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VISITA A LA PARROQUIA ROMANA DE SANTA MARÍA LIBERADORA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 14 de enero de 1979

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Hemos escuchado la Palabra de Dios en la liturgia de hoy, que nos habla con el lenguaje del Libro de Samuel, de la Carta de San Pablo a los corintios y del Evangelio de San Juan. A pesar de que estos lenguajes que hemos oído sean muy diversos, la Palabra de Dios en este domingo nos habla sobre todo de un tema: "la vocación", la "llamada". Esto se acentúa en la descripción contenida en el Libro de Samuel: Dios llama por su nombre a un joven; lo llama con voz perceptible, pronunciando su nombre. Samuel oye la voz y despierta tres veces del sueño, y por tres veces no logra comprender de quién es la voz que lo llama por su nombre. Sólo la cuarta vez, aleccionado por Helí, da una respuesta oportuna: «Habla Yavé, que tu siervo escucha» (1Sam 3, 9).

Este pasaje del Libro de Samuel nos permite comprender más a fondo la vocación de los primeros Apóstoles: de Andrés y de Pedro, llamados por Jesucristo. También ellos aceptan la llamada, siguen a Jesús; primero Andrés que anuncia a su hermano: «Hemos hallado al Mesías»; luego, a su vez, Simón, a quien Jesús, en este primer encuentro, predice su nuevo nombre: «Cefas» («que quiere decir Pedro», Jn 1, 42).

Cuando seguimos después el pensamiento que expone San Pablo en su Carta a los corintios, nuestro tema parece abrirse a una dimensión ulterior. El Apóstol escribe a los destinatarios de su Carta: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que, por tanto, no os pertenecéis? Habéis sido comprados a gran precio» (1Cor 6, 19-20).

Dios que llama al hombre a su servicio y le asigna una tarea, tiene sobre él un derecho fundamental. Solamente El tiene tal derecho, porque es Creador y Redentor de cada uno de nosotros. Si nos llama, si nos invita a seguir un determinado camino, lo hace para que no desvirtuemos su obra, para que respondamos con nuestra misma vida al don que recibimos de El, para que vivamos de manera digna del hombre que es "templo de Dios", para que seamos capaces de cumplir el deber particular que quiere confiarnos.

2. La parroquia, que es —según afirma el Concilio Vaticano II— «como la célula» de la diócesis (cf. Apostolicam actuositatem, 10), es precisamente el ambiente en el que el cristiano debe sentir la llamada que le dirige Dios, acogerla y realizarla: y en esto le ayudan ciertamente la fe y la vida de fe de toda la comunidad parroquial. Vida de fe que comienza en la familia, inserta dinámicamente en la parroquia, y que se desarrolla desde el bautismo hasta el encuentro con Cristo en la muerte, siguiendo el principio de estrecha colaboración entre familia y parroquia, que cooperan juntamente a la formación del cristiano consciente y maduro.

He aquí, pues, la necesidad insuprimible de la catequesis parroquial, que integra y completa la enseñanza de la religión impartida en la escuela, y vincula los conocimientos religiosos con la vida sacramental.

Exactamente en este contexto, cada uno de los feligresa: —especialmente si son jóvenes— deben hacerse, con plena conciencia, la pregunta fundamental de su propia existencia cristiana: «¿A qué me llama Dios?». Podrá ser la llamada a una determinada profesión puesta al servicio de los otros y de la sociedad, como médico, maestro, abogado, profesional, obrero...; o la vocación a la vida familiar, mediante el sacramento del matrimonio: o, para algunos la llamada al servicio exclusivo de Dios, como —nos lo recuerda la liturgia de hoy— sucedió a Samuel, Andrés. Simón. Pero toda la vida del hombre cristiano, fruto del amor infinito de Dios Padre, es una "vocación". que abraza las diversas etapas de la existencia y da sentido a las diversas situaciones, incluso al sufrimiento, a la enfermedad, a la vejez. Siempre y en todas las circunstancias. el cristiano debe saber repetir con fe y convicción, las palabras del joven Samuel: «Habla, Yavé, que tu siervo escucha» (1Sam 3. 9)‑

3. Querría que tan impresionante y generosa disponibilidad a la llamada de Dios estuviese siempre presente en cada uno de los numerosísimos fieles de esta parroquia, para formar una comunidad cristiana viva, alegre y orgullosa de saber decir "sí" a Cristo y a la Iglesia.

Mi pensamiento afectuoso se dirige, en primer lugar, al párroco y a sus colaboradores, que dedican con abnegación sus energías al bien de la parroquia; se dirige a los niños, que nos ofrecen consuelo y esperanza; a los adolescentes, que comienzan los primeros, y quizá también difíciles pasos hacia los compromisos de la vida; a los jóvenes, que buscan la alegría, la plenitud de la alegría; a los adultos, anhelantes de contribuir con todas sus fuerzas a la construcción de una sociedad más justa y más serena; a los padres y madres, que quieren conservar y reavivar la fuerza de su unión indisoluble; a los enfermos, que sufren en el cuerpo y en el espíritu; a los ancianos, deseosos de comprensión, de afecto y de merecido respeto.

Un recuerdo y un saludo particular a los religiosos y religiosas que desarrollan su meritorio apostolado dentro de los límites de esta parroquia: a los salesianos de Don Bosco, que desde hace 75 años trabajan en el barrio Testaccio, con dedicación incansable; a las Hijas de la Divina Providencia; a las Hijas de María Auxiliadora; a la comunidad de la congregación de las Hermanas Maestras de Santa Dorotea Hijas del Sagrado Corazón.

4. Vuestra parroquia, queridos hermanos y hermanas, está dedicada a Santa María Liberadora: desde lo alto del altar mayor sonríe su imagen, fragmento de un fresco antiquísimo que pertenecía a la iglesia de "Santa María Liberadora en el Foro Romano", del que se tienen noticias a partir del siglo XII.

Este título, con el que invocáis a la Virgen Santísima, es muy significativo: el hombre aprecia mucho la libertad; pero al mismo tiempo no sabe disfrutar de ella con frecuencia. Muchas veces el uso ilícito de la libertad hace que el hombre la pierda; deja de ser libre.

Cristo nos enseña el uso recto y perfecto de la libertad. De esto era consciente, de modo particular, San Pablo cuando escribía a los gálatas: «Para que gocemos de libertad, Cristo nos ha hecho libres» (Ga 5, 1).

La Madre de Cristo coopera con su Hijo en esta gran obra que El quiere llevar a cabo en cada uno de nosotros. Y lo hace a estilo materno, y con un amor tan grande como sólo la madre lo puede expresar.

Queridos hermanos y hermanas:

Confiemos nuestra libertad a Maria. Ella nos ayudará a descubrir el auténtico bien que encierra la libertad.

Ella nos ayudará a usar mejor de la libertad: Ella que "libera" como hace cada madre. Sabemos bien que muchas veces Ella, que es la sabiduría misma, presiente todo lo que tiene poder para paralizarnos, envilecernos, humillarnos, y levanta las grandes cargas de nuestro corazón.

Tal vez basta una palabra suya, una mirada, una sonrisa.

Ella "libera" con bondad, a estilo materno.

El hombre, caído en lo más profundo y "enredado" por muchos lazos, necesita la seguridad de que hay Alguien que piensa en él como en su propio hijo; Alguien ante quien no ha perdido su valor.

Es la Madre que "libera" mediante el amor.

Te ruego, Madre de Dios, Patrona de esta parroquia: muéstrate liberadora para todos tus hijos y tus hijas.

¡Santa María Liberadora, ruega por nosotros.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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