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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

MISA PARA LOS FIELES DE KINSHASA
Y ORDENACIÓN DE OCHO NUEVOS OBISPOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 4 de mayo de 1980

 

Queridos hermanos en Cristo:

En este día tan gozoso, en esta circunstancia solemne me dirijo ante todo a quienes vais a recibir la gracia del Episcopado:

"No os llamo siervos... os digo amigos" (Jn 15, 15). Así les dijo Cristo a sus discípulos y así os lo digo yo a vosotros.

1. Desde hace tiempo, estáis íntimamente asociados a la vida de Cristo. Vuestra fe se ha desarrollado en este suelo africano, en vuestra familia o en vuestra comunidad cristiana y ha producido sus frutos. Habéis seguido luego a Cristo, que os invitaba a consagraros enteramente a su misión. Habéis recibido el sacerdocio ministerial de presbíteros para ser dispensadores de los misterios de Dios. Y os habéis esforzado en ejercerlos con acierto y valentía.

Y he aquí que habéis sido elegidos para "apacentar el rebaño del que el Espíritu Santo os ha hecho guardianes", como dijo San Pablo a los presbíteros de Efeso, para ser obispos que presidan su grey en nombre y en lugar de Dios, caminando al frente de ella. Habéis recibido como también dice San Ignacio de Antioquía, "el ministerio de la comunidad". Por eso, como los Apóstoles, os habéis enriquecido por Cristo con una efusión especial del Espíritu Santo, que hará fecundo vuestro ministerio (cf. oración de la unción de los obispos); habéis sido investidos de la plenitud del sacerdocio, sacramento que imprime en vosotros su carácter sagrado; así, de modo eminente y visible, ocupáis el lugar de Cristo mismo, Doctor, Sacerdote y Pastor (cf. Lumen gentium, 20-21). ¡Dad gracias al Señor!, y cantad: ¡Aleluya!

Es esto un motivo de gozo y un honor para las comunidades donde tenéis vuestros orígenes o que os reciben como Pastores, para Zaire, Burundi, Sudán, Yibuti y también para las comunidades religiosas que os han formado. Habéis sido "escogidos entre los hombres en favor de los hombres e instituidos para las cosas que miran a Dios" (Heb 5, 1). ¡El que las jóvenes Iglesias vean a sus hijos asumir la obra de evangelización y llegar a ser los obispos de sus hermanos, es una señal especialmente elocuente de la madurez y de la autonomía de esas Iglesias! En este día, procuremos también no olvidar los méritos de todos los precursores que han preparado, de lejos o de cerca, estos nuevos responsables y, en especial los sacerdotes y los obispos misioneros. Por ellos también, demos gracias al Señor.

2. Es Cristo resucitado, glorificado por la mano de Dios y puesto por su Padre en posesión del Espíritu Santo prometido (cf. Hch 2, 23); ese Cristo, que contemplamos con especial júbilo en este tiempo pascual; es El, quien actúa en nuestro ministerio. Porque El es el Principio, El es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1, 18). En el Espíritu Santo, Cristo prosigue su obra por medio de aquellos a quienes ha constituido Pastores y que no cesan de transmitir ese don espiritual mediante la imposición de las manos. Ellos son "los sarmientos por los que se transmite la simiente apostólica"(cf. Lumen gentium, 20, citando a Tertuliano). Así, se continúa la línea del Episcopado, sin interrupción, desde los orígenes. Vosotros, por tanto, entráis en el Colegio Episcopal que sucede al Colegio de los Apóstoles. Trabajaréis al lado de vuestros mayores, con vuestros mayores. Más de cincuenta zaireños han sido ya agregados al cuerpo de los obispos desde la primera ordenación episcopal en 1956 y los otros países aquí representados están en una situación parecida. Trabajaréis en comunión con vuestros hermanos esparcidos por el universo entero y que forman un todo en Cristo, unidos en torno al Obispo de Roma, sucesor de Pedro. Estaréis tanto más adheridos a esa comunión indispensable cuanto que habéis sido ordenados por aquel a quien el Espíritu Santo ha confiado, como a Pedro, el encargo de presidir la unidad. Sí; dad gracias al Señor. Y cantad: ¡Aleluya!

3. Recibís una gracia muy grande para ejercer una función pastoral exigente. Conocéis los tres aspectos que se designan habitualmente como "el magisterio doctrinal, el sacerdocio del culto sagrado, el ministerio de gobierno" (cf. Lumen gentium, 20). La Constitución conciliar Lumen gentium (núms. 18-27) y el Decreto Christus Dominus (núms. 11-19) siguen siendo la carta de vuestro ministerio, que os convendrá meditar frecuentemente. L

Sois ante todo responsables de la predicación del Evangelio, cuyo libro va a ser impuesto sobre vuestra cabeza durante la oración consagrante y colocado después en vuestras manos. Aquí, en África, se pide ante todo a los hombres de Iglesia: dadnos la Palabra de Dios. Sí; es una cosa maravillosa ver la sed de Evangelio que tienen vuestros compatriotas; ellos saben, ellos presienten que es un mensaje de vida. Por eso, no estaréis solos. Vuestros sacerdotes, vuestros diáconos, vuestros religiosos y religiosas, vuestros catequistas, vuestros laicos son también evangelizadores muy meritorios, cotidianos, tenaces, muy cercanos al pueblo y, a veces, incluso pioneros en los lugares o en los ambientes donde el Evangelio no ha penetrado todavía plenamente. Vuestro papel será el de sostener su celo, armonizar su apostolado, vigilar para que el anuncio, la predicación y la catequesis sean fieles al sentido auténtico del Evangelio y a toda la doctrina, dogmática y ética, que la Iglesia ha desarrollado a lo largo de sus veinte siglos, partiendo del Evangelio. Os convendrá, al trismo tiempo, procurar que ese mensaje llegue realmente a los corazones y transforme las conductas, empleando el lenguaje adecuado a vuestros fieles africanos. Como va a deciros la liturgia, oportuna e importunamente, "predicad vosotros mismos la Palabra de Dios con una gran paciencia y la preocupación de instruir". Vosotros estáis en el primer puesto entre los testigos de la verdad divina y católica.

Recibís la misión de santificar al Pueblo de Dios. En este sentido, sois padres y transmitís la vida de Cristo por medio de los sacramentos que celebráis, o confiáis a vuestros sacerdotes su administración regular, digna y fecunda. Interesaos en preparar a vuestros fieles para estos sacramentos y en animarles a vivir en ellos con perseverancia. Que vuestra oración no deje de acompañar a vuestro pueblo por los caminos de la santidad. Contribuid a preparar, con la gracia del Señor, una Iglesia sin tacha y sin arruga, de la que es símbolo la nueva Jerusalén de que nos habla el Apocalipsis. "la esposa ataviada para su Esposo" (Ap 21, 21.

4. Por último, recibís el gobierno pastoral de una diócesis, o participaréis en ella como obispo auxiliar. Cristo os da autoridad para exhortar, para distribuir los ministerios y los servicios, a medida de las necesidades y capacidad, para vigilar su cumplimiento, traer al redil con misericordia a quienes se han alejado, velar por todo el rebaño y defenderlo, como decía San Pablo (Hch 20, 29-31), suscitar un espíritu cada vez más misionero. Buscad en todo la comunión y la edificación del Cuerpo de Cristo. Con toda razón lleváis sobre vuestra cabeza el emblema de jefe y en la mano el báculo de Pastor. Acordaos que vuestra autoridad, según Jesús, es la de Buen Pastor que conoce a sus ovejas y está atento a cada una de ellas; la de Padre que se impone por su espíritu de amor y dedicación; la de administrador, siempre dispuesto a dar cuentas a su señor; el de "ministro", que está en medio de los suyos "como quien sirve" y dispuesto a dar su vida. La Iglesia ha recomendado siempre al jefe de la comunidad cristiana un cuidado particular por los pobres, los débiles, los que sufren, los marginados de toda clase. Ella os pide que prestéis una ayuda especial a vuestros compañeros de servicio que son los sacerdotes y los diáconos; los cuales son vuestros hermanos, hijos, amigos (cf. Christus Dominus, 16).

La función puntual que os ha confiado, requiere de vosotros, además de la autoridad, la prudencia y sabiduría de los "ancianos"; espíritu de equidad y paz; la fidelidad a la Iglesia, cuyo símbolo es vuestro anillo; una pureza ejemplar de doctrina y de vida. Se trata en definitiva de conducir a los clérigos, religiosos y laicos hacia la santidad de nuestro Señor; se trata de ayudarles a vivir el mandamiento nuevo del amor fraternal, que Jesús nos dejó corno testamento (Jn 13, 24). Por eso, el reciente Concilio recuerda a los obispos el deber primordial de "ser ejemplo de santidad, por su caridad, su humildad y la sencillez de su vida"(cf. ib., 15). San Pedro escribía a los "ancianos'": "Apacentad el rebaño de Dios... según Dios... sirviendo de ejemplo al rebaño" (1 Pe 5. 2-5).

5. Así, proveeréis al bien de las almas, a su salvación. Así, proseguiréis la edificación de la Iglesia, tan bien implantada ya en el corazón de África y especialmente en cada uno de vuestros países. Así, podéis aportar una parte valiosa a la vitalidad de la Iglesia universal. llevando conmigo y con el conjunto de los obispos la solicitud de todas las Iglesias.

Además, formando las conciencias según la ley de Dios y educándolas en orden a las responsabilidades y a la comunión en la Iglesia, contribuiréis a formar ciudadanos honrados y valientes como el país los necesita; enemigos de la corrupción, de la mentira y de la injusticia; artífices de la concordia y del amor fraternal sin frontera, preocupados de un desarrollo armonioso principalmente entre las categorías más pobres. Haciendo esto, ejercéis vuestra misión que es de orden espiritual y moral; misión que os permitirá pronunciaros sobre los aspectos éticos de la sociedad, cada vez que los derechos fundamentales de las personas, las libertades fundamentales y el bien común lo exijan. Todo ello, dentro del respeto a las autoridades civiles, las cuales, en el plano político y en la búsqueda de medios para promover el bien común, tienen sus competencias y sus responsabilidades específicas. Así, prepararéis en profundidad el progreso social, el bienestar y la paz de vuestra querida patria y mereceréis la estima de vuestros conciudadanos. Sois aquí los pioneros del Evangelio y de la Iglesia, y al mismo tiempo los pioneros de la historia de vuestro pueblo.

6. Queridísimos hermanos: ese ideal no debe asustaros. Al contrario, debe animaros y serviros de trampolín de esperanza. Ciertamente, llevamos este tesoro en vasos de arcilla (cf. 2 Cor 4, 7), incluido quien os habla y al que se le reserva el nombre de "Santidad". ¡Hace falta mucha humildad para llevar este nombre! Pero sometiendo humildemente toda vuestra persona a Cristo que os llama a representarle, estáis seguros de su gracia, de su fuerza, de su paz. Como San Pablo, "yo os encomiendo al Señor y a la palabra de su gracia" (Hch 20, 32). ¡Que Dios sea glorificado en vosotros!

7. Y ahora, me dirijo más concretamente a todos cuantos os rodean con su simpatía y sus oraciones. Queridos hermanos y hermanas de Kinshasa, de Zaire, de Burundi, de Sudán, de Yibuti: acoged con gozo a estos nuestros hermanos que van a ser vuestros Padres y Pastores. Tened para ellos el respeto, el afecto, la obediencia que debéis a los ministros de Cristo, que es verdad, vida y camino. Escuchad su testimonio, porque vienen a vosotros como primeros testigos del Evangelio. Su mensaje es el mensaje de Jesucristo. Abrid vuestras almas a las bendiciones de Cristo, a la vida de Cristo que ellos os traen. Seguid los caminos que os tracen, a fin de que vuestra conducta sea digna de los discípulos de Cristo. Rogad por ellos. Con ellos, vais a edificar la Iglesia de África, a desarrollar las comunidades cristianas, en estrecha comunión con la Iglesia universal, cuya savia habéis recibido y continuáis recibiendo, en relación confiada con la Sede de Pedro, principio de unidad; pero con el vigor y las riquezas espirituales y morales que el Evangelio habrá hecho surgir de vuestras almas africanas.

Por Providencia divina este honor ha cabido también a África de lengua francesa, y concretamente a Sudán. En la persona del nuevo obispo auxiliar de Tuba felicito a toda la archidiócesis y a todos los hijos e hijas de la Iglesia que está en esas tierras. Gracia y paz a todos vosotros en Jesucristo, el Hijo de Dios, en Jesucristo Buen Pastor, cuya solicitud pastoral se continúa por el ministerio de los obispos en toda la Iglesia. Esté siempre, ahora y siempre, en vuestros corazones el amor del Salvador.

Y a vosotros, queridos amigos que no compartís la fe cristiana, pero habéis querido acompañar a los católicos en esta celebración litúrgica, yo os doy las gracias y os invito también a que acojáis a los nuevos obispos como jefes religiosos, como defensores del hombre, como artífices de la paz.

Y ahora, preparémonos para el rito de la ordenación. Como el Apóstol Pablo con los ancianos de Efeso, a los que iba a hacer recomendaciones urgentes, nosotros vamos a rezar. ¡Bendito sea el Señor que prolonga así su obra entre nosotros! ¡Que todos los Apóstoles intercedan por nosotros! ¡Que la Virgen María, la Madre del Salvador, la Madre de la Iglesia, la Reina de los Apóstoles, interceda por nosotros! A Ella consagramos estos nuevos servidores de la Iglesia. ¡Demos gracias al Señor, en la fe, la caridad y la esperanza! Amén. Aleluya.

* * *

Antes de terminar esta liturgia solemne, séame permitido dar las gracias de modo muy especial al Presidente de la República del Zaire, a los miembros del Gobierno y al Cuerpo Diplomático, en nombre de la Iglesia del Zaire y en nombre también de la Iglesia universal. La paz y la bendición del Señor sean siempre con vosotros.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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