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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN LA ISLA DE GUAM

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Confluencia de las plazas de España y Skinner
Lunes 23 de febrero de 1981

Queridos hermanos y hermanas:

1. "Existe un mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos.." (1 Tim 2, 5). En estas palabras de la segunda lectura de hoy se halla expresada, con fuerza y claridad, la razón de nuestro encuentro. Dios, nuestro Padre amoroso, ha manifestado su gran cuidado por nosotros, sus hijos, permitiendo a su propio Hijo ser nuestra redención y constituyéndolo, de este modo, único mediador de la nueva y eterna alianza. Sentado a la derecha del Padre, Cristo ejerce una misión universal de salvación, misión que se extiende a toda la Iglesia.

2. Por ello a la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, ha sido encomendada la misión de proclamar el Evangelio que tiene dimensiones universales. Pues en la misteriosa providencia de Dios, la Iglesia ha sido llamada a participar en la obra de la salvación, a fin de que pueda cumplirse en todo el mundo el deseo del Salvador de que "todos los hombres sean salvos" (1 Tim 2, 4).

Algunas veces esta tarea parece abrumadora, pero entonces la Iglesia percibe que la palabra puesta en sus labios es la llave para entender el significado de nuestra existencia terrestre. De este modo, una alegría incomparable invade el corazón de los sacerdotes, religiosos y laicos cuando vuelve a escucharse en nuestra época el mandato del Divino Maestro: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura" (Me 16, 15).

Sí, bajo la guía del Espíritu Santo, siempre presente para consolar e inspirar, la Iglesia proclama, primero a la comunidad cristiana y luego a toda la humanidad, la alegre noticia de que Jesús es nuestra paz, Jesús es nuestra esperanza, Jesús es el camino hacia la vida duradera.

3. La evangelización es el centro de la actividad de la Iglesia en el mundo. Aquí reside su vocación, comienza su tarea, se concreta su desafío más grande. Mi predecesor Pablo VI desarrolló de forma elocuente este punto en su Exhortación Apostólica sobre la evangelización: "La Iglesia permanece en el mundo hasta que el Señor de la gloria vuelva al Padre. Permanece como un signo, opaco y luminoso al mismo tiempo, de una nueva presencia de Jesucristo, de su partida y de su permanencia. Ella lo prolonga y lo continúa. Ahora bien, es ante todo su misión y su condición de evangelizador lo que ella está llamada a continuar" (Evangelii nuntiandi, 15).

4. La Iglesia transmite al mundo una fe "viva", pues cuando predica, enseña o bautiza, Cristo se hace presente en este acontecimiento. De este modo, el Evangelio que ha de proclamarse es siempre algo nuevo que toca a cada una de las generaciones sucesivas con su lozanía y su vitalidad y que invita a cada uno a una relación profundamente personal con Cristo. Esta cualidad dinámica del Evangelio no cesa jamás, pues el creyente es invitado a un cambio continuo de mente y de corazón a fin de conformarse cada vez más fielmente a la mente y al corazón de Cristo. Pero por otra parte, ¡qué gran privilegio para aquellos que son llamados a ser heraldos del Evangelio! ¡Qué satisfacción tan extraordinaria se siente comunicando Cristo a los otros!

5. Desde mi llegada a Guam, me he referido a la deuda de gratitud que tenemos con el espíritu evangelizador de aquellos que han trabajado con dedicación desinteresada en la transmisión de la fe de Cristo. El vigoroso testimonio de misioneros como el p. Luis Diego San Vítores, por ejemplo, continúa inspirándonos hoy. ¡Y qué maravillosa fue la respuesta de los que oyeron la Palabra de Dios a través de la predicación de loa misioneros! Con la celebración de la primera Misa en este lugar el año 1521, la semilla de la fe comenzó a echar raíces en los corazones de la gente de Chamorro. En 1668, el aprecio por el Evangelio se manifestó en el generoso don del Jefe Quipuha, que regaló el terreno sobre el cual fue construida la primera catedral. Aquella catedral se convirtió en un símbolo de la animosa perseverancia de la fe del pueblo, obligado a reconstruir su iglesia en varias ocasiones, la última no hace mucho. Sí, la historia de la fe en Guam ofrece un ejemplo distinguido en el testimonio fiel de los hombres y mujeres que han vivido el Evangelio de obra y de palabra durante más de tres siglos; un testimonio que alcanza a esta misma asamblea litúrgica.

6. Pero no podemos contentarnos con el orgullo que sentimos ante esta gloriosa herencia del pasado; hemos de volver nuestra atención a las exigencias del momento presente. Nuestro Credo no puede ser considerado como una preciosa reliquia de familia que sólo sirve para ser admirada de cuando en cuando, pero que luego se oculta para poder conservarla. Nuestro "amén" a lo que creemos ha de hallar expresión, más bien, en la puesta en práctica de nuestra fe en la vida diaria.

Por ello no podemos limitar nuestra idea de la evangelización a la simple difusión de la fe por las diferentes zonas geográficas del mundo o en las diversas culturas. Hemos de comprender, asimismo, que la tarea de la evangelización alcanza a cada uno de los aspectos de la vida humana, "llegando a afectar los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación" (Evangelii nuntiandi, 19).

En este sentido deseo subrayar el papel esencial que desempeña la familia en el trabajo de la evangelización. La familia, tal y como nos ha enseñado el Concilio Vaticano II, es una "íntima comunidad de vida y amor" (Gaudium et spes, 48). Los esposos, al conformar su amor conyugal según el ejemplo de Cristo, cultivan en sus casas los valores cristianos de ternura, compasión, paciencia y comprensión; estos valores, por su parte, darán origen a un estilo de vida que, por sí mismo, comunica el mensaje del Evangelio; serán inculcados y alimentados en los hijos que hayan nacido de este amor matrimonial. La familia se convierte, de este modo, en la primera escuela de vida cristiana donde se fomenta un amor a Cristo, a su Iglesia y a la vocación a la santidad.

Al mismo tiempo, también son las familias el lugar donde se realiza el necesario crecimiento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Los padres deberían prestar atención a los primeros signos de tales vocaciones y rogar para que, con la gracia de Dios, su hijo o hija persevere en la llamada. ¡Qué mayor bendición puede recibir una familia que la de ver cómo sus esfuerzos por vivir el Evangelio son coronados por el éxito al contar entre sus miembros a alguien que dedique su vida a la predicación y la enseñanza de la Buena Noticia!

7. Sobre todos los bautizados "ha alboreado la gloria del Señor" (Is 60, 1), impulsando a cada uno de los creyentes a difundir esta luz siempre y en todo lugar. La luz del Evangelio no puede ser apagada a pesar de que las tinieblas dominen los valores y prioridades del mundo. Pero en la perseverancia y la oración el fiel recibe la gracia de reflejar la verdad que es Cristo para que "se manifieste su gloria" (Is 60, 2). Mantengámonos, pues, firmes en la fe, modelando nuestras vidas según el ejemplo de aquellos distinguidos evangelizadores que nos han precedido. No demos nunca lugar al desánimo o al desaliento, pues Cristo está con nosotros para confirmar y afianzar cada uno de nuestros esfuerzos por el Evangelio.

8. Aquí, en la Eucaristía, celebramos la realidad profunda de la universalidad de la Iglesia. Al entregar su cuerpo y su sangre para que nosotros podamos participar de ellos, Jesús nos impulsa, al mismo tiempo, a alargar nuestras manos y a aceptar a todos los hombres y mujeres como hermanos y hermanas. Así, pues, nuestra comunión en Cristo nos lleva a compartir con todos el misterio maravilloso de la vida de Cristo que nos ha sido entregada. Recibiendo el Pan de vida, nos empeñamos con Cristo en el objetivo de que "todos los hombres sean salvos" (1 Tim 2, 4).

Al acercarnos una vez más al sacratísimo momento en que el pan y el vino se transforman en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Salvador, renovemos nuestro compromiso por llevar la presencia de su Palabra a nuestros hogares y comunidades, oficinas y lugares de trabajo, adondequiera que vayamos y hagamos lo que hagamos. Y, penetrados por el calor del amor eucarístico de Cristo, procuremos buscar caminos más efectivos para proclamar el mensaje de este amor a todos aquellos a quienes encontremos.

Hermanos y hermanas míos: Permitid que la luz del Evangelio de Cristo brille en vuestras palabras y acciones. Levantad vuestros ojos a Jesús, haciendo que, de este modo, el mundo fije su atención en El. Estad siempre alegres y confiados en que Jesús está con su Iglesia, que su oración será atendida, que El lo hace todo nuevo. Y así, con "corazones palpitantes y ensanchados" (cf. Is 60, 5) entonemos nuestras alabanzas al Padre por el amor que ha infundido en nosotros en Cristo Jesús, su Hijo, "que se entregó a sí mismo para redención de todos" (1 Tim 2, 5). Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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