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DISCURSO  DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS PÁRROCOS, SACERDOTES
Y DIÁCONOS DE LA DIÓCESIS DE ROMA


Sala de las Bendiciones
Jueves 7 de febrero de 2008

 

(Publicamos el texto de las intervenciones del Santo Padre y un resumen de las preguntas)


(Giuseppe Corona, diácono)

Santo Padre, nos sentimos agradecidos porque providencialmente el Concilio restauró el diaconado permanente. Los diáconos realizamos tareas en ámbitos muy diferentes:  familia, trabajo, parroquia, sociedad, incluso misiones en África y América Latina. Pero quisiéramos que nos indicara alguna iniciativa pastoral que haga más incisiva la presencia del diaconado permanente en Roma, como sucedía en la Iglesia primitiva.

Gracias por este testimonio de uno de los más de cien diáconos de Roma. Yo también quiero expresar mi alegría y mi gratitud al Concilio, porque restauró este importante ministerio en la Iglesia universal. Cuando yo era arzobispo de Munich, no encontré más de tres o cuatro diáconos, y fomenté mucho este ministerio, porque me parece que pertenece a la riqueza del ministerio sacramental en la Iglesia. Al mismo tiempo, puede ser también un nexo entre el mundo laico, el mundo profesional, y el mundo del ministerio sacerdotal.

En efecto, muchos diáconos siguen desempeñando sus profesiones y mantienen sus puestos, tanto cuando se trata de actividades importantes como cuando son parte de una vida sencilla, mientras que el sábado y el domingo trabajan en la Iglesia. Así testimonian en el mundo de hoy, incluso en el mundo del trabajo, la presencia de la fe, el ministerio sacramental y la dimensión diaconal del sacramento del Orden. Me parece muy importante la visibilidad de la dimensión diaconal.

Naturalmente, también todo sacerdote sigue siendo diácono y siempre debe pensar en esta dimensión, porque el Señor mismo se hizo nuestro ministro, nuestro diácono. Pensemos en el gesto del lavatorio de los pies, con el cual se manifiesta explícitamente que el Maestro, el Señor, actúa como diácono y quiere que todos los que lo sigan sean diáconos, que desempeñen este ministerio en favor de la humanidad, hasta el punto de ayudar también a lavar los pies sucios de los hombres que nos han sido encomendados. Esta dimensión me parece de gran importancia.

Con esta ocasión, me viene a la mente —aunque tal vez no sea inmediatamente atinente al tema— una sencilla experiencia de Pablo VI. Cada día del Concilio se entronizaba el Evangelio. Y el Santo Padre dijo a los maestros de ceremonias que en alguna ocasión quería realizar él mismo esa entronización del Evangelio. Le respondieron:  "no, eso es tarea de los diáconos y no del Papa, del Sumo Pontífice, ni de los obispos". Él anotó en su diario:  "Yo también soy diácono, sigo siendo diácono, y yo también quiero ejercer este ministerio de diácono colocando en el trono la palabra de Dios". Así pues, esto nos concierne a todos. Los sacerdotes siguen siendo diáconos y los diáconos llevan a cabo en la Iglesia y en el mundo esta dimensión diaconal de nuestro ministerio. Esta entronización litúrgica de la palabra de Dios cada día durante el Concilio era siempre para nosotros un gesto de gran importancia:  nos decía quién era el verdadero Señor de esa asamblea; nos decía que en el trono está la palabra de Dios y nosotros ejercemos el ministerio para escuchar y para interpretar, para ofrecer a los demás esta Palabra. Entronizar en el mundo la palabra de Dios, la Palabra viva, Cristo, es muy significativo para todo lo que hacemos. Que sea él realmente quien gobierne nuestra vida personal y nuestra vida en las parroquias.

Además, usted me hace una pregunta que, en mi opinión, va un poco más allá de mis fuerzas:  ¿Cuáles serían las tareas propias de los diáconos de Roma? Sé que el cardenal vicario conoce mucho mejor que yo las situaciones concretas de la ciudad, de la comunidad diocesana de Roma. Yo creo que una característica del ministerio de los diáconos es precisamente la multiplicidad de las aplicaciones del diaconado. En la Comisión teológica internacional, hace algunos años, estudiamos a fondo el diaconado en la historia y también en el presente de la Iglesia. Y descubrimos precisamente esto:  no hay un perfil único. Lo que se debe hacer varía según la preparación de las personas y las situaciones en las que se encuentran. Puede haber aplicaciones y formas concretas muy diversas, naturalmente siempre en comunión con el obispo y con la parroquia. En las diferentes situaciones se presentan muchas posibilidades, también según la preparación profesional que puedan tener estos diáconos:  podrían emplearse en el sector cultural, tan importante hoy; o podrían tener una voz y un puesto significativo en el sector educativo. Este año pensamos precisamente en el problema de la educación como algo central para nuestro futuro, para el futuro de la humanidad.

Ciertamente, en Roma el sector de la caridad era el sector originario, porque los títulos presbiterales y las diaconías eran centros de la caridad cristiana. Desde el inicio, este sector era muy importante en la ciudad de Roma. En mi encíclica Deus caritas est puse de relieve que no sólo la predicación y la liturgia son esenciales para la Iglesia y para el ministerio de la Iglesia, sino que también es esencial la ayuda a los pobres, a los necesitados, el servicio de la cáritas en sus múltiples dimensiones. Por tanto, espero que en todos los tiempos, en todas las diócesis, aun en situaciones diversas, esta dimensión siga siendo fundamental e incluso prioritaria en el compromiso de los diáconos, aunque no única, como nos muestra también la Iglesia primitiva, donde los siete diáconos habían sido elegidos precisamente para permitir a los Apóstoles dedicarse a la oración, a la liturgia, a la predicación.

Con todo, san Esteban se vio en la necesidad de predicar a los helenistas, a los judíos de lengua griega; así se ensancha el campo de la predicación. Podríamos decir que se vio condicionado por las situaciones culturales, donde él tenía voz para hacer presente la palabra de Dios en este sector y así favorecer más la universalidad del testimonio cristiano, abriendo las puertas a san Pablo, que fue testigo de su lapidación y luego, en cierto sentido, su sucesor en la universalización de la palabra de Dios.

No sé si el cardenal vicario quiere añadir alguna palabra. Yo no sigo tan de cerca las situaciones concretas.

(Cardenal Ruini)

Santo Padre, le confirmo que, como decía usted, también en Roma, en concreto, los diáconos trabajan en muchos ámbitos, por lo general en las parroquias, ocupándose de la pastoral de la caridad, pero por ejemplo muchos también colaboran en la pastoral de la familia. Dado que casi todos los diáconos están casados, preparan para el matrimonio, siguen a las parejas jóvenes, etc. Además, contribuyen de modo notable a la pastoral sanitaria, colaboran en el Vicariato —algunos trabajan en el Vicariato— y, como se ha dicho antes, en las misiones. También hay alguna presencia misionera de diáconos. Naturalmente, por lo que atañe al número, la mayoría se dedican a la pastoral en las parroquias, pero también hay otros ámbitos que se están abriendo y precisamente por esto ya tenemos más de cien diáconos permanentes.

(Padre Graziano Bonfitto, vicario parroquial) 

Soy religioso de don Orione. Realizo mi apostolado sacerdotal especialmente con los jóvenes, los cuales necesitan certezas, anhelan sinceridad, libertad, justicia y paz. Quieren tener a su lado personas que los acompañen, como Jesús a los discípulos de Emaús. Tienen sed de Cristo, sed de testigos gozosos que se hayan encontrado con Jesús y hayan apostado por él toda su vida. Sin embargo, muchos están alejados de la Iglesia. Además, les acechan muchos falsos profetas. ¿Qué hacer? ¿Cómo comportarse?

Gracias por este hermoso testimonio de un sacerdote joven que está cerca de los jóvenes, que los acompaña, como usted ha dicho, y les ayuda a estar con Cristo, con Jesús. ¿Qué puedo decir? Todos sabemos cuán difícil es para un joven de hoy vivir como cristiano. El contexto cultural, el contexto mediático, ofrece un camino muy diferente al de Cristo. Parece incluso que hace imposible ver a Cristo como centro de la vida y vivir la vida como Jesús nos la muestra. Sin embargo, también creo que muchos perciben cada vez más la insuficiencia de todas esas propuestas, de ese estilo de vida, que al final deja vacíos.

En este sentido, me parece que las lecturas de la liturgia de hoy, la del Deuteronomio (30, 15-20) y el pasaje evangélico de san Lucas (9, 22-25) responden a lo que, en substancia, deberíamos decir siempre a los jóvenes y también a nosotros mismos. Como ha dicho usted, la sinceridad es fundamental. Los jóvenes deben percibir que no decimos palabras que no hayamos vivido antes nosotros mismos, sino que hablamos porque hemos encontrado y tratamos de encontrar de nuevo cada día la verdad como verdad para nuestra vida. Para que nuestras palabras sean creíbles y tengan una lógica visible y convincente, es preciso que nosotros mismos sigamos ese camino, que nosotros mismos tratemos de que nuestra vida corresponda a la del Señor.

Vuelvo al Deuteronomio:  hoy la gran regla fundamental, no sólo para la Cuaresma, sino también para toda la vida cristiana, es:  "Escoge la vida. Tienes ante ti la muerte y la vida:  escoge la vida". Y me parece que la respuesta es natural. Son muy pocos los que en lo más profundo de su ser albergan una voluntad de destrucción, de muerte, los que ya no quieren el ser, la vida, porque para ellos todo es contradictorio. Sin embargo, por desgracia, se trata de un fenómeno que va aumentando. Con todas las contradicciones, las falsas promesas, al final la vida parece contradictoria, ya no es un don sino una condena, y de esta forma hay quien prefiere la muerte a la vida. Pero normalmente el hombre responde:  sí, quiero la vida.

Con todo, el problema sigue consistiendo en cómo encontrar la vida, en qué escoger, en cómo escoger la vida. Y ya conocemos las propuestas que normalmente se hacen:  ir a la discoteca, tomar todo lo que es posible, considerar la libertad como hacer todo lo que apetezca, todo lo que venga a la mente en un momento determinado. En cambio, sabemos —y podemos demostrarlo— que este camino es un camino de mentira, porque al final no se encuentra la vida, sino lo que en realidad se encuentra es el abismo de la nada.

"Escoge la vida". La misma lectura del Deuteronomio dice:  Dios es tu vida, tú has escogido la vida y tú has hecho la elección:  Dios. Esto me parece fundamental. Sólo así nuestro horizonte es suficientemente amplio y sólo así estamos ante la fuente de la vida, que es más fuerte que la muerte, que todas las amenazas de la muerte. Por consiguiente, la opción fundamental es la que se indica aquí:  escoge a Dios. Es preciso comprender que quien avanza por el camino sin Dios, al final se encuentra en la oscuridad, aunque pueda haber momentos en que le parezca haber hallado la vida.

Un paso más es ver cómo encontrar a Dios, cómo escoger a Dios. Aquí pasamos al Evangelio:  Dios no es un desconocido, una hipótesis tal vez del primer inicio del cosmos. Dios tiene carne y hueso. Es uno de nosotros. Lo conocemos con su rostro, con su nombre. Es Jesucristo, que nos habla en el Evangelio. Es hombre y Dios. Siendo Dios, escogió ser hombre para que nosotros pudiéramos elegir a Dios. Por tanto, hay que entrar en el conocimiento y luego en la amistad de Jesús para caminar con él.

Me parece que este es el punto fundamental en nuestra atención pastoral a los jóvenes, a todos pero especialmente a los jóvenes:  atraer la atención hacia la opción de escoger a Dios, que es la vida; hacia el hecho de que Dios existe, y existe de un modo concreto. Y enseñar la amistad con Jesucristo.

Hay un tercer paso. Esta amistad con Jesús no es una amistad con una persona irreal, con alguien que pertenece al pasado o que está lejos de los hombres, a la diestra de Dios. Cristo está presente en su cuerpo, que es aún de carne y hueso:  es la Iglesia, la comunión de la Iglesia. Debemos construir, y hacer más accesibles, comunidades que reflejen, que sean el espejo de la gran comunidad de la Iglesia vital. Es un conjunto:  la experiencia vital de la comunidad, con todas las debilidades humanas, pero sin embargo real, con un camino claro, y una sólida vida sacramental, en la que podamos palpar también lo que a nosotros nos pueda parecer muy lejano, la presencia del Señor.

De este modo, para volver al Deuteronomio, del que partí, podemos aprender también los mandamientos. Porque la lectura dice:  escoger a Dios quiere decir escoger según su Palabra, vivir según la Palabra. En un primer momento esto parece casi en cierto modo positivista, pues son imperativos. Pero lo más importante es el don, su amistad. Luego podemos comprender que las señales del camino son explicaciones de la realidad de esa amistad nuestra.

Podemos decir que esta es una visión general, tal como se desprende del contacto con la sagrada Escritura y de la vida diaria de la Iglesia. Luego se traduce, paso a paso, en los encuentros concretos con los jóvenes:  guiarlos al diálogo con Jesús en la oración, en la lectura de la sagrada Escritura —sobre todo la lectura común, pero también la personal— y en la vida sacramental. Se trata de pasos para hacer presentes estas experiencias en la vida profesional, aunque el contexto con frecuencia está marcado por una total ausencia de Dios y por la aparente imposibilidad de captar su presencia. Pero precisamente entonces, a través de nuestra vida y de nuestra experiencia de Dios, debemos tratar de que la presencia de Cristo entre también en este mundo alejado de Dios.

Hay sed de Dios. Hace poco tiempo recibí, en visita ad limina, a los obispos de un país donde más del cincuenta por ciento se declara ateo o agnóstico. Pero me dijeron:  en realidad, todos tienen sed de Dios. En lo más profundo existe esta sed. Por eso, comencemos primero nosotros, junto con los jóvenes que podamos encontrar. Formemos comunidades en las que se refleje la Iglesia; aprendamos la amistad con Jesús. Así, llenos de esta alegría y de esta experiencia, también hoy podremos hacer presente a Dios en este mundo.

(Don Pietro Riggi, sacerdote salesiano)

Santo Padre, en un discurso del 25 de marzo de 2007, dijo usted que hoy se habla poco de los Novísimos. En muchos catecismos se han omitido algunas verdades de fe. Ya casi no se habla del infierno, del purgatorio, del pecado, del pecado original... ¿No cree que sin estas partes esenciales del Credo se desmorona el sistema lógico que lleva a ver la redención de Cristo? Si se pierde el sentido del pecado, se devalúa el sacramento de la reconciliación. ¿No se está dando a la fe una dimensión meramente horizontal?

Usted ha abordado con razón temas fundamentales de la fe, que por desgracia aparecen raramente en nuestra predicación. En la encíclica Spe salvi quise hablar precisamente también del juicio final, del juicio en general y, en este contexto, también del purgatorio, del infierno y del paraíso. Creo que a todos nos impresiona siempre la objeción de los marxistas, según los cuales los cristianos sólo han hablado del más allá y han descuidado la tierra. Así, nosotros queremos demostrar que realmente nos comprometemos por la tierra y no somos personas que hablan de realidades lejanas, de realidades que no ayudan a la tierra.

Aunque esté bien mostrar que los cristianos se comprometen por la tierra —y todos estamos llamados a trabajar para que esta tierra sea realmente una ciudad para Dios y de Dios— no debemos olvidar la otra dimensión. Si no la tenemos en cuenta, no trabajamos bien por la tierra. Mostrar esto ha sido una de mis finalidades fundamentales al escribir la encíclica. Cuando no se conoce el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del infierno, del fracaso radical y definitivo de la vida; no se conoce la posibilidad y la necesidad de purificación. Entonces el hombre no trabaja bien por la tierra, porque al final pierde los criterios; al no conocer a Dios, ya no se conoce a sí mismo y destruye la tierra. Todas las grandes ideologías han prometido:  nosotros cuidaremos de las cosas, ya no descuidaremos la tierra, crearemos un mundo nuevo, justo, correcto, fraterno. En cambio, han destruido el mundo. Lo vemos con el nazismo, lo vemos también con el comunismo, que prometieron construir el mundo como tendría que haber sido y, en cambio, han destruido el mundo.

En las visitas ad limina de los obispos de los países ex comunistas veo siempre cómo en esas tierras no sólo han quedado destruidos el planeta, la ecología, sino sobre todo, y más gravemente, las almas. Recobrar la conciencia verdaderamente humana, iluminada por la presencia de Dios, es la primera tarea de reconstrucción de la tierra. Esta es la experiencia común de esos países. La reconstrucción de la tierra, respetando el grito de sufrimiento de este planeta, sólo se puede realizar encontrando a Dios en el alma, con los ojos abiertos hacia Dios.

Por eso, usted tiene razón:  debemos hablar de todo esto precisamente por responsabilidad con la tierra, con los hombres que viven hoy. También debemos hablar del pecado como posibilidad de destruirse a sí mismos, y así también de destruir otras partes de la tierra. En la encíclica traté de demostrar que precisamente el juicio final de Dios garantiza la justicia. Todos queremos un mundo justo, pero no podemos reparar todas las destrucciones del pasado, todas las personas injustamente atormentadas y asesinadas. Sólo Dios puede crear la justicia, que debe ser justicia para todos, también para los muertos. Como dice Adorno, un gran marxista, sólo la resurrección de la carne, que él considera irreal, podría crear justicia. Nosotros creemos en esta resurrección de la carne, en la que no todos serán iguales. Hoy se suele pensar:  "¿Qué es el pecado? Dios es grande y nos conoce; por tanto, el pecado no cuenta; al final Dios será bueno con todos". Es una hermosa esperanza. Pero está la justicia y está también la verdadera culpa. Los que han destruido al hombre y la tierra, no pueden sentarse inmediatamente a la mesa de Dios juntamente con sus víctimas. Dios crea justicia. Debemos tenerlo presente. Por eso, me pareció importante escribir ese texto también sobre el purgatorio, que para mí es una verdad tan obvia, tan evidente y también tan necesaria y consoladora, que no puede faltar. Traté de decir:  tal vez no son muchos los que se han destruido así, los que son incurables para siempre, los que no tienen ningún elemento sobre el cual pueda apoyarse el amor de Dios, los que ya no tienen en sí mismos un mínimo de capacidad de amar. Eso sería el infierno.

Por otra parte, ciertamente son pocos —o, por lo menos, no demasiados— los que son tan puros que puedan entrar inmediatamente en la comunión de Dios. Muchísimos de nosotros esperamos que haya algo sanable en nosotros, que haya una voluntad final de servir a Dios y de servir a los hombres, de vivir según Dios. Pero hay numerosas heridas, mucha suciedad. Tenemos necesidad de estar preparados, de ser purificados. Esta es nuestra esperanza:  también con mucha suciedad en nuestra alma, al final el Señor nos da la posibilidad, nos lava finalmente con su bondad, que viene de su cruz. Así nos hace capaces de estar eternamente con él. De este modo el paraíso es la esperanza, es la justicia finalmente realizada.

Y también nos da los criterios para vivir, para que este tiempo sea de algún modo un paraíso, para que sea una primera luz del paraíso. Donde los hombres viven según estos criterios, existe ya un poco de paraíso en el mundo, y esto se puede comprobar. Me parece también una demostración de la verdad de la fe, de la necesidad de seguir la senda de los mandamientos, de la que debemos hablar más.

Los mandamientos son realmente las señales que nos indican el camino y nos muestran cómo vivir bien, cómo escoger la vida. Por eso, debemos hablar también del pecado y del sacramento del perdón y de la reconciliación. Un hombre sincero sabe que es culpable, que debería recomenzar, que debería ser purificado. Y esta es la maravillosa realidad que nos ofrece el Señor:  hay una posibilidad de renovación, de ser nuevos. El Señor comienza con nosotros de nuevo y nosotros podemos recomenzar así también con los demás en nuestra vida.

Este aspecto de la renovación, de la restitución de nuestro ser después de tantas cosas equivocadas, después de tantos pecados, es la gran promesa, el gran don que la Iglesia ofrece, y que, por ejemplo, la psicoterapia no puede ofrecer. La psicoterapia hoy está muy difundida y también es muy necesaria, teniendo en cuenta tantas psiques destruidas o gravemente heridas. Pero las posibilidades de la psicoterapia son muy limitadas:  sólo puede tratar de volver a equilibrar un poco un alma desequilibrada. Pero no puede dar una verdadera renovación, una superación de estas graves enfermedades del alma. Por eso, siempre es provisional y nunca definitiva.

El sacramento de la penitencia nos brinda la ocasión de renovarnos hasta el fondo con el poder de Dios —Ego te absolvo—, que es posible porque Cristo tomó sobre sí estos pecados, estas culpas. Me parece que hoy esta es una gran necesidad. Podemos ser sanados nuevamente. Las almas que están heridas y enfermas, como es la experiencia de todos, no sólo necesitan consejos, sino también una auténtica renovación, que únicamente puede venir del poder de Dios, del poder del Amor crucificado. Me parece que este es el gran nexo de los misterios que, al final, influyen realmente en nuestra vida. Nosotros mismos debemos meditarlos continuamente, para poder después hacer que lleguen de nuevo a nuestra gente.

(Don Massimo Tellan, párroco)

Santidad, vivimos inmersos en un mundo con inflación de palabras, a menudo sin significado, que desorientan el corazón humano hasta el punto de que lo hacen sordo a la Palabra de verdad:  Dios hecho carne con el rostro de Jesús. Esa Palabra queda oscurecida en medio de la selva de imágenes ambiguas y efímeras con las que nos bombardean sin cesar. ¿Cómo educar en la fe, a través del binomio palabra-imagen? ¿Cómo podemos volver a recuperar el arte de narrar la fe e introducir el misterio, como se hacía en el pasado, a través de la imagen? ¿Cómo educar en la búsqueda y la contemplación de la verdadera belleza? A este propósito, queremos regalarle un icono de Cristo atado a la columna, imagen de la humanidad que asumió el Verbo.

Gracias por este hermosísimo regalo. Me alegra que no sólo tengamos palabras, sino también imágenes. Vemos que también hoy la meditación cristiana suscita nuevas imágenes; renace la cultura cristiana, la iconografía cristiana. Sí, vivimos en una inflación de palabras, de imágenes. Por eso, es difícil crear espacio para la palabra y para la imagen. Me parece que precisamente en la situación de nuestro mundo, que todos conocemos, que es también nuestro sufrimiento, el sufrimiento de cada uno, el tiempo de Cuaresma cobra un nuevo significado. Ciertamente, el ayuno corporal, durante algún tiempo considerado pasado de moda, hoy se presenta a todos como necesario. No es difícil comprender que debemos ayunar. A veces nos encontramos ante ciertas exageraciones debidas a un ideal de belleza equivocado. Pero, en cualquier caso, el ayuno corporal es importante, porque somos cuerpo y alma, y la disciplina del cuerpo, también la disciplina material, es importante para la vida espiritual, que siempre es vida encarnada en una persona que es cuerpo y alma.

Esta es una dimensión. Hoy crecen y se manifiestan otras dimensiones. Me parece que precisamente el tiempo de Cuaresma podría ser también un tiempo de ayuno de palabras y de imágenes. Necesitamos un poco de silencio, necesitamos un espacio sin el bombardeo permanente de imágenes. En este sentido, hacer accesible y comprensible hoy el significado de cuarenta días de disciplina exterior e interior es muy importante para ayudarnos a comprender que una dimensión de nuestra Cuaresma, de esta disciplina corporal y espiritual, es crearnos espacios de silencio y también sin imágenes, para volver a abrir nuestro corazón a la imagen verdadera y a la palabra verdadera.

Me parece prometedor que también hoy se vea que hay un renacimiento del arte cristiano, tanto de una música meditativa —como por ejemplo la que surgió en Taizé—, como también, remitiéndome al arte del icono, de un arte cristiano que se mantiene en el ámbito de las grandes reglas del arte iconológico del pasado, pero ampliándose a las experiencias y a las visiones de hoy.

Donde hay una verdadera y profunda meditación de la Palabra, donde entramos realmente en la contemplación de esta visibilidad de Dios en el mundo, de la realidad palpable de Dios en el mundo, nacen también nuevas imágenes, nuevas posibilidades de hacer visibles los acontecimientos de la salvación. Esta es precisamente la consecuencia del acontecimiento de la Encarnación. El Antiguo Testamento prohibía todas las imágenes y debía prohibirlas en un mundo lleno de divinidades. Había un gran vacío, que se manifestaba en el interior del templo, donde, en contraste con otros templos, no había ninguna imagen, sino sólo el trono vacío de la Palabra, la presencia misteriosa del Dios invisible, no circunscrito por nuestras imágenes.

Pero luego el paso nuevo consistió en que ese Dios misterioso nos libró de la inflación de las imágenes, también de un tiempo lleno de imágenes de divinidades, y nos dio la libertad de la visión de lo esencial. Apareció con un rostro, con un cuerpo, con una historia humana que, al mismo tiempo, es una historia divina. Una historia que prosigue en la historia de los santos, de los mártires, de los santos de la caridad, de la palabra, que son siempre explicación, continuación —en el Cuerpo de Cristo— de esta vida suya divina y humana, y nos da las imágenes fundamentales, en las cuales —más allá de las superficiales, que ocultan la realidad— podemos abrir la mirada hacia la Verdad misma. En este sentido, me parece excesivo el período iconoclástico del posconcilio, que sin embargo tenía su sentido, porque tal vez era necesario librarse de una superficialidad de demasiadas imágenes.

Volvamos ahora al conocimiento del Dios que se hizo hombre. Como dice la carta a los Efesios, él es la verdadera imagen. Y en esta verdadera imagen vemos —por encima de las apariencias que ocultan la verdad— la Verdad misma:  "Quien me ve, ve al Padre". En este sentido, yo diría que, con mucho respeto y con mucha reverencia, podemos volver a encontrar un arte cristiano y también las grandes y esenciales representaciones del misterio de Dios en la tradición iconográfica de la Iglesia. Así podremos redescubrir la imagen verdadera, cubierta por las apariencias.

Realmente, la educación cristiana tiene la tarea importante de librarnos de las palabras por la Palabra, que exige continuamente espacios de silencio, de meditación, de profundización, de abstinencia, de disciplina. También la educación con respecto a la verdadera imagen, es decir, al redescubrimiento de los grandes iconos creados en la cristiandad a lo largo de la historia:  con la humildad nos libramos de las imágenes superficiales. Este tipo de iconoclasma siempre es necesario para redescubrir la imagen, es decir, las imágenes fundamentales que manifiestan la presencia de Dios en la carne.

Esta es una dimensión fundamental de la educación en la fe, en el verdadero humanismo, que buscamos en este tiempo en Roma. Hemos redescubierto el icono con sus reglas muy severas, sin las bellezas del Renacimiento. Así podemos volver también nosotros a un camino de redescubrimiento humilde de las grandes imágenes, hacia una liberación siempre nueva de las demasiadas palabras, de las demasiadas imágenes, para redescubrir las imágenes esenciales que nos son necesarias. Dios mismo nos ha mostrado su imagen y nosotros podemos volver a encontrar esta imagen con una profunda meditación de la Palabra, que hace renacer las imágenes.
Así pues, pidamos al Señor que nos ayude en este camino de verdadera educación, de reeducación en la fe, que no sólo es escuchar, sino también ver.

(Don Paul Chungat, de la India, vicario parroquial)

En la reciente Nota de la Congregación para la doctrina de la fe hay palabras difíciles de entender en el campo del diálogo interreligioso. Habla de "plenitud de la salvación", de "necesidad de incorporación formal a la Iglesia". ¿Cómo aplicar estos conceptos en la India, mi país, donde debemos tratar con amigos hinduistas, budistas y de otras religiones? ¿La plenitud de la salvación se ha de entender en sentido cualitativo o cuantitativo? El Concilio habló de la semilla de luz que hay en otras religiones. 

Gracias por esta intervención. Usted sabe bien que por la amplitud de sus preguntas haría falta un semestre de teología. Trataré de ser breve. Usted conoce la teología; hay grandes maestros y muchos libros. Ante todo, gracias por su testimonio, porque usted se muestra contento de poder trabajar en Roma, aunque es de la India. Para mí se trata de un fenómeno admirable de la catolicidad. Ahora no sólo los misioneros van de Occidente a los demás continentes; sino que hay un intercambio de dones:  indios, africanos, sudamericanos, trabajan entre nosotros, y los nuestros van a los demás continentes. Todos dan y reciben. Esta es la vitalidad de la catolicidad, donde todos somos deudores de los dones del Señor, y luego podemos dar los unos a los otros.

En esta reciprocidad de dones, de dar y recibir, vive la Iglesia católica. Vosotros podéis aprender de estos ambientes y experiencias occidentales, y nosotros no menos de vosotros. Veo que precisamente el espíritu de religiosidad que existe en Asia, al igual que en África, sorprende a los europeos, que a menudo son un poco fríos en la fe. Así, esa vivacidad, al menos del espíritu religioso que existe en esos continentes, es un gran don para todos nosotros, sobre todo para los obispos del mundo occidental y, en especial, para los países en donde es marcado el fenómeno de la inmigración, procedente de Filipinas, la India, etc. Nuestro catolicismo frío se reaviva con este fervor que nos viene de vosotros. Por tanto, la catolicidad es un gran don.

Vengamos a las preguntas que usted me ha formulado. En este momento no tengo presentes las palabras exactas del documento de la Congregación para la doctrina de la fe al que usted se ha referido; pero, en cualquier caso, quiero decir dos cosas. Por una parte, es absolutamente necesario el diálogo, conocerse mutuamente, respetarse y tratar de colaborar de todas las formas posibles para los grandes objetivos de la humanidad, o para sus grandes necesidades, para superar los fanatismos y crear un espíritu de paz y de amor.

Este es también el espíritu del Evangelio, cuyo sentido es precisamente que el espíritu de amor, que hemos aprendido de Jesús, la paz de Jesús que él nos dio mediante la cruz, se haga presente universalmente en el mundo. En este sentido, el diálogo deber ser verdadero diálogo, respetando al otro y aceptando su diversidad; pero también debe ser evangélico, en el sentido de que su finalidad fundamental es ayudar a los hombres a vivir en el amor y a hacer que ese amor se pueda difundir por todas las partes del mundo.

Pero esta dimensión del diálogo, tan necesaria, es decir, la del respeto del otro, de la tolerancia, de la cooperación, no excluye la otra, o sea, que el Evangelio es un gran don, el don del gran amor, de la gran verdad, que no podemos tener sólo para nosotros mismos, sino que debemos ofrecer a los demás, considerando que Dios les da la libertad y la luz necesaria para encontrar la verdad. Esta es la verdad. Y, por tanto, este es también mi camino.

La misión no es una imposición, sino ofrecer el don de Dios, dejando a su bondad iluminar a las personas para que se difunda el don de la amistad concreta con el Dios de rostro humano. Por eso, queremos y debemos testimoniar siempre esta fe y el amor que vive en nuestra fe. Dejaríamos de cumplir un deber verdadero, humano y divino, si dejáramos a los demás solos y reserváramos únicamente para nosotros la fe que tenemos. También seríamos infieles a nosotros mismos si no ofreciéramos esta fe al mundo, siempre respetando la libertad de los demás. La presencia de la fe en el mundo es un elemento positivo, aunque nadie se convirtiera; es un punto de referencia.

Algunos exponentes de religiones no cristianas me han dicho:  "Para nosotros la presencia del cristianismo es un punto de referencia que nos ayuda, aunque no nos convirtamos". Pensemos en la gran figura del Mahatma Gandhi:  aun estando firmemente adherido a su religión, para él el Sermón de la montaña era un punto de referencia fundamental, que formó toda su vida. Así, el fermento de la fe, aun sin convertirlo al cristianismo, entró en su vida. Y me parece que este fermento del amor cristiano, que brota del Evangelio, es —además del trabajo misionero que trata de ampliar los espacios de la fe— un servicio que prestamos a la humanidad.

Pensemos en san Pablo. Hace poco tiempo profundicé su motivación misionera. Hablé de ello también a la Curia con ocasión del encuentro de fin de año. San Pablo se conmovió con las palabras del Señor en su discurso escatológico. Antes de cualquier acontecimiento, antes de la vuelta del Hijo del hombre, el Evangelio debe ser predicado a todas las gentes. Una condición para que el mundo alcance su perfección, para su apertura al paraíso, es que el Evangelio sea anunciado a todos.

San Pablo puso todo su celo misionero para que el Evangelio pudiera llegar a todos, posiblemente ya en su generación, a fin de responder al mandato del Señor "que se anuncie a todas las gentes". Su deseo no era tanto bautizar a todas las gentes, cuanto la presencia del Evangelio en el mundo y, por tanto, la culminación de la historia como tal.

Me parece que hoy, al ver el desarrollo de la historia, se puede comprender mejor que esta presencia de la palabra de Dios, que este anuncio que llega a todos como fermento, es necesario para que el mundo pueda alcanzar realmente su finalidad. En este sentido, queremos ciertamente la conversión de todos, pero dejamos que sea el Señor quien actúe. Es importante que quien quiera convertirse tenga la posibilidad de hacerlo, y que en el mundo se presente a todos esta luz del Señor como punto de referencia y como luz que ayuda, sin la cual el mundo no puede encontrarse a sí mismo.

No sé si me he explicado bien: diálogo y misión no sólo no se excluyen, sino que el diálogo requiere la misión.

(Don Alberto Orlando, vicario parroquial)

El año pasado, en el encuentro con los jóvenes en Loreto, viví con ellos una experiencia muy hermosa, pero noté cierta distancia entre usted y los jóvenes. Mi grupo estaba muy lejos; casi no lográbamos ver ni escuchar; y los jóvenes necesitan cercanía, calor. Además, hubo dificultades en la liturgia de la misa. A pesar del fuerte calor, se alargaban mucho los cantos. ¿Por qué esa distancia entre usted y ellos? y ¿cómo conciliar el tesoro de la liturgia con la emotividad de los jóvenes?

El primer punto que me propone se refiere a la organización:  yo me encontré con una organización ya establecida; por tanto, no sé si se podía haber organizado de otra manera. Considerando las miles de personas que había, me parece que era imposible lograr que todos pudieran estar cerca de la misma manera. Más aún, por eso hice un recorrido con el coche, para acercarme un poco a cada persona. Sin embargo, tendremos en cuenta esto y veremos si en el futuro, en otros encuentros con cientos de miles de personas, es posible hacerlo de otra manera. Con todo, me parece importante que crezca el sentimiento de una cercanía interior, que encuentre el puente que nos une, aunque físicamente estemos distantes.

Un gran problema es, en cambio, el de las liturgias en las que participan multitudes de personas. Recuerdo que en 1960, durante el gran congreso eucarístico internacional de Munich, se trataba de dar una nueva fisonomía a los congresos eucarísticos, que hasta entonces eran sólo actos de adoración. Se quería poner en el centro la celebración de la Eucaristía como acto de la presencia del misterio celebrado. Pero inmediatamente se planteó la pregunta:  ¿Cómo se puede hacer? Adorar, se decía, es posible también a distancia; pero para celebrar la misa es necesaria una comunidad limitada, que pueda participar activamente en el misterio; por tanto, una comunidad que debía ser asamblea en torno a la celebración del misterio.

Muchos eran contrarios a la celebración de la Eucaristía en público con cien mil personas. Decían que no era posible precisamente por la estructura misma de la Eucaristía, que exige la comunidad para la comunión. También grandes personalidades, muy respetables, eran contrarias a esta solución. Luego el profesor Jungmann, gran liturgista, uno de los grandes arquitectos de la reforma litúrgica, creó el concepto de statio orbis, es decir, se refirió a la statio Romae, donde precisamente en el tiempo de Cuaresma los fieles se reúnen en un punto, la statio. Por tanto, se encuentran en statio como los soldados por Cristo; y luego van juntos a la Eucaristía. Si así era la statio de la ciudad de Roma —dijo—, donde la ciudad de Roma se reunía, entonces esta es la statio orbis. Y desde ese momento tenemos las celebraciones eucarísticas con la participación de grandes multitudes.

Para mí, queda un problema, porque la comunión concreta en la celebración es fundamental; por eso, creo que de ese modo aún no se ha encontrado realmente la respuesta definitiva. También en el Sínodo pasado suscité esta pregunta, pero no encontró respuesta. También hice que se planteara otra pregunta sobre la concelebración multitudinaria, porque si por ejemplo concelebran mil sacerdotes, no se sabe si se mantiene aún la estructura querida por el Señor. Pero en cualquier caso son preguntas.

Así, a usted se le presentó la dificultad al participar en una celebración multitudinaria durante la cual no es posible que todos estén igualmente implicados. Por tanto, se debe elegir cierto estilo, para conservar la dignidad siempre necesaria para la Eucaristía; de ese modo, la comunidad no es uniforme, y es diversa la experiencia de la participación en el acontecimiento; para algunos, ciertamente, es insuficiente. Pero no dependió de mí, sino más bien de quienes se encargaron de la preparación.

Por consiguiente, es preciso reflexionar bien sobre qué conviene hacer en esas situaciones, cómo responder a los desafíos de esa situación. Si no me equivoco, era una orquesta de discapacitados la que ejecutaba la música, y tal vez la idea era precisamente la de dar a entender que los discapacitados pueden ser animadores de la celebración sagrada y precisamente ellos no deben quedar excluidos, sino que han de ser protagonistas. De este modo, todos, amándolos, no se sintieron excluidos, sino más bien involucrados. Me parece una reflexión muy respetable, y la comparto.

Sin embargo, naturalmente, sigue existiendo el problema fundamental. Pero creo que también aquí, sabiendo qué es la Eucaristía, aunque no se tenga la posibilidad de una actividad exterior como se desearía para sentirse plenamente partícipes, se entra en ella con el corazón, como dice el antiguo imperativo en la Iglesia, tal vez creado para los que estaban detrás en la basílica:  "¡Levantemos el corazón! Ahora todos salgamos de nosotros mismos, así todos estaremos con el Señor y estaremos juntos". Como he dicho, no niego el problema, pero si realmente aplicamos estas palabras:  "¡Levantemos el corazón!", todos encontraremos la verdadera participación activa, aunque sea en situaciones difíciles y a veces discutibles.

(Mons. Renzo Martinelli, delegado de la Academia pontificia de la Inmaculada)

Santidad, recientemente usted dijo que si se concibe al hombre de forma individualista, según una tendencia hoy generalizada, no se puede edificar una comunidad solidaria. En cierto modo, en el seminario me educaron en esa tendencia individualista. ¿Cómo proponer a los jóvenes lo que usted dice con frecuencia:  que el yo del cristiano, una vez investido por Cristo, ya no es su "yo"? ¿Cómo proponer esta conversión, esta modalidad nueva, esta originalidad cristiana? 

Es la gran cuestión que todo sacerdote, responsable de otros, se plantea cada día. También para sí mismo, naturalmente. Es verdad que en el siglo XX había la tendencia a una devoción individualista, sobre todo para salvar la propia alma y crear méritos, incluso calculables, que incluso se podían indicar con números en ciertas listas. Desde luego, todo el movimiento del Vaticano II llevó a superar ese individualismo.

Yo no quiero juzgar ahora a esas generaciones pasadas, que, sin embargo, a su modo trataban de servir así a los demás. Pero existía el peligro de que se buscara sobre todo salvar la propia alma. De ello derivaba una piedad muy exterior, que al final sentía la fe como un peso y no como una liberación. Ciertamente, la nueva pastoral indicada por el concilio Vaticano II tiene la finalidad fundamental de salir de esa visión demasiado restringida del cristianismo y descubrir que yo salvo mi alma sólo entregándola, como decía hoy el Señor en el Evangelio; sólo liberándome de mí, sólo saliendo de mí, como Dios salió de sí mismo en el Hijo para salvarnos a nosotros. Y nosotros entramos en este movimiento del Hijo, tratamos de salir de nosotros mismos, porque sabemos a dónde llegar. Y no caemos en el vacío, sino que renunciamos a nosotros mismos, abandonándonos al Señor, saliendo, poniéndonos a su disposición, como quiere él y no como pensamos nosotros.

Esta es la verdadera obediencia cristiana, que es libertad:  no como quisiera yo, con mi proyecto de vida para mí, sino poniéndome a su disposición, para que él disponga de mí. Y poniéndome en sus manos soy libre. Pero es un gran salto, que nunca se hace definitivamente. Pienso aquí en san Agustín, que nos dijo esto muchas veces. Al inicio, después de su conversión, pensaba que había llegado a la cima y que vivía en el paraíso de la novedad del ser cristiano. Luego descubrió que el camino difícil de la vida continuaba, aunque desde ese momento siempre en la luz de Dios, y que era necesario cada día de nuevo salir de sí mismo; entregar este yo, para que muera y se renueve en el gran yo de Cristo, que es, en cierta manera muy verdadero, el yo común de todos nosotros, nuestro "nosotros".

Pero nosotros mismos, precisamente en la celebración de la Eucaristía —este grande y profundo encuentro con el Señor, donde nos ponemos en sus manos—, debemos dar este paso tan grande. Cuanto más lo aprendemos nosotros mismos, tanto más podemos expresarlo a los demás, hacerlo comprensible, accesible a los demás. Sólo caminando con el Señor, abandonándonos en la comunión de la Iglesia a su apertura, no viviendo para nosotros —tanto para una vida terrena feliz como para una felicidad personal— sino haciéndonos instrumentos de su paz, viviremos bien y aprenderemos esta valentía ante los desafíos de cada día, siempre nuevos y graves, a menudo casi irrealizables. Nos abandonamos, porque el Señor lo quiere y estamos seguros de que así vamos bien. Sólo podemos orar al Señor para que nos ayude a hacer este camino cada día, para ayudar, iluminar así a los demás, motivarlos para que de este modo puedan ser liberados y redimidos.
Hablar de Dios con la cultura laica

(Don Paolo Tammi, párroco y profesor de religión)

Santo Padre, le agradecemos su libro sobre "Jesús de Nazaret" que, juntamente con sus enseñanzas de magisterio, nos ayuda a poner en el centro del cristianismo la figura de Jesús. Me limito a añadir que en un ambiente laico como la escuela, veo cada día muchachos que mantienen una gran distancia emotiva con respecto a Cristo, mientras que en Asís he visto a jóvenes conmoverse al escuchar el testimonio de un franciscano. ¿Cómo podemos apasionarnos cada vez más con lo esencial, que es Jesús? ¿Cómo se ve que un sacerdote está enamorado de Jesús? Sé que Su Santidad ya ha respondido muchas veces, pero su respuesta puede ayudarnos a corregirnos, a recobrar la esperanza.

¿Cómo puedo corregir a los párrocos, que trabajan tan bien? Sólo podemos ayudarnos mutuamente. Usted, por tanto, conoce este ambiente laico, alejado no sólo con distancia intelectual, sino sobre todo emotiva, de la fe. Según las circunstancias, debemos buscar el modo de crear puentes. Me parece que las situaciones son difíciles, pero usted tiene razón. Debemos pensar siempre:  ¿qué es lo esencial?, aunque luego puede ser diverso el punto donde se puede conectar el kerigma, el contexto, el modo de actuar. Pero la cuestión debe ser siempre:  ¿Qué es lo esencial? ¿Qué es preciso descubrir? ¿Qué quisiera dar? Aquí repito lo de siempre:  lo esencial es Dios. Si no hablamos de Dios, si no se descubre a Dios, nos quedamos siempre en las cosas secundarias. Por tanto, me parece fundamental que al menos se plantee la pregunta:  ¿Existe Dios? ¿Cómo podría vivir sin Dios? ¿Dios es en verdad una realidad importante para mí?

A mí me impresiona que el concilio Vaticano I quisiera entablar precisamente este diálogo, comprender con la razón a Dios, aunque en la situación histórica en que nos encontramos necesitamos que Dios nos ayude y purifique nuestra razón. Me parece que ya se está tratando de responder a este desafío del ambiente laico con Dios como la cuestión fundamental, y luego con Jesucristo, como la respuesta de Dios.

Naturalmente, yo diría que ahí están los preambula fidei, que tal vez son el primer paso para abrir el corazón y la mente hacia Dios:  las virtudes naturales. En días pasados me visitó un jefe de Estado, que me dijo:  "no soy religioso; el fundamento de mi vida es la ética aristotélica". Ya es algo bueno, y estamos ya, juntamente con santo Tomás, en camino hacia la síntesis de santo Tomás. Por tanto, este puede ser el punto de enganche:  aprender y hacer comprensible la importancia que tiene para la convivencia humana esta ética racional, que luego —si se vive de modo consecuente— se abre interiormente a la pregunta de Dios, a la responsabilidad ante Dios.

Así pues, me parece que, por una parte, debemos tener claro nosotros qué es lo esencial que queremos y debemos transmitir a los demás, y cuáles son los preambula en las situaciones en que podemos dar los primeros pasos:  desde luego, precisamente en la actualidad, una primera educación ética es, en cierto modo, un paso fundamental. Así hizo también la cristiandad antigua. San Cipriano, por ejemplo, nos dice que antes llevaba una vida totalmente disoluta; luego, al vivir en la comunidad catecumenal, aprendió una ética fundamental; así se abrió el camino hacia Dios.

También san Ambrosio, en la Vigilia pascual, dice:  "Hasta ahora hemos hablado de la moral; ahora pasemos a los misterios". Habían hecho el camino de los preambula fidei con una educación ética fundamental, que creaba la disponibilidad para comprender el misterio de Dios. Por tanto, yo diría que tal vez debemos hacer una interacción entre educación ética —hoy tan importante—, por una parte, también con un relieve pragmático, y al mismo tiempo no omitir la cuestión de Dios. En este entrecruzarse de dos caminos me parece que logramos en cierto modo abrirnos a Dios, el único que puede dar la luz.

(Don Daniele Salera, vicario parroquial y profesor de religión)

Santidad, al leer la carta sobre la tarea urgente de la educación, enviada a la diócesis y a la ciudad de Roma, he tomado nota de algunos aspectos importantes. Alude usted a la presencia de no creyentes en la escuela. En ella hay incluso chicos que parecen interiormente muertos, sin ilusiones de futuro... Muchos educadores se desalientan; otros tienen miedo de defender las reglas de la convivencia civil. Me pregunto:  ¿por qué nosotros, la Iglesia, que tanto hemos pensado y escrito sobre la educación, no logramos cumplir los objetivos fundamentales de la educación?

Gracias por este reflejo de sus experiencias en la escuela de hoy, de los jóvenes de hoy, y también por estas preguntas autocríticas para nosotros mismos. En este momento sólo puedo confirmar que me parece muy importante que la Iglesia esté presente también en la escuela, porque una educación que no sea al mismo tiempo educación con Dios y presencia de Dios, una educación que no transmita los grandes valores éticos que aparecieron con la luz de Cristo, no es educación. Nunca es suficiente una formación profesional sin formación del corazón. Y el corazón no puede formarse sin plantearse al menos el desafío de la presencia de Dios. Sabemos que muchos jóvenes viven en ambientes, en situaciones que les impiden acceder a la luz y a la palabra de Dios; están en situaciones de vida que son una auténtica esclavitud, no sólo exterior, en cuanto provocan una esclavitud intelectual que realmente oscurece el corazón y la mente.

Tratemos de ofrecerles también a ellos, con todos los medios de que disponga la Iglesia, una posibilidad de salida. Pero, en cualquier caso, hagamos que la palabra de Dios esté presente en ese ambiente tan diversificado de la escuela, donde existen desde creyentes hasta personas en situaciones muy tristes. Precisamente esto hemos dicho de san Pablo, que quería que el Evangelio llegara a todos. Este imperativo del Señor —el Evangelio debe ser anunciado a todos— no es un imperativo diacrónico, no es un imperativo continental, que en todas las culturas se anuncie en primera línea; sino un imperativo interior, en el sentido de entrar en los diversos matices y dimensiones de una sociedad, para hacer más accesible al menos un poco de la luz del Evangelio; que el Evangelio sea realmente anunciado a todos.

Y me parece también un aspecto de la formación cultural de hoy. Conocer qué es la fe cristiana que ha formado este continente y que es una luz para todos los continentes. Los modos como se puede hacer presente y accesible al máximo esta luz son diversos y sé que no tengo una receta para esto. Pero la necesidad de ofrecerse para esta aventura hermosa y difícil es realmente un elemento del imperativo del Evangelio mismo. Pidamos al Señor que nos ayude cada vez más a responder a este imperativo de hacer que llegue a todas las dimensiones de nuestra sociedad su conocimiento, el conocimiento de su rostro.

(Padre Umberto Fanfarillo, franciscano conventual, párroco)

Santidad, la comunidad cristiana de nuestra parroquia se encuentra diariamente con personas de otros contextos religiosos, respetándonos mutuamente y conviviendo con gran estima recíproca. Hay muchos casos de trato respetuoso y de buenas relaciones entre católicos y miembros de otras confesiones. Por poner un caso, cuando murió Juan Pablo II muchos jóvenes de otras creencias —luteranos, judíos, musulmanes...— se reunieron en nuestra iglesia para orar. Recientemente, se confirió el sacramento de la Confirmación a dos jóvenes anglicanos que se hicieron católicos. Santo Padre, apreciamos sus exhortaciones al respeto y al diálogo en búsqueda de la verdad. Ayúdenos con su palabra.

Gracias por este testimonio de una parroquia realmente multidimensional y multicultural. Me parece que usted concretizó un poco lo que dije antes al responder a la pregunta del sacerdote de la India:  un diálogo, una convivencia respetuosa, respetándonos unos a otros, aceptándonos unos a otros, como somos en nuestra diversidad, en nuestra comunión. Al mismo tiempo, la presencia del cristianismo, de la fe cristiana como punto de referencia al que todos pueden mirar; como un fermento que, respetando la libertad, es sin embargo una luz para todos y nos une precisamente en el respeto de las diferencias. Esperamos que el Señor nos ayude siempre en este sentido a aceptar a los demás en su diversidad, a respetarlos y a hacer presente a Cristo con el gesto del amor, que es la verdadera expresión de su presencia y de su palabra. Y que nos ayude así a ser realmente ministros de Cristo y de su salvación para todo el mundo. Gracias.

 

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