; he comprendido que no puedo encerrarme en la contemplación; tú has muerto por todos, por tanto, debo vivir contigo para todos, y así vivir las obras de caridad. La verdadera contemplación se demuestra en las obras de caridad. Por consiguiente, el signo de que verdaderamente hemos rezado, de que nos hemos encontrado con Cristo, es que somos "para los demás". Así debe ser un párroco. Y san Agustín era un gran párroco. Dice:  en mi vida quería vivir siempre a la escucha de la Palabra, en meditación, pero ahora —día a día, hora a hora— debo estar a la puerta, donde suena siempre la campanilla:  debo consolar a los afligidos, ayudar a los pobres, reprender a los que disputan, crear paz, etc. San Agustín hace una lista de todo el trabajo de un párroco, porque en aquel tiempo el obispo era también lo que ahora es el cadí en los países islámicos. Podemos decir que para los problemas de derecho civil era el juez de paz:  debía favorecer la paz entre los que disputaban. Por tanto, vivió una existencia que para él, hombre contemplativo, fue muy difícil. Pero comprendió esta verdad:  así estoy con Cristo; siendo "para los demás", estoy en el Señor crucificado y resucitado.

Me parece que este es un gran consuelo para los párrocos y los obispos. Si queda poco tiempo para la contemplación, siendo "para los demás", estamos con el Señor. Usted ha hablado de los otros elementos concretos de la caridad, que son muy importantes. Son también un signo para nuestra sociedad, en particular, para los niños, los ancianos, los que sufren. Por tanto, pienso que usted, con  estas cuatro dimensiones de la vida, nos ha dado la respuesta a la pregunta:  ¿qué debemos hacer en nuestro santuario?

2. Un sacerdote que se ocupa de la pastoral juvenil en la diócesis le pidió una palabra de orientación sobre el modo de transmitir a los jóvenes la alegría de la fe cristiana, en particular frente a los desafíos culturales actuales y le instó a indicar los temas prioritarios sobre los que emplear más las energías para ayudar a los muchachos y muchachas a encontrar concretamente a Cristo.

Gracias por el trabajo que realiza por los adolescentes. Sabemos que la juventud debe ser realmente una prioridad en nuestro trabajo pastoral, porque vive en un mundo alejado de Dios. Y en nuestro contexto cultural es muy difícil tener el encuentro con Cristo, vivir la vida cristiana, la vida de fe. Los jóvenes necesitan mucho acompañamiento para poder encontrar realmente este camino. Aunque por desgracia vivo bastante lejos de ellos y, por tanto, no puedo dar indicaciones muy concretas, diría que el primer elemento me parece precisamente y sobre todo el acompañamiento. Deben experimentar que se puede vivir la fe en este tiempo, que no se trata de una cosa del pasado, sino que es posible vivir hoy como cristianos y encontrar así realmente el bien.
Recuerdo un elemento autobiográfico en los escritos de san Cipriano:  He vivido en este mundo nuestro —dice— totalmente alejado de Dios, porque las divinidades estaban muertas y Dios no era visible. Y viendo a los cristianos, he pensado:  es una vida imposible, ¡esto no se puede realizar en nuestro mundo! Pero después, encontrando a algunos de ellos, estando en su compañía, dejándome guiar en el catecumenado, en este camino de conversión hacia Dios, poco a poco he comprendido:  ¡es posible! Y ahora soy feliz por haber encontrado la vida. He comprendido que aquella otra no era vida, y en verdad —confiesa— sabía ya antes que aquella no era la verdadera vida.

Me parece muy importante que los jóvenes encuentren a personas —bien de su edad, bien más maduras— en las que puedan descubrir que la vida cristiana hoy es posible y también razonable y realizable. Sobre estos dos últimos elementos creo que existen dudas:  sobre la factibilidad, porque los demás caminos están muy lejos del estilo de vida cristiano, y sobre la racionalidad, porque a primera vista parece que la ciencia nos dice cosas totalmente diversas y, por tanto, no es posible comenzar un recorrido razonable hacia la fe, de modo que se muestre que es una cosa en sintonía con nuestro tiempo y con la razón.

El primer punto es, pues, la experiencia, que abre luego la puerta también al conocimiento. En este sentido, el "catecumenado" vivido de modo nuevo, es decir, como camino común de vida, como experiencia común del hecho de que es posible vivir así, es de gran importancia. Sólo si hay una cierta experiencia, se puede también comprender. Recuerdo un consejo que Pascal daba a un amigo no creyente. Le decía:  prueba a hacer las cosas que hace un creyente y, después, con esta experiencia, verás que todo es lógico y verdadero.

Un aspecto importante nos lo muestra precisamente ahora la Cuaresma. No podemos pensar en vivir inmediatamente un vida cristiana al ciento por ciento, sin dudas y sin pecados. Debemos reconocer que estamos en camino, que debemos y podemos aprender, que necesitamos también convertirnos poco a poco. Ciertamente, la conversión fundamental es un acto que es para siempre. Pero la realización de la conversión es un acto de vida, que se realiza con paciencia toda la vida. Es un acto en el que no debemos perder la confianza y la valentía del camino. Precisamente debemos reconocer esto:  no podemos hacer de nosotros mismos cristianos perfectos de un momento a otro. Sin embargo, vale la pena ir adelante, ser fieles a la opción fundamental, por decirlo así, y luego continuar con perseverancia en un camino de conversión que a veces se hace difícil. En efecto, puede suceder que venga el desánimo, por lo cual se quiera dejar todo y permanecer en un estado de crisis. No hay que abatirse enseguida, sino que, con valentía, comenzar de nuevo. El Señor me guía, el Señor es generoso y, con su perdón, voy adelante, llegando a ser generoso también yo con los demás. Así, aprendemos realmente a amar al prójimo y la vida cristiana, que implica esta perseverancia de no detenerme en el camino.

En cuanto a los grandes temas, diría que es importante conocer a Dios. El tema "Dios" es esencial. San Pablo dice en la carta a los Efesios:  "Recordad cómo en otro tiempo estabais sin esperanza y sin Dios. Pero ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca" (Ef 2, 11-13). Así la vida tiene un sentido, que me guía también en medio de las dificultades. Por consiguiente, es necesario volver al Dios creador, al Dios que es la razón creadora, y luego encontrar a Cristo, que es el Rostro vivo de Dios. Podemos decir que aquí hay una reciprocidad. Por una parte, el encuentro con Jesús, con esta figura humana, histórica, real, me ayuda a conocer poco a poco a Dios; y, por otra, conocer a Dios me ayuda a comprender la grandeza del misterio de Cristo, que es el Rostro de Dios. Sólo si logramos entender que Jesús no es un gran profeta, una de las personalidades religiosas del mundo, sino que es el Rostro de Dios, que es Dios, hemos descubierto la grandeza de Cristo y hemos encontrado quién es Dios. Dios no es sólo una sombra lejana, la "Causa primera", sino que tiene un Rostro:  es el Rostro de la misericordia, el Rostro  del  perdón  y del amor, el Rostro del encuentro con nosotros. Por tanto, estos dos temas se compenetran recíprocamente y deben ir siempre juntos.

Además, debemos comprender que la Iglesia es la gran compañera del camino en el que estamos. En ella la palabra de Dios se mantiene viva y Cristo no es sólo una figura del pasado, sino que está presente. Así, debemos redescubrir la vida sacramental, el perdón sacramental, la Eucaristía, el bautismo como nacimiento nuevo. San Ambrosio, en la Noche pascual, en la última catequesis mistagógica, dijo:  Hasta ahora hemos hablado de las cosas morales; ahora es el momento de hablar del Misterio. Había ofrecido una guía para la experiencia moral, naturalmente a la luz de Dios, que luego se abre al Misterio. Pienso que hoy estas dos cosas deben compenetrarse:  un camino con Jesús, que descubre cada vez más la profundidad de su misterio. Así, se aprende a vivir de modo cristiano, se aprende la grandeza del perdón y la grandeza del Señor, que se entrega a nosotros en la Eucaristía.

En este camino nos acompañan los santos. Ellos, a pesar de tantos problemas, vivieron y son la "interpretación" auténtica y viva de la Sagrada Escritura. Cada uno tiene su santo, del que puede aprender mejor qué comporta vivir como cristiano. Son, sobre todo, los santos de nuestro tiempo. Y luego, por supuesto, está siempre María, que es la Madre de la Palabra. Redescubrir a María nos ayuda a ir adelante como cristianos y a conocer al Hijo.

3. El rector de la iglesia de Santa Lucía del Gonfalone expuso la experiencia de la lectura integral de la Biblia que está haciendo la comunidad junto con la Iglesia valdense, y preguntó cuál es el valor de la palabra de Dios en la comunidad eclesial, cómo promover el conocimiento de la Biblia para que la Palabra forme a la comunidad también para un camino ecuménico.

Usted tiene ciertamente una experiencia más concreta de cómo hacer esto. Ante todo, puedo decir que el próximo Sínodo tratará sobre la palabra de Dios. He visto ya los Lineamenta elaborados por el Consejo del Sínodo, y pienso que estarán bien presentadas las diversas dimensiones de la presencia de la Palabra en la Iglesia.

Sin duda alguna, la Biblia, en su integridad, es algo grandioso y que hay que descubrir poco a poco. Porque si la consideramos sólo parcialmente, a menudo puede resultar difícil comprender que se trata de la palabra de Dios:  por ejemplo, en ciertas partes de los libros de los Reyes, con las crónicas, con el exterminio de los pueblos existentes en Tierra Santa. Muchas otras cosas son difíciles. Precisamente también el Qohélet puede ser aislado y puede resultar muy difícil:  justamente parece teorizar la desesperación, porque nada permanece y porque también el sabio al final muere junto con los necios. Acabamos de leerlo ahora en el Breviario.

Un primer punto me parece precisamente leer la Sagrada Escritura en su unidad e integridad. Cada parte forma parte de un camino, y sólo viéndolas en su integridad, como un camino único, donde una parte explica la otra, podemos comprender esto. Detengámonos, por ejemplo, con el Qohélet. En otro tiempo estaba la palabra de la sabiduría, según la cual quien es bueno vive también bien, es decir, Dios premia a quien es bueno. Y después viene Job y se ve que no es así, y precisamente quien vive bien sufre más. Parece verdaderamente olvidado por Dios. Siguen los Salmos de aquel período, donde se dice:  ¿qué hace Dios? Los ateos, los soberbios viven bien, están gordos, se alimentan bien, se ríen de nosotros y dicen:  ¿dónde está Dios? No se interesa por nosotros, y nosotros hemos sido vendidos como ovejas de matadero ¿Qué haces con nosotros? ¿Por qué es así? Llega el momento en que el Qohélet dice:  pero toda esta sabiduría, al final, ¿dónde permanece? Es un libro casi existencialista, en el que se afirma:  todo es vano. Este primer camino no pierde su valor, sino que se abre a la nueva perspectiva que, al final, conduce hacia la cruz de Cristo, "el Santo de Dios", como dice san Pedro en el capítulo sexto del evangelio de san Juan. Termina con la cruz. Y precisamente así se demuestra la sabiduría de Dios, que luego nos describirá san Pablo.

Y, por tanto, sólo si consideramos todo como un único camino, paso a paso, y aprendemos a leer la Escritura en su unidad, podemos también realmente acceder a la belleza y a la riqueza de la Sagrada Escritura. Por consiguiente, leer todo, pero siempre teniendo presente la totalidad de la Sagrada Escritura, donde una parte explica la otra, un paso del camino explica el otro. La exégesis moderna puede ser de gran ayuda en lo que respecta a este punto. Consideremos, por ejemplo, el libro de Isaías, cuando los exegetas descubrieron que a partir del capítulo 40 el autor es otro, el Deutero-Isaías, como se dijo en aquel tiempo. Para la teología católica fue un momento de gran terror.

Alguno pensó que así se destruía Isaías y, al final, en el capítulo 53, la visión del Siervo de Dios ya no era del Isaías que había vivido casi 800 años antes de Cristo. ¿Qué hacemos?, se preguntaron. Ahora hemos comprendido que todo el libro es un camino de relecturas siempre nuevas, donde se entra cada vez con más profundidad en el misterio propuesto al inicio y se abre cada vez más plenamente cuanto estaba inicialmente presente, pero aún cerrado.

En un libro podemos comprender precisamente todo el camino de la Sagrada Escritura:  se trata de una relectura permanente, un volver a comprender cuanto se ha dicho antes. La luz se va encendiendo lentamente y el cristiano puede comprender cuanto el Señor ha dicho a los discípulos de Emaús, explicándoles que todos los profetas habían hablado de él. El Señor nos abre la última relectura:  Cristo es la clave de todo, y sólo uniéndose en el camino a los discípulos de Emaús, sólo caminando con Cristo, releyendo todo en su luz, con él crucificado y resucitado, entramos en la riqueza y en la belleza de la Sagrada Escritura.

Por esta razón, diría que el punto importante es no fragmentar la Sagrada Escritura. Precisamente la crítica moderna, como vemos ahora, nos ha hecho comprender que es un camino permanente. Y también podemos ver que es un camino que tiene una dirección y que Cristo es el punto de llegada. Comenzando desde Cristo podemos reanudar el camino y entrar en la profundidad de la Palabra.

Resumiendo, diría que la lectura de la Sagrada Escritura debe ser siempre una lectura a la luz de Cristo. Sólo así podemos leer y comprender, incluso en nuestro contexto actual, la Sagrada Escritura y obtener realmente de ella la luz. Debemos comprender esto:  la Sagrada Escritura es un camino con una dirección. Quien conoce el punto de llegada también puede dar, ahora de nuevo, todos los pasos y aprender así, de modo más profundo, el misterio de Cristo. Comprendiendo esto, también hemos comprendido el carácter eclesial de la Sagrada Escritura, porque estos caminos, estos pasos del camino, son pasos de un pueblo. Es el pueblo de Dios que va adelante. El verdadero propietario de la Palabra es siempre el pueblo de Dios, guiado por el Espíritu Santo, y la inspiración es un proceso complejo:  el Espíritu Santo guía adelante, y el pueblo recibe.

Es, pues, el camino de un pueblo, del pueblo de Dios. La sagrada Escritura hay que leerla bien. Pero esto sólo puede hacerse si caminamos dentro de este sujeto que es el pueblo de Dios que vive, que es renovado y fundado de nuevo por Cristo, pero que conserva siempre su identidad.
Por consiguiente, diría que hay tres dimensiones relacionadas y compenetradas entre sí:  la dimensión histórica, la dimensión cristológica y la dimensión eclesiológica —del pueblo en camino—. En una lectura completa las tres dimensiones están presentes. Por eso, la liturgia —la lectura común y orante del pueblo de Dios— sigue siendo el lugar privilegiado para la comprensión de la Palabra, porque precisamente aquí la lectura se convierte en oración y se une a la oración de Cristo en la Plegaria eucarística.

Quisiera añadir aún una cosa, que han subrayado todos los Padres de la Iglesia. Pienso, sobre todo, en un bellísimo texto de san Efrén y en otro de san Agustín, en los que se dice:  si has comprendido poco, acepta, no pienses que has comprendido todo. La Palabra sigue siendo siempre mucho más grande de lo que has podido comprender. Y esto hay que decirlo ahora de modo crítico ante una cierta parte de la exégesis moderna, que piensa que ha comprendido todo y que por eso, después de la interpretación elaborada por ella, ya no se puede decir nada más. Esto no es verdad. La Palabra es siempre más grande que la exégesis de los Padres y que la exégesis crítica, porque también esta comprende sólo una parte, diría, más bien, una parte mínima. La Palabra es siempre más grande, este es nuestro gran consuelo. Y, por una parte, es hermoso saber que hemos comprendido solamente un poco. Es hermoso saber que existe aún un tesoro inagotable y que cada nueva generación redescubrirá nuevos tesoros e irá adelante con la grandeza de la palabra de Dios, que va siempre delante de nosotros, nos guía y es siempre más grande. Con esta certeza se debe leer la Escritura.

San Agustín dijo:  beben de la fuente la liebre y el asno. El asno bebe más, pero cada uno bebe según su capacidad. Sea que seamos liebres, sea que seamos asnos, estemos agradecidos porque el Señor nos permite beber de su agua.

4. El tema de esta pregunta fueron los Movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, don providencial para nuestro tiempo, realidades con un impulso creativo que viven la fe y buscan nuevas formas de vida para encontrar una justa colocación misionera en la Iglesia. Se pidió al Papa un consejo sobre cómo insertarse para desarrollar realmente un ministerio de unidad en la Iglesia universal.

Bien, veo que debo ser más breve. Gracias por esta pregunta. Me parece que usted ha citado las fuentes esenciales de cuanto puedo decir sobre los movimientos. En este sentido, su pregunta es también una respuesta.

Quisiera precisar inmediatamente que durante estos meses estoy recibiendo a los obispos italianos en visita "ad limina", y así puedo aprender un poco mejor la geografía de la fe en Italia. Veo tantas cosas hermosas juntamente con los problemas que todos conocemos. Veo, sobre todo, cómo la fe está aún profundamente arraigada en el corazón italiano, aunque, sin duda, en las circunstancias actuales, está amenazada de muchos modos. También los movimientos aceptan bien mi función paterna de Pastor. Otros son más críticos y dicen que los movimientos no se insertan. Pienso que realmente las situaciones son diversas, todo depende de las personas en cuestión.

Me parece que tenemos dos reglas fundamentales, de las que usted ha hablado. La primera regla nos la ha dado san Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses:  no extingáis los carismas. Si el Señor nos da nuevos dones, debemos estar agradecidos, aunque a veces sean incómodos. Y es algo hermoso que, sin iniciativa de la jerarquía, con una iniciativa de la base, como se dice, pero también con una iniciativa realmente de lo alto, es decir, como don del Espíritu Santo, nazcan nuevas formas de vida en la Iglesia, como, por otra parte, han nacido en todos los siglos.

En sus comienzos fueron siempre incómodas:  también san Francisco fue muy incómodo, y para el Papa era muy difícil dar, finalmente, una forma canónica a una realidad que era mucho más grande que los reglamentos jurídicos. Para san Francisco era un grandísimo sacrificio dejarse encastrar en este esqueleto jurídico, pero, al final, nació una realidad que vive aún hoy y que vivirá en el futuro:  da fuerza y nuevos elementos a la vida de la Iglesia.

Sólo quiero decir esto:  en todos los siglos han nacido movimientos. También san Benito, inicialmente, era un Movimiento. Se insertan en la vida de la Iglesia con sufrimiento, con dificultad. San Benito mismo debió corregir la dirección inicial del monaquismo. Y así también en nuestro siglo el Señor, el Espíritu Santo, nos ha dado nuevas iniciativas con nuevos aspectos de la vida cristiana:  vividos por personas humanas con sus límites, crean también dificultades.

Así pues, la primera regla:  no extinguir los carismas, estar agradecidos, aunque sean incómodos. La segunda regla es esta:  la Iglesia es una; si los movimientos son realmente dones del Espíritu Santo, se insertan y sirven a la Iglesia, y en el diálogo paciente entre pastores y movimientos nace una forma fecunda, donde estos elementos llegan a ser elementos edificantes para la Iglesia de hoy y de mañana.

Este diálogo se desarrolla en todos los niveles, comenzando por el párroco, el obispo y el Sucesor de Pedro; está en curso la búsqueda de estructuras adecuadas:  en muchos casos la búsqueda ya ha dado su fruto. En otros, aún se está estudiando; por ejemplo, se nos pregunta si al cabo de cinco años de experimento se deben confirmar de modo definitivo los estatutos del Camino Neocatecumenal, o si aún se requiere un tiempo de experimento o si quizá se deben retocar un poco algunos elementos de esta estructura.

En todo caso, he conocido a los neocatecumenales desde el inicio. Ha sido un Camino largo, con muchas complicaciones, que existen todavía, pero hemos encontrado una forma eclesial que ya ha mejorado mucho la relación entre el Pastor y el Camino. ¡Y así vamos adelante! Lo mismo vale para los demás movimientos.

Ahora, como síntesis de las dos reglas fundamentales, diría:  gratitud, paciencia y aceptación incluso de los sufrimientos, que son inevitables. También en un matrimonio existen siempre sufrimientos y tensiones. Y, sin embargo, van adelante, y así madura el verdadero amor. Lo mismo sucede en la comunidad de la Iglesia:  juntos tengamos paciencia. También los diversos niveles de la jerarquía —desde el párroco al obispo, hasta el Sumo Pontífice— deben tener juntos un continuo intercambio de ideas, deben promover el coloquio para encontrar juntos el camino mejor. Las experiencias de los párrocos son fundamentales, pero también las experiencias del obispo y, digamos, la perspectiva universal del Papa tienen su lugar teológico y pastoral en la Iglesia.

En consecuencia, por una parte, este conjunto de diversos niveles de la jerarquía; por otra, la realidad vivida en las parroquias, con paciencia y apertura, en obediencia al Señor, crean realmente la vitalidad nueva de la Iglesia.

Estamos agradecidos al Espíritu Santo por los dones que nos ha dado. Seamos obedientes a la voz del Espíritu, pero seamos también claros al integrar estos elementos en la vida:  este criterio sirve, al fin, a la Iglesia concreta, y así, con paciencia, con valentía y con generosidad el Señor ciertamente nos guiará y nos ayudará.

5. El párroco de San Gelasio, parroquia encomendada a la Comunidad "Misión Iglesia mundo" señaló la importancia de desarrollar una unicidad entre la vida espiritual y la vida pastoral, que no es una técnica organizativa, pero que coincide con la vida misma de la Iglesia, y preguntó al Santo Padre cómo hacer pasar en el pueblo de Dios el concepto de la pastoral como verdadera vida de la Iglesia y cómo hacer para que la pastoral se nutra cada vez más de la eclesiología conciliar.

Me parece que son preguntas diversas. Una pregunta es cómo inspirar la parroquia en la eclesiología conciliar, hacer vivir a los fieles esta eclesiología; otra es cómo debemos actuar y hacer que en nosotros mismos el trabajo pastoral se convierta en espiritual. Comencemos por esta última pregunta. Una cierta tensión entre lo que debo absolutamente hacer y cuáles reservas espirituales debo tener existe siempre. Lo veo también en san Agustín, que se lamenta en sus predicaciones; ya lo he citado:  me gustaría tanto vivir con la palabra de Dios, pero desde la mañana hasta la noche debo estar con vosotros. Sin embargo, san Agustín encuentra este equilibrio estando siempre a disposición, pero reservándose también momentos de oración, de meditación de la sagrada Palabra, porque, de lo contrario, no podría decir nada. En particular, quisiera subrayar aquí cuanto usted ha dicho acerca de que la pastoral no debería ser jamás una simple estrategia, un trabajo administrativo, sino que debería ser siempre un trabajo espiritual. Ciertamente, no puede faltar tampoco del todo lo otro, porque estamos en esta tierra y estos problemas existen:  cómo administrar bien el dinero, etc.; también este es un aspecto que no se puede descuidar totalmente.

El acento se debe poner fundamentalmente en que el ser pastor es en sí mismo un acto espiritual. Usted ha hecho alusión justamente al evangelio de san Juan, capítulo 10, donde el Señor se define como buen Pastor. Y como primer momento definitivo, Jesús dice que el pastor precede, es decir, muestra el camino, hace antes lo que deben hacer los demás, emprende antes el camino, que es el camino para los demás. El pastor precede. Esto quiere decir que él mismo vive ante todo la palabra de Dios:  es un hombre de oración, es hombre de perdón, es hombre que recibe y celebra los sacramentos como actos de oración y de encuentro con el Señor. Es un hombre de caridad, vivida y realizada. Y así todos los simples actos de coloquios, encuentros, todo lo que se debe hacer, se convierten en actos espirituales en comunión con Cristo. Su "pro omnibus" se convierte en nuestro "pro meis".

De esta forma es como precede, y me parece que en este preceder ya se ha dicho lo esencial. El capítulo 10 de san Juan refiere también que Jesús nos precede entregándose a sí mismo en la cruz. Y esto es también inevitable para el sacerdote. Este ofrecerse a sí mismo es una participación en la cruz de Cristo, y gracias a esto también nosotros podemos consolar de modo creíble a los que sufren, estar con los pobres, con los marginados, etc.

Por tanto, en este programa que usted ha desarrollado, la espiritualización del trabajo diario de la pastoral es fundamental. Es más fácil decirlo que hacerlo, pero debemos intentarlo; y para poder espiritualizar nuestro trabajo, debemos seguir de nuevo al Señor. Los evangelios nos dicen que de día trabajaba y por la noche estaba en el monte, con el Padre, y rezaba. Debo confesar aquí mi debilidad:  por la noche no puedo rezar; por la noche quisiera dormir. Sin embargo, se requiere un poco de tiempo libre para el Señor:  la celebración de la misa, la oración de la liturgia de las Horas y la meditación diaria, aunque sea breve, y luego la liturgia y el rosario. Este coloquio personal con la palabra de Dios es importante; y sólo así podemos tener las reservas para responder a las exigencias de la vida pastoral.

Segundo punto:  usted ha subrayado justamente la eclesiología del Concilio. Me parece que esta eclesiología la debemos interiorizar aún mucho más, sea la de la Lumen gentium, sea la de la Ad gentes, que es también un documento eclesiológico, sea también la de los documentos menores, y la de la Dei Verbum. Interiorizando esta visión también podemos atraer a nuestro pueblo hacia ella, para que comprenda que la Iglesia no es simplemente una gran estructura, una de esas entidades supranacionales que existen. La Iglesia, aun siendo un cuerpo, es cuerpo de Cristo y, por tanto, un cuerpo espiritual, como dice san Pablo. Es una realidad espiritual. Esto me parece muy importante:  que la gente pueda ver que la Iglesia no es una organización supranacional, que no es un cuerpo administrativo o de poder, que no es una agencia social —aunque haga un trabajo social y supranacional—, sino que es un cuerpo espiritual.

Me parece que al rezar con el pueblo, al escuchar juntos la palabra de Dios, al celebrar los sacramentos, al actuar con Cristo en la caridad, etc., pero sobre todo en las homilías debemos transmitir esta visión. En este sentido, creo que la homilía sigue siendo una ocasión maravillosa para estar cerca de la gente y comunicar la espiritualidad enseñada por el Concilio, y así creo que si la homilía ha crecido en la oración, en la escucha de la palabra de Dios, es comunicación del contenido de la palabra de Dios. El Concilio llega realmente a nuestra gente, no los fragmentos de prensa que han dado una imagen equivocada del Concilio, sino la verdadera realidad espiritual del Concilio. Y así, con el Concilio y con el espíritu del Concilio, interiorizando su visión, debemos aprender siempre de nuevo la palabra de Dios. Haciendo esto, podemos comunicarnos también con nuestra gente, y así hacer realmente un trabajo pastoral y espiritual.

6. El rector de la basílica de Santa Anastasia habló de la adoración eucarística perpetua y le pidió al Papa que explicara el valor de la reparación eucarística frente a los robos sacrílegos y a las sectas satánicas.

La adoración eucarística, ha penetrado realmente en nuestro corazón y penetra en el corazón del pueblo, por eso no hablamos en general de ello. Usted ha formulado esta pregunta específica sobre la reparación eucarística. Es un discurso que se ha hecho difícil. Recuerdo que cuando era joven, en la fiesta del Sagrado Corazón, se rezaba una hermosa oración de León XIII y también otra de Pío XI, en la que la reparación tenía un lugar particular, precisamente con referencia, ya en aquel tiempo, a los actos sacrílegos que debían repararse.

Me parece que es necesario profundizar, llegar al Señor mismo, que ha ofrecido la reparación por el pecado del mundo, y buscar los modos de reparar, es decir, de establecer un equilibrio entre el plus del mal y el plus del bien. Así, en la balanza del mundo, no debemos dejar este gran plus en negativo, sino que tenemos que dar un peso al menos equivalente al bien. Esta idea fundamental se apoya en todo lo que Cristo hizo. Por lo que puedo entender, este es el sentido del sacrificio eucarístico. Contra este gran peso del mal que existe en el mundo y que abate al mundo, el Señor pone otro peso más grande, el del amor infinito que entra en este mundo. Este es el punto importante:  Dios es siempre el bien absoluto, pero este bien absoluto entra precisamente en el juego de la historia; Cristo se hace presente aquí y sufre a fondo el mal, creando así un contrapeso de valor absoluto. El plus del mal, que existe siempre si vemos sólo empíricamente las proporciones, es superado por el plus inmenso del bien, del sufrimiento del Hijo de Dios.

En este sentido existe la reparación, que es necesaria. Me parece que hoy resulta un poco difícil comprender estas cosas. Si vemos el peso del mal en el mundo, que aumenta continuamente, que parece prevalecer absolutamente en la historia —como dice san Agustín en una meditación—, se podría incluso desesperar. Pero vemos que hay un plus aún mayor en el hecho de que Dios mismo ha entrado en la historia, se ha hecho partícipe de la historia y ha sufrido a fondo. Este es el sentido de la reparación. Este plus del Señor es para nosotros una llamada a ponernos de su parte, a entrar en este gran plus del amor y a manifestarlo, incluso con nuestra debilidad. Sabemos que también nosotros necesitábamos este plus, porque también en nuestra vida existe el mal. Todos vivimos gracias al plus del Señor. Pero nos hace este don para que, como dice la carta a los Colosenses, podamos asociarnos a su abundancia y, así, hagamos crecer aún más esta abundancia, concretamente en nuestro momento histórico.

La teología debería hacer más para comprender aún mejor esta realidad de la reparación. A lo largo de la historia no han faltado ideas equivocadas. He leído en estos días los discursos teológicos de san Gregorio Nacianceno, que en cierto momento habla de este aspecto y se pregunta:  ¿a quién ofreció el Señor su sangre? Dice:  el Padre no quería la sangre del Hijo, el Padre no es cruel, no es necesario atribuir esto a la voluntad del Padre; pero la historia lo exigía, lo exigían la necesidad y los desequilibrios de la historia; se debía entrar en estos desequilibrios y recrear aquí el verdadero equilibrio. Esto es precisamente muy iluminador. Pero me parece que aún no poseemos suficientemente el lenguaje para comprender nosotros mismos este hecho y para hacerlo comprender después a los demás. No se debe ofrecer a un Dios cruel la sangre de Dios. Pero Dios mismo, con su amor, debe entrar en los sufrimientos de la historia para crear no sólo un equilibrio, sino un plus de amor que es más fuerte que la abundancia del mal que existe. El Señor nos invita a esto.

Se trata de una realidad típicamente católica. Lutero dice:  no podemos añadir nada. Y esto es verdad. Y también dice:  por tanto, nuestras obras no cuentan nada. Y esto no es verdad. Porque la generosidad del Señor se muestra precisamente en el hecho de que nos invita a entrar, y da valor también a nuestro estar con él. Debemos aprender mejor todo esto y sentir la grandeza, la generosidad del Señor y la grandeza de nuestra vocación. El Señor quiere asociarnos a este gran plus suyo. Si comenzamos a comprenderlo, estaremos contentos de que el Señor nos invite a esto. Será la gran alegría de experimentar que  el  amor  del  Señor nos toma en serio.

7. Un profesor de la facultad de misionología de la Pontificia Universidad Urbaniana, que trabaja pastoralmente en la basílica de San Bartolomé de la Isla Tiberina, lugar memorial de los nuevos mártires del siglo XX, hizo una reflexión sobre la ejemplaridad y la capacidad atractiva de las figuras de los mártires en relación sobre todo con los jóvenes:  desvelan la belleza de la fe cristiana y testimonian ante el mundo que es posible responder al mal con el bien fundamentando la vida en la fuerza de la esperanza. A esta reflexión el Papa no quiso añadir nada.

Los aplausos que hemos oído demuestran que usted mismo ya nos ha dado amplias respuestas... Por tanto, a su pregunta simplemente podría responder:  sí, es así como usted ha dicho. Y meditemos sus palabras.

8. Ante el problema del relativismo en la cultura contemporánea, un vicario parroquial pidió al Santo Padre una palabra iluminadora sobre la relación entre unidad de fe y pluralismo en teología.

¡Es una gran pregunta! Cuando aún era miembro de la Comisión teológica internacional afrontamos durante un año este problema. Fui el relator y, por tanto, lo recuerdo bastante bien. Y, sin embargo, me reconozco incapaz de explicar con pocas palabras esta cuestión. Quisiera decir solamente que la teología ha sido siempre múltiple. Pensemos en los Padres, en el Medioevo, la escuela franciscana, la escuela dominicana, luego en la Baja Edad Media, etc. Como hemos dicho, la palabra de Dios es siempre más grande que nosotros; por eso no podemos agotar jamás el alcance de esta Palabra, y se necesitan enfoques diversos, diversos tipos de reflexión.

Quisiera simplemente decir:  es importante que el teólogo, por una parte, en su responsabilidad y en su capacidad profesional, trate de encontrar pistas que respondan a las exigencias y a los desafíos de nuestro tiempo; y, por otra, que sea siempre consciente de que todo esto se basa en la fe de la Iglesia y, por tanto, debe volver siempre a la fe de la Iglesia. Pienso que si un teólogo está arraigado personal y profundamente en la fe y comprende que su trabajo es reflexión sobre la fe, logrará conciliar la unidad con la pluralidad.

9. La última intervención se centró en el arte sacro. La pregunta que se hizo al Papa fue si no se lo debe valorar más adecuadamente como medio de comunicación de la fe.

La respuesta podría ser muy simple:  ¡sí! He llegado a vosotros con un poco de retraso, porque antes he visitado la capilla Paulina, en obras de restauración desde hace varios años. Me han dicho que durarán todavía dos años más. He podido ver un poco entre los andamios una parte de este arte maravilloso. Y vale la pena restaurarla bien, para que resplandezca de nuevo y sea una catequesis viva.

Con esto quería recordar que Italia es particularmente rica en arte, y el arte es un tesoro de catequesis inagotable, increíble. Para nosotros es también un deber conocerlo y comprenderlo bien. No como hacen algunas veces los historiadores del arte, que lo interpretan sólo formalmente, según la técnica artística. Más bien, debemos entrar en el contenido y hacer revivir el contenido que ha inspirado este gran arte. Me parece realmente un deber —también en la formación de los futuros sacerdotes— conocer estos tesoros y ser capaces de transformar en catequesis viva cuanto está presente en ellos y nos habla hoy a nosotros. Así, también la Iglesia podrá presentarse como un organismo no de opresión o de poder —como algunos quieren hacer ver—, sino de una fecundidad espiritual irrepetible en la historia, o al menos, me atrevería a decir, como no puede encontrarse fuera de la Iglesia católica. Este es también un signo de la vitalidad de la Iglesia, que, con todas sus debilidades y también con sus pecados, sigue siendo siempre una gran realidad espiritual, una inspiradora que nos ha dado toda esta riqueza.

Por tanto, es un deber para nosotros entrar en esta riqueza y ser capaces de convertirnos en intérpretes de este arte. Esto vale sea para el arte pictórico y escultórico, sea para la música sacra, que es un sector del arte que merece ser vivificado. El Evangelio vivido de diversos modos es aún hoy una fuerza inspiradora que nos da y nos dará arte. También hoy, sobre todo, hay esculturas bellísimas, que demuestran que la fecundidad de la fe y del Evangelio no se ha agotado; hoy hay también composiciones musicales... Me parece que se puede subrayar una situación, podemos decir, contradictoria del arte, una situación también un poco desesperada del arte. También hoy la Iglesia inspira, porque la fe y la palabra de Dios son inagotables. Y esto nos da ánimo a todos. Nos da la esperanza de que también el mundo futuro tendrá nuevas visiones de la fe y, al mismo tiempo, la certeza de que los dos mil años de arte cristiano que han transcurrido están siempre vivos y son siempre un "hoy" de la fe.

Gracias por vuestra paciencia y por vuestra atención. ¡Os deseo una buena Cuaresma!

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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