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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 30 de marzo de 1980

 

«Crux fidelis»

1. En la semana de la pasión del Señor, que comenzamos hoy, Domingo de Ramos, el pensamiento y el corazón de la Iglesia están fijos en la cruz. Es la cruz de nuestra fe y de nuestra esperanza. La cruz de la redención del hombre y del mundo.

"Crux fidelis -inter omnes- arbor una nobilis".

El Viernes Santo pedirán para Cristo esta cruz los hombres, apiñados ante el pretorio de Pilato.

"¡Crucifícalo, crucifícalo...!".

En esa misma Jerusalén, en la que habían resonado las palabras "Hosanna. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna al hijo de David", gritarán: "¡Crucifícalo!".

Pilato se lavará las manos diciendo: "Yo soy inocente de esta sangre..." (Mt 27, 24). Y las mismas voces responderán: "Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos" (Mt 27, 25). Y de este modo quedará sellada la condena a muerte de cruz.

Cristo tomará la cruz sobre sus hombros.

"Crux fidelis...".

2. A través de todas las generaciones de los hombres permanecerá esta cruz, sin separarse de Cristo. Vendrá a ser su recuerdo y su señal. Se convertirá en una respuesta a la pregunta hecha a Dios por el hombre y seguirá siendo un misterio.

La Iglesia la rodeará con el cuerpo de su comunidad viva, la rodeará con la fe de los hombres, con su esperanza y con su amor.

La Iglesia llevará la cruz con Cristo a través de las generaciones. Dará testimonio de ella. De ella sacará la vida. Crecerá desde la cruz con ese misterioso crecimiento del Espíritu, que comienza en la cruz.

El Apóstol escribirá: "Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24).

La Iglesia crecerá desde la cruz como el Cuerpo -misterioso- místico de Cristo, completando la cruz.

Es necesario recordar esto aquí en Roma, donde tantas generaciones han completado la cruz de Cristo en los cuerpos inmolados de los mártires que en los tres primeros siglos, fueron condenados a terribles sufrimientos y a la muerte, a causa de la fe.

La Iglesia ha madurado y crecido en el misterio de la cruz de Cristo. La Iglesia ha madurado y crecido escribiendo su martirologio, uno de los documentos más preciosos de la historia de la salvación del hombre.

"Crux fidelis...".

3. También la Iglesia de nuestro tiempo escribe su martirologio, sus capítulos siempre nuevos, contemporáneos. No se debe olvidar. No se pueden apartar los ojos de esta realidad, que es la dimensión fundamental de la Iglesia de nuestro tiempo. La Iglesia de nuestro tiempo continúa escribiendo su martirologio.

No se puede olvidar a los que en el curso de nuestra época han padecido la muerte por la fe y por el amor de Cristo, a los que de diversas formas han sido encarcelados, torturados, atormentados, condenados a muerte; y también a los escarnecidos, despreciados, humillados y socialmente marginados. No se puede olvidar el martirologio de la Iglesia y de los cristianos de nuestra época. Este martirologio está escrito con sucesos diferentes de los primitivos. Hay otros métodos de martirio y otro modo de dar testimonio; pero todo brota de la misma cruz de Cristo y completa la misma cruz de nuestra redención.

"Crux fidelis...".

Los hombres que viven en condiciones de libertad y bienestar no pueden apartar los ojos de esta cruz y pasar en silencio el testimonio de aquellos que pertenecen a la que se suele llamar "Iglesia del silencio". La Iglesia forzada al silencio, en las condiciones de una "ateización" obligatoria, crece ulteriormente desde la cruz de Cristo y, con su silencio, proclama la verdad más grande.

La misma verdad, que Dios mismo ha inscrito en los fundamentos de nuestra redención.

"Crux fidelis...".

4. En el curso de toda la Cuaresma hemos buscado los caminos de la conversión a Cristo, en los cuales debe entrar la Iglesia si quiere ser fiel al Redentor. Hoy, en el umbral de la Semana Santa, la misma cruz se convierta en fuente de renovación para todos nosotros, que en ella volvemos a poner nuestra esperanza hasta el fin.


Después del Ángelus

Del continente africano, y concretamente del Chad, desde hace varios días me están llegando noticias dolorosas de choques sangrientos que suscitan gran pena y hondas preocupaciones en mi ánimo.

Os invito a uniros a mi oración para que Dios conceda a aquellos pueblos, tan queridos siempre para nosotros, la reconciliación y la paz, así como la concordia de todos los ciudadanos en el afán de promover la justicia y el progreso del país.

* * *

En el clima de sufrimiento y de esperanza, propio de la Semana Santa, mi pensamiento se dirige a todas las víctimas de secuestros, que con angustia esperan poder abrazar de nuevo a sus seres queridos; y también hoy me hago intérprete de las ansias y del tormento de los familiares de cuantos están secuestrados.

Tengo presente, entre otros, al señor Francesco Sella, de Airuno, que fue arrancado violentamente de sus familiares en abril de 1977. Pienso luego en los casos de personas relacionadas directamente con la diócesis de Roma o sus alrededores Bianchi, Piattelli, Armellini, Antolini.

En el nombre de Cristo que sufre, de Cristo que desde la cruz abre las manos al perdón y al amor dé todos los hombres, dirijo mi voz suplicante a los secuestradores, para qué —movidos por ese sentimiento de piedad humana que confío no se haya extinguido en sus corazones— quieran poner fin a este dolor lacerante y quieran liberar a estos hermanos, permitiéndoles así a ellos, y a cuantos los esperan en el llanto, pasar una verdadera Pascua de Resurrección.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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