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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POST-SINODAL RECONCILIATIO
ET PAENITENTIA DE JUAN PABLO II AL EPISCOPADO AL
CLERO Y A LOS FIELES SOBRE LA RECONCILIACIÓN Y LA PENITENCIA EN
LA MISIÓN DE LA IGLESIA HOY
PROEMIO
ORIGEN Y SIGNIFICADO DEL DOCUMENTO
1. Hablar de RECONCILIACIÓN y PENITENCIA es, para los hombres y
mujeres de nuestro tiempo, una invitación a volver a encontrar traducidas
al propio lenguaje las mismas palabras con las que Nuestro Salvador y
Maestro Jesucristo quiso inaugurar su predicación: «Convertíos
y creed en el Evangelio»(1) esto es, acoged la Buena Nueva del amor, de la
adopción como hijos de Dios y, en consecuencia, de la fraternidad.
¿Por qué la Iglesia propone de nuevo este tema, y esta invitación?
El ansia por concer y comprender mejor al hombre de hoy y al mundo contemporáneo,
por descifrar su enigma y por desvelar su misterio; el deseo de poder discernir
los fermentos de bien o de mal que se agitan ya desde hace bastante tiempo; todo
esto, lleva a muchos a dirigir a este hombre y a este mundo una mirada
interrogante. Es la mirada del historiador y del sociólogo, del filósofo
y del teólogo, del psicólogo y del humanista, del poeta y del místico;
es sobre todo la mirada preocupada y a pesar de todo cargada de esperanza
del pastor.
Dicha mirada se refleja de una manera ejemplar en cada página de la
importante Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II Gaudium et
spes sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo y, de modo
particular, en su amplia y penetrante introducción. Se refleja igualmente
en algunos Documentos emanados de la sabiduría y de la caridad pastoral
de mis venerados Predecesores, cuyos luminosos pontificados estuvieron marcados
por el acontecimiento histórico y profético de tal Concilio Ecuménico.
Al igual que las otras miradas, también la del pastor vislumbra, por
desgracia, entre otras características del mundo y de la humanidad de
nuestro tiempo, la existencia de numerosas, profundas y dolorosas divisiones.
Un mundo en pedazos
2. Estas divisiones se manifiestan en las relaciones entre las personas y
los grupos, pero también a nivel de colectividades más amplias:
Naciones contra Naciones y bloques de Países enfrentados en una afanosa búsqueda
de hegemonía. En la raíz de las rupturas no es difícil
individuar conflictos que en lugar de resolverse a través del diálogo,
se agudizan en la confrontación y el contraste.
Indagando sobre los elementos generadores de división, observadores
atentos detectan los más variados: desde la creciente desigualdad entre
grupos, clases sociales y Países, a los antagonismos ideológicos
todavía no apagados; desde la contraposición de intereses económicos,
a las polarizaciones políticas; desde las divergencias tribales a las
discriminaciones por motivos socio religiosos.
Por lo demás, algunas realidades que están ante los ojos de
todos, vienen a ser como el rostro lamentable de la división de la que
son fruto, a la vez que ponen de manifiesto su gravedad con irrefutable concreción.
Entre tantos otros dolorosos fenómenos sociales de nuestro tiempo podemos
traer a la memoria:
- la conculcación de los derechos fundamentales de la persona humana;
en primer lugar el derecho a la vida y a una calidad de vida digna; esto es
tanto más escandaloso en cuanto coexiste con una retórica hasta
ahora desconocida sobre los mismos derechos;
- las asechanzas y presiones contra la libertad de los individuos y las
colectividades, sin excluir la tantas veces ofendida y amenazada libertad de
abrazar, profesar y practicar la propia fe;
- las varias formas de discriminación: racial, cultural, religiosa,
etc.;
- la violencia y el terrorismo;
- el uso de la tortura y de formas injustas e ilegítimas de represión;
la acumulación de armas convencionales o atómicas; la
carrera de armamentos, que implica gastos bélicos que podrían
servir para aliviar la pobreza inmerecida de pueblos social y económicamente
deprimidos;
- la distribución inicua de las riquezas del mundo y de los bienes de
la civilización que llega a su punto culminante en un tipo de organización
social en la que la distancia en las condiciones humanas entre ricos y pobres
aumenta cada vez más.(2) La potencia arrolladora de esta división
hace del mundo en que vivimos un mundo desgarrado(3) hasta en sus mismos
cimientos.
Por otra parte, puesto que la Iglesia aun sin identificarse con
el mundo ni ser del mundo está inserta en el mundo
y se encuentra en diálogo con él,(4) no ha de causar extrañeza
si se detectan en el mismo conjunto eclesial repercusiones y signos de esa
división que afecta a la sociedad humana. Además de las escisiones
ya existentes entre las Comunidades cristianas que la afligen desde hace siglos,
en algunos lugares la Iglesia de nuestro tiempo experimenta en su propio seno
divisiones entre sus mismos componentes, causadas por la diversidad de puntos de
vista y de opciones en campo doctrinal y pastoral.(5) También estas
divisiones pueden a veces parecer incurables.
Sin embargo, por muy impresionantes que a primera vista puedan aparecer
tales laceraciones, sólo observando en profundidad se logra individuar su
raíz: ésta se halla en una herida en lo más íntimo
del hombre. Nosotros, a la luz de la fe, la llamamos pecado; comenzando por el
pecado original que cada uno lleva desde su nacimiento como una herencia
recibida de sus progenitores, hasta el pecado que cada uno comete, abusando de
su propia libertad.
Nostalgia de reconciliación
3. Sin embargo, la misma mirada inquisitiva, si es suficientemente aguda,
capta en lo más vivo de la división un inconfundible deseo, por
parte de los hombres de buena voluntad y de los verdaderos cristianos, de
recomponer las fracturas, de cicatrizar las heridas, de instaurar a todos los
niveles una unidad esencial. Tal deseo comporta en muchos una verdadera
nostalgia de reconciliación, aun cuando no usen esta palabra.
Para algunos se trata casi de una utopía que podría
convertirse en la palanca ideal para un verdadero cambio de la sociedad; para
otros, por el contrario, es objeto de una ardua conquista y, por tanto, la meta
a conseguir a través de un serio esfuerzo de reflexión y de acción.
En cualquier caso, la aspiración a una reconciliación sincera y
durable es, sin duda alguna, un móvil fundamental de nuestra sociedad
como reflejo de una incoercible voluntad de paz; y por paradójico
que pueda parecer lo es tan fuerte cuanto son peligrosos los factores
mismos de división.
Mas la reconciliación no puede ser menos profunda de cuanto es la
división. La nostalgia de la reconciliación y la reconciliación
misma serán plenas y eficaces en la medida en que lleguen para así
sanarla a aquella laceración primigenia que es la raíz de
todas las otras, la cual consiste en el pecado.
La mirada del Sínodo
4. Por lo tanto, toda institución u organización dedicada a
servir al hombre e interesada en salvarlo en sus dimensiones fundamentales, debe
dirigir una mirada penetrante a la reconciliación, para así
profundizar su significado y alcance pleno, sacando las consecuencias necesarias
en orden a la acción.
A esta mirada no podía renunciar la Iglesia de Jesucristo. Con
dedicación de Madre e inteligencia de Maestra, ella se aplica solícita
y atentamente, a recoger de la sociedad, junto con los signos de la división,
también aquellos no menos elocuentes y significativos de la búsqueda
de una reconciliación.
Ella, en efecto, sabe que le ha sido dada, de modo especial, la posibilidad
y le ha sido asignada la misión de hacer conocer el verdadero sentido profundamente
religioso y las dimensiones integrales de la reconciliación,
contribuyendo así, aunque sólo fuera con esto, a aclarar los términos
esenciales de la cuestión de la unidad y de la paz.
Mis Predecesores no han cesado de predicar la reconciliación, de
invitar hacia ella a la humanidad entera, así como a todo grupo o porción
de la comunidad humana que veían lacerada y dividida.(6) Y yo mismo, por
un impulso interior que estoy seguro obedecía a la vez a la
inspiración de lo alto y a las llamadas de la humanidad, he querido en
dos modos diversos, pero ambos solemnes y exigentes someter a serio examen
el tema de la reconciliación: en primer lugar convocando la VI Asamblea
General del Sínodo de los Obispos; en segundo lugar , haciendo de la
reconciliación el centro del Año jubilar convocado para celebrar
el 1950 aniversario de la Redención.(7) A la hora de señalar un
tema al Sínodo, me he encontrado plenamente de acuerdo con el sugerido
por numerosos Hermanos míos en el episcopado, esto es, el tema tan
fecundo de la
reconciliación en relación estrecha con el de la penitencia.(8)
El término y el concepto mismo de penitencia son muy
complejos. Si la relacionamos con metánoia, al que se refieren
los sinópticos, entonces penitencia significa el cambio
profundo de corazón bajo el influjo de la Palabra de Dios y
en la perspectiva del Reino.(9) Pero penitencia quiere también
decir cambiar la vida en coherencia con el cambio de corazón, y
en este sentido el hacer penitencia se completa con el de dar frutos
dignos de penitencia;(10) toda la existencia se hace penitencia orientándose
a un continuo caminar hacia lo mejor. Sin embargo, hacer penitencia es
algo auténtico y eficaz sólo si se traduce en actos y gestos
de penitencia. En este sentido, penitencia significa, en el
vocabulario cristiano teológico y espiritual, la ascesis, es
decir, el esfuerzo concreto y cotidiano del hombre, sostenido por la
gracia de Dios, para perder la propia vida por Cristo como único modo de
ganarla;(11) para despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo;(12)
para superar en sí mismo lo que es carnal, a fin de que
prevalezca lo que es espiritual;(13) para elevarse continuamente de las
cosas de abajo a las de arriba donde está Cristo.(14) La
penitencia es, por tanto, la conversión que pasa del corazón a
las obras y, consiguientemente, a la vida entera del cristiano.
En cada uno de estos significados penitencia está
estrechamente unida a reconciliación, puesto que reconciliarse
con Dios, consigo mismo y con los demás presupone superar la ruptura
radical que es el pecado, lo cual se realiza solamente a través de la
transformación interior o conversión que fructifica en la
vida mediante los actos de penitencia.
El documento-base del Sínodo (también llamado Lineamenta),
que fue preparado con el único objetivo de presentar el tema acentuando
algunos de sus aspectos fundamentales, ha permitido a las Comunidades eclesiales
existentes en todo el mundo reflexionar durante casi dos años sobre estos
aspectos de una cuestión la de la conversión y reconciliación
que a todos interesa, y de sacar al mismo tiempo un renovado impulso para la
vida y el apostolado cristiano. La reflexión ha sido ulteriormente
profundizada como preparación inmediata a los trabajos sinodales, gracias
al Instrumentum laboris enviado en su día a los Obispos y sus
colaboradores. Por último, durante todo un mes, los Padres sinodales,
asistidos por cuantos fueron llamados a la reunión propiamente dicha, han
tratado con gran sentido de responsabilidad dicho tema junto con las numerosas y
variadas cuestiones relacionadas con él. La discusión, el estudio
en común, la asidua y minuciosa investigación, han dado como
resultado un amplio y valioso tesoro que han recogido en su esencia las Propositiones
finales.
La mirada del Sínodo no ignora los actos de reconciliación
(algunos de los cuales pasan casi inobservados a fuer de cotidianos) que en
diversas medidas sirven para resolver tantas tensiones, superar tantos
conflictos y vencer pequeñas y grandes divisiones reconstruyendo la
unidad. Mas la preocupación principal del Sínodo era la de
encontrar en lo profundo de estos actos aislados su raíz escondida, o
sea, una reconciliación, por así decir fontal, que obra en el
corazón y en la conciencia del hombre.
El carisma y, al mismo tiempo, la originalidad de la Iglesia en lo que a la
reconciliación se refiere, en cualquier nivel haya de actuarse, residen
en el hecho de que ella apela siempre a aquella reconciliación fontal. En
efecto, en virtud de su misión esencial, la Iglesia siente el deber de
llegar hasta las raíces de la laceración primigenia del pecado,
para lograr su curación y restablecer, por así decirlo, una
reconciliación también primigenia que sea principio eficaz de toda
verdadera reconciliación. Esto es lo que la Iglesia ha tenido ante los
ojos y ha propuesto mediante el Sínodo.
De esta reconciliación habla la Sagrada Escritura, invitándonos
a hacer por ella toda clase de esfuerzos;(15) pero al mismo tiempo nos dice que
es ante todo un don misericordioso de Dios al hombre.(16) La historia de la
salvación tanto la de la humanidad entera como la de cada hombre de
cualquier época es la historia admirable de la reconciliación:
aquella por la que Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre
y en la Cruz de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva familia
de reconciliados.
La reconciliación se hace necesaria porque ha habido una ruptura la
del pecado de la cual se han derivado todas las otras formas de rupturas
en lo más íntimo del hombre y en su entorno.
Por tanto la reconciliación, para que sea plena, exige necesariamente
la liberación del pecado, que ha de ser rechazado en sus raíces más
profundas. Por lo cual una estrecha conexión interna viene a unir conversión
y reconciliación; es imposible disociar las dos realidades o
hablar de una silenciando la otra.
El Sínodo ha hablado, al mismo tiempo, de la reconciliación de
toda la familia humana y de la conversión del corazón de cada
persona, de su retorno a Dios, queriendo con ello reconocer y proclamar que la
unión de los hombres no puede darse sin un cambio interno de cada uno.
La corversión personal es la vía necesaria para la concordia
entre las personas.(17) Cuando la Iglesia proclama la Buena Nueva de la
reconciliación, o propone llevarla a cabo a través de los
Sacramentos, realiza una verdadera función profética, denunciando
los males del hombre en la misma fuente contaminada, señalando la raíz
de las divisiones e infundiendo la esperanza de poder superar las tensiones y
los conflictos para llegar a la fraternidad, a la concordia y a la paz a todos
los niveles y en todos los sectores de la sociedad humana. Ella cambia una
condición histórica de odio y de violencia en una civilización
del amor; está ofreciendo a todos el principio evangélico y
sacramental de aquella reconciliación fontal, de la que brotan todos los
demás gestos y actos de reconciliación, incluso a nivel social.
De tal reconciliación, fruto de la conversión, deseo tratar en
esta Exhortación. De hecho, una vez más como ya había
sucedido al concluir las tres Asambleas precedentes del Sínodo los
mismos Padres han querido hacer entrega al Obispo de Roma, Pastor de la Iglesia
universal y Cabeza del Colegio Episcopal, en su calidad de Presidente del Sínodo,
las conclusiones de su trabajo. Por mi parte he aceptado, cual grave y grato
deber de mi ministerio, la tarea de extraer de la ingente riqueza del Sínodo
un mensaje doctrinal y pastoral sobre el tema de reconciliación y
penitencia para ofrecerlo al Pueblo de Dios como fruto del Sínodo mismo.
En la primera parte me propongo tratar de la Iglesia en el cumplimiento de
su misión reconciliadora, en la obra de conversión de los
corazones en orden a un renovado abrazo entre el hombre y Dios, entre el hombre
y su hermano, entre el hombre y todo lo creado. En la segunda parte se indicará
la causa radical de toda laceración o división entre los hombres
y, ante todo, con respecto a Dios: el pecado. Por último señalaré
aquellos medios que permiten a la Iglesia promover y suscitar la reconciliación
plena de los hombres con Dios y, por consiguiente, de los hombres entre sí.
El Documento que ahora entrego a los hijos de la Iglesia, mas también
a todos aquellos que, creyentes o no, miran hacia ella con interés y ánimo
sincero desea ser una respuesta obligada a todo aquello que el Sínodo
me ha pedido. Pero es también quiero aclararlo en honor a la verdad
y la justicia obra del mismo Sínodo. De hecho, el contenido de
estas páginas proviene del Sínodo mismo: de su preparación
próxima y remota, del Instrumentum laboris, de las intervenciones
en el aula sinodal y en los circuli minores y, sobre todo, de las
sesenta y tres Propositiones. Encontramos aquí el fruto del
trabajo conjunto de los Padres, entre los cuales no faltaban los representantes
de las Iglesias Orientales, cuyo patrimonio teológico, espiritual y litúrgico,
es tan rico y digno de veneración también en la materia que aquí
interesa. Además ha sido el Consejo de la Secretaría del Sínodo
el que ha examinado en dos importantes sesiones los resultados y las
orientaciones de la reunión sinodal apenas concluida, el que ha puesto en
evidencia la dinámica de las susodichas Propositiones y,
finalmente, ha trazado las líneas consideradas más idóneas
para la redacción del presente documento. Expreso mi agradecimiento a
todos los que han realizado este trabajo, mientras fiel a mi misión,
deseo transmitir aquí lo que del tesoro doctrinal y pastoral del Sínodo
me parece providencial para la vida de tantos hombres en esta hora magnífica
y difícil de la historia.
Conviene hacerlo y resulta altamente significativo mientras
todavía está vivo el recuerdo del Año Santo, totalmente
vivido bajo el signo de la penitencia, conversión y reconciliación.
Ojalá que esta Exhortación que confío a mis Hermanos en
el Episcopado y a sus colaboradores, los Presbíteros y Diáconos,
los Religiosos y Religiosas, a todos los fieles y a todos los hombres y mujeres
de conciencia recta, sea no solamente un instrumento de purificación, de
enriquecimiento y afianzamiento de la propia fe personal, sino también
levadura capaz de hacer crecer en el corazón del mundo la paz y la
fraternidad, la esperanza y la alegría, valores que brotan del Evangelio
escuchado, meditado y vivido día a día a ejemplo de María,
Madre de Nuestro Señor Jesucristo, por medio del cual Dios se ha
complacido en reconciliar consigo todas las cosas.(18)
PRIMERA PARTE
CONVERSIÓN Y RECONCILIACIÓN TAREA Y EMPEÑO DE
LA IGLESIA
CAPÍTULO PRIMERO
UNA PARÁBOLA DE LA RECONCILIACIÓN
5. Al comienzo de esta Exhortación Apostólica se presenta a mi
espíritu la página extraordinaria de S. Lucas, que ya he tratado
de ilustrar en un Documento mio anterior.(19) Me refiero a la parábola
del hijo pródigo.(20)
Del hermano que estaba perdido...
«Un hombre tenía dos hijos. El más joven dijo al padre: "Padre,
dame la parte de herencia que me corresponde", dice Jesús poniendo
al vivo la dramática vicisitud de aquel joven: la azarosa marcha de la
casa paterna, el despilfarro de todos sus bienes llevando una vida disoluta y
vacía, los tenebrosos días de la lejanía y del hambre, pero
más aún, de la dignidad perdida, de la humillación y la
vergüenza y, finalmente, la nostalgia de la propia casa, la valentía
del retorno, la acogida del Padre. Este, ciertamente no había olvidado al
hijo, es más, había conservado intacto su afecto y estima. Siempre
lo había esperado y ahora lo abraza mientras hace comenzar la gran fiesta
por el regreso de «aquel que había muerto y ha resucitado, se había
perdido y ha sido encontrado».
El hombre todo hombre es este hijo pródigo: hechizado por
la tentación de separarse del Padre para vivir independientemente la
propia existencia; caído en la tentación; desilusionado por el vacío
que, como espejismo, lo había fascinado; solo, deshonrado, explotado
mientras buscaba construirse un mundo todo para sí; atormentado incluso
desde el fondo de la propia miseria por el deseo de volver a la comunión
con el Padre. Como el padre de la parábola, Dios anhela el regreso del
hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el banquete del nuevo
encuentro, con el que se festeja la reconciliación.
Lo que más destaca en la parábola es la acogida festiva y
amorosa del padre al hijo que regresa: signo de la misericordia de Dios,
siempre dispuesto a perdonar. En una palabra: la reconciliación es
principalmente un don del Padre celestial.
...al hermano que se quedó en casa
6. Pero la parábola pone en escena también al hermano mayor
que rechaza su puesto en el banquete. Este reprocha al hermano más joven
sus descarríos y al padre la acogida dispensada al hijo pródigo
mientras que a él, sobrio y trabajador, fiel al padre y a la casa, nunca
se le ha permitido dice celebrar una fiesta con los amigos. Señal
de que no ha entendido la bondad del padre. Hasta que este hermano, demasiado
seguro de sí mismo y de sus propios méritos, celoso y displicente,
lleno de amargura y de rabia, no se convierta y no se reconcilie con el padre y
con el hermano, el banquete no será aún en plenitud la fiesta del
encuentro y del hallazgo.
El hombre todo hombre es también este hermano mayor. El
egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo
hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del
Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él
un sabor amargo.(21) También bajo este aspecto él tiene necesidad
de convertirse para reconciliarse.
La parábola del hijo pródigo es, ante todo, la inefable
historia del gran amor de un padre Dios que ofrece al hijo que
vuelve a Él el don de la reconciliación plena. Pero dicha
historia, al evocar en la figura del hermano mayor el egoísmo que divide
a los hermanos entre sí, se convierte también en la historia de la
familia humana: señala nuestra situación e indica la vía a
seguir. El hijo pródigo, en su ansia de conversión, de retorno a
los brazos del padre y de ser perdonado representa a aquellos que descubren en
el fondo de su propia conciencia la nostalgia de una reconciliación a
todos los niveles y sin reservas, que intuyen con una seguridad íntima
que aquélla solamente es posible si brota de una primera y fundamental
reconciliación, la que lleva al hombre de la lejanía a la amistad
filial con Dios, en quien reconoce su infinita misericordia. Sin embargo, si se
lee la parábola desde la perspectiva del otro hijo, en ella se describe
la situación de la familia humana dividida por los egoísmos,
arroja luz sobre las dificultades para secundar el deseo y la nostalgia de una
misma familia reconciliada y unida; reclama por tanto la necesidad de una
profunda transformación de los corazones y el descubrimiento de la
misericordia del Padre y de la victoria sobre la incomprensión y las
hostilidades entre hermanos.
A la luz de esta inagotable parábola de la misericordia que borra el
pecado, la Iglesia, haciendo suya la llamada allí contenida, comprende,
siguiendo las huellas del Señor, su misión de trabajar por la
conversión de los corazones y por la reconciliación de los hombres
con Dios y entre sí, dos realidades íntimamente unidas.
CAPÍTULO SEGUNDO
A LAS FUENTES DE LA RECONCILIACIÓN
En la luz de Cristo reconciliador
7. Como se deduce de la parábola del hijo pródigo, la
reconciliación es un don de Dios, una iniciativa suya.
Mas nuestra fe nos enseña que esta iniciativa se concreta en el misterio
de Cristo redentor, reconciliador, que libera al hombre del pecado en todas sus
formas. El mismo S. Pablo no duda en resumir en dicha tarea y función la
misión incomparable de Jesús de Nazaret, Verbo e Hijo de Dios
hecho hombre.
También nosotros podemos partir de este misterio central de la
economía de la salvación, punto clave de la cristología
del Apóstol. «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con
Dios por la muerte de su Hijo escribe a los Romanos mucho más,
reconciliados ya, seremos salvos en su vida. Y no solo reconciliados, sino que
nos gloriamos en Dios Nuestro Señor Jesucristo, por quien recibimos ahora
la reconciliación».(22) Puesto que «Dios nos ha reconciliado
con sí por medio de Cristo», Pablo se siente inspirado a exhortar a
los cristianos de Corinto: «Reconciliaos con Dios».(23)
De esta misión reconciliadora mediante la muerte en la cruz hablaba,
en otros términos, el evangelista Juan al observar que Cristo debía
morir «para reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos».(24)
Pero S. Pablo nos permite ampliar más aún nuestra visión
de la obra de Cristo a dimensiones cósmicas, cuando escribe que en Él,
el Padre ha reconciliado consigo todas las criaturas, las del cielo y las de la
tierra.(25) Con razón se puede decir de Cristo redentor que «en el
tiempo de la ira ha sido hecho reconciliación»(26) y que, si Él
es «nuestra paz»(27) es también nuestra reconciliación.
Con toda razón, por tanto, su pasión y muerte, renovadas
sacramentalmente en la Eucaristía, son llamadas por la liturgia «Sacrificio
de reconciliación»:(28) reconciliación con Dios, y también
con los hermanos, puesto que Jesús mismo nos enseña que la
reconciliación fraterna ha de hacerse antes del sacrificio.(29)
Por consiguiente, partiendo de estos y de otros autorizados y significativos
lugares neotestamentarios, es legítimo hacer converger las reflexiones
acerca de todo el misterio de Cristo en torno a su misión de
reconciliador.
Una vez más se ha de proclamar la fe de la Iglesia en el acto
redentor de Cristo, en el misterio pascual de su muerte y resurrección,
como causa de la reconciliación del hombre en su doble aspecto de
liberación del pecado y de comunión de gracia con Dios.
Y precisamente ante el doloroso cuadro de las divisiones y de las
dificultades de la reconciliación entre los hombres, invito a
mirar hacia el mysterium Crucis como al drama más alto en el que
Cristo percibe y sufre hasta el fondo el drama de la división del hombre
con respecto a Dios, hasta el punto de gritar con las palabras del Salmista: «Dios
mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?»,(30)
llevando a cabo, al mismo tiempo, nuestra propia reconciliación.
La mirada fija en el misterio del Gólgota debe hacernos recordar
siempre aquella dimensión «vertical» de la
división y de la reconciliación en lo que respecta a la relación
hombre-Dios, que para la mirada de la fe prevalece siempre sobre la dimensión
«horizontal», esto es, sobre la realidad de la división
y sobre la necesidad de la reconciliación entre los hombres. Nosotros
sabemos, en efecto, que tal reconciliación entre los mismos no es y no
puede ser sino el fruto del acto redentor de Cristo, muerto y resucitado para
derrotar el reino del pecado, restablecer la alianza con Dios y de este modo
derribar el muro de separación(31) que el pecado había levantado
entre los hombres.
La Iglesia reconciliadora
8. Pero como decía San León Magno hablando de la pasión
de Cristo, «todo lo que el Hijo de Dios obró y enseñó
para la reconciliación del mundo, no lo conocemos solamente por la
historia de sus acciones pasadas, sino que lo sentimos también en la
eficacia de lo que él realiza en el presente».(32)
Experimentamos la reconciliación realizada en su humanidad mediante
la eficacia de los sagrados misterios celebrados por su Iglesia, por la que Él
se entregó a sí mismo y la ha constituido signo y, al mismo
tiempo, instrumento de salvación.
Así lo afirma San Pablo cuando escribe que Dios ha dado a los apóstoles
de Cristo una participación en su obra reconciliadora. «Dios nos
dice ha confiado el misterio de la reconciliación ... y la palabra
de reconciliación».(33)
En las manos y labios de los apóstoles, sus mensajeros, el Padre ha
puesto misericordiosamente un ministerio de reconciliación que
ellos llevan a cabo de manera singular, en virtud del poder de actuar «in
persona Christi». Mas también a toda la comunidad de los
creyentes, a todo el conjunto de la Iglesia, le ha sido confiada la palabra
de reconciliación, esto es, la tarea de hacer todo lo posible para
dar testimonio de la reconciliación y llevarla a cabo en el mundo.
Se puede decir que también el Concilio Vaticano II, al definir la
Iglesia como un «sacramento, o sea signo e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el género humano», y
al señalar como función suya la de lograr la «plena unidad en
Cristo» para «todos los hombres, unidos hoy más íntimamente
por toda clase de relaciones»(34) reconocía que la Iglesia
debe buscar ante todo llevar a los hombres a la reconciliación plena.
En conexión íntima con la misión de Cristo se puede,
pues, condensar la misión rica y compleja de la Iglesia en la
tarea central para ella de la reconciliación del hombre: con
Dios, consigo mismo, con los hermanos, con todo lo creado; y esto de modo
permanente, porque como he dicho en otra ocasión «la
Iglesia es por su misma naturaleza siempre reconciliadora».(35)
La Iglesia es reconciliadora en cuanto proclama el mensaje de la
reconciliación, como ha hecho siempre en su historia desde el Concilio
apostólico de Jerusalén(36) hasta el último Sínodo y
el reciente Jubileo de la Redención. La originalidad de esta proclamación
estriba en el hecho de que para la Iglesia la reconciliación está
estrechamente relacionada con la conversión del corazón; éste
es el camino obligado para el entendimiento entre los seres humanos.
La Iglesia es reconciliadora también en cuanto muestra al hombre las
vías y le ofrece los medios para la antedicha cuádruple
reconciliación. Las vías son, en concreto, las de la conversión
del corazón y de la victoria sobre el pecado, ya sea éste el egoísmo
o la injusticia, la prepotencia o la explotación de los demás, el
apego a los bienes materiales o la búsqueda desenfrenada del placer. Los
medios son: el escuchar fiel y amorosamente la Palabra de Dios, la oración
personal y comunitaria y, sobre todo, los sacramentos, verdaderos signos e
instrumentos de reconciliación entre los que destaca precisamente
bajo este aspecto el que con toda razón llamamos Sacramento de
reconciliación o de la Penitencia, sobre el cual volveremos más
adelante.
La Iglesia reconciliada
9. Mi venerado Predecesor Pablo VI ha tenido el mérito de poner en
claro que, para ser evangelizadora, la Iglesia debe comenzar mostrándose
ella misma evangelizada, esto es, abierta al anuncio pleno e íntegro de
la Buena Nueva de Jesucristo, escuchándola y poniéndola en práctica.(37)
También yo, al recoger en un documento orgánico las reflexiones de
la IV Asamblea General del Sínodo, he hablado de una Iglesia que se
catequiza en la medida en que lleva a cabo la catequesis.(38)
Dado que también se aplica al tema que estoy tratando, no dudo ahora
en volver a tomar la comparación para reafirmar que la Iglesia, para ser
reconciliadora, ha de comenzar por ser una Iglesia reconciliada.
En esta expresión simple y clara subyace la convicción de que la
Iglesia, para anunciar y promover de modo más eficaz al mundo la
reconciliación, debe convertirse cada vez más en una comunidad
(aunque se trate de la «pequeña grey» de los primeros tiempos)
de discípulos de Cristo, unidos en el empeño de convertirse
continuamente al Señor y de vivir como hombres nuevos en el espíritu
y práctica de la reconciliación.
Frente a nuestros contemporáneos tan sensibles a la prueba del
testimonio concreto de vida la Iglesia está llamada a dar ejemplo
de reconciliación ante todo hacia dentro; por esta razón, todos
debemos esforzarnos en pacificar los ánimos, moderar las tensiones,
superar las divisiones, sanar las heridas que se hayan podido abrir entre
hermanos, cuando se agudiza el contraste de las opciones en el campo de lo
opinable, buscando por el contrario, estar unidos en lo que es esencial para la
fe y para la vida cristiana, según la antigua máxima: In
dubiis libertas, in necessariis unitas, in omnibus caritas.
Según este mismo criterio, la Iglesia debe poner en acto también
su dimensión ecuménica. En efecto, para ser enteramente
reconciliada, ella sabe que ha de proseguir en la búsqueda de la unidad
entre aquellos que se honran en llamarse cristianos, pero que están
separados entre sí incluso en cuanto Iglesias o Comuniones y
de la Iglesia de Roma. Esta busca una unidad que, para ser fruto y expresión
de reconciliación verdadera, no trata de fundarse ni sobre el disimulo de
los puntos que dividen, ni en compromisos tan fáciles cuanto
superficiales y frágiles. La unidad debe ser el resultado de una
verdadera conversión de todos, del perdón recíproco, del diálogo
teológico y de las relaciones fraternas, de la oración, de la
plena docilidad a la acción del Espíritu Santo, que es también
Espíritu de reconciliación.
Por último, la Iglesia para que pueda decirse plenamente
reconciliada, siente que ha de empeñarse cada vez más en llevar el
Evangelio a todas las gentes, promoviendo el «diálogo de la salvación»,(39)
a aquellos amplios sectores de la humanidad en el mundo contemporáneo que
no condividen su fe y que, debido a un creciente secularismo, incluso toman sus
distancias respecto de ella o le oponen una fría indiferencia, si no la
obstaculizan y la persiguen. La Iglesia siente el deber de repetir a todos con
San Pablo: «Reconciliaos con Dios».(40)
En cualquier caso, la Iglesia promueve una reconciliación en la
verdad, sabiendo bien que no son posibles ni la reconciliación ni la
unidad contra o fuera de la verdad.
CAPÍTULO TERCERO
LA INICIATIVA DE DIOS Y EL MINISTERIO DE LA IGLESIA
10. Por ser una comunidad reconciliada y reconciliadora, la Iglesia no puede
olvidar que en el origen mismo de su don y de su misión reconciliadora se
halla la iniciativa llena de amor compasivo y misericordioso del Dios que es
amor(41) y que por amor ha creado a los hombres;(42) los ha creado para que
vivan en amistad con Él y en mutua comunión.
La reconciliación viene de Dios
Dios es fiel a su designio eterno incluso cuando el hombre, empujado por el
Maligno(43) y arrastrado por su orgullo, abusa de la libertad que le fue dada
para amar y buscar el bien generosamente, negándose a obedecer a su Señor
y Padre; continúa siéndolo incluso cuando el hombre, en lugar de
responder con amor al amor de Dios, se le enfrenta como a un rival, haciéndose
ilusiones y presumiendo de sus propias fuerzas, con la consiguiente ruptura de
relaciones con Aquel que lo creó. A pesar de esta prevaricación
del hombre, Dios permanece fiel al amor. Ciertamente, la narración
del paraíso del Edén nos hace meditar sobre las funestas
consecuencias del rechazo del Padre, lo cual se traduce en un desorden en el
interior del hombre y en la ruptura de la armonía entre hombre y mujer,
entre hermano y hermano.(44) También la parábola evangélica
de los dos hijos que de formas diversas se alejan del padre, abriendo un
abismo entre ellos es significativa. El rechazo del amor paterno de Dios y
de sus dones de amor está siempre en la raíz de las divisiones de
la humanidad.
Pero nosotros sabemos que Dios «rico en misericordia»(45) a
semejanza del padre de la parábola, no cierra el corazón a ninguno
de sus hijos. Él los espera, los busca, los encuentra donde el rechazo de
la comunión los hace prisioneros del aislamiento y de la división,
los llama a reunirse en torno a su mesa en la alegría de la fiesta del
perdón y de la reconciliación.
Esta iniciativa de Dios se concreta y manifiesta en el acto redentor de
Cristo que se irradia en el mundo mediante el ministerio de la Iglesia.
En efecto, según nuestra fe, el Verbo de Dios se hizo hombre y ha
venido a habitar la tierra de los hombres; ha entrado en la historia del mundo,
asumiéndola y recapitulándola en sí.(46) Él nos ha
revelado que Dios es amor y que nos ha dado el «mandamiento nuevo»(47)
del amor, comunicándonos al mismo tiempo la certeza de que la vía
del amor se abre a todos los hombres, de tal manera que el esfuerzo por
instaurar la fraternidad universal no es vano.(48) Venciendo con la muerte en la
cruz el mal y el poder del pecado con su total obediencia de amor, Él ha
traído a todos la salvación y se ha hecho «reconciliación»
para todos. En Él Dios ha reconciliado al hombre consigo mismo.
La Iglesia, continuando el anuncio de reconciliación que Cristo hizo
resonar por las aldeas de Galilea y de toda Palestina,(49) no cesa de invitar a
la humanidad entera a convertirse y a creer en la Buena Nueva. Ella habla en
nombre de Cristo, haciendo suya la apelación del apóstol Pablo que
ya hemos mencionado: «Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios os
exhortase por medio de nosotros. Por eso os rogamos: reconciliaos con Dios».(50)
Quien acepta esta llamada entra en la economía de la reconciliación
y experimenta la verdad contenida en aquel otro anuncio de San Pablo, según
el cual Cristo «es nuestra paz; él hizo de los dos pueblos uno,
derribando el muro de separación, la enemistad... estableciendo la paz, y
reconciliándolos a ambos en un solo cuerpo con Dios por la cruz».(51)
Aunque este texto se refiere directamente a la superación de la división
religiosa dentro de Israel en cuanto pueblo elegido del Antiguo Testamento y a
los otros pueblos llamados todos ellos a formar parte de la Nueva Alianza, en él
encontramos, sin embargo, la afirmación de la nueva universalidad
espiritual, querida por Dios y por Él realizada mediante el sacrificio de
su Hijo, el Verbo hecho hombre, en favor de todos aquellos que se convierten y
creen en Cristo, sin exclusiones ni limitaciones de ninguna clase. Por tanto,
todos cada hombre, cada pueblo hemos sido llamados a gozar de los
frutos de esta reconciliación querida por Dios.
La Iglesia, gran sacramento de reconciliación
11. La Iglesia tiene la misión de anunciar esta reconciliación
y de ser el sacramento de la misma en el mundo. Sacramento, o sea, signo
e instrumento de reconciliación es la Iglesia por diferentes títulos
de diverso valor, pero todos ellos orientados a obtener lo que la iniciativa
divina de misericordia quiere conceder a los hombres.
Lo es, sobre todo, por su existencia misma de comunidad reconciliada, que
testimonia y representa en el mundo la obra de Cristo.
Además, lo es por su servicio como guardiana e intérprete de
la Sagrada Escritura, qu es gozosa nueva de reconciliación en cuanto que,
generación tras generación, hace conocer el designio amoroso de
Dios e indica a cada una de ellas los caminos de la reconciliación
universal en Cristo.
Por último, lo es también por los siete sacramentos que, cada
uno de ellos en modo peculiar «edifican la Iglesia».(52) De hecho,
puesto que conmemoran y renuevan el misterio de la Pascua de Cristo, todos los
sacramentos son fuente de vida para la Iglesia y, en sus manos, instrumentos de
conversión a Dios y de reconciliación de los hombres.
Otras vías de reconciliación
12. La misión reconciliadora es propia de toda la Iglesia, y en modo
particular de aquella que ya ha sido admitida a la participación plena de
la gloria divina con la Virgen María, con los Ángeles y los
Santos, que contemplan y adoran al Dios tres veces santo. Iglesia del cielo,
Iglesia de la tierra e Iglesia del purgatorio están misteriosamente
unidas en esta cooperación con Cristo en reconciliar el mundo con Dios.
La primera vía de esta acción salvífica es la oración.
Sin duda la Virgen, Madre de Dios y de la Iglesia,(53) y los Santos, que
llegaron ya al final del camino terreno y gozan de la gloria de Dios, sostienen
con su intercesión a sus hermanos peregrinos en el mundo, en un esfuerzo
de conversión, de fe, de levantarse tras cada caída, de acción
para hacer crecer la comunión y la paz en la Iglesia y en el mundo. En el
misterio de la comunión de los Santos la reconciliación universal
se actúa en su forma más profunda y más fructífera
para la salvación común.
Existe además otra vía: la de la predicación. Siendo
discípula del único Maestro Jesucristo, la Iglesia, a su vez, como
Madre y Maestra, no se cansa de proponer a los hombres la reconciliación
y no duda en denunciar la malicia del pecado, en proclamar la necesidad de la
conversión, en invitar y pedir a los hombres «reconciliarse con Dios».
En realidad esta es su misión profética en el mundo de hoy como en
el de ayer; es la misma misión de su Maestro y Cabeza, Jesús. Como
Él, la Iglesia realizará siempre tal misión con
sentimientos de amor misericordioso y llevará a todos la palabra de perdón
y la invitación a la esperanza que viene de la cruz.
Existe también la vía, frecuentemente difícil y áspera,
de la acción pastoral para devolver a cada hombre sea quien sea y
dondequiera se halle al camino, a veces largo, del retorno al Padre en
comunión con todos los hermanos.
Existe, finalmente, la vía, casi siempre silenciosa, del testimonio,
la cual nace de una doble convicción de la Iglesia: la de ser en sí
misma «indefectiblemente santa»,(54) pero a la vez necesitada de ir «purificándose
día a día hasta que Cristo la haga comparecer ante sí
gloriosa, sin manchas ni arrugas» pues, a causa de nuestros pecados a veces
«su rostro resplandece menos» a los ojos de quien la mira.(55) Este
testimonio no puede menos de asumir dos aspectos fundamentales: ser signo de
aquella caridad universal que Jesucristo ha dejado como herencia a sus
seguidores cual prueba de pertenecer a su reino, y traducirse en obras siempre
nuevas de conversión y de reconciliación dentro y fuera de la
Iglesia, con la superación de las tensiones, el perdón recíproco,
y con el crecimiento del espíritu de fraternidad y de paz que ha de
propagar en el mundo entero. A lo largo de esta vía la Iglesia podrá
actuar eficazmente para que pueda surgir la que mi Predecesor Pablo VI llamó
la «civilización del amor».
SEGUNDA PARTE
EL AMOR MÁS GRANDE QUE EL PECADO
El drama del hombre
13. Como escribe el apóstol San Juan: «Si decimos que estamos
sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está
con nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, Él que es fiel y justo nos
perdonará los pecados».(56) Estas palabras inspiradas, escritas en
los albores de la Iglesia, nos introducen mejor que cualquier otra expresión
humana en el tema del pecado, que está íntimamente relacionado con
el de la reconciliación. Tales palabras enfocan el problema del pecado en
su perspectiva antropológica como parte integrante de la verdad sobre el
hombre, mas lo encuadran inmediatamente en el horizonte divino, en el que el
pecado se confronta con la verdad del amor divino, justo, generoso y fiel, que
se manifiesta sobre todo con el perdón y la redención. Por ello,
el mismo San Juan escribe un poco más adelante que «si nuestro corazón
nos reprocha algo, Dios es más grande que nuestro corazón».(57)
Reconocer el propio pecado, es más, yendo aún más
a fondo en la consideración de la propia personalidad reconocerse
pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio
indispensable para volver a Dios. Es la experiencia ejemplar de David, quien «tras
haber cometido el mal a los ojos del Señor», al ser reprendido por
el profeta Natán(58) exclama: «Reconozco mi culpa, mi pecado está
siempre ante mí. Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí
la maldad que aborreces».(59) El mismo Jesús pone en la boca y en el
corazón del hijo pródigo aquellas significativas palabras: «Padre,
he pecado contra el cielo y contra ti».(60)
En realidad, reconciliarse con Dios presupone e incluye desasirse con
lucidez y determinación del pecado en el que se ha caído.
Presupone e incluye, por consiguiente, hacer penitencia en el sentido más
completo del término: arrepentirse, mostrar arrepentimiento, tomar la
actitud concreta de arrepentido, que es la de quien se pone en el camino del
retorno al Padre. Esta es una ley general que cada cual ha de seguir en la
situación particular en que se halla. En efecto, no puede tratarse sobre
el pecado y la conversión solamente en términos abstractos.
En la condición concreta del hombre pecador, donde no puede existir
conversión sin el reconocimiento del propio pecado, el ministerio de
reconciliación de la Iglesia interviene en cada caso con una finalidad
claramente penitencial, esto es, la de conducir al hombre al «conocimiento
de sí mismo» según la expresión de Santa Catalina de
Siena;(61) a apartarse del mal, al restablecimiento de la amistad con Dios, a la
reforma interior, a la nueva conversión eclesial. Podría incluso
decirse que más allá del ámbito de la Iglesia y de los
creyentes, el mensaje y el ministerio de la penitencia son dirigidos a todos los
hombres, porque todos tienen necesidad de conversión y reconciliación.(62)
Para llevar a cabo de modo adecuado dicho ministerio penitencial, es
necesario, además, superar con los «ojos iluminados»(63) de la
fe, las consecuencias del pecado, que son motivo de división y de
ruptura, no sólo en el interior de cada hombre, sino también en
los diversos círculos en que él vive: familiar, ambiental,
profesional, social, como tantas veces se puede constatar experimentalmente, y
como confirma la página bíblica sobre la ciudad de Babel y su
torre.(64) Afanados en la construcción de lo que debería ser a la
vez símbolo y centro de unidad, aquellos hombres vienen a encontrarse más
dispersos que antes, confundidos en el lenguaje, divididos entre sí, e
incapaces de ponerse de acuerdo.
¿Por qué falló aquel ambicioso proyecto? ¿Por qué
«se cansaron en vano los constructores»?(65) Porque los hombres habían
puesto como señal y garantía de la deseada unidad solamente una
obra de sus manos olvidando la acción del Señor. Habían
optado por la sola dimensión horizontal del trabajo y de la vida social,
no prestando atención a aquella vertical con la que se hubieran
encontrado enraizados en Dios, su Creador y Señor, y orientados hacia Él
como fin último de su camino.
Ahora bien, se puede decir que el drama del hombre de hoy como el del
hombre de todos los tiempos consiste precisamente en su carácter
babélico.
CAPÍTULO PRIMERO
EL MISTERIO DEL PECADO
14. Si leemos la página bíblica de la ciudad y de la torre de
Babel a la nueva luz del Evangelio, y la comparamos con aquella otra página
sobre la caída de nuestros primeros padres, podemos sacar valiosos
elementos para una toma de conciencia del misterio del pecado. Esta
expresión, en la que resuena el eco de lo que escribe San Pablo sobre
el misterio de la iniquidad,(66) se orienta a hacernos percibir lo que
de oscuro e inaprensible se oculta en el pecado. Este es sin duda, obra de la
libertad del hombre;mas dentro de su mismo peso humano obran factores por razón
de los cuales el pecado se sitúa mas allá de lo humano, en aquella
zona límite donde la conciencia, la voluntad y la sensibilidad del hombre
están en contacto con las oscuras fuerzas que, según San Pablo,
obran en el mundo hasta enseñorearse de él.(67)
La desobediencia a Dios
De la narración bíblica referente a la construcción de
la torre de Babel emerge un primer elemento que nos ayuda a comprender el
pecado: los hombres han pretendido edificar una ciudad, reunirse en un conjunto
social, ser fuertes y poderosos sin Dios, o incluso contra Dios.(68)
En este sentido, la narración del primer pecado en el Edén y la
narración de Babel, a pesar de las notables diferencias de contenido y de
forma entre ellas, tienen un punto de convergencia: en ambas nos encontramos
ante una exclusión de Dios, por la oposición frontal a un
mandamiento suyo, por un gesto de rivalidad hacia él, por la engañosa
pretensión de ser «como él».(69) En la narración
de Babel la exclusión de Dios no aparece en clave de contraste
con él, sino como olvido e indiferencia ante él; como si Dios no
mereciese ningún interés en el ámbito del proyecto
operativo y asociativo del hombre. Pero en ambos casos la relación
con Dios es rota con violencia. En el caso del Edén aparece en toda
su gravedad y dramaticidad lo que constituye la esencia más íntima
y más oscura del pecado: la desobediencia a Dios, a su ley, a la norma
moral que él dio al hombre, escribiéndola en el corazón y
confirmándola y perfeccionándola con la revelación.
Exclusión de Dios, ruptura con Dios, desobediencia a Dios; a
lo largo de toda la historia humana esto ha sido y es bajo formas diversas el
pecado, que puede llegar hasta la negación de Dios y de su
existencia; es el fenómeno llamado ateísmo. Desobediencia del
hombre que no reconoce mediante un acto de su libertad el dominio de Dios sobre
la vida, al menos en aquel determinado momento en que viola su ley.
La división entre hermanos
15. En las narraciones bíblicas antes recordadas, la ruptura con Dios
desemboca dramáticamente en la división entre los hermanos.
En la descripción del «primer pecado», la ruptura con Yavé
rompe al mismo tiempo el hilo de la amistad que unía a la familia humana,
de tal manera que las páginas siguientes del Génesis nos
muestran al hombre y a la mujer como si apuntaran su dedo acusando el uno hacia
el otro;(70) y más adelante el hermano que, hostil a su hermano, termina
quitándole la vida.(71)
Según la narración de los hechos de Babel la consecuencia del
pecado es la desunión de la familia humana, ya iniciada con el primer
pecado, y que llega ahora al extremo en su forma social.
Quien desee indagar el misterio del pecado no podrá dejar de
considerar esta concatenación de causa y efecto. En cuanto ruptura con
Dios el pecado es el acto de desobediencia de una criatura que, al menos implícitamente,
rechaza a aquel de quien salió y que la mantiene en vida; es, por
consiguiente, un acto suicida. Puesto que con el pecado el hombre se niega a
someterse a Dios, también su equilibrio interior se rompe y se desatan
dentro de sí contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta forma el
hombre provoca casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros
hombres y con el mundo creado. Es una ley y un hecho objetivo que pueden
comprobarse en tantos momentos de la psicología humana y de la vida
espiritual, así como en la realidad de la vida social, en la que fácilmente
pueden observarse repercusiones y señales del desorden interior.
El misterio del pecado se compone de esta doble herida, que el pecador abre
en su propio costado y en relación con el prójimo. Por
consiguiente, se puede hablar de pecado personal y social. Todo
pecado es personal bajo un aspecto; bajo otro aspecto, todo pecado es
social, en cuanto y debido a que tiene también consecuencias
sociales.
Pecado personal y pecado social
16. El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la
persona, porque es un acto libre de la persona individual, y no precisamente de
un grupo o una comunidad. Este hombre puede estar condicionado, apremiado,
empujado por no pocos ni leves factores externos; así como puede estar
sujeto también a tendencias, taras y costumbres unidas a su condición
personal. En no pocos casos dichos factores externos e internos pueden atenuar,
en mayor o menor grado, su libertad y, por lo tanto, su responsabilidad y
culpabilidad. Pero es una verdad de fe, confirmada también por nuestra
experiencia y razón, que la persona humana es libre. No se puede ignorar
esta verdad con el fin de descargar en realidades externas las
estructuras, los sistemas, los demás el pecado de los individuos.
Después de todo, esto supondría eliminar la dignidad y la libertad
de la persona, que se revelan aunque sea de modo tan negativo y desastroso
también en esta responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en
cada hombre no existe nada tan personal e intrasferible como el mérito de
la virtud o la responsabilidad de la culpa.
Por ser el pecado una acción de la persona, tiene sus primeras y más
importantes consecuencias en el pecador mismo, o sea, en la relación
de éste con Dios que es el fundamento mismo de la vida humana
y en su espíritu, debilitando su voluntad y oscureciendo su inteligencia.
Llegados a este punto hemos de preguntarnos a qué realidad se referían
los que, en la preparación del Sínodo y durante los trabajos
sinodales, mencionaron con cierta frecuencia el pecado social.
La expresión y el concepto que a ella está unido, tienen, en
verdad, diversos significados.
Hablar de pecado social quiere decir, ante todo, reconocer que, en
virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y
concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás.
Es ésta la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel religioso, se
desarrolla en el misterio profundo y magnífico de la comunión
de los santos, merced a la cual se ha podido decir que «toda alma que
se eleva, eleva al mundo».(72) A esta ley de la elevación
corresponde, por desgracia, la ley del descenso, de suerte que se puede
hablar de una comunión del pecado, por el que un alma que se
abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo
entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo
y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a
aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con
mayor o menor daño en todo el conjunto eclesial y en toda la familia
humana. Según esta primera acepción, se puede atribuir
indiscutiblemente a cada pecado el carácter de pecado social.
Algunos pecados, sin embargo, constituyen, por su mismo objeto, una agresión
directa contra el prójimo y más exactamente según el
lenguaje evangélico contra el hermano. Son una ofensa a Dios,
porque ofenden al prójimo. A estos pecados se suele dar el nombre de sociales,
y ésta es la segunda acepción de la palabra. En este sentido es
social el pecado contra el amor del prójimo, que viene a ser
mucho más grave en la ley de Cristo porque está en juego el
segundo mandamiento que es «semejante al primero».(73) Es igualmente
social todo pecado cometido contra la justicia en las relaciones tanto
interpersonales como en las de la persona con la sociedad, y aun de la comunidad
con la persona. Es social todo pecado cometido contra los derechos de la
persona humana, comenzando por el derecho a la vida, sin excluir la del que está
por nacer, o contra la integridad física de alguno; todo pecado contra la
libertad ajena, especialmente contra la suprema libertad de creer en Dios y de
adorarlo; todo pecado contra la dignidad y el honor del prójimo. Es social
todo pecado contra el bien común y sus exigencias, dentro del amplio
panorama de los derechos y deberes de los ciudadanos. Puede ser social
el pecado de obra u omisión por parte de dirigentes políticos,
económicos y sindicales, que aun pudiéndolo, no se empeñan
con sabiduría en el mejoramiento o en la transformación de la
sociedad según las exigencias y las posibilidades del momento histórico;
así como por parte de trabajadores que no cumplen con sus deberes de
presencia y colaboración, para que las fábricas puedan seguir
dando bienestar a ellos mismos, a sus familias y a toda la sociedad.
La tercera acepción de pecado social se refiere a las
relaciones entre las distintas comunidades humanas. Estas relaciones no están
siempre en sintonía con el designio de Dios, que quiere en el mundo
justicia, libertad y paz entre los individuos, los grupos y los pueblos. Así
la lucha de clases, cualquiera que sea su responsable y, a veces, quien la erige
en sistema, es un mal social. Así la contraposición
obstinada de los bloques de Naciones y de una Nación contra la otra, de
unos grupos contra otros dentro de la misma Nación, es también un
mal social. En ambos casos, puede uno preguntarse si se puede atribuir a
alguien la responsabilidad moral de estos males y, por lo tanto, el pecado.
Ahora bien, se debe pues admitir que realidades y situaciones, como las señaladas,
en su modo de generalizarse y hasta agigantarse como hechos sociales, se
convierten casi siempre en anónimas, así como son complejas y no
siempre identificables sus causas. Por consiguiente, si se habla de pecado
social, aquí la expresión tiene un significado evidentemente
analógico.
En todo caso hablar de pecados sociales, aunque sea en sentido analógico,
no debe inducir a nadie a disminuir la responsabilidad de los individuos, sino
que quiere ser una llamada a las conciencias de todos para que cada uno tome su
responsabilidad, con el fin de cambiar seria y valientemente esas nefastas
realidades y situaciones intolerables.
Dado por sentado todo esto en el modo más claro e inequívoco
hay que añadir inmediatamente que no es legítimo ni aceptable un
significado de pecado social, por muy usual que sea hoy en algunos
ambientes,(74) que al oponer, no sin ambiguedad, pecado social y
pecado personal, lleva más o menos inconscientemente a difuminar
y casi a borrar lo personal, para admitir únicamente culpas y
responsabilidades sociales. Según este significado, que revela fácilmente
su derivación de ideologías y sistemas no cristianos tal vez
abandonados hoy por aquellos mismos que han sido sus paladines, prácticamente
todo pecado sería social, en el sentido de ser imputable no tanto a la
conciencia moral de una persona, cuanto a una vaga entidad y colectividad anónima,
que podría ser la situación, el sistema, la sociedad, las
estructuras, la institución.
Ahora bien la Iglesia, cuando habla de situaciones de pecado o
denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o
comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos amplios, o
hasta de enteras Naciones y bloques de Naciones, sabe y proclama que estos casos
de pecado social son el fruto, la acumulación y la concentración
de muchos pecados personales. Se trata de pecados muy personales de
quien engendra, favorece o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer algo
por evitar, eliminar, o, al menos, limitar determinados males sociales, omite el
hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o por
indiferencia; de quien busca refugio en la presunta imposibilidad de cambiar el
mundo; y también de quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio,
alegando supuestas razones de orden superior. Por lo tanto, las verdaderas
responsabilidades son de las personas.
Una situación como una institución, una estructura, una
sociedad no es, de suyo, sujeto de actos morales; por lo tanto, no puede
ser buena o mala en sí misma.
En el fondo de toda situación de pecado hallamos siempre
personas pecadoras. Esto es tan cierto que, si tal situación puede
cambiar en sus aspectos estructurales e institucionales por la fuerza de la ley
o como por desgracia sucede muy a menudo, por la ley de la fuerza,
en realidad el cambio se demuestra incompleto, de poca duración y, en
definitiva, vano e ineficaz, por no decir contraproducente, si no se convierten
las personas directa o indirectamente responsables de tal situación.
Mortal y venial
17. Pero he aquí, en el misterio del pecado, una nueva dimensión
sobre la que la mente del hombre jamás ha dejado de meditar: la de su
gravedad. Es una cuestión inevitable, a la que la conciencia cristiana
nunca ha renunciado a dar una respuesta: ¿por qué y en qué
medida el pecado es grave en la ofensa que hace a Dios y en su repercusión
sobre el hombre? La Iglesia tiene su doctrina al respecto, y la reafirma en sus
elementos esenciales, aun sabiendo que no es siempre fácil, en las
situaciones concretas, deslindar netamente los confines.
Ya en el Antiguo Testamento, para no pocos pecados los cometidos con
deliberación,(75) las diversas formas de impudicicia,(76) idolatría,(77)
culto a los falsos dioses(78) se declaraba que el reo debía ser «eliminado
de su pueblo», lo que podía también significar ser condenado
a muerte.(79) A estos pecados se contraponían otros, sobre todo los
cometidos por ignorancia, que eran perdonados mediante un sacrificio.(80)
Refiriéndose también a estos textos, la Iglesia, desde hace
siglos, constantemente habla de pecado mortal y de pecado venial.
Pero esta distinción y estos términos se esclarecen sobre todo en
el Nuevo Testamento, donde se encuentran muchos textos que enumeran y reprueban
con expresiones duras los pecados particularmente merecedores de condena,(81)
además de la ratificación del Decálogo hecha por el mismo
Jesús.(82) Quiero referirme aqui de modo especial a dos páginas
significativas e impresionantes.
San Juan, en un texto de su primera Carta, habla de un pecado
que conduce a la muerte (pròs thánaton) en
contraposición a un pecado que no conduce a la muerte (mè
pròs thánaton).(83) Obviamente, aquí el concepto de
muerte es espiritual: se trata de la pérdida de la verdadera vida
o «vida eterna», que para Juan es el conocimiento del Padre y del
Hijo,(84) la comunión y la intimidad entre ellos. El pecado que
conduce a la muerte parece ser en este texto la negación del
Hijo,(85) o el culto a las falsas divinidades.(86) De cualquier modo con esta
distinción de conceptos, Juan parece querer acentuar la incalculable
gravedad de lo que es la esencia del pecado, el rechazo de Dios, que se realiza
sobre todo en la apostasía y en la idolatría, o
sea en repudiar la fe en la verdad revelada y en equiparar con Dios ciertas
realidades creadas, elevándolas al nivel de ídolos o falsos
dioses.(87) Pero el Apóstol en esa página intenta también
poner en claro la certeza que recibe el cristiano por el hecho de ser «nacido
de Dios» y por la venida del Hijo: existe en él una fuerza que lo
preserva de la caída del pecado; Dios lo custodia, «el Maligno no lo
toca». Porque si peca por debilidad o ignorancia, existe en él la
esperanza de la remisión, gracias también a la ayuda que le
proviene de la oración común de los hermanos.
En otro texto del Nuevo Testamento, en el Evangelio de Mateo,(88) el mismo
Jesús habla de una «blasfemia contra el Espíritu Santo»,
la cual es «irremisible», ya que ella es, en sus manifestaciones, un
rechazo obstinado de conversión al amor del Padre de las misericordias.
Es claro que se trata de expresiones extremas y radicales del rechazo de
Dios y de su gracia y, por consiguiente, de la oposición al principio
mismo de la salvación,(89) por las que el hombre parece cerrarse
voluntariamente la vía de la remisión. Es de esperar que pocos
quieran obstinarse hasta el final en esta actitud de rebelión o, incluso,
de desafío contra Dios, el cual, por otro lado, en su amor misericordioso
es más fuerte que nuestro corazón como nos enseña
también San Juan(90) y puede vencer todas nuestras resistencias
psicológicas y espirituales, de manera que como escribe Santo Tomás
de Aquino «no hay que desesperar de la salvación de nadie en
esta vida, considerada la omnipotencia y la misericordia de Dios».(91)
Pero ante el problema del encuentro de una voluntad rebelde con Dios,
infinitamente justo, no se puede dejar de abrigar saludables sentimientos de «temor
y temblor», como sugiere San Pablo;(92) mientras la advertencia de Jesús
sobre el pecado que no es «remisible» confirma la existencia de
culpas, que pueden ocasionar al pecador «la muerte eterna» como pena.
A la luz de estos y otros textos de la Sagrada Escritura, los doctores y los
teólogos, los maestros de la vida espiritual y los pastores han
distinguido los pecados en mortales y veniales. San Agustín,
entre otros, habla de letalia o mortifera crimina, oponiéndolos
a venialia, levia o quotidiana.(93) El significado que él
atribuye a estos calificativos influirá en el Magisterio posterior de la
Iglesia. Después de él, será Santo Tomás de Aquino
el que formulará en los términos más claros posibles la
doctrina que se ha hecho constante en la Iglesia.
Al definir y distinguir los pecados mortales y veniales, no
podría ser ajena a Santo Tomás y a la teología sobre el
pecado, que se basa en su enseñanza, la referencia bíblica y, por
consiguiente, el concepto de muerte espiritual. Según el Doctor Angélico,
para vivir espiritualmente, el hombre debe permanecer en comunión con el
supremo principio de la vida, que es Dios, en cuanto es el fin último de
todo su ser y obrar. Ahora bien, el pecado es un desorden perpetrado por el
hombre contra ese principio vital. Y cuando «por medio del pecado, el alma
comete una acción desordenada que llega hasta la separación del
fin último Dios al que está unida por la caridad,
entonces se da el pecado mortal; por el contrario, cada vez que la acción
desordenada permanece en los límites de la separación de Dios,
entonces el pecado es venial».(94) Por esta razón, el pecado venial
no priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni,
por lo tanto, de la bienaventuranza eterna, mientras que tal privación es
precisamente consecuencia del pecado mortal.
Considerando además el pecado bajo el aspecto de la pena que
incluye, Santo Tomás con otros doctores llama mortal al pecado
que, si no ha sido perdonado, conlleva una pena eterna; es venial el
pecado que merece una simple pena temporal (o sea parcial y expiable en la
tierra o en el purgatorio).
Si se mira además a la materia del pecado, entonces las ideas
de muerte, de ruptura radical con Dios, sumo bien, de desviación del
camino que lleva a Dios o de in terrupción del camino hacia Él
(modos todos ellos de definir el pecado mortal) se unen con la idea de gravedad
del contenido objetivo; por esto, el pecado grave se identifica prácticamente,
en la doctrina y en la acción pastoral de la Iglesia, con el pecado mortal.
Recogemos aquí el núcleo de la enseñanza tradicional de
la Iglesia, reafirmada con frecuencia y con vigor durante el reciente Sínodo.
En efecto, éste no sólo ha vuelto a afirmar cuanto fue proclamado
por el Concilio de Trento sobre la existencia y la naturaleza de los pecados
mortales y veniales,(95) sino que ha querido recordar que es
pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además,
es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento. Es un deber añadir
como se ha hecho también en el Sínodo que algunos
pecados, por razón de su materia, son intrínsecamente
graves y mortales. Es decir, existen actos que, por sí y en sí
mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos
por razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente
conocimiento y libertad, son siempre culpa grave.(96)
Esta doctrina basada en el Decálogo y en la predicación del
Antiguo Testamento, recogida en el Kérigma de los Apóstoles
y perteneciente a la más antigua enseñanza de la Iglesia que la
repite hasta hoy, tiene una precisa confirmación en la experiencia humana
de todos los tiempos. El hombre sabe bien, por experiencia, que en el camino de
fe y justicia que lo lleva al conocimiento y al amor de Dios en esta vida y
hacia la perfecta unión con él en la eternidad, puede detenerse o
distanciarse, sin por ello abandonar la vida de Dios; en este caso se da el pecado
venial, que, sin embargo, no deberá ser atenuado como si automáticamente
se convirtiera en algo secundario o en un «pecado de poca importancia».
Pero el hombre sabe también, por una experiencia dolorosa, que
mediante un acto consciente y libre de su voluntad puede volverse atrás,
caminar en el sentido opuesto al que Dios quiere y alejarse así de Él
(aversio a Deo), rechazando la comunión de amor con Él,
separándose del principio de vida que es Él, y eligiendo, por lo
tanto, la muerte.
Siguiendo la tradición de la Iglesia, llamamos pecado mortal
al acto, mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a
Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone, prefiriendo volverse a sí
mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina
(conversio ad creaturam). Esto puede ocurrir de modo directo y formal,
como en los pecados de idolatría, apostasía y ateísmo; o de
modo equivalente, como en todos los actos de desobediencia a los mandamientos de
Dios en materia grave. El hombre siente que esta desobediencia a Dios rompe la
unión con su principio vital: es un pecado mortal, o sea un acto
que ofende gravemente a Dios y termina por volverse contra el mismo hombre con
una oscura y poderosa fuerza de destrucción.
Durante la asamblea sinodal algunos Padres propusieron una triple distinción
de los pecados, que podrían clasificarse en veniales, graves
y mortales. Esta triple distinción podría poner de relieve
el hecho de que existe una gradación en los pecados graves. Pero queda
siempre firme el principio de que la distinción esencial y decisiva está
entre el pecado que destruye la caridad y el pecado que no mata la vida
sobrenatural; entre la vida y la muerte no existe una vía intermedia.
Del mismo modo se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de
«opción fundamental» como hoy se suele decir
contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios
o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también,
cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo
gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está ya
incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia la
humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde
la caridad. La orientación fundamental puede pues ser radicalmente
modificada por actos particulares. Sin duda pueden darse situaciones muy
complejas y oscuras bajo el aspecto psicológico, que influyen en la
imputabilidad subjetiva del pecador. Pero de la consideración de la
esfera psicológica no se puede pasar a la constitución de una
categoría teológica, como es concretamente la «opción
fundamental» entendida de tal modo que, en el plano objetivo, cambie o
ponga en duda la concepción tradicional de pecado mortal.
Si bien es de apreciar todo intento sincero y prudente de clarificar el
misterio psicológico y teológico del pecado, la Iglesia, sin
embargo, tiene el deber de recordar a todos los estudiosos de esta materia, por
un lado, la necesidad de ser fieles a la Palabra de Dios que nos instruye también
sobre el pecado; y, por el otro, el riesgo que se corre de contribuir a atenuar
más aún, en el mundo contemporáneo, el sentido del pecado.
Pérdida del sentido del pecado
18. A través del Evangelio leído en la comunión
eclesial, la conciencia cristiana ha adquirido, a lo largo de las generaciones,
una fina sensibilidad y una aguda percepción de los fermentos de
muerte, que están contenidos en el pecado. Sensibilidad y capacidad
de percepción también para individuar estos fermentos en las múltiples
formas asumidas por el pecado, en los tantos aspectos bajo los cuales se
presenta. Es lo que se llama el sentido del pecado.
Este sentido tiene su raíz en la conciencia moral del hombre y es
como su termómetro. Está unido al sentido de Dios, ya que
deriva de la relación consciente que el hombre tiene con Dios como su
Creador, Señor y Padre. Por consiguiente, así como no se puede
eliminar completamente el sentido de Dios ni apagar la conciencia, tampoco se
borra jamás completamente el sentido del pecado.
Sin embargo, sucede frecuentemente en la historia, durante períodos
de tiempo más o menos largos y bajo la influencia de múltiples
factores, que se oscurece gravemente la conciencia moral en muchos hombres. «¿Tenemos
una idea justa de la conciencia?» preguntaba yo hace dos años
en un coloquio con los fieles . «¿No vive el hombre contemporáneo
bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia, de una deformación de la
conciencia, de un entorpecimiento o de una "anestesia" de la
conciencia?».(97) Muchas señales indican que en nuestro tiempo
existe este eclipse, que es tanto más inquietante, en cuanto esta
conciencia, definida por el Concilio como «el núdeo más
secreto y el sagrario del hombre»,(98) está «íntimamente
unida a la libertad del hombre (...). Por esto la conciencia, de modo
principal, se encuentra en la base de la dignidad interior del hombre y, a la
vez, de su relación con Dios».(99) Por lo tanto, es inevitable que
en esta situación quede oscurecido también el sentido del
pecado, que está íntimamente unido a la conciencia moral, a la
búsqueda de la verdad, a la voluntad de hacer un uso responsable de la
libertad. Junto a la conciencia queda también oscurecido el sentido
de Dios, y entonces, perdido este decisivo punto de referencia interior, se
pierde el sentido del pecado. He aquí por qué mi Predecesor Pio
XII, con una frase que ha llegado a ser casi proverbial, pudo declarar en una
ocasión que «el pecado del siglo es la pérdida del sentido
del pecado».(100)
¿Por qué este fenómeno en nuestra época? Una
mirada a determinados elementos de la cultura actual puede ayudarnos a entender
la progresiva atenuación del sentido del pecado, debido precisamente a la
crisis de la conciencia y del sentido de Dios antes indicada.
El «secularismo» que por su misma naturaleza y definición
es un movimiento de ideas y costumbres, defensor de un humanismo que hace total
abstracción de Dios, y que se concentra totalmente en el culto del hacer
y del producir, a la vez que embriagado por el consumo y el placer, sin
preocuparse por el peligro de «perder la propia alma», no puede menos
de minar el sentido del pecado. Este último se reducirá a lo sumo
a aquello que ofende al hombre. Pero precisamente aquí se impone la
amarga experiencia a la que hacía yo referencia en mi primera Encíclica,
o sea que el hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará
por volverse contra el hombre.(101) En realidad, Dios es la raíz y el fin
supremo del hombre y éste lleva en sí un germen divino.(102) Por
ello, es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del hombre.
Es vano, por lo tanto, esperar que tenga consistencia un sentido del pecado
respecto al hombre y a los valores humanos, si falta el sentido de la ofensa
cometida contra Dios, o sea, el verdadero sentido del pecado.
Se diluye este sentido del pecado en la sociedad contemporánea también
a causa de los equívocos en los que se cae al aceptar ciertos resultados
de la ciencia humana. Así, en base a determinadas afirmaciones de la
psicología, la preocupación por no culpar o por no poner frenos a
la libertad, lleva a no reconocer jamás una falta. Por una indebida
extrapolación de los criterios de la ciencia sociológica se
termina como ya he indicado con cargar sobre la sociedad todas las
culpas de las que el individuo es declarado inocente. A su vez, también
una cierta antropología cultural, a fuerza de agrandar los innegables
condicionamientos e influjos ambientales e históricos que actúan
en el hombre, limita tanto su responsabilidad que no le reconoce la capacidad de
ejecutar verdaderos actos humanos y, por lo tanto, la posibilidad de pecar.
Disminuye fácilmente el sentido del pecado también a causa de
una ética que deriva de un determinado relativismo historicista. Puede
ser la ética que relativiza la norma moral, negando su valor absoluto e
incondicional, y negando, consiguientemente, que puedan existir actos intrínsecamente
ilícitos, independientemente de las circunstancias en que son realizados
por el sujeto.
Se trata de un verdadero «vuelco o de una caída de valores
morales» y «el problema no es sólo de ignorancia de la ética
cristiana», sino «más bien del sentido de los fundamentos y los
criterios de la actitud moral».(103) El efecto de este vuelco ético
es también el de amortiguar la noción de pecado hasta tal punto
que se termina casi afirmando que el pecado existe, pero no se sabe quién
lo comete.
Se diluye finalmente el sentido del pecado, cuando éste como
puede suceder en la enseñanza a los jóvenes, en las comunicaciones
de masa y en la misma vida familiar se identifica erróneamente con
el sentimiento morboso de la culpa o con la simple transgresión de normas
y preceptos legales.
La pérdida del sentido del pecado es, por lo tanto, una forma o fruto
de la negación de Dios: no sólo de la atea, sino además
de la secularista. Si el pecado es la interrupción de la relación
filial con Dios para vivir la propia existencia fuera de la obediencia a Él,
entonces pecar no es solamente negar a Dios; pecar es también vivir como
si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria. Un modelo
de sociedad mutilado o desequilibrado en uno u otro sentido, como es sostenido a
menudo por los medios de comunicación, favorece no poco la pérdida
progresiva del sentido del pecado. En tal situación el ofuscamiento o
debilitamiento del sentido del pecado deriva ya sea del rechazo de toda
referencia a lo trascendente en nombre de la aspiración a la autonomía
personal, ya sea del someterse a modelos éticos impuestos por el consenso
y la costumbre general, aunque estén condenados por la conciencia
individual, ya sea de las dramáticas condiciones socio-económicas
que oprimen a gran parte de la humanidad, creando la tendencia a ver errores y
culpas sólo en el ámbito de lo social; ya sea, finalmente y sobre
todo, del oscurecimiento de la idea de la paternidad de Dios y de su dominio
sobre la vida del hombre.
Incluso en el terreno del pensamiento y de la vida eclesial algunas
tendencias favorecen inevitablemente la decadencia del sentido del pecado.
Algunos, por ejemplo, tienden a sustituir actitudes exageradas del pasado con
otras exageraciones; pasan de ver pecado en todo, a no verlo en ninguna parte;
de acentuar demasiado el temor de las penas eternas, a predicar un amor de Dios
que excluiría toda pena merecida por el pecado; de la severidad en el
esfuerzo por corregir las conciencias erróneas, a un supuesto respeto de
la conciencia, que suprime el deber de decir la verdad. Y ¿por qué
no añadir que la confusión, creada en la conciencia de
numerosos fieles por la divergencia de opiniones y enseñanzas en la
teología, en la predicación, en la catequesis, en la dirección
espiritual, sobre cuestiones graves y delicadas de la moral cristiana,
termina por hacer disminuir, hasta casi borrarlo, el verdadero sentido del
pecado? Ni tampoco han de ser silenciados algunos defectos en la praxis de la
Penitencia sacramental: tal es la tendencia a ofuscar el significado eclesial
del pecado y de la conversión, reduciéndolos a hechos meramente
individuales, o por el contrario, a anular la validez personal del bien y del
mal por considerar exclusivamente su dimensión comunitaria; tal es también
el peligro, nunca totalmente eliminado, del ritualismo de costumbre que quita al
Sacramento su significado pleno y su eficacia formativa.
Restablecer el sentido justo del pecado es la primera manera de
afrontar la grave crisis espiritual, que afecta al hombre de nuestro tiempo.
Pero el sentido del pecado se restablece únicamente con una clara
llamada a los principios inderogables de razón y de fe que la
doctrina moral de la Iglesia ha sostenido siempre.
Es lícito esperar que, sobre todo en el mundo cristiano y eclesial,
florezca de nuevo un sentido saludable del pecado. Ayudarán a ello una
buena catequesis, iluminada por la teología bíblica de la Alianza,
una escucha atenta y una acogida fiel del Magisterio de la Iglesia, que no cesa
de iluminar las conciencias, y una praxis cada vez más cuidada del
Sacramento de la Penitencia.
CAPÍTULO SEGUNDO
«MYSTERIUM PIETATIS»
19. Para conocer el pecado era necesario fijar la mirada en su naturaleza,
que se nos ha dado a conocer por la revelación de la economía de
la salvación: el pecado es el mysterium iniquitatis. Pero en esta
economía el pecado no es protagonista, ni mucho menos vencedor. Contrasta
como antagonista con otro principio operante, que empleando una bella y
sugestiva expresión de San Pablo podemos llamar mysterium o
sacramentum pietatis. El pecado del hombre resultaría vencedor y,
al final, destructor; el designio salvífico de Dios permanecería
incompleto o, incluso, derrotado, si este mysterium pietatis no se
hubiera inserido en la dinámica de la historia para vencer el pecado del
hombre.
Encontramos esta expresión en una de las Cartas Pastorales de
San Pablo, en la primera a Timoteo. Esta aparece al improviso como una inspiración
que irrumpe. En efecto, el Apóstol ha dedicado precedentemente largos párrafos
de su mensaje al discípulo predilecto con el fin de explicar el
significado del ordenamiento de la comunidad (el litúrgico y, unido a él,
el jerárquico); habla después del cometido de los jefes de la
comunidad, para referirse finalmente al comportamiento del mismo Timoteo «en
la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la
verdad». Luego, al final del fragmento, evoca casi ex abrupto, pero
con un propósito profundo, lo que da significado a todo lo que ha
escrito: «Y sin duda ... es grande el misterio de la piedad ...».(104)
Sin traicionar mínimamente el sentido literal del texto, podemos
ampliar esta magnífica intuición teológica del Apóstol
a una visión más completa del papel que la verdad anunciada por él
tiene en la economía de la salvación. «Es grande en verdad repetimos
con él el misterio de la piedad», porque vence al pecado.
Pero, ¿qué es esta piedad en la concepción paulina?
Es el mismo Cristo
20. Es muy significativo que, para presentar este «mysterium pietatis»,
Pablo, sin establecer una relación gramatical con el texto
precedente,(105) transcriba simplemente tres líneas de un Himno
cristológico, que según la opinión de estudiosos
acreditados era empleado en las comunidades helénico-cristianas.
Con las palabras de ese Himno, densas de contenido teológico y de
gran belleza, los creyentes del primer siglo profesaban su fe en el misterio de
Cristo:
- que Él se ha manifestado en la realidad de la carne humana y ha
sido constituido por el Espíritu Santo como el justo, que se ofrece por
los injustos;
- que Él ha aparecido ante los ángeles como más grande
que ellos, y ha sido predicado a las gentes como portador de salvación;
- que Él ha sido creído en el mundo como enviado del Padre, y
que el mismo Padre lo ha elevado al cielo, como Señor.(106)
Por lo tanto, el misterio o sacramento de la piedad es el mismo misterio de
Cristo. Es en una síntesis completa: el misterio de la Encarnación
y de la Redención, de la Pascua plena de Jesús, Hijo de Dios e
Hijo de María; misterio de su pasión y muerte, de su resurrección
y glorificación. Lo que san Pablo, recogiendo las frases del himno, ha
querido recalcar es que este misterio es el principio secreto vital que
hace de la Iglesia la casa de Dios, la columna y el fundamento de la verdad.
Siguiendo la enseñanza paulina, podemos afirmar que este mismo misterio
de la infinita piedad de Dios hacia nosotros es capaz de penetrar hasta las
raíces más escondidas de nuestra iniquidad, para suscitar en el
alma un movimiento de conversión, redimirla e impulsarla hacia la
reconcliación.
Refiriéndose sin duda a este misterio, también San Juan, con
su lenguaje característico diferente del de San Pablo, pudo escribir que «todo
el nacido de Dios no peca, sino que el nacido de Dios le guarda, y el maligno no
le toca».(107) En esta afirmación de San Juan hay una indicación
de esperanza, basada en las promesas divinas: el cristiano ha recibido la garantía
y las fuerzas necesarias para no pecar. No se trata, por consiguiente, de una
impecabilidad adquirida por virtud propia o incluso connatural al hombre, como
pensaban los gnósticos. Es un resultado de la acción de Dios. Para
no pecar el cristiano dispone del conocimiento de Dios, recuerda San Juan en
este mismo texto. Pero poco antes escribía: «Quien ha nacido de Dios
no comete pecado, porque la simiente de Dios permanece en él»(108)
Si por esta «simiente de Dios» nos referimos como proponen
algunos comentaristas a Jesús, el Hijo de Dios, entonces podemos
decir que para no pecar o para liberarse del pecado el cristiano
dispone de la presencia en su interior del mismo Cristo y del misterio de
Cristo, que es misterio de piedad.
El esfuerzo del cristiano
21. Pero existe en el mysterium pietatis otro aspecto; a la piedad
de Dios hacia el cristiano debe corresponder la piedad del cristiano
hacia Dios. En esta segunda acepción, la piedad (eusébeia)
significa precisamente el comportamiento del cristiano, que a la piedad paternal
de Dios responde con su piedad filial.
Al respecto podemos afirmar también con San Pablo que «es grande
el misterio de la piedad». También en este sentido la piedad,
como fuerza de conversión y reconciliación, afronta la iniquidad y
el pecado. Además en este caso los aspectos esenciales del misterio de
Cristo son objeto de la piedad en el sentido de que el cristiano acoge
el misterio, lo contempla y saca de él la fuerza espiritual necesaria
para vivir según el Evangelio. También se debe decir aquí
que «el que ha nacido de Dios, no comete pecado»; pero la expresión
tiene un sentido imperativo: sostenido por el misterio de Cristo, como manantial
interior de energía espiritual, el cristiano es invitado a no pecar; más
aún, recibe el mandato de no pecar , y de comportarse dignamente «en
la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente»,(109) siendo un «hijo
de Dios».
Hacia una vida reconciliada
22. Así la Palabra de la Escritura, al manifestarnos el misterio
de la piedad, abre la inteligencia humana a la conversión y
reconciliación, entendidas no como meras abstracciones, sino como valores
cristianos concretos a conquistar en nuestra vida diaria.
Insidiados por la pérdida del sentido del pecado, a veces tentados
por alguna ilusión poco cristiana de impecabilidad, los hombres de hoy
tienen necesidad de volver a escuchar, como dirigida personalmente a cada uno,
la advertencia de San Juan: «Si dijéramos que no tenemos pecado, nos
engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría en
nosotros»;(110) más aún, «el mundo todo está bajo
el maligno».(111) Cada uno, por lo tanto, está invitado por la voz
de la Verdad divina a leer con realismo en el interior de su conciencia y a
confesar que ha sido engendrado en la iniquidad, como decimos en el Salmo Miserere.(112)
Sin embargo, amenazados por el miedo y la desesperación, los hombres
de hoy pueden sentirse aliviados por la promesa divina que los abre a la
esperanza de la plena reconciliación.
El misterio de la piedad, por parte de Dios, es aquella misericordia de la
que el Señor y Padre nuestro lo repito una vez más es
infinitamente rico.(113) Como he dicho en la Encíclica dedicada al tema
de la misericordia divina,(114) es un amor más poderoso que el
pecado, más fuerte que la muerte. Cuando nos damos cuenta de que el
amor que Dios tiene por nosotros no se para ante nuestro pecado, no se echa atrás
ante nuestras ofensas, sino que se hace más solícito y generoso;
cuando somos conscientes de que este amor ha llegado incluso a causar la pasión
y la muerte del Verbo hecho carne, que ha aceptado redimirnos pagando con su
Sangre, entonces prorrumpimos en un acto de reconocimiento: «Sí, el
Señor es rico en misericordia» y decimos asimismo: «El Señor
es misericordia».
El misterio de la piedad es el camino abierto por la misericordia divina a
la vida reconciliada.
TERCERA PARTE
LA PASTORAL DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACIÓN
Promover la penitencia y la reconciliación
23. Suscitar en el corazón del hombre la conversión y la
penitencia y ofrecerle el don de la reconciliación es la misión
connatural de la Iglesia, continuadora de la obra redentora de su divino
Fundador. Esta es una misión que no acaba en meras afirmaciones teóricas
o en la propuesta de un ideal ético que no esté acompañado
de energías operativas, sino que tiende a expresarse en precisas
funciones ministeriales en orden a una práctica concreta de la penitencia
y la reconciliación.
A este ministerio, basado e iluminado por los principios de la fe, más
arriba ilustrados, orientado hacia objetivos precisos y sostenido por medios
adecuados, podemos dar el nombre de pastoral de la penitencia y de la
reconciliación. Su punto de partida es la convicción de la
Iglesia de que el hombre, al que se dirige toda forma de pastoral, pero
principalmente la pastoral de la penitencia y la reconciliación, es el
hombre marcado por el pecado, cuya imagen más significativa se puede
encontrar en el rey David. Reprendido por el profeta Natán, acepta
enfrentarse con sus propias infamias y confiesa: «He pecado contra Yavé»(115)
y proclama: «Reconozco mi transgresión, y mi pecado está
siempre delante de mí»;(116) pero reza a la vez: «Rocíame
con hisopo, y seré puro; lávame, y seré más blanco
que la nieve»,(117) recibiendo la respuesta de la misericordia divina: «Yavé
ha perdonado tu pecado. No morirás».(118)
La Iglesia se encuentra, por tanto, frente al hombre a toda la
humanidad herido por el pecado y tocado en lo más íntimo de
su ser, pero, a la vez movido hacia un incoercible deseo de liberación
del pecado y, especialmente si es cristiano, consciente de que el misterio
de piedad, Cristo Señor, obra ya en él y en el mundo con la
fuerza de la Redención.
La función reconciliadora de la Iglesia debe desarrollarse así
según aquel íntimo nexo que une profundamente el perdón y
la remisión del pecado de cada hombre a la reconciliación plena y
fundamental de la humanidad, realizada mediante la Redención. Este nexo
nos hace comprender que, siendo el pecado el principio activo de la división
división entre el hombre y el Creador, división en el corazón
y en el ser del hombre, división entre los hombres y los grupos humanos,
división entre el hombre y la naturaleza creada por Dios , sólo
la conversión ante el pecado es capaz de obrar una reconciliación
profunda y duradera, donde quiera que haya penetrado la división.
No es necesario repetir lo que he dicho sobre la importancia de este «ministerio
de la reconciliación»(119) y de la relativa pastoral que lo
realiza en la conciencia y en la vida de la Iglesia. Esta erraría en un
aspecto esencial de su ser y faltaría a una función suya
indispensable, si no pronunciara con claridad y firmeza, a tiempo y a destiempo,
la «palabra de reconciliación»(120) y no ofreciera al mundo el
don de la reconciliación. Conviene repetir aquí que la importancia
del servicio eclesial de reconciliación se extiende, más allá
de los confines de la Iglesia, a todo el mundo.
Por tanto, hablar de pastoral de la penitencia y reconciliación
quiere decir referirse al conjunto de las tareas que incumben a la Iglesia, a
todos los niveles, para la promoción de ellas. Más en concreto,
hablar de esta pastoral quiere decir evocar todas las actividades, mediante las
cuales la Iglesia, a través de todos y cada uno de sus componentes Pastores
y fieles, a todos los niveles y en todos los ambientes y con todos los
medios a su disposición palabra y acción, enseñanza y
oración conduce a los hombres, individualmente o en grupo, a la
verdadera penitencia y los introduce así en el camino de la plena
reconciliación.
Los Padres del Sínodo, como representantes de sus hermanos en el
Episcopado y como guías del pueblo a ellos encomendado, se han ocupado de
esta pastoral en sus elementos más prácticos y concretos. Yo me
alegro de hacerles eco, asociándome a sus inquietudes y esperanzas,
acogiendo los frutos de sus búsquedas y experiencias, animándoles
en sus proyectos y realizaciones. Ojalá puedan encontrar en esta parte de
la Exhortación Apostólica la aportación que ellos mismos
han ofrecido al Sínodo, aportación cuya utilidad quiero ofrecer,
mediante estas páginas, a toda la Iglesia.
Estoy pues convencido de destacar lo esencial de la pastoral de la
penitencia y reconciliación, poniendo de relieve, con la Asamblea del
Sínodo, los dos puntos siguientes:
- Los medios usados y los caminos seguidos por la Iglesia para promover la
penitencia y la reconciliación.
- El Sacramento por excelencia de la penitencia y la reconciliación.
CAPÍTULO PRIMERO
MEDIOS Y VÍAS PARA LA PROMOCIÓN DE LA PENITENCIA Y
DE LA RECONCILIACIÓN
24. Para promover la penitencia y la reconciliación la Iglesia tiene
a su disposición principalmente dos medios, que le han sido confiados por
su mismo Fundador: la catequesis y los Sacramentos. Su empleo, considerado
siempre por la Iglesia como plenamente conforme con las exigencias de su misión
salvífica y correspondiente, al mismo tiempo, a las exigencias y
necesidades espirituales de los hombres de todos los tiempos, puede realizarse
de formas y modos antiguos y nuevos, entre los que será bueno recordar
particularmente lo que, siguiendo a mi predecesor Pablo VI, podemos llamar el
método del diálogo.
El diálogo
25. El diálogo es para la Iglesia, en cierto sentido, un medio y,
sobre todo, un modo de desarrollar su acción en el mundo contemporáneo.
En efecto, el Concilio Vaticano II, después de haber proclamado que «la
Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a todo el orbe con
el mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu a todos los
hombres (...), se convierte en señal de la fraternidad que permite y
consolida el diálogo sincero», añade que la misma Iglesia
debe ser capaz de «abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo
entre todos los que integran el único Pueblo de Dios»,(121) así
como también de «mantener un diálogo con la sociedad humana».(122)
Mi predecesor Pablo VI ha dedicado al diálogo una parte importante de
su primera Encíclica «Ecclesiam suam», donde lo
describe y caracteriza significativamente como diálogo de la salvación.(123)
En efecto, la Iglesia emplea el método del diálogo para llevar
mejor a los hombres los que por el bautismo y la profesión de fe se
consideran miembros de la comunidad cristiana y los que son ajenos a ella
a la conversión y a la penitencia por el camino de una renovación
profunda de la propia conciencia y vida, a la luz del misterio de la redención
y la salvación realizada por Cristo y confiada al ministerio de su
Iglesia. El diálogo auténtico, por consiguiente, está
encaminado ante todo a la regeneración de cada uno a través de la
conversión interior y la penitencia, y debe hacerse con un profundo
respeto a las conciencias y con la paciencia y la gradualidad indispensables en
las condiciones de los hombres de nuestra época.
El diálogo pastoral en vista de la reconciliación sigue siendo
hoy una obligación fundamental de la Iglesia en los diversos ambientes y
niveles.
La misma Iglesia promueve, ante todo, un diálogo ecuménico,
esto es, entre las Iglesias y Comunidades eclesiales que comparten la fe en
Cristo, Hijo de Dios y único Salvador; es un diálogo con las otras
comunidades de hombres que, al igual que los cristianos, buscan a Dios y quieren
tener una relación de comunión con Él.
En la base de este diálogo con las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales y con las otras religiones y como condición de su
credibilidad y eficacia debe darse un esfuerzo sincero de diálogo
permanente y renovado dentro de la misma Iglesia católica. Ella es
consciente de ser por su naturaleza, sacramento de la comunión
universal de caridad;(124) y es también consciente de las tensiones
que existen en su interior, que corren el riesgo de convertirse en factores de
división.
La invitación apremiante y firme dirigida por mi Predecesor Pablo VI
con ocasión del Año Santo de 1975,(125) sirve también en el
momento presente. Para conseguir la superación de los conflictos y hacer
que las normales tensiones no resulten perjudiciales para la unidad de la
Iglesia, es menester que todos nos dejemos interpelar por la Palabra de Dios y,
abandonando los propios puntos de vista subjetivos, busquemos la verdad donde
quiera que se encuentre, o sea, en la misma Palabra divina y en la interpretación
auténtica que da de ella el Magisterio de la Iglesia. Bajo esta luz, la
escucha recíproca, el respeto y la abstención de todo juicio
apresurado, la paciencia, la capacidad de evitar que la fe que une esté
subordinada a las opiniones, modas, opciones ideológicas que dividen, son
cualidades de un diálogo que dentro de la Iglesia debe ser constante,
decidido y sincero. Es evidente que no sería tal y no se convertiría
en un factor de reconciliación, sin prestar atención al Magisterio
y su aceptación.
De este modo, la Iglesia católica, empeñada concretamente en
la búsqueda de la propia comunión interna, puede dirigir la
llamada a la reconciliación como lo está haciendo ya desde
hace tiempo a las otras Iglesias con la cuales no hay plena comunión,
así como a las otras religiones e incluso al que busca a Dios con corazón
sincero.
A la luz del Concilio y del Magisterio de mis Predecesores, cuya herencia
preciosa he recibido y me esfuerzo por conservar y poner en práctica,
puedo afirmar que la Iglesia católica se empeña a todos los
niveles en el diálogo ecuménico con lealtad, sin fáciles
optimismos, pero también sin desconfianzas, dudas o retrasos. Las leyes
fundamentales que intenta seguir en este diálogo son, por una parte, la
persuasión de que sólo un ecumenismo espiritual o sea basado
en la oración común y en la docilidad común al único
Señor permite responder sincera y seriamente a las demás
exigencias de la acción ecuménica;(126) por otra parte, la
convicción de que un cierto fácil «irenismo»en materia
doctrinal y, sobre todo, dogmática podría conducir tal vez a una
forma de convivencia superficial y no durable, pero no a aquella comunión
profunda y estable que todos deseamos. Se llegará a esta comunión
en el instante querido por la divina Providencia; pero para alcanzarla, la
Iglesia católica, en cuanto le concierne, sabe que debe estar abierta y
ser sensible a todos «los valores verdaderamente cristianos, procedentes
del patrimonio común que se encuentra entre nuestros hermanos separados»,(127)
pero que debe a la vez poner en la base de un diálogo leal y constructivo
la claridad de las posiciones, la fidelidad y la coherencia con la fe
transmitida y definida por su Magisterio siguiendo la tradición
cristiana. Además, no obstante la amenaza de un determinado «derrotismo»,
y a pesar de la lentitud inevitable que la ligereza nunca podría
corregir, la Iglesia católica sigue buscando con todos los demás
hermanos cristianos separados el camino de la unidad, y con los seguidores de
las otras religiones un diálogo sincero. Ojalá este diálogo
interreligioso pueda conducir a la superación de toda actitud hostil,
desconfiada, de condena mutua y hasta de invectiva mutua como condición
preliminar al encuentro, al menos, en la fe en un único Dios y en la
seguridad de la vida eterna para el alma inmortal. Quiera el Señor que
especialmente el diálogo ecuménico lleve a una reconciliación
sincera en torno a aquello que podamos tener ya en común con las Iglesias
cristianas: la fe en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, como Salvador y Señor,
escuchar la Palabra, el estudio de la Revelación y el Sacramento del
Bautismo.
En la medida en que la Iglesia es capaz de crear concordia activa la
unidad en la variedad dentro de sí misma, y de presentarse como
testigo y operadora humilde de reconciliación respecto a las otras
religiones cristianas y no cristianas, se convierte, según la expresiva
definición de San Agustín, en «un mundo reconciliado».(128)
Sólo así podrá ser signo de reconciliación en el
mundo y para el mundo.
Consciente de la suma gravedad de la situación creada por las fuerzas
de la división y la guerra, que constituye hoy una fuerte amenaza no sólo
para el equilibrio y la armonía de las Naciones sino para la misma
supervivencia de la humanidad, la Iglesia siente la obligación de ofrecer
y proponer su colaboración específica para la superación de
los conflictos y el restablecimiento de la concordia.
Es un diálogo complejo y delicado de reconciliación, en el que
la Iglesia se empeña, ante todo, mediante la actividad de la Santa
Sede y de sus diversos Organismos. La Santa Sede se esfuerza por
intervenir ya sea ante los gobernantes de las Naciones y los responsables de las
distintas instancias internacionales, ya sea para asociarse con ellos,
dialogando con ellos o estimulándoles a dialogar entre sí, en
favor de la reconciliación en medio de los numerosos conflictos. La
Iglesia realiza esto no por segundas causas o intereses ocultos porque no
los tiene, sino «por una preocupación humanitaria»,(129)
poniendo su estructura institucional y su autoridad moral, del todo singulares,
al servicio de la concordia y la paz. Hace esto convencida de que como «en
la guerra dos partes se levantan una contra la otra», así «en
la cuestión de la paz también existen siempre y necesariamente dos
partes que deben saber empeñarse», y en esto «consiste el
verdadero sentido del diálogo en favor de la paz».(130)
En el diálogo en favor de la reconciliación la Iglesia se empeña
también mediante los Obispos, con la competencia y responsabilidad que
les es propia, tanto individualmente en la dirección de sus respectivas
Iglesias particulares, como reunidos en las Conferencias Episcopales, con la
colaboración de los Presbíteros y de todos los miembros de las
Comunidades cristianas. Cumplen puntualmente su deber cuando promueven el diálogo
indispensable y proclaman las exigencias humanas y cristianas de reconciliación
y paz. En comunión con sus Pastores, los seglares que tienen como «campo
propio de su actividad evangelizadora el mundo vasto y complejo de la política,
de la realidad social, de la economía ... de la vida internacional»,(131)
son llamados a comprometerse directamente en el diálogo o en favor del diálogo
para la reconciliación. A través de ellos, la Iglesia sigue
desarrollando su acción reconciliadora. En la regeneración de los
corazones mediante la conversión y la penitencia radica, por tanto, el
presupuesto fundamental y una base firme para cualquier renovación social
duradera y para la paz entre las naciones.
Hay que reafirmar que, por parte de la Iglesia y sus miembros, el diálogo,
de cualquier forma se desarrolle y son y pueden ser muy diversas, dado que
el mismo concepto de diálogo tiene un valor analógico , no
podrá jamás partir de una actitud de indiferencia hacia la verdad,
sino que debe ser más bien una presentación de la misma realizada
de modo sereno y respetando la inteligencia y conciencia ajena. El diálogo
de la reconciliación jamás podrá sustituir o atenuar el
anuncio de la verdad evangélica, que tiene como finalidad concreta la
conversión ante el pecado y la comunión con Cristo y la Iglesia,
sino que deberá servir para su transmisión y puesta en práctica
a través de los medios dejados por Cristo a la Iglesia para la pastoral
de la reconciliación: la catequesis y la penitencia.
La Catequesis
26. En la vasta área en la que la Iglesia tiene la misión de
actuar por medio del diálogo, la pastoral de la penitencia y de la
reconciliación se dirige a los miembros del cuerpo de la Iglesia,
ante todo, con una adecuada catequesis sobre las dos realidades
distintas y complementarias a las que los Padres Sinodales han dado una
importancia particular, y que han puesto de relieve en algunas de las Propositiones
conclusivas: precisamente la penitencia y la reconciliación. La
catequesis, pues, es el primer medio que hay que emplear.
En la base de la exhortación del Sínodo, tan oportuna, se
encuentra un presupuesto fundamental: lo que es pastoral no se opone a
lo doctrinal, ni la acción pastoral puede prescindir del
contenido doctrinal del que, más bien, saca su esencia y su validez real.
Ahora bien, si la Iglesia es «columna y fundamento de la verdad»(132)
y ha sido puesta en el mundo como Madre y Maestra, ¿cómo podría
olvidar el cometido de enseñar la verdad que constituye un camino de
vida?
De los Pastores de la Iglesia se espera, ante todo, una catequesis sobre
la reconciliación. Esta debe fundamentarse sobre la enseñanza
bíblica, especialmente la neotestamentaria, sobre la necesidad de
restablecer la alianza con Dios en Cristo redentor y reconciliador y, a la luz y
como expansión de esta nueva comunión y amistad, sobre la
necesidad de reconciliarse con el hermano, aun a costa de tener que interrumpir
la ofrenda del sacrificio.(133) Sobre este tema de la reconciliación
fraterna Jesús insiste mucho: por ejemplo, cuando invita a poner la otra
mejilla a quien nos ha golpeado y a dejar también el manto a quien nos ha
quitado la túnica,(134) o cuando inculca la ley del perdón que
cada uno recibe en la medida en la que sabe perdonar;(135) perdón que hay
que ofrecer también a los enemigos;(136) perdón que hay que
conceder setenta veces siete,(137) es decir, prácticamente sin limitación
alguna. Con estas condiciones, realizables sólo en un clima genuinamente
evangélico, es posible una verdadera reconciliación tanto entre
los individuos, como entre las familias, las comunidades, las naciones y los
pueblos. De estos datos bíblicos sobre la reconciliación derivará
naturalmente una catequesis teológica, la cual integrará
en síntesis también los elementos de la psicología, de la
sociologia y de las otras ciencias humanas, que pueden servir para aclarar las
situaciones, plantear bien los problemas, persuadir a los oyentes o a los
lectores a tomar resoluciones concretas.
De los Pastores de la Iglesia se espera también una catequesis
sobre la penitencia. También aquí la riqueza del mensaje bíblico
debe ser su fuente. Este mensaje subraya en la penitencia ante todo su valor de
conversión, término con el que se trata de traducir la
palabra del texto griego metánoia,(138) que literalmente
significa cambiar radicalmente la actitud del espíritu para
hacerlo volver a Dios. Son éstos, por lo demás, los dos elementos
fundamentales sobresalientes en la parábola del hijo pródigo: el «volver
en sí»(139) y la decisión de regresar al padre. No puede
haber reconciliación sin estas actitudes primordiales de la conversión;
y la catequesis debe explicarlos con conceptos y términos adecuados a las
diversas edades, a las distintas condiciones culturales, morales y sociales.
Es un primer valor de la penitencia que se prolonga en el segundo.
Penitencia significa también arrepentimiento. Los dos sentidos de
la metánoia aparecen en la consigna significativa dada por Jesús: «Si
tu hermano se arrepiente ( = vuelve a ti), perdónale. Si siete veces al día
peca contra ti y siete veces se vuelve a ti dicéndote: «Me
arrepiento", le perdonarás».(140) Una buena catequesis enseñará
cómo el arrepentimiento, al igual que la conversión, lejos de ser
un sentimiento superficial, es un verdadero cambio radical del alma.
Un tercer valor contenido en la penitencia es el movimiento por el que las
actitudes precedentes de conversión y de arrepentimiento se manifiestan
al exterior: es el hacer penitencia. Este significado es bien
perceptible en el término metánoia, como lo usa el
Precursor, según el texto de los Sinópticos.(141) Hacer
penitencia quiere decir, sobre todo, restablecer el equilibrio y la armonía
rotos por el pecado, cambiar dirección incluso a costa de sacrificio.
En fin, una catequesis sobre la penitencia, la más completa y
adecuada posible, es imprescindible en un tiempo como el nuestro, en el que las
actitudes dominantes en la psicología y en el comportamiento social están
tan en contraste con el triple valor ya ilustrado. Al hombre contemporáneo
parece que le cuesta más que nunca reconocer los propios errores y
decidir volver sobre sus pasos para reemprender el camino después de
haber rectificado la marcha; parece muy reacio a decir «me arrepiento»
o «lo siento»; parece rechazar instintivamente, y con frecuencia
irresistiblemente, todo lo que es penitencia en el sentido del sacrificio
aceptado y practicado para la corrección del pecado. A este respecto,
quisiera subrayar que, aunque mitigada desde hace algún tiempo, la
disciplina penitencial de la Iglesia no puede ser abandonada sin grave daño,
tanto para la vida interior de los cristianos y de la comunidad eclesial como
para su capacidad de irradiación misionera. No es raro que los no
cristianos se sorprendan por el escaso testimonio de verdadera penitencia por
parte de los discípulos de Cristo. Está claro, por lo demás,
que la penitencia cristiana será auténtica si está
inspirada por el amor, y no sólo por el temor; si consiste en un
verdadero esfuerzo por crucificar al «hombre viejo» para que pueda
renacer el «nuevo», por obra de Cristo; si sigue como modelo a Cristo
que, aun siendo inocente, escogió el camino de la pobreza, de la
paciencia, de la austeridad y, podría decirse, de la vida penitencial.
De los Pastores de la Iglesia se espera asimismo como ha recordado el
Sínodo una catequesis sobre la conciencia y su formación.
También éste es un tema de gran actualidad dado que en los
sobresaltos a los que está sujeta la cultura de nuestro tiempo, el
santuario interior, es decir lo más íntimo del hombre, su
conciencia, es muy a menudo agredido, probado, turbado y obscurecido. Para una
sabia catequesis sobre la conciencia se pueden encontrar preciosas indicaciones
tanto en los Doctores de la Iglesia, como en la teología del Concilio
Vaticano II, especialmente en los Documentos sobre la Iglesia en el mundo
actual(142) y sobre la libertad religiosa.(143) En esta misma línea el
Pontífice Pablo VI intervino a menudo para recordar la naturaleza y el
papel de la conciencia en nuestra vida.(144) Yo mismo, siguiendo sus huellas, no
dejo ninguna ocasión para hacer luz sobre esta elevada condición
de la grandeza y dignidad del hombre,(145) sobre esta «especie de sentido
moral que nos lleva a discernir lo que está bien de lo que
está mal... es como un ojo interior, una capacidad visual del espíritu
en condiciones de guiar nuestros pasos por el camino del bien», recalcando
la necesidad de formar cristianamente la propia conciencia, a fin de que ella no
se convierta en «una fuerza destructora de su verdadera humanidad, en vez
de un lugar santo donde Dios le revela su bien verdadero».(146)
Asimismo, sobre otros puntos de no menor importancia para la reconciliación
se espera la catequesis de los Pastores de la Iglesia.
- Sobre el sentido del pecado, que como he dicho se ha
atenuado no poco en nuestro mundo.
- Sobre la tentación y las tentaciones el mismo Señor
Jesús, Hijo de Dios, «probado en todo igual que nosotros, excepto en
el pecado»,(147) quiso ser tentado por el Maligno,(148) para indicar que,
como Él, también los suyos serían sometidos a la tentación,
así como para mostrar cómo conviene comportarse en la tentación.
Para quien pide al Padre no ser tentado por encima de sus propias fuerzas(149) y
no sucumbir a la tentación,(150) para quien no se expone a las ocasiones,
el ser sometido a tentación no significa haber pecado, sino que es más
bien ocasión para crecer en la fidelidad y en la coherencia mediante la
humildad y la vigilancia.
- Sobre el ayuno que puede practicarse en formas antiguas y nuevas,
como signo de conversión, de arrepentimiento y de mortificación
personal y, al mismo tiempo, de unión con Cristo Crucificado, y de
solidaridad con los que padecen hambre y los que sufren.
- Sobre la limosna que es un medio para hacer concreta la caridad,
compartiendo lo que se tiene con quien sufre las consecuencias de la pobreza.
- Sobre el vínculo íntimo que une la superación de las
divisiones en el mundo con la comunión plena con Dios y entre los
hombres, objetivo escatológico de la Iglesia.
- Sobre las circunstancias concretas en las que se debe realizar la
reconciliación (en la familia, en la comunidad civil, en las estructuras
sociales) y, particularmente, sobre la cuádruple reconciliación
que repara las cuatro fracturas fundamentales: reconciliación del hombre
con Dios, consigo mismo, con los hermanos, con todo lo creado.
- La Iglesia tampoco puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje
esencial, una constante catequesis sobre lo que el lenguaje cristiano
tradicional designa como los cuatro novísimos del hombre: muerte,
juicio (particular y universal), infierno y gloria. En una cultura, que tiende a
encerrar al hombre en su vicisitud terrena más o menos lograda, se pide a
los Pastores de la Iglesia una catequesis que abra e ilumine con la certeza de
la fe el más allá de la vida presente; más allá de
las misteriosas puertas de la muerte se perfila una eternidad de gozo en la
comunión con Dios o de pena lejos de Él. Solamente en esta visión
escatológica se puede tener la medida exacta del pecado y sentirse
impulsados decididamente a la penitencia y a la reconciliación.
A los Pastores diligentes y capaces de creatividad no faltan jamás
ocasiones para impartir esta catequesis amplia y multiforme, teniendo en cuenta
la diversidad de cultura y formación religiosa de aquellos a quienes se
dirigen. Las brindan a menudo las lecturas biblicas y los ritos de la Santa Misa
y de los Sacramentos, así como las mismas circunstancias en que éstos
se celebran. Para el mismo fin pueden tomarse muchas iniciativas, como
predicaciones, lecciones, debates, encuentros y cursos de cultura religiosa,
etc., como se hace en mucho lugares. Deseo señalar aquí, en
particular, la importancia y eficacia que, para los fines de una catequesis,
tienen las tradicionales misiones populares. Si se adaptan a las
exigencias peculiares, de nuestro tiempo, ellas pueden ser, hoy como ayer, un
instrumento válido de educación en la fe incluso en el sector de
la penitencia y de la reconciliación.
Por la gran importancia que tiene la reconciliación, fundamentada
sobre la conversión, en el delicado campo de las relaciones humanas y de
la convivencia social a todos los niveles, incluido el internacional, no puede
faltar a la catequesis la preciosa aportación de la doctrina social
de la Iglesia. La enseñanza puntual y precisa de mis Predecesores, a
partir del Papa León XIII, a la que se ha añadido la rica aportación
de la Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano
II y la de los distintos Episcopados urgidos por diversas circunstancias en los
respectivos Países, constituye un amplio y sólido cuerpo de
doctrina sobre las múltiples exigencias inherentes a la vida de la
comunidad humana, a las relaciones entre individuos, familias, grupos en sus
diferentes ámbitos, y a la misma constitución de una sociedad que
quiera ser coherente con la ley moral, fundamento de la civilización.
En la base de esta enseñanza social de la Iglesia se encuentra,
obviamente, la visión que ella saca de la Palabra de Dios sobre los
derechos y deberes de los individuos, de la familia y de la comunidad; sobre el
valor de la libertad y las dimensiones de la justicia; sobre la primacía
de la caridad; sobre la dignidad de la persona humana y las exigencias del bien
común, al que deben mirar la política y la misma economía.
Sobre estos principios fundamentales del Magisterio social, que confirman y
proponen de nuevo los dictámenes universales de la razón y de la
conciencia de los pueblos, se apoya en gran parte la esperanza de una solución
pacífica de tantos conflictos sociales y, en definitiva, de la
reconciliación universal.
Los Sacramentos
27. El segundo medio de institución divina que la Iglesia ofrece a la
pastoral de la penitencia y de la reconciliación, lo constituyen los Sacramentos.
En el misterioso dinamismo de los Sacramentos, tan rico de simbolismos y de
contenidos, es posible entrever un aspecto no siempre aclarado: cada uno de
ellos, además de su gracia propia, es signo también de penitencia
y reconciliación y, por tanto, en cada uno de ellos es posible revivir
estas dimensiones del espíritu.
El Bautismo es, ciertamente, un baño salvífico cuyo valor como
dice San Pedro está «no quitando la suciedad de la carne, sino
demandando a Dios una buena conciencia».(151) Es muerte, sepultura y
resurrección con Cristo muerto, sepultado y resucitado.(152) Es don del
Espíritu Santo por mediación de Cristo.(153) Pero este elemento
esencial y original del Bautismo cristiano, lejos de eliminar, enriquece el
aspecto penitencial ya presente en el bautismo, que Jesús mismo recibió
de Juan, para cumplir toda justicia:(154) es decir, un hecho de conversión
y de reintegración en el justo orden de las relaciones con Dios, de
reconciliación con Él, con la cancelación de la mancha
original y la consiguiente inserción en la gran familia de los
reconciliados.
Igualmente la Confirmación, también como ratificación
del Bautismo y con él sacramento de iniciación al
conferir la plenitud del Espíritu Santo y al llevar a su madurez la vida
cristiana, significa y realiza por eso mismo una mayor conversión del
corazón y una pertenencia más íntima y efectiva a la misma
asamblea de los reconciliados, que es la Iglesia de Cristo.
La definición que San Agustín da de la Eucaristía como
sacramentum pietatis, signum unitatis, vinculum caritatis,(155) ilumina
claramente los efectos de santificación personal (pietas) y de
reconciliación comunitaria (unitas y caritas), que
derivan de la esencia misma del misterio eucarístico, como renovación
incruenta del sacrificio de la Cruz, fuente de salvación y de
reconciliación para todos los hombres. Es necesario sin embargo recordar
que la Iglesia, guiada por la fe en este augusto Sacramento, enseña que
ningún cristiano, consciente de pecado grave, puede recibir la Eucaristía
antes de haber obtenido el perdón de Dios. Como se lee en la Instrucción
Eucharisticum mysterium, la cual, debidamente aprobada por Pablo VI,
confirma plenamente la enseñanza del Concilio Tridentino: «La
Eucaristía sea propuesta a los fieles también "como antídoto,
que nos libera de las culpas cotidianas y nos preserva de los pecados mortales",
y les sea indicado el modo conveniente de servirse de las partes penitenciales
de la liturgia de la Misa. "A quien desea comulgar debe recordársele...
el precepto: Examínese, pues, el hombre a sí mismo (1
Cor 11, 28). Y la costumbre de la Iglesia muestra que tal prueba es
necesaria, para que nadie, consciente de estar en pecado mortal, aunque se
considere arrepentido, se acerque a la santa Eucaristía sin hacer
previamente la confesión sacramental". Que, si se encuentra en caso
de necesidad y no tiene manera de confesarse, debe antes hacer un acto de
contrición perfecta».(156)
El sacramento del Orden está destinado a dar a la Iglesia los
Pastores que, además de ser maestros y guías, están
llamados a ser testigos y operadores de unidad, constructores de la familia de
Dios, defensores y preservadores de la comunión de esta familia contra
los fermentos de división y dispersión.
El sacramento del Matrimonio, elevación del amor humano bajo la acción
de la gracia, es signo del amor de Cristo a la Iglesia y también de la
victoria que Él concede a los esposos de alcanzar sobre las fuerzas que
deforman y destruyen el amor, de modo que la familia, nacida de tal Sacramento,
se hace signo también de la Iglesia reconciliada y reconciliadora para un
mundo reconciliado en todas sus estructuras e instituciones.
La Unción de los Enfermos, finalmente, en la prueba de la enfermedad
y de la ancianidad, y especialmente en la hora final del cristiano, es signo de
la conversión definitiva al Señor, así como de la aceptación
total del dolor y de la muerte como penitencia por los pecados. Y en esto se
realiza la suprema reconciliación con el Padre.
Sin embargo, entre los Sacramentos hay uno que, aunque a menudo ha sido
llamado de la confesión a causa de la acusación de los
pecados que en él se hace, más propiamente puede considerarse el
sacramento de la Penitencia por antonomasia, como de hecho se le llama,
y por tanto es el sacramento de la conversión y de la reconciliación.
De ese sacramento se ha ocupado particularmente la reciente Asamblea del Sínodo
por la importancia que tiene de cara a la reconciliación.
CAPÍTULO SEGUNDO
EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACIÓN
28. El Sínodo, en todas sus fases y a todos los niveles de su
desarrollo, ha considerado con la máxima atención aquel signo
sacramental que representa y a la vez realiza la penitencia y la reconciliación.
Este Sacramento ciertamente no agota en sí mismo los conceptos de
conversión y de reconciliación. En efecto, la Iglesia desde sus orígenes
conoce y valora numerosas y variadas formas de penitencia: algunas litúrgicas
o paralitúrgicas, que van desde el acto penitencial de la Misa a las
funciones propiciatorias y a las peregrinaciones; otras de carácter ascético,
como el ayuno. Sin embargo, de todos los actos ninguno es más
significativo, ni divinamente más eficaz, ni más elevado y al
mismo tiempo accesible en su mismo rito, que el sacramento de la Penitencia.
El Sínodo, ya desde su preparación y luego en las numerosas
intervenciones habidas durante su desarrollo, en los trabajos de los grupos y en
las Propositiones finales, ha tenido en cuenta la afirmación
pronunciada muchas veces, con tonos y contenido diversos: el Sacramento
de la Penitencia está en crisis. Y el Sínodo ha tomado nota de
tal crisis. Ha recomendado una catequesis profunda, pero también un análisis
no menos profundo de carácter teológico, histórico, psicológico,
sociológico y jurídico sobre la penitencia en general y el
Sacramento de la Penitencia en particular. Con todo esto ha querido aclarar los
motivos de la crisis y abrir el camino para una solución positiva, en
beneficio de la humanidad. Entre tanto, la Iglesia ha recibido del Sínodo
mismo una clara confirmación de su fe respecto al Sacramento por el que
todo cristiano y toda la comunidad de los creyentes recibe la certeza del perdón
mediante la sangre redentora de Cristo.
Conviene renovar y reafirmar esta fe en el momento en que ella podría
debilitarse, perder algo de su integridad o entrar en una zona de sombra y de
silencio, amenazada como está por la ya mencionada crisis en lo que ésta
tiene de negativo. Insidian de hecho al Sacramento de la Confesión, por
un lado el obscurecimiento de la conciencia moral y religiosa, la atenuación
del sentido del pecado, la desfiguración del concepto de arrepentimiento,
la escasa tensión hacia una vida auténticamente cristiana; por
otro, la mentalidad, a veces difundida, de que se puede obtener el perdón
directamente de Dios incluso de modo ordinario, sin acercarse al Sacramento de
la reconciliación, y la rutina de una práctica sacramental acaso
sin fervor ni verdadera espiritualidad, originada quizás por una
consideración equivocada y desorientadora sobre los efectos del
Sacramento.
Por tanto, conviene recordar las principales dimensiones de este gran
Sacramento.
«A quien perdonareis»
29. El primer dato fundamental se nos ofrece en los Libros Santos del
Antiguo y del Nuevo Testamento sobre la misericordia del Señor y su perdón.
En los Salmos y en la predicación de los profetas el término misericordioso
es quizás el que más veces se atribuye al Señor,
contrariamente al persistente cliché, según el cual el
Dios del Antiguo Testamento es presentado sobre todo como severo y punitivo. Así,
en un Salmo, un largo discurso sapiencial, siguiendo la tradición del Éxodo,
se evoca de nuevo la acción benigna de Dios en medio de su pueblo. Tal
acción, aun en su representación antropomórfica, es quizás
una de las más elocuentes proclamaciones veterotestamentarias de la
misericordia divina. Baste citar aquí el versículo: «Pero es
misericordioso y perdonaba la iniquidad, y no los exterminó, refrenando
muchas veces su ira para que no se desfogara su cólera. Se acordó
de que eran carne, un soplo que pasa y no vuelve»(157)
En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios, viniendo como el Cordero que
quita y carga sobre sí el pecado del mundo,(158) aparece
como el que tiene el poder tanto de juzgar(159) como el de perdonar los
pecados,(160) y que ha venido no para condenar, sino para perdonar y
salvar.(161)
Ahora bien, este poder de perdonar los pecados Jesús lo confiere,
mediante el Espíritu Santo, a simples hombres, sujetos ellos mismos a la
insidia del pecado, es decir a sus Apóstoles: «Recibid el Espíritu
Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes
se los retuviereis, les serán retenidos».(162) Es ésta una de
las novedades evangélicas más notables. Jesús confirió
tal poder a los Apóstoles incluso como transmisible así lo
ha en tendido la Iglesia desde sus comienzos a sus sucesores, investidos
por los mismos Apóstoles de la misión y responsabilidad de
continuar su obra de anunciadores del Evangelio y de ministros de la obra
redentora de Cristo.
Aquí se revela en toda su grandeza la figura del ministro del
Sacramento de la Penitencia, llamado, por costumbre antiquisima, el confesor.
Como en el altar donde celebra la Eucaristía y como en cada uno de
los Sacramentos, el Sacerdote, ministro de la Penitencia, actúa «in
persona Christi». Cristo, a quien él hace presente, y por su medio
realiza el misterio de la remisión de los pecados, es el que aparece como
hermano del hombre,(163) pontífice misericordioso, fiel y
compasivo,(164) pastor decidido a buscar la oveja perdida,(165) médico
que cura y conforta,(166) maestro único que enseña la verdad e
indica los caminos de Dios,(167) juez de los vivos y de los muertos,(168) que
juzga según la verdad y no según las apariencias.(169)
Este es, sin duda, el más difícil y delicado, el más
fatigoso y exigente, pero también uno de los más hermosos y
consoladores ministerios del Sacerdote; y precisamente por esto, atento también
a la fuerte llamada del Sínodo, no me cansaré nunca de invitar a
mis Hermanos Obispos y Presbíteros a su fiel y diligente
cumplimiento.(170) Ante la conciencia del fiel, que se abre al confesor con una
mezcla de miedo y de confianza, éste está llamado a una alta tarea
que es servicio a la penitencia y a la reconciliación humana: conocer las
debilidades y caídas de aquel fiel, valorar su deseo de recuperación
y los esfuerzos para obtenerla, discernir la acción del Espíritu
santificador en su corazón, comunicarle un perdón que sólo
Dios puede conceder, «celebrar» su reconciliación con el Padre
representada en la parábola del hijo pródigo, reintegrar a aquel
pecador rescatado en la comunión eclesial con los hermanos, amonestar
paternalmente a aquel penitente con un firme, alentador y amigable «vete y
no peques más».(171)
Para un cumplimiento eficaz de tal ministerio, el confesor debe tener
necesariamente cualidades humanas de prudencia, discreción,
discernimiento, firmeza moderada por la mansedumbre y la bondad. Él debe
tener, también, una preparación seria y cuidada, no fragmentaria
sino integral y armónica, en las diversas ramas de la teología, en
la pedagogía y en la psicología, en la metodología del diálogo
y, sobre todo, en el conocimiento vivo y comunicativo de la Palabra de Dios.
Pero todavía es más necesario que él viva una vida
espiritual intensa y genuina. Para guiar a los demás por el camino de la
perfección cristiana, el ministro de la Penitencia debe recorrer en
primer lugar él mismo este camino y, más con los hechos que con
largos discursos dar prueba de experiencia real de la oración vivida, de
práctica de las virtudes evangélicas teologales y morales, de fiel
obediencia a la voluntad de Dios, de amor a la Iglesia y de docilidad a su
Magisterio.
Todo este conjunto de dotes humanas, de virtudes cristianas y de capacidades
pastorales no se improvisa ni se adquiere sin esfuerzo. Para el ministerio de la
Penitencia sacramental cada sacerdote debe ser preparado ya desde los años
del Seminario junto con el estudio de la teología dogmática,
moral, espiritual y pastoral (que son siempre una sola teología), las
ciencias del hombre, la metodología del diálogo y, especialmente,
del coloquio pastoral. Después deberá ser iniciado y ayudado en
las primeras experiencias. Siempre deberá cuidar la propia perfección
y la puesta al día con el estudio permanente. ¡Qué tesoro de
gracia, de vida verdadera e irradiación espiritual no tendría la
Iglesia si cada Sacerdote se mostrase solícito en no faltar nunca, por
negligencia o pretextos varios, a la cita con los fieles en el confesionario, y
fuera todavía más solícito en no ir sin preparación
o sin las indispensables cualidades humanas y las condiciones espirituales y
pastorales!
A este propósito debo recordar con devota admiración las
figuras de extraordinarios apóstoles del confesionario, como San Juan
Nepomuceno, San Juan María Vianney, San José Cafasso y San
Leopoldo de Castelnuovo, citando a los más conocidos que la Iglesia ha
inscrito en el catálogo de sus Santos. Pero yo deseo rendir homenaje
también a la innumerable multitud de confesores santos y casi siempre anónimos,
a los que se debe la salvación de tantas almas ayudadas por ellos en su
conversión, en la lucha contra el pecado y las tentaciones, en el
progreso espiritual y, en definitiva, en la santificación. No dudo en
decir que incluso los grandes Santos canonizados han salido generalmente de
aquellos confesionarios; y con los Santos, el patrimonio espiritual de la
Iglesia y el mismo florecimiento de una civilización impregnada de espíritu
cristiano. Honor, pues, a este silencioso ejército de hermanos nuestros
que han servido bien y sirven cada día a la causa de la reconciliación
mediante el ministerio de la Penitencia sacramental.
El Sacramento del perdón
30. De la revelación del valor de este ministerio y del poder de
perdonar los pecados, conferido por Cristo a los Apóstoles y a sus
sucesores, se ha desarrollado en la Iglesia la conciencia del signo del perdón,
otorgado por medio del Sacramento de la Penitencia. Este da la certeza de que el
mismo Señor Jesús instituyó y confió a la Iglesia como
don de su benignidad y de su «filantropía»(172) ofrecida a
todos un Sacramento especial para el perdón de los pecados
cometidos después del Bautismo.
La práctica de este Sacramento, por lo que se refiere a su celebración
y forma, ha conocido un largo proceso de desarrollo, como atestiguan los
sacramentarios más antiguos, las actas de Concilios y de Sínodos
episcopales, la predicación de los Padres y la enseñanza de los
Doctores de la Iglesia. Pero sobre la esencia del Sacramento ha quedado
siempre sólida e inmutable en la conciencia de la Iglesia la certeza
de que, por voluntad de Cristo, el perdón es ofrecido a cada uno por
medio de la absolución sacramental, dada por los ministros de la
Penitencia; es una certeza reafirmada con particular vigor tanto por el Concilio
de Trento,(173) como por el Concilio Vaticano II: «Quienes se acercan al
sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón
de la ofensa hecha a Él y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia,
a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad,
con el ejemplo y las oraciones».(174) Y como dato esencial de fe
sobre el valor y la finalidad de la Penitencia se debe reafirmar que Nuestro
Salvador Jesucristo instituyó en su Iglesia el Sacramento de la
Penitencia, para que los fieles caídos en pecado después del
Bautismo recibieran la gracia y se reconciliaran con Dios.(175)
La fe de la Iglesia en este Sacramento comporta otras verdades
fundamentales, que son ineludibles. El rito sacramental de la Penitencia, en su
evolución y variación de formas prácticas, ha conservado
siempre y puesto de relieve estas verdades. El Concilio Vaticano II, al
prescribir la reforma de tal rito, deseaba que éste expresara aún
más claramente tales verdades,(176) y esto ha tenido lugar con el nuevo
Rito de la Penitencia.(177) En efecto, éste ha tomado en su
integridad la doctrina de la tradición recogida por el Concilio
Tridentino, transfiriéndola de su particular contexto histórico
(el de un decidido esfuerzo de esclarecimiento doctrinal ante las graves
desviaciones de la enseñanza genuina de la Iglesia) para traducirla
fielmente en términos más ajustados al contexto de nuestro tiempo.
Algunas convicciones fundamentales
31. Las mencionadas verdades, reafirmadas con fuerza y claridad por el Sínodo,
y presentes en las Propositiones, pueden resumirse en las siguientes
convicciones de fe, en torno a las que se reúnen las demás
afirmaciones de la doctrina católica sobre el Sacramento de la
Penitencia.
I. La primera convicción es que, para un cristiano, el Sacramento
de la Penitencia es el camino ordinario para obtener el perdón y la
remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo.
Ciertamente, el Salvador y su acción salvífica no están
ligados a un signo sacramental, de tal manera que no puedan en cualquier tiempo
y sector de la historia de la salvación actuar fuera y por encima de los
Sacramentos. Pero en la escuela de la fe nosotros aprendemos que el mismo
Salvador ha querido y dispuesto que los humildes y preciosos Sacramentos de la
fe sean ordinariamente los medios eficaces por los que pasa y actúa su
fuerza redentora. Sería pues insensato, además de presuntuoso,
querer prescindir arbitrariamente de los instrumentos de gracia y de salvación
que el Señor ha dispuesto y, en su caso específico, pretender
recibir el perdón prescindiendo del Sacramento instituido por Cristo
precisamente para el perdón. La renovación de los ritos, realizada
después del Concilio, no autoriza ninguna ilusión ni alteración
en esta dirección. Esta debía y debe servir, según la
intención de la Iglesia, para suscitar en cada uno de nosotros un nuevo
impulso de renovación de nuestra actitud interior, esto es, hacia una
comprensión más profunda de la naturaleza del Sacramento de la
Penitencia; hacia una aceptación del mismo más llena de fe, no
ansiosa sino confiada; hacia una mayor frecuencia del Sacramento, que se percibe
como lleno del amor misericordioso del Señor.
II. La segunda convicción se refiere a la función del
Sacramento de la Penitencia para quien acude a él. Este es, según
la concepción tradicional más antigua, una especie de acto
judicial; pero dicho acto se desarrolla ante un tribunal de misericordia, más
que de estrecha y rigurosa justicia, de modo que no es comparable sino por
analogía a los tribunales humanos,(178) es decir, en cuanto que el
pecador descubre allí sus pecados y su misma condidón de criatura
sujeta al pecado; se compromete a renunciar y a combatir el pecado; acepta la
pena (penitencia sacramental) que el confesor le impone, y recibe la
absolución.
Pero reflexionando sobre la función de este Sacramento, la conciencia
de la Iglesia descubre en él, además del carácter de juicio
en el sentido indicado, un carácter terapéutico o medicinal.
Y esto se relaciona con el hecho de que es frecuente en el Evangelio la
presentación de Cristo como médico,(179) mientras su obra
redentora es llamada a menudo, desde la antigüedad cristiana, «medicina
salutis». «Yo quiero curar, no acusar», decía san Augustín
refiriéndose a la práctica de la pastoral penitencial,(180) y es
gracias a la medicina de la confesión que la experiencia del pecado no
degenera en desesperación.(181) El Rito de la Penitencia alude a
este aspecto medicinal del Sacramento,(182) al que el hombre contemporáneo
es quizas más sensible, viendo en el pecado, ciertamente, lo que comporta
de error, pero todavía más lo que demuestra en orden a la
debilidad y enfermedad humana.
Tribunal de misericordia o lugar de curación espiritual; bajo ambos
aspectos el Sacramento exige un conocimiento de lo íntimo del pecador
para poder juzgarlo y absolver, para asistirlo y curarlo. Y precisamente por
esto el Sacramento implica, por parte del penitente, la acusación sincera
y completa de los pecados, que tiene por tanto una razón de ser inspirada
no sólo por objetivos ascéticos (como el ejercicio de la humildad
y de la mortificación), sino inherente a la naturaleza misma del
Sacramento.
III. La tercera convicción, que quiero acentuar se refiere a las
realidades o partes que componen el signo sacramental del perdón y de
la reconciliación. Algunas de estas realidades son actos del
penitente, de diversa importancia, pero indispensable cada uno o para la
validez e integridad del signo, o para que éste sea fructuoso.
Una condición indispensable es, ante todo, la rectitud y la
transparencia de la conciencia del penitente. Un hombre no se pone en el
camino de la penitencia verdadera y genuina, hasta que no descubre que el pecado
contrasta con la norma ética, inscrita en la intimidad del propio
ser;(183) hasta que no reconoce haber hecho la experiencia personal y
responsable de tal contraste; hasta que no dice no solamente «existe el
pecado», sino «yo he pecado»; hasta que no admite que el pecado
ha introducido en su conciencia una división que invade todo su ser y lo
separa de Dios y de los hermanos. El signo sacramental de esta transparencia de
la conciencia es el acto tradicionalmente llamado examen de conciencia,
acto que debe ser siempre no una ansiosa introspección psicológica,
sino la confrontación sincera y serena con la ley moral interior, con las
normas evangélicas propuestas por la Iglesia, con el mismo Cristo Jesús,
que es para nosotros maestro y modelo de vida, y con el Padre celestial, que nos
llama al bien y a la perfección.(184)
Pero el acto esencial de la Penitencia, por parte del penitente, es la contrición,
o sea, un rechazo claro y decidido del pecado cometido, junto con el propósito
de no volver a cometerlo,(185) por el amor que se tiene a Dios y que renace con
el arrepentimiento. La contrición, entendida así, es, pues, el
principio y el alma de la conversión, de la metánoia
evangélica que devuelve el hombre a Dios, como el hijo pródigo que
vuelve al padre, y que tiene en el Sacramento de la Penitencia su signo visible,
perfeccionador de la misma atrición. Por ello, «de esta contrición
del corazón depende la verdad de la penitencia».186
Remitiendo a cuanto la Iglesia, inspirada por la Palabra de Dios, enseña
sobre la contrición, me urge subrayar aquí un aspecto de
tal doctrina, que debe conocerse mejor y tenerse presente. A menudo se considera
la
conversión y la contrición bajo el aspecto de las
innegables exigencias que ellas comportan, y de la mortificación que
imponen en vista de un cambio radical de vida. Pero es bueno recordar y destacar
que contrición y conversión son aún más
un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro de la propia verdad
interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más
profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría
perdida, la alegría de ser salvados,(187) que la mayoría de los
hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar.
Se comprende, pues, que desde los primeros tiempos cristianos, siguiendo a
los Apóstoles y a Cristo, la Iglesia ha incluido en el signo sacramental
de la Penitencia la acusación de los pecados. Esta aparece tan
importante que, desde hace siglos, el nombre usual del Sacramento ha sido y es
todavia el de confesión. Acusar los pecados propios es exigido
ante todo por la necesidad de que el pecador sea conocido por aquel que en el
Sacramento ejerce el papel de juez el cual debe valorar tanto la
gravedad de los pecados, como el arrepentimiento del penitente y a la vez
hace el papel de médico, que debe conocer el estado del enfermo
para ayudarlo y curarlo. Pero la confesión individual tiene también
el valor de signo; signo del encuentro del pecador con la mediación
eclesial en la persona del ministro; signo del propio reconocerse ante Dios y
ante la Iglesia como pecador, del comprenderse a sí mismo bajo la mirada
de Dios. La acusación de los pecados, pues, no se puede reducir a
cualquier intento de autoliberación psicológica, aunque
corresponde a la necesidad legítima y natural de abrirse a alguno, la
cual es connatural al corazón humano; es un gesto litúrgico,
solemne en su dramaticidad, humilde y sobrio en la grandeza de su significado.
Es el gesto del hijo pródigo que vuelve al padre y es acogido por él
con el beso de la paz; gesto de lealtad y de valentía; gesto de entrega
de sí mismo, por encima del pecado, a la misericordia que perdona.(188)
Se comprende entonces por qué la acusación de los pecados
debe ser ordinariamente individual y no colectiva, ya que el pecado es un hecho
profundamente personal. Pero, al mismo tiempo, esta acusación arranca en
cierto modo el pecado del secreto del corazón y, por tanto, del ámbito
de la pura individualidad, poniendo de relieve también su carácter
social, porque mediante el ministro de la Penitencia es la Comunidad eclesial,
dañada por el pecado, la que acoge de nuevo al pecador arrepentido y
perdonado.
Otro momento esencial del Sacramento de la Penitencia compete ahora al
confesor juez y médico, imagen de Dios Padre que acoge y perdona a aquél
que vuelve: es la absolución. Las palabras que la expresan y los
gestos que la acompañan en el antiguo y en el nuevo Rito de la
Penitencia revisten una sencillez significativa en su grandeza. La fórmula
sacramental: «Yo te absuelvo ...», y la imposición de la mano y
la señal de la cruz, trazada sobre el penitente, manifiestan que en
aquel momento el pecador contrito y convertido entra en contacto con el
poder y la misericordia de Dios. Es el momento en el que, en respuesta al
penitente, la Santísima Trinidad se hace presente para borrar su pecado y
devolverle la inocencia, y la fuerza salvífica de la Pasión,
Muerte y Resurrección de Jesús es comunicada al mismo penitente
como «misericordia más fuerte que la culpa y la ofensa», según
la definí en la Encíclica Dives in misericordia. Dios es
siempre el principal ofendido por el pecado «tibi soli peccavi»
, y sólo Dios puede perdonar. Por esto la absolución que el
Sacerdote, ministro del perdón aunque él mismo sea pecador
concede al penitente, es el signo eficaz de la intervención del Padre en
cada absolución y de la «resurrección» tras la «muerte
espiritual», que se renueva cada vez que se celebra el Sacramento de la
Penitencia. Solamente la fe puede asegurar que en aquel momento todo
pecado es perdonado y borrado por la misteriosa intervención del
Salvador.
La satisfacción es el acto final, que corona el signo
sacramental de la Penitencia. En algunos Países lo que el penitente
perdonado y absuelto acepta cumplir, después de haber recibido la
absolución, se llama precisamente penitencia. ¿Cuál
es el significado de esta satisfacción que se hace, o de esta penitencia
que se cumple? No es ciertamente el precio que se paga por el pecado absuelto y
por el perdón recibido; porque ningún precio humano puede
equivaler a lo que se ha obtenido, fruto de la preciosísima Sangre de
Cristo. Las obras de satisfacción que, aun conservando un carácter
de sencillez y humildad, deberían ser más expresivas de lo que
significan «quieren decir cosas importantes: son el signo del
compromiso personal que el cristiano ha asumido ante Dios, en el Sacramento,
de comenzar una existencia nueva (y por ello no deberían reducirse
solamente a algunas fórmulas a recitar, sino que deben consistir en
acciones de culto, caridad, misericordia y reparación); incluyen la idea
de que el pecador perdonado es capaz de unir su propia mortificación física
y espiritual, buscada o al menos aceptada, a la Pasión de Jesús
que le ha obtenido el perdón; recuerdan que también después
de la absolución queda en el cristiano una zona de sombra, debida a las
heridas del pecado, a la imperfección del amor en el arrepentimiento, a
la debilitación de las facultades espirituales en las que obra un foco
infeccioso de pecado, que siempre es necesario combatir con la mortificación
y la penitencia. Tal es el significado de la humilde, pero sincera, satisfacción.(189)
IV. Queda por hacer una breve alusión a otras importantes
convicciones sobre el Sacramento de la Penitencia.
Ante todo, hay que afirmar que nada es más personal e intimo que este
Sacramento en el que el pecador se encuentra ante Dios solo con su culpa, su
arrepentimiento y su confianza. Nadie puede arrepentirse en su lugar ni puede
pedir perdón en su nombre. Hay una cierta soledad del pecador en su
culpa, que se puede ver dramáticamente representada en Caín con el
pecado «como fiera acurrucada a su puerta», como dice tan
expresivamente el Libro del Génesis, y con aquel signo particular
de maldición, marcado en su frente;(190) o en David, reprendido por el
profeta Natán;(191) o en el hijo pródigo, cuando toma conciencia
de la condición a la que se ha reducido por el alejamiento del padre y
decide volver a él:(192) todo tiene lugar solamente entre el hombre y
Dios. Pero al mismo tiempo es innegable la dimensión social de este
Sacramento, en el que es la Iglesia entera la militante, la purgante y la
gloriosa del Cielo la que interviene para socorrer al penitente y lo acoge
de nuevo en su regazo, tanto más que toda la Iglesia había sido
ofendida y herida por su pecado. El Sacerdote, ministro de la penitencia,
aparece en virtud de su ministerio sagrado como testigo y representante de esa
dimensión eclesial. Son dos aspectos complementarios del Sacramento: la
individualidad y la eclesialidad, que la reforma progresiva del rito de la
Penitencia, especialmente la del Ordo Paenitentiae promulgada por Pablo
VI, ha tratado de poner de relieve y de hacer más significativos en su
celebración.
V. Hay que subrayar también que el fruto más precioso del perdón
obtenido en el Sacramento de la Penitencia consiste en la reconciliación
con Dios, la cual tiene lugar en la intimadad del corazón del hijo pródigo,
que es cada penitente. Pero hay que añadir que tal reconciliación
con Dios tiene como consecuencia, por así decir, otras reconciliaciones
que reparan las rupturas causadas por el pecado: el penitente perdonado se
reconcilia consigo mismo en el fondo más intimo de su propio ser, en el
que recupera la propia verdad interior; se reconcilia con los hermanos,
agredidos y lesionados por él de algún modo; se reconcilia con la
Iglesia; se reconcilia con toda la creación. De tal convencimiento, al
terminar la celebración y siguiendo la invitación de la
Iglesia surge en el penitente el sentimiento de agradecimiento a Dios por
el don de la misericordia recibida.
Cada confesionario es un lugar privilegiado y bendito desde el cual,
canceladas las divisiones, nace nuevo e incontaminado un hombre reconciliado, un
mundo reconciliado.
VI. Finalmente, tengo particular interés en hacer una última
consideración, que se dirige a todos nosotros Sacerdotes que somos
los ministros del Sacramento de la Penitencia, pero que somos también y
debemos serlo sus beneficiarios. La vida espiritual y pastoral del
Sacerdote, como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende, para su calidad
y fervor, de la asidua y consciente práctica personal del Sacramento de
la Penitencia.(193) La celebración de la Eucaristía y el
ministerio de los otros Sacramentos, el celo pastoral, la relación con
los fieles, la comunión con los hermanos, la colaboración con el
Obispo, la vida de oración, en una palabra toda la existencia sacerdotal
sufre un inevitable decaimiento, si le falta, por negligencia o cualquier otro
motivo, el recurso periódico e inspirado en una auténtica fe y
devoción al Sacramento de la Penitencia. En un sacerdote que no se
confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio
se resentirían muy pronto, y se daría cuenta también la
Comunidad de la que es pastor.
Pero añado también que el Sacerdote incluso para ser un
ministro bueno y eficaz de la Penitencia necesita recurrir a la fuente de
gracia y santidad presente en este Sacramento. Nosotros Sacerdotes basándonos
en nuestra experiencia personal, podemos decir con toda razón que, en la
medida en la que recurrimos atentamente al Sacramento de la Penitencia y nos
acercamos al mismo con frecuencia y con buenas disposiciones, cumplimos mejor
nuestro ministerio de confesores y aseguramos el beneficio del mismo a los
penitentes. En cambio, este ministerio perdería mucho de su eficacia, si
de algun modo dejáramos de ser buenos penitentes. Tal es la lógica
interna de este gran Sacramento. Él nos invita a todos nosotros,
Sacerdotes de Cristo, a una renovada atención en nuestra confesión
personal.
A su vez, la experiencia personal es, y debe ser hoy, un estímulo
para el ejercicio diligente, regular, paciente y fervoroso del sagrado
ministerio de la Penitencia, en que estamos comprometidos en virtud de nuestro
sacerdocio, de nuestra vocación a ser pastores y servidores de nuestros
hermanos. También con la presente Exhortación dirijo, pues, una
insistente invitación a todos los Sacerdotes del mundo, especialmente a
mis Hermanos en el episcopado y a los Párrocos, a que faciliten con todas
sus fuerzas la frecuencia de los fieles a este Sacramento, y pongan en acción
todos los medios posibles y convenientes, busquen todos los caminos para hacer
llegar al mayor número de nuestros hermanos la «gracia que nos ha
sido dada» mediante la Penitencia para la reconciliación de cada
alma y de todo el mundo con Dios en Cristo.
Las formas de la celebración
32. Siguiendo las indicaciones del Concilio Vaticano II, el Ordo
Paenitentiae ha autorizado tres formas que, salvando siempre los elementos
esenciales, permiten adaptar la celebración del Sacramento de la
Penitencia a determinadas circunstancias pastorales.
La primera forma reconciliación de cada penitente
constituye el único modo normal y ordinario de la celebración
sacramental, y no puede ni debe dejar de ser usada o descuidada. La segunda
reconciliación de varios penitentes con confesión y
absolución individual, aunque con los actos preparatorios
permite subrayar más los aspectos comunitarios del Sacramento, se asemeja
a la primera forma en el acto sacramental culminante, que es la confesión
y la absolución individual de los pecados, y por eso puede equipararse a
la primera forma en lo referente a la normalidad del rito. En cambio, la tercera
reconciliación de varios penitentes con confesión y
absolución general reviste un carácter de excepción
y por tanto no queda a la libre elección, sino que está regulada
por la disciplina fijada para el caso.
La primera forma permite la valorización de los aspectos más
propiamente personales y esenciales que están comprendidos en
el itinerario penitencial. El diálogo entre penitente y confesor, el
conjunto mismo de los elementos utilizados (los textos bíblicos, la
elección de la forma de «satisfacción», etc.) son
elementos que hacen la celebración sacramental más adecuada a la
situación concreta del penitente. Se descubre el valor de tales elementos
cuando se piensa en las diversas razones que llevan al cristiano a la penitencia
sacramental: una necesidad de reconciliación personal y de readmisión
a la amistad con Dios, obteniendo la gracia perdida a causa del pecado; una
necesidad de verificación del camino espiritual y, a veces, de un
discernimiento vocacional más preciso; otras muchas veces una necesidad y
deseo de salir de un estado de apatía espiritual y de crisis religiosa.
Gracias también a su índole individual la primera forma de
celebración permite asociar el Sacramento de la Penitencia a algo
distinto, pero conciliable con ello: me refiero a la dirección
espiritual. Es pues cierto que la decisión y el empeño
personal están claramente significados y promovidos en esta primera
forma.
La segunda forma de celebración, precisamente por su carácter
comunitario y por la modalidad que la distingue, pone de relieve algunos
aspectos de gran importancia: la Palabra de Dios escuchada en común tiene
un efecto singular respecto a su lectura individual, y subraya mejor el carácter
eclesial de la conversión y de la reconciliación. Esta resulta
particularmente significativa en los diversos tiempos del año litúrgico
y en conexión con acontecimientos de especial importancia pastoral. Baste
indicar aquí que para su celebración es oportuna la presencia de
un número suficiente de confesores.
Es natural, por tanto, que los criterios para establecer a cual de las dos
formas de celebración se deba recurrir estén dictados no por
motivaciones conyunturales y subjetivas, sino por el deseo de obtener el
verdadero bien espiritual de los fieles, obedeciendo a la disciplina penitencial
de la Iglesia.
Será bueno también recordar que, para una equilibrada
orientación espiritual y pastoral al respecto, es necesario seguir
atribuyendo gran valor y educar a los fieles a recurrir al Sacramento de la
Penitencia incluso sólo para los pecados veniales, como lo atestiguan una
tradición doctrinal y una praxis ya seculares.
Aun sabiendo y enseñando que los pecados veniales son perdonados
también de otros modos piénsese en los actos de dolor, en
las obras de caridad, en la oración, en los ritos penitenciales ,
la Iglesia no cesa de recordar a todos la riqueza singular del momento
sacramental también con referencia a tales pecados. El recurso frecuente
al Sacramento al que están obligadas algunas categorías de
fieles refuerza la conciencia de que también los pecados menores
ofenden a Dios y dañan a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y su celebración
es para ellos «la ocasión y el estímulo para conformarse más
íntimamente a Cristo y a hacerse más dóciles a la voz del
Espíritu».(194) Sobre todo hay que subrayar el hecho de que la
gracia propia de la celebración sacramental tiene una gran virtud terapéutica
y contribuye a quitar las raíces mismas del pecado.
El cuidado del aspecto celebrativo,(195) con particular referencia a la
importancia de la Palabra de Dios, leída, recordada y explicada, cuando
sea posible y oportuno, a los fieles y con los fieles, contribuirá a
vivificar la práctica del Sacramento y a impedir que caiga en una
formalidad o rutina. El penitente habrá de ser más bien ayudado a
descubrir que está viviendo un acontecimiento de salvación, capaz
de infundir un nuevo impulso de vida y una verdadera paz en el corazón.
Este cuidado por la celebración llevará también a fijar en
cada Iglesia los tiempos apropiados para la celebración del
Sacramento, y a educar a los fieles, especialmente los niños y jóvenes,
a atenerse a ellos en vía ordinaria, excepto en casos de necesidad en los
que el pastor de almas deberá mostrarse siempre dispuesto a acoger de
buena gana a quien recurra a él.
La celebración del Sacramento con absolución general
33. En el nuevo ordenamiento litúrgico y, más recientemente,
en el nuevo Código de Derecho Canónico,(196) se precisan
las condiciones que legitiman el recurso al «rito de la reconciliación
de varios penitentes con confesión y absolución general». Las
normas y las disposiciones dadas sobre este punto, fruto de madura y equilibrada
consideración, deben ser acogidas y aplicadas, evitando todo tipo de
interpretación arbitraria.
Es oportuno reflexionar de manera más profunda sobre los motivos que
imponen la celebración de la Penitencia en una de las dos primeras formas
y que permiten el recurso a la tercera forma. Ante todo hay una motivación
de fidelidad a la voluntad del Señor Jesús, transmitida
por la doctrina de la Iglesia, y de obediencia, además, a las
leyes de la Iglesia. El Sínodo ha ratificado en una de sus Propositiones
la enseñanza inalterada que la Iglesia ha recibido de la más
antigua Tradición, y la ley con la que ella ha codificado la antigua
praxis penitencial: la confesión individual e íntegra de los
pecados con la absolución igualmente individual constituye el único
modo ordinario, con el que el fiel, consciente de pecado grave, es
reconciliado con Dios y con la Iglesia. De esta ratificación de la enseñanza
de la Iglesia, resulta claramente que cada pecado grave debe ser siempre
declarado, con sus circunstancias determinantes, en una confesión
individual.
Hay también una motivación de orden pastoral. Si es
verdad que, recurriendo a las condiciones exigidas por la disciplina canónica,
se puede hacer uso de la tercera forma de celebración, no se debe olvidar
sin embargo que ésta no puede convertirse en forma ordinaria, y
que no puede ni debe usarse lo ha repetido el Sínodo si no es
«en casos de grave necesidad», quedando firme la obligación de
confesar individualmente los pecados graves antes de recurrir de nuevo a otra
absolución general. El Obispo, por tanto, al cual únicamente toca,
en el ámbito de su diócesis, valorar si existen en concreto las
condiciones que la ley canónica establece para el uso de la tercera
forma, dará este juicio sintiendo la grave carga que pesa sobre su
conciencia en el pleno respeto de la ley y de la praxis de la Iglesia, y
teniendo en cuenta, además, los criterios y orientaciones concordados sobre
la base de las consideraciones doctrinales y pastorales antes expuestas
con los otros miembros de la Conferencia Episcopal. Igualmente, será
siempre una auténtica preocupación pastoral poner y garantizar las
condiciones que hacen que el recurso a la tercera forma sea capaz de dar los
frutos espirituales para los que está prevista. Ni el uso excepcional de
la tercera forma de celebración deberá llevar jamás a una
menor consideración, y menos al abandono, de las formas ordinarias, ni a
considerar esta forma como alternativa a las otras dos; no se deja en efecto a
la libertad de los pastores y de los fieles el escoger entre las mencionadas
formas de celebración aquella considerada más oportuna. A los
pastores queda la obligación de facilitar a los fieles la práctica
de la confesión íntegra e individual de los pecados, lo cual
constituye para ellos no sólo un deber, sino también un derecho
inviolable e inalienable, además de una necesidad del alma. Para los
fieles el uso de la tercera forma de celebración comporta la obligación
de atenerse a todas las normas que regulan su práctica, comprendida la de
no recurrir de nuevo a la absolución general antes de una regular confesión
íntegra e individual de los pecados, que debe hacerse lo antes posible.
Sobre esta norma y la obligación de observarla, los fieles deben ser
advertidos e instruídos por el Sacerdote antes de la absolución.
Con este llamamiento a la doctrina y a la ley de la Iglesia deseo inculcar
en todos el vivo sentido de responsabilidad , que debe guiarnos al tratar las
cosas sagradas, que no son propriedad nuestra, como es el caso de los
Sacramentos, o que tienen derecho a no ser dejadas en la incertidumbre y en la
confusión, como es el caso de las conciencias. Cosas sagradas repito
son unas y otras los Sacramentos y las conciencias , y exigen por
parte nuestra ser servidas en la verdad.
Esta es la razón de la ley de la Iglesia.
Algunos casos más delicados
34. Creo que debo hacer en este momento una alusión, aunque brevísima,
a un caso pastoral que el Sínodo ha querido tratar en cuanto le era
posible hacerlo , y que contempla también una de las Propositiones.
Me refiero a ciertas situaciones, hoy no raras, en las que se encuentran algunos
cristianos, deseosos de continuar la práctica religiosa sacramental, pero
que se ven impedidos por su situación personal, que está en
oposición a las obligaciones asumidas libremente ante Dios y la Iglesia.
Son situaciones que se presentan como particularmente delicadas y casi
insolubles.
Durante el Sínodo, no pocas intervenciones que expresaban el parecer
general de los Padres, han puesto de relieve la coexistencia y la mutua
influencia de dos principios, igualmente importantes, ante estos casos. El
primero es el principio de la compasión y de la misericordia, por el que
la Iglesia, continuadora de la presencia y de la obra de Cristo en la historia,
no queriendo la muerte del pecador sino que se convierta y viva,(197) atenta a
no romper la caña rajada y a no apagar la mecha que humea todavía,(198)
trata siempre de ofrecer, en la medida en que le es posible, el camino del
retorno a Dios y de la reconciliación con Él. El otro es el
principio de la verdad y de la coherencia, por el cual la Iglesia no acepta
llamar bien al mal y mal al bien. Basándose en estos dos principios
complementarios, la Iglesia desea invitar a sus hijos, que se encuentran en
estas situaciones dolorosas, a acercarse a la misericordia divina por otros
caminos, pero no por el de los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía,
hasta que no hayan alcanzado las disposiciones requeridas.
Sobre esta materia, que aflige profundamente también nuestro corazón
de pastores, he creído deber mío decir palabras claras en la
Exhortación Apostólica Familiaris consortio, por lo que se
refiere al caso de divorciados casados de nuevo,(199) o en cualquier caso al de
cristianos que conviven irregularmente.
Asimismo siento el vivo deber de exhortar, en unión con el Sínodo,
a las comunidades eclesiales y sobre todo a los Obispos, para que presten toda
ayuda posible a aquellos Sacerdotes que, faltando a los graves compromisos
asumidos en la Ordenación, se encuentran en situaciones irregulares.
Ninguno de estos hermanos debe sentirse abandonado por la Iglesia.
Para todos aquellos que no se encuentran actualmente en las condiciones
objetivas requeridas por el Sacramento de la Penitencia, las muestras de bondad
maternal por parte de la Iglesia, el apoyo de actos de piedad fuera de los
Sacramentos, el esfuerzo sincero por mantenerse en contacto con el Señor,
la participación a la Misa, la repetición frecuente de actos de
fe, de esperanza y de caridad, de dolor lo más perfecto posible, podrán
preparar el camino hacia una reconciliación plena en la hora que sólo
la Providencia conoce.
DESEO CONCLUSIVO
35. Al final de este Documento, se hace eco en mí y deseo repetir a
todos vosotros la exhortación que el primer Obispo de Roma, en una hora
crítica al principio de la Iglesia, dirigió «a los elegidos
extranjeros en la diáspora ... elegidos según la presciencia de
Dios Padre». «Todos tengan un mismo sentir, sean compasivos,
fraternales, misericordiosos, humildes».(200) El Apóstol
recomendaba: «Tengan todos un mismo sentir...»; pero en seguida
proseguía señalando los pecados contra la concordia y la paz, que
es necesario evitar: «No devolviendo mal por mal ni ultraje por ultraje; al
contrario, bendiciendo, que para esto hemos sido llamados, para ser herederos de
la bendición». Y concluía con una palabra de aliento y de
esperanza: «¿Y quién os hará mal si fuereis celosos
promovedores del bien?».(201)
Me atrevo a relacionar mi Exhortación, en una hora no menos crítica
de la historia, con la del Príncipe de los Apóstoles, que se sentó
el primero en esta Cátedra romana, como testigo de Cristo y pastor de la
Iglesia, y aquí «presidió en la caridad» ante el mundo
entero. También yo, en comunión con los Obispos sucesores de los
Apóstoles, y confortado por la reflexión colegial que muchos de
ellos, reunidos en el Sínodo, han dedicado a los temas y problemas de la
reconciliación, he querido comunicaros con el mismo espíritu del
pescador de Galilea todo lo que él decía a nuestros hermanos en la
fe, lejanos en el tiempo pero muy unidos en el corazón: «Tengan
todos un mismo sentir..., no devolviendo mal por mal ..., sean promovedores del
bien».(202) Y añadía: «Que mejor es padecer haciendo el
bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal».(203)
Esta consigna está impregnada por las palabras que Pedro había
escuchado del mismo Jesús, y por conceptos que eran parte de su «gozosa
nueva»: el nuevo mandamiento del amor mutuo; el deseo y el compromiso de
unidad; las bienaventuranzas de la misericordia y de la paciencia en la
persecución por la justicia; el devolver bien por mal; el perdón
de las ofensas; el amor a los enemigos. En estas palabras y conceptos está
la síntesis original y transcendente de la ética cristiana o,
mejor y más profundamente, de la espiritualidad de la Nueva Alianza en
Jesucristo.
Confío al Padre, rico en misericordia; confío al Hijo de Dios,
hecho hombre como nuestro redentor y reconciliador; confío al Espíritu
Santo, fuente de unidad y de paz, esta llamada mía de padre y pastor a la
penitencia y a la reconciliación. Que la Trinidad Santísima y
adorable haga germinar en la Iglesia y en el mundo la pequeña semilla que
en esta hora deposito en la tierra generosa de tantos corazones humanos.
Para que en un día no lejano produzca copiosos frutos, os invito a
volver conmigo los ojos al corazón de Cristo, signo elocuente de la
divina misericordia, «propiciación por nuestros pecados», «nuestra
paz y reconciliación»(204) para recibir el empuje interior a fin de
detestar el pecado y convertirse a Dios, y encuentren en ella la benignidad
divina que responde amorosamente al arrepentimiento humano.
Os invito al mismo tiempo a dirigiros conmigo al Corazón Inmaculado
de María, Madre de Jesús, en la que «se realizó la
reconciliación de Dios con la humanidad..., se realizó
verdaderamente la obra de la reconciliación, porque recibió de
Dios la plenitud de la gracia en virtud del sacrificio redentor de Cristo».(205)
Verdaderamente, María se ha convertido en la «aliada de Dios»
en virtud de su maternidad divina, en la obra de la reconciliación.(206)
En las manos de esta Madre, cuyo «Fiat» rnarcó el comienzo
de la «plenitud de los tiempos», en quien fue realizada por Cristo la
reconciliación del hombre con Dios y en su Corazón Inmaculado al
cual he confiado repetidamente toda la humanidad, turbada por el pecado y
maltrecha por tantas tensiones y conflictos pongo ahora de modo especial
esta intención: que por su intercesión la humanidad misma descubra
y recorra el camino de la penitencia, el único que podrá
conducirlo a la plena reconciliación.
A todos vosotros, que con espíritu de comunión eclesial en la
obediencia y en la fe(207) acogeréis las indicaciones, sugerencias y
directrices contenidas en este Documento, tratando de convertirlas con una vital
praxis pastoral, imparto gustosamente la confortadora Bendición Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 2 de diciembre, Primer
Domingo de Adviento, del año 1984, séptimo de mi Pontificado.
NOTAS
1. Mc 1, 15.
2. Cf. Juan Pablo II, Discurso inaugural de la III Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano, III, 1-7: AAS 71 (1979), 198-204.
3. La visión de un mundo «desgarrado» aparece en la obra de
no pocos escritores contemporáneos, cristianos y no cristianos testigos
de la condición del hombre en nuestra atormentada época.
4. Cf. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, 43-44; Decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida
de los presbíteros, 12; Pablo VI, Encíc. Ecclesiam suam:
AAS 56 (1964), 609-659.
5. Sobre la división en el cuerpo de la Iglesia escribía con
palabras de fuego, en los albores de la misma Iglesia, el Apóstol Pablo
en la famosa página de 1 Cor 1, 10-16. A los mismos cristianos de
Corinto se dirigirá algunos años más tarde S. Clemente
Romano para denunciar los desgarrones existentes en aquella comunidad: cf. Carta
a los Corintios, III-VI; LVII: Patres Apostolici, ed. Funk, I,
103-109; 171-173. Sabemos que desde los Padres más antiguos, la túnica
inconsútil de Cristo, no rasgada por los soldados ha venido a ser la
imagen de la unidad de la Iglesia: cf. S. CIPRIANO, De Ecclesiae catholicae
unitate, 7: CCL 3/1, 254s.; S. Agustín, In Ioannis
Evangelium tractatus, 118, 4: CCL 36, 656 s.; S. Beda El Venerable,
In Marci Evangelium expositio, IV, 15: CCL 120, 630; In
Lucae Evangelium expositio, VI, 23: CCL 120, 403; In S. Ioannis
Evangelium expositio, 19: PL 92, 911 s.
6. La Encíclica Pacem in terris, testamento espiritual de
Juan XXIII (cf. AAS 55 [1963], 257-304), es considerada con frecuencia
un «documento social» o también un «mensaje politico»
y en verdad lo es, si se toman dichas expresiones en toda su amplitud. El
discurso pontificio así aparece tras más de veinte años
de su publicación es, en efecto, más que una estrategia en
vista de la convivencia de los pueblos y naciones, una urgente llamada a los
valores supremos, sin los cuales la paz sobre la tierra se convierte en una
quimera. Uno de estos valores es justamente la reconciliación entre los
hombres y a este tema Juan XXIII se ha referido en muchas ocasiones. De Pablo VI
bastará recordar que, al convocar a toda la Iglesia y a todo el mundo a
celebrar el Año Santo de 1975, quiso que «renovación y
reconciliación» fueran la idea central de aquel importante
acontecimiento. Y no pueden olvidarse tampoco las catequesis que a tal
idea-maestra consagró él para ilustrar dicho Jubileo.
7. «Este tiempo fuerte, durante el cual todo cristiano está
llamado a realizar más en profundidad su vocación a la
reconciliación con el Padre en el Hijo escribía en la Bula
de convocación del Año jubilar de la Redención
conseguirá plenamente su objetivo únicamente cuando desemboque en
un nuevo compromiso por parte de cada uno y de todos al servicio de la
reconciliación no sólo entre los discípulos de Cristo sino
también entre todos los hombres»: Bula Aperite Portas Redemptori,
3: AAS 75 (1983), 93.
8. El tema del Sínodo era más exactamente: Reconciliación
y penitencia en la misión de la Iglesia.
9. Cf. Mt 4, 17; Mc 1, 15.
10. Cf. Lc 3, 8.
11. Cf. Mt 16, 24-26; Mc 8, 34-36; Lc 9, 23-25.
12. Cf. Ef 4, 23 s.
13. Cf. 1 Cor 3, 1-20.
14. Cf. Col 3, 1 s.
15. «Por Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios»: 2 Cor
5, 20.
16. «Nos gloriamos en Dios por Nuestro Señor Jesucristo, por
quien recibimos ahora la reconciliación»: Rom 5, 11; cf.
Col 1, 20.
17. El Concilio Vaticano II ha hecho notar: «En realidad de verdad, los
desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con este
otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón
humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del
hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones;
se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior.
Atraído por muchas solicitaciones tiene que elegir y que renunciar. Mas aún,
como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo
que querría llevar a cabo (cf. Rom 7, 14 ss.). Por ello siente en
sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca
en la sociedad»: Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, 10.
18. Cf. Col 1, 19 s.
19. Cf. Juna Pablo II, Encíc. Dives in misericordia, 5-6:
AAS 72 (1980), 1193-1199.
20. Cf. Lc 15, 11-32.
21. El Libro de Jonás es, en el Antiguo Testamento, una
admirable anticipación y figura de este aspecto de la parábola. El
pecado de Jonás es el de «probar gran disgusto y sentirse despechado»
porque Dios es «misericordioso y clemente, indulgente, de gran amor y que
se apiada»; es el de «entristecerse por una planta de ricino (...) que
en una noche se marchita», es no entender que el Señor «pueda
tener compasión de Nínive» (cf.
Jon 4).
22. Rom 5, 10 s.; cf. Col 1, 20-22.
23. 2 Cor 5, 18. 20
24. Jn 11, 52.
25. Cf. Col 1, 20
26. Cf. Eclo 44, 17.
27. Cf. Ef 2, 14.
28. Plegaria eucarística III.
29. Cf. Mt 5, 23 s.
30. Mt 27, 46; Mc 15, 34; Sal 22 [21], 2.
31. Cf. Ef 2, 14-16.
32. San León Magno, Tractatus 63 (De passione Domini
12). 6: CCL 138/A, 386.
33. 2 Cor 5, 18 s.
34. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.
35. «La Iglesia es por su misma naturaleza siempre reconciliadora, ya
que transmite a los demás el don que ella ha recibido, el don de ser
perdonada y hecha una misma cosa con Dios»: Juan Pablo II, Discurso en
Liverpool (30 de mayo 1982), 3: L'Osservatore Romano, edic. en
lengua española, 6 de junio de 1982, p. 13.
36. Cf. Act 15, 2-33.
37. Cf. Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi, 13: AAS 68 (1976),
12 s.
38. Cf. Juan Pablo II, Exhort Ap. Catechesi tradendae, 24: AAS
71 (1979), 1297.
39. Cf. Pablo VI, Encíc. Ecclesiam suam: AAS 56
(1964), 609-659.
40. Cf. 2 Cor 5, 20.
41. Cf. 1 Jn 4, 8
42. Cf. Sab 11, 23-26; Gén 1, 27; Sal 8,
4-8.
43. Sab 2, 24.
44. Cf. Gén 3, 12 s., 4, 1-16.
45. Ef 2, 4.
46. Ef 1, 10
47. Jn 13, 34
48. Conc. Ecum. Vatic. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 38.
49. Cf. Mc 1, 15.
50. 2 Cor 5, 20.
51. Ef 2, 14-16.
52. Cf. San Agustín, De Civitate Dei, XXII, 17: CCL
48, 835 s.; S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, pars III, q.
64, a. 2, ad tertium.
53. Cf. Pablo VI, Alocución en la clausura de la Tercera Sesión
del Concilio Ecuménico Vaticano II (21 de noviembre, 1964): AAS
56 (1964), 1015-1018.
54. Conc. Ecum. Vatic. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 39.
55. Cf. Conc. Ecum. Vatic. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 4.
56. 1 Jn 1, 8 s.
57. 1 Jn 3, 20; cf. la referencia que he hecho a este fragmento en
el discurso durante la Audiencia general del 14 de marzo de 1984: L'Osservatore
Romano, edic. en lengua española 18 de. marzo, 1984, p. 3.
58. Cf. 2 Sam 11-12.
59. Sal 51 [50], 5 s.
60. Lc 15, 18. 21.
61. Cartas, Florencia 1970, I, pp. 3 s.; El Diálogo de la
Divina Providencia, Roma 1980, passim.
62. Cf. Rom 3, 23-26.
63. Cf. Ef 1, 18.
64. Cf. Gén 11, 1-9.
65. Cf. Sal 127 [126], 1.
66. Cf. 2 Tes 2, 7.
67. Cf. Rm 7, 7-25, Ef 2, 2; 6, 12.
68. Es significativa la terminología usada en la traducción
griega de los LXX y en el Nuevo Testamento sobre el pecado. La designación
más común es la de hamartía y vocablos de la misma
raíz. Esta expresa el concepto de faltar más o menos gravemente a
una norma o ley, a una persona o incluso a una divinidad. Pero el pecado es
también designado adikía y su significación aquí
es practicar la injusticia. Se hablará también de parábasis
o transgresión, de asébeia, impiedad, y de otros
conceptos. Todos juntos ofrecen la imagen del pecado.
69. Gén 3, 5: «... seréis como Dios, conocedores
del bien y del mal»; cf. también v. 22.
70. Cf. Gén 3, 12.
71. Cf. Gén 4, 2-16.
72. La expresión es de una escritora francesa, Elisabeth Leseur,
Journal et pensées de chaque jour, Paris 1918, p. 31.
73. Cf. Mt 22, 39; Mc 12, 31; Lc 10, 27 s.
74. Cf. S. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción
sobre algunos aspectos de la «Teología de la liberación »
Libertatis nuntius (6 de agosto de 1984), IV, 14-15: AAS 76
(1984), 885 s.
75. Cf. Núm 15, 30.
76. Cf. Lev 18, 26-30.
77. Cf. Lev 19, 4.
78. Cf. Lev 20, 1-7.
79. Cf. Ex 21, 17
80. Cf. Lev 4, 2 ss.; 5, 1 ss.; Núm 15, 22-29.
81. Cf. Mt 5, 28; 6, 23; 12, 31 s.; 15, 19; Mc 3, 28-30;
Rom 1, 29-31; 13, 13;
Sant 4.
82. Cf. Mt 5, 17; 15, 1-10; Mc 10, 19; Lc 18, 20.
83. Cf. 1 Jn 5, 16 s.
84. Cf. Jn 17, 3.
85. Cf. 1 Jn 2, 22
86. Cf. 1 Jn 5, 21.
87. Cf. 1 Jn 5, 16-21.
88. Mt 12, 31 s.
89. Cf. S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, IIa-IIae, q.
14, aa. 1-3.
90. Cf. 1 Jn 3, 20
91. S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, IIa-IIae, q. 14, a.
3, ad primum.
92. Cf. Flp 2, 12.
93. Cf. S. Agustín, De Spiritu et littera, XXVIII: CSEL
60, 202 s.; CCL 38, 441; Enarrat. in ps. 39, 22: Enchiridion
ad Laurentium, de fide et spe et caritate, XIX, 71: CCL 46, 88; In
Ioannis Evangelium tractatus, 12, 3, 14: CCL 36, 129.
94. S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, Ia, IIae, q. 72, a.
5.
95. Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Sesión VI, De iustificatione
cap. 2 y cann. 23, 25, 27: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Bologna
1973³, pp. 671. 680 S. (DS 1573. 1575. 1577).
96. Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Sesión VI De iustificatione
cap. XV:
Conciliorum Oecumenicorum Decreta, ed. cit. 677 (DS 1544).
97. Juan Pablo II, Angelus del 14 de marzo de 1982: L'Osservatore
Romano, edic. en lengua española, 21 de marzo, 1982.
98. Const. past. Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo
actual, 16.
99. Juan Pablo II, Angelus del 14 de marzo de 1982: L'Osservatore
Romano, edic. en lengua española, 21 de marzo, 1982.
100. Pío XII, Radiomensaje al Congreso Catequístico Nacional
de los Estados Unidos en Boston (26 de octubre de 1946): Discursos y
Radiomensajes, VIII (1946), 288.
101. Cf. Juan Pablo II, Encíc. Redemptor hominis, 15: AAS
71 (1979), 286-289.
102. Cf. Conc. Ecum. Vatic. II, Const. past. Gaudium et spes sobre
la Iglesia en el mundo actual, 3; cf. 1 Jn 3, 9.
103. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de la Región Este de
Francia (1 de abril de 1982), 2: L'Osservatore Romano, edic. en lengua
española, 25 de abril, 1982.
104. 1 Tim 3, 15 s.
105. El texto ofrece una cierta dificultad, ya que el pronombre relativo,
que abre la citación literal, no concuerda con el neutro « mysterium
». Algunos manuscritos tardíos han retocado el texto para corregirlo
gramaticalmente. Pablo sólo ha intentado yuxtaponer al suyo un texto
venerable, para él plenamente clarificador.
106. La comunidad cristiana primitiva expresa su fe en el Crucificado
glorificado, al que los ángeles adoran y que es el Señor. Pero el
elemento impresionante de este mensaje sigue siendo el «manifestado en la
carne»: que el Hijo Eterno de Dios se haya hecho hombre es el «gran
misterio».
107. 1 Jn 5, 18s.
108. 1 Jn 3, 9.
109. 1 Tim 3, 15.
110. 1 Jn 1, 8.
111. 1 Jn 5, 19.
112. Cf. Sal 51 [50], 7.
113. Cf. Ef 2, 4.
114. Cf. Juan Pablo II, Encícl. Dives in misericordia, 8; 15:
AAS 72 (1980), 1231.
115. 2 Sam 12, 13.
116. Sal 51 [50], 5.
117. Sal 51 [50], 9.
118. 2 Sam 12, 13.
119. Cf. 2 Cor 5, 18.
120. 2 Cor 5, 19.
121. Const. past. Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo
actual, 92.
122. Decreto Christus Dominus sobre el oficio pastoral de los
Obispos, 13; cf. Declar. Gravissimum educationis sobre la educación
cristiana, 8; Decr. Ad gentes sobre la actividad misionera, 11-12.
123. Cf. Pablo VI, Encícl. Ecclesiam suam, III: AAS
56 (1964), 639-659.
124. Cf. Conc. Ecum Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium sobre la
Iglesia, 1. 9. 13.
125. Pablo VI, Exhort. Ap. Paterna cum benevolentia: AAS 67
(1975), 5-23.
126. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio sobre el
ecumenismo, 7-8.
127. Ibidem, 4.
128. S. Agustí, Sermo 96, 7: PL 38, 588.
129. Cf. Juan Pablo II, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático
acreditado ante la Santa Sede (15 de enero de 1983) 4. 6. 11: AAS 75
(1983), 376. 378s. 381.
130. Juan Pablo II, Homilía en la misa con ocasión de la XVI
Jornada Mundial de la Paz (1 de enero de 1983), 6: L'Osservatore Romano,
edic. en lengua española, 9 de enero, 1983.
131. Pablo VI, Exhort. Apost. Evangelii nuntiandi, 70: AAS
68 (1976), 595.
132. 1 Tim 3, 15.
133. Cf. Mt 5, 23 s.
134. Cf. Mt 5, 38-40.
135. Cf. Mt 6, 12.
136. Cf. Mt 5, 43 ss.
137. Cf. Mt 18, 21 s.
138. Cf. Mc 1, 4. 14; Mt 3, 2; 4, 17; Lc 3, 8.
139. Cf. Lc 15, 17
140. Lc 17, 3 s.
141. Mt 3, 2; Mc 1, 2-6; Lc 3, 1-6.
142. Cf. Const. past. Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo
actual, 8. 16. 19. 26. 41. 48.
143. Cf. Decl. Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa, 2. 3.
4.
144. Cf. entre otros muchos, los discursos en las Audiencias Generales del
28 marzo 1973: Enseñanzas al Pueblo de Dios (1973), 41 ss., 8
agosto 1973:
Ibidem, 105 ss.; 7 noviembre 1973: Ibidem, 150 ss.; 13 marzo
1974: Ibidem, 34 ss.; 8 mayo 1974: Ibidem (1974), 57 ss.; 12
febrero 1975: Ibidem (1975), 20 ss., 9 abril 1975: Ibidem
(1975), 38 ss.; 13 julio 1977: Ibidem (1977), 74 ss.
145. Cf. Juan Pablo II, Angelus del 17 marzo 1982: L'
Osservatore Romano, edic. en lengua española, 21 de marzo, 1982.
146. Cf. Juan Pablo II, Discurso en la Audiencia General del 17 agosto 1983,
1-3: L'Osservatore Romano, edic. en lengua española, 21 de
agosto, 1983.
147. Heb 4, 15.
148. Cf. Mt 4, 1-11; Mc 1, 12s.; Lc 4, 1-13.
149. Cf. 1 Cor 10, 13.
150. Cf. Mt 6, 13; Lc 11, 4.
151. 1 Pe 3, 21.
152. Cf Rom 6, 3 s.; Col 2, 12.
153. Cf. Mt 3, 11; Lc 3, 16; Jn 1, 26. 33; Act
1, 5; 11, 16
154. Cf. Mt 3, 15.
155. S. Agustín, In Ioannis Evangelium tractatus, 26, 13:
CCL 36, 266.
156. S. Ccongregación de Ritos, Instruc. Euraristicum mysterium
sobre el culto del Misterio Eucarístico (25 mayo 1967), 35: AAS
59 (1967), 560 s.
157. Sal 78 [77], 38s., cf. también referencias a Dios
misericordioso en los Salmos 86 [85], 15; 103 [102], 8; 111 [110], 4;
112 [111], 4; 115 [114], 5; 145 [144], 8.
158. Cf. Jn 1, 29; Is 53, 7. 12
159. Cf Jn 5, 27
160. Cf. Mt 9, 2-7; Lc 5, 18-25; 7, 47-49; Mc 2,
3-12.
161. Cf. Jn 3, 16 s.; 1 Jn 3, 5. 8.
162. Jn 20, 22; Mt 18, 18; cf. también, por lo que se
refiere a Pedro,
Mt 16, 19. El B. Isaac de la Estrella subraya en un discurso la plena
comunión de Cristo con su Iglesia en la remisión de los pecados: «
Nada puede perdonar la Iglesia sin Cristo y Cristo no quiere perdonar nada sin
la Iglesia. Nada puede perdonar la Iglesia sino a quien es penitente, es decir a
quien Cristo ha tocado con su gracia; Cristo nada quiere considerar como
perdonado a quien desprecia a la Iglesia »: Sermo 11 (In
dominica III post Epiphaniam, I): PL 194, 1729.
163. Cf. Mt 12, 49 s.; Mc 3, 33 s.; Lc 8, 20 s.;
Rom 8, 29: «... primogénito entre muchos hermanos».
164. Cf. Heb 2, 17; 4, 15
165. Cf. Mt 18, 12 s.; Lc 15, 4-6.
166. Cf. Lc 5, 31 s.
167. Cf. Mt 22, 16.
168. Cf. Act 10, 42
169. Cf. Jn 8, 16.
170. Lo he hecho ya en numerosos encuentros con Obispos y Sacerdotes, y
especialmente en el reciente Año Santo; cf. el Discurso a los
Penitenciarios de las Basílicas Patriarcales de Roma y a los Sacerdotes
confesores al final del Jubileo de la Redención (9 julio 1984):
L'Osservatore Romano edic. en lengua española, 8 de octubre,
1984.
171. Jn 8, 11.
172. Cf. Tit 3, 4.
173. Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Sesión XIV, De sacramento
Paenitentiae, cap. I y can. 1: Conciliorum Oecumenicorum Decreta,
ed. cit., 703s., 711 (DS 1668-1670. 1701).
174. Const. dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia, 11.
175. Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Sesión XIV, De sacramento
Paenitentiae, cap. I y can. 1: Conciliorum Oecumenicorum Decreta,
ed. cit., 703s., 711 (DS 1668-1670. 1701).
176. Cf. Const. Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia,
72.
177. Cf. Rituale Romanum ex Decreto Sacrosancti Concilii Oecumenici
Vaticani II instauratum, auctoritate Pauli VI promulgatum. Ordo Paenitentiae,
Typis Polyglottis Vaticanis, 1974.
178. El Concilio de Trento usa la expresión atenuada «ad instar
actus iudicialis» (Sesión XIV, De sacramento Paenitentiae,
cap. 6:
Conciliorum Oecumenicorum Decreta, ed. cit., 707 (DS 1685), para
subrayar la diferencia con los tribunales humanos. El nuevo Rito de la
Penitencia alude a esta función, nn. 6 b y 10 a.
179. Cf. Lc 5, 31 s.: «No tienen necesidad de médico los
sanos, sino los enfermos», con la conclusión: «...he venido yo
a llamar ... a los pecadores a penitencia»; Lc 9, 2: «Les envió
a predicar el reino de Dios y a hacer curaciones». La imagen de Cristo médico
adquiere un aspecto nuevo e impresionante si la confrontamos con la figura del «Siervo
de Yavé» del que el Libro de Isaías profetizaba que «fue
él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos / y cargó
con nuestros dolores» y que «en sus llagas hemos sido curados» (Is
53, 4s.).
180. Cf. S. Agustín, Sermo 82, 8: PL 38, 511.
181. Cf. S. Agustín, Sermo 352, 3, 8-9: PL 39, 1558
s.
182. Cf. Ordo Paenitentiae, 6 c.
183. Ya los paganos como Sófocles (Antígona,
vv.. 450-460) y Aristóteles (Rhetor., lib. I, cap. 15, 1375 a-b)
reconocían la existencia de normas morales «divinas» existentes
«desde siempre», marcadas profundamente en el corazón del
hombre.
184. Sobre esta función de la conciencia, cf. lo que dije durante la
Audiencia General del 14 de Marzo de 1984, 3: L'Osservatore Romano, edic
en lengua española, 18 de marzo, 1984.
185. Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Sesión XIV De sacramento
Paenitentiae, cap. IV: De contritione: Conciliorum Oecumenicorum Decreta,
ed. cit., 705 (DS 1676-1677). Como se sabe, para acercarse al sacramento
de la Penitencia es suficiente la atrición, o sea, un arrepentimiento
imperfecto, debido más al temor que al amor; pero en el ámbito del
Sacramento, bajo la acción de la gracia que recibe, el penitente «
ex attrito fit contritus », de modo que la Penitencia actúa
realmente en quien está dispuesto a la conversión en el amor: cfr.
Conc. Ecum. Tridentino, ibidem, ed. cit., 705 (DS 1678).
186. Ordo Paenitentiae, 6 c.
187. Cf. Sal 51 (50), 14.
188. De estos aspectos, todos fundamentales, de la penitencia, he hablado en
las Audiencias Generales del 19 de Mayo de 1982: L'Osservatore Romano,
edic. en lengua española, 23 de mayo, 1982; del 28 de febrero de 1979:
Enseñanzas al Pueblo de Dios (1979), 176 ss.; del 21 de marzo de
1984: L'Osservatore Romano, edic. en lengua española, 25 de
marzo: 1984. Se recuerdan además las normas del Código de Derecho
Canónico concernientes al lugar para la administración del
Sacramento y los confesonarios (can. 964, 2-3).
189. He tratado sucintamente del tema en la Audiencia General del 7 de Marzo
de 1984: L'Osservatore Romano, edic. en lengua española, 11 de
marzo, 1984.
190. Cf. Gén 4, 7. 15.
191. Cf. 2 Sam 12.
192. Cf. Lc 15, 17-21.
193. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum Ordinis, sobre
el ministerio y vida de los presbíteros, 18.
194. Ordo Paenitentiae, 7b.
195. Cf. Ordo Paenitentiae, 17.
196. Cann. 961-963.
197. Cf. Ez 18, 23.
198. Cf. Is 42, 3; Mt 12, 20.
199. Cf. Exhort. Ap. Familiaris consortio, 84: AAS 74
(1982),
200. Cf. 1 Pe 3, 8.
201. 1 Pe 3, 9. 13.
202. 1 Pe 3, 8- 9. 13
203. 1 Pe 3, 17.
204. Letanías del Sagrado Corazón; cf. 1 Jn 2, 2; Ef
2, 14; Rom 3, 25; 5, 11.
205. Juan Pablo II, Discurso en la Audiencia General del 7 de Diciembre de
1983, n. 2: L'Osservatore Romano, edic. en lengua española, 1 de
diciembre, 1983.
206. Cf. Juan Pablo II, Discurso en la Audiencia General del 4 de Enero de
1984: L'Osservatore Romano, edic. en lengua española, 8 de enero,
1984.
207. Cf. Rom 1, 5; 16, 26.
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