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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A KAREKIN II, PATRAIRCA SUPREMO
Y CATHOLICÓS DE TODOS LOS ARMENIOS


Palacio Apostólico
Viernes 9 de mayo de 2008

Santidad;
queridos hermanos en Cristo:

Con sincera alegría les doy la bienvenida a usted, Santidad, y a la distinguida delegación que lo acompaña. Saludo cordialmente a los prelados, a los sacerdotes y a los laicos que representan a la familia del Catholicosado de todos los armenios, extendida por todo el mundo.

Nos reunimos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que prometió a sus discípulos que "donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20). Que el espíritu de amor y servicio fraternos, que Jesús enseñó a sus discípulos, ilumine nuestro corazón y nuestra mente mientras nos intercambiamos saludos, conversamos y nos reunimos en oración.
Recuerdo con gratitud las visitas del Catholicós Vasken I y del Catholicós Karekin I a la Iglesia de Roma, y sus relaciones cordiales con mis venerados predecesores el Papa Pablo VI y el Papa Juan Pablo II. Su compromiso por la unidad cristiana inauguró una nueva era en las relaciones entre nosotros. Recuerdo con particular alegría su visita, Santidad, en el año 2000 a Roma y su encuentro con el Papa Juan Pablo II. La liturgia ecuménica en la basílica vaticana, que celebró el don de una reliquia de san Gregorio el Iluminador, fue uno de los acontecimientos más memorables del gran jubileo en Roma.

El Papa Juan Pablo II devolvió esa visita dirigiéndose en el año 2001 a Armenia, donde usted lo acogió cortésmente en la santa Echmiadzin. La afectuosa bienvenida que le dispensó en esa ocasión aumentó aún más su estima y su respeto por el pueblo armenio. La Eucaristía que celebró el Papa Juan Pablo II en el gran altar exterior, en la santa Echmiadzin, constituyó un signo ulterior de creciente aceptación recíproca, en espera del día en que podamos celebrar juntos en torno a una única mesa del Señor.

Mañana, por la tarde, cada uno de nosotros, en nuestras respectivas tradiciones, comenzará la celebración litúrgica de Pentecostés. Cincuenta días después de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, oraremos sinceramente al Padre, pidiéndole que envíe su Espíritu Santo, el Espíritu que tiene la tarea de conservarnos en el amor divino y de llevarnos a la verdad.

El día de Pentecostés fue el Espíritu Santo quien creó, de muchas lenguas de la multitud reunida en Jerusalén, una única voz para profesar la fe. Es el Espíritu Santo quien dona la unidad de la Iglesia. El camino hacia el restablecimiento de la comunión plena y visible entre todos los cristianos puede parecer largo y arduo. Es necesario hacer mucho aún para sanar las profundas y dolorosas divisiones que desfiguran el Cuerpo de Cristo. Sin embargo, el Espíritu Santo sigue guiando a la Iglesia de modos sorprendentes y a menudo inesperados. Puede abrir puertas cerradas, inspirar palabras olvidadas, sanar relaciones rotas.

Si nuestro corazón y nuestra mente están abiertas al Espíritu de comunión, Dios puede obrar de nuevo milagros en la Iglesia restaurando los vínculos de unidad. Comprometerse por la unidad de los cristianos es un acto de confianza obediente en la obra del Espíritu Santo, que lleva a la Iglesia a la plena realización del designio del Padre, conforme a la voluntad de Cristo.

La historia reciente de la Iglesia apostólica armenia se ha escrito con las tintas contrastantes de la persecución y del martirio, de la oscuridad y de la esperanza, de la humillación y del renacimiento espiritual. Usted, Santidad, y los miembros de su delegación han vivido personalmente estas experiencias contrastantes en sus familias y en su vida. La restitución de la libertad a la Iglesia en Armenia ha sido fuente de gran alegría para todos nosotros.

Ustedes han llevado sobre sus hombros la pesada carga de reconstruir la Iglesia. No puedo menos de expresar mi gran estima por los éxitos pastorales obtenidos en un tiempo tan breve, sea en Armenia sea en el exterior, en lo que respecta a la educación cristiana de los jóvenes, la formación del nuevo clero, la construcción de nuevas iglesias y centros comunitarios, la asistencia caritativa a los necesitados y la promoción de los valores cristianos en la vida social y cultural.

Gracias a su guía pastoral, la luz gloriosa de Cristo brilla de nuevo en Armenia y es posible escuchar de nuevo las palabras salvadoras del Evangelio. Ciertamente, aún están ustedes afrontando muchos desafíos en los ámbitos social, cultural y espiritual. A este propósito, quiero mencionar las recientes dificultades que se han presentado al pueblo armenio y expresar el apoyo de la oración de la Iglesia católica en su búsqueda de justicia y paz, y en su promoción del bien común.

En nuestro diálogo ecuménico se han logrado importantes avances para resolver las controversias doctrinales que tradicionalmente nos han dividido, en particular sobre cuestiones de cristología. En los últimos cinco años, se ha obtenido mucho gracias a la Comisión mixta para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas orientales, de la que el Catholicosado de todos los armenios es miembro de pleno derecho.

Gracias, Santidad, por el apoyo que ha dado a la obra de la Comisión mixta y por la valiosa aportación de sus representantes. Oremos para que su actividad nos acerque a la comunión plena y visible, y llegue el día en que nuestra unidad en la fe haga posible una celebración común de la Eucaristía. Mientras llega ese día, los vínculos entre nosotros se consolidarán y extenderán mediante acuerdos sobre cuestiones pastorales, en línea con el grado de acuerdo doctrinal ya alcanzado. El diálogo teológico sólo podrá llevar a la unidad que el Señor desea para sus discípulos si está sostenido por la oración y es apoyado por la cooperación efectiva.

Santidad, queridos amigos, en el siglo XII, Nerses de Lambron habló a un grupo de obispos armenios. Concluyó su famoso discurso sinodal sobre el restablecimiento de la unidad cristiana con palabras proféticas que nos impresionan aún hoy: "No estáis equivocados, venerados padres: es meritorio llorar por los días pasados en la discordia. Sin embargo, hoy es el día que hizo el Señor, un día de alegría y júbilo (...). Pidamos para que nuestro Señor nos conceda mayor ternura y dulzura y haga que esta semilla se desarrolle en la tierra, con el rocío del Espíritu Santo; tal vez, gracias a su fuerza, podrá dar frutos, para permitirnos restablecer la paz de la Iglesia de Cristo hoy en las intenciones y mañana en los hechos".

Este es también mi deseo y mi oración con ocasión de su visita. Les doy las gracias de corazón y les aseguro mi profundo afecto en el Señor.

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

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