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MISA DE NOCHEBUENA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Domingo 24 de diciembre de 1978

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Nos hallamos en la basílica de San Pedro, a esta hora insólita. Nos hace de marco la arquitectura dentro de la cual enteras generaciones, a través de los siglos, han expresado su fe en el Dios encarnado, siguiendo el mensaje traído aquí a Roma por los Apóstoles Pedro y Pablo. Todo cuanto nos rodea habla con la voz de los dos milenios que nos separan del nacimiento de Cristo. El segundo milenio se está acercando rápidamente a su fin. Permitidme que, así como estamos, en este contexto de tiempo y de lugar, yo vaya con vosotros a aquella gruta en las cercanías de la ciudad de Belén, situada al sur de Jerusalén. Hagámoslo de manera que estemos todos juntos más allí que aquí: allí, donde "en el silencio de la noche" se ha oído el vagido del recién nacido, expresión perenne de los hijos de la tierra. En este mismo tiempo se ha hecho oír el cielo, "mundo" de Dios que habita en el tabernáculo inaccesible de la gloria. Entre la majestad de Dios eterno y la tierra-madre, que se hace presente con el vagido del Niño recién nacido, se deja entrever la perspectiva de una nueva paz, de la reconciliación, de la Alianza:

«Nos ha nacido el Salvador del mundo: todos los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios».

2. No obstante, en este momento, a esta hora insólita, los confines de la tierra quedan distantes. Están invadidos por un tiempo de espera, lejos de la paz. El cansancio llena más bien los corazones de los hombres que se han adormecido, lo mismo que se habían adormecido no lejos los pastores, en los valles de Belén. Lo que ocurre en el establo, en la gruta de roca, tiene una dimensión de profunda intimidad: es algo que ocurre entre la Madre y el Niño que va a nacer. Nadie de fuera tiene entrada. Incluso José, el carpintero de Nazaret, permanece como un testigo silencioso. Ella sola es plenamente consciente de su Maternidad. Y sólo Ella capta la expresión propia del vagido del Niño. El nacimiento de Cristo es ante todo su misterio, su gran día. Es la fiesta de la Madre.

Es una fiesta extraña: sin ningún signo de la liturgia de la sinagoga, sin lecturas proféticas y sin canto de los Salmos. «No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo» (Heb 10, 5), parece decir, con su vagido, el que siendo Hijo Eterno, Verbo consustancial al Padre, «Dios de Dios, Luz de luz», se ha hecho carne (cf. Jn 1, 14). El se revela en aquel cuerpo como uno de nosotros, pequeño infante, en toda su fragilidad y vulnerabilidad. Sujeto a la solicitud de los hombres, confiado a su amor, indefenso. Llora y el mundo no lo siente, no puede sentirlo. El llanto del niño recién nacido apenas puede oírse a pocos pasos de distancia.

3. Os ruego por tanto, hermanos y hermanas que llenáis esta basílica: tratemos de estar más presentes allí que aquí. No hace muchos días manifesté mi gran deseo de hallarme en la gruta de la Navidad, para celebrar precisamente allí el comienzo de mi pontificado. Dado que las circunstancias no me lo consienten, y encontrándome aquí con todos vosotros, trato de estar más allí espiritualmente con vosotros todos, para colmar esta liturgia con la profundidad, el ardor, la autenticidad de un intenso sentimiento interior. La liturgia de la noche de Navidad es rica en un realismo particular: realismo de aquel momento que nosotros renovamos y también realismo de los corazones que reviven aquel momento. Todos, en efecto, nos sentimos profundamente emocionados y conmovidos, por más que lo que celebramos haya ocurrido hace casi dos mil años.

Para tener un cuadro completo de la realidad de aquel acontecimiento, para penetrar aún más en el realismo de aquel momento y de los corazones humanos, recordemos que Esto sucedió tal como sucedió: en el abandono, en la pobreza extrema. en el establo-gruta, fuera de la ciudad, porque los hombres, en la ciudad, no quisieron acoger a la Madre y a José en ninguna de sus casas. En ninguna parte había sitio. Desde el comienzo, el mundo se ha revelado inhospitalario hacia Dios que debía nacer como Hombre

4. Reflexionemos ahora brevemente sobre el significado perenne de esta falta de hospitalidad del hombre respecto a Dios. Todos nosotros, los que aquí estamos, queremos que sea diversamente. Queremos que a Dios, que nace como hombre, le esté abierto todo en nosotros los hombres. Con este deseo hemos venido aquí.

Pensemos por tanto esta noche en todos los hombres que caen víctima de la humana inhumanidad, de la crueldad, de la falta de todo respeto, del desprecio de los derechos objetivos de cada uno de los hombres. Pensemos en aquellos que están solos, en los ancianos, en los enfermos; en aquellos que no tienen casa, que sufren el hambre y cuya miseria es consecuencia de la explotación y de la injusticia de los sistemas económicos. Pensemos también en aquellos, a los que no les está permitido esta noche participar en la liturgia del nacimiento de Dios y que no tienen un sacerdote que pueda celebrar la Misa. Vayamos también con el pensamiento a aquellos cuyas almas y cuyas conciencias se sienten atormentadas no menos que su propia fe.

El establo de Belén es el primer lugar de la solidaridad con el hombre: de un hombre para con otro y de todos para con todos, sobre todo con aquellos para quienes «no hay sitio en el mesón» (cf. Lc 2, 7), a quienes no se les reconocen los propios derechos.

5. El Niño recién nacido llora.

¿Quién siente el vagido del Niño?

Pero el cielo habla por El y es el cielo el que revela la enseñanza propia de este nacimiento. Es el cielo el que la explica con estas palabras:

«Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» (Lc 2, 14).

Es necesario que nosotros, impresionados por el hecho del nacimiento de Jesús, sintamos este grito del cielo.

Es necesario que llegue ese grito a todos los confines de la tierra, que lo oigan nuevamente todos los hombres.

Un Hijo se nos ha dado.

Cristo nos ha nacido. Amén.

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana

 

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