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BEATIFICACIÓN DE  LOS SIERVOS DE DIOS
VILMOS APOR,
JUAN BAUTISTA SCALABRINI
Y MARÍA VICENTA CHÁVEZ

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 
Plaza de San Pedro
Domingo 9 de noviembre de 1997

 

1. «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19).

Las palabras de Cristo, que acabamos de proclamar en el Evangelio, nos llevan al centro mismo del misterio pascual. Habiendo entrado en el templo de Jerusalén, Cristo manifiesta su indignación porque la casa de su Padre había sido transformada en un gran mercado. Ante esta reacción, los judíos protestan: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» (Jn 2, 18). Jesús les responde, indicándoles un único y grandísimo signo, un signo definitivo: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré».

No se refiere, naturalmente, al templo de Jerusalén, sino al de su propio cuerpo. En efecto, entregado a la muerte, al tercer día manifestará la fuerza de la resurrección. El evangelista añade: «Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús» (Jn 2, 22).

2. Este domingo, la Iglesia que está en Roma y todo el pueblo cristiano celebran la solemnidad de la dedicación de la basílica lateranense, a la que una antiquísima tradición considera la madre de todas las iglesias. La liturgia nos propone palabras relativas al templo: templo que es, ante todo, el cuerpo de Cristo, pero que, por obra de Cristo, es también todo hombre. Se pregunta el apóstol Pablo: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1Co 3, 16). Este templo se levanta sobre el cimiento puesto por Dios mismo. «Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo» (1Co 3, 11). Él es la piedra angular de la construcción divina.

Sobre Cristo, cimiento firme de la Iglesia, edificaron el templo de su vida los tres siervos de Dios, a quienes hoy tengo la alegría de elevar a la gloria de los altares: Vilmos Apor, obispo y mártir; Juan Bautista Scalabrini, obispo y fundador de los Misioneros y las Misioneras de San Carlos; y María Vicenta de Santa Dorotea Chávez Orozco, fundadora del instituto de las Siervas de la Santísima Trinidad y de los Pobres.

3. La íntima participación en el misterio de Cristo, nuevo y perfecto Templo en el que se actúa la plena comunión entre Dios y el hombre (cf. Jn 2, 21), resplandece en el servicio pastoral del beato Vilmos Apor, cuya existencia fue coronada por el martirio. Fue el «párroco de los pobres», ministerio que prosiguió como obispo durante los a os oscuros de la segunda guerra mundial, trabajando como generoso bienhechor de los necesitados y defensor de cuantos eran perseguidos. No tuvo miedo de alzar su voz para condenar, en nombre de los principios evangélicos, las injusticias y los abusos contra las minorías, especialmente contra la comunidad judía.

A imagen del buen Pastor que ofrece su vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11), el nuevo beato vivió profundamente su adhesión al misterio pascual hasta el supremo sacrificio de su vida. Le asesinaron precisamente el Viernes santo: fue herido de muerte mientras defendía a su grey. Así, mediante el martirio, experimentó su propia y singular Pascua, pasando del testimonio heroico de amor a Cristo y de solidaridad con sus hermanos, a la corona de gloria prometida a los servidores fieles. El testimonio heroico del obispo Vilmos Apor honra la historia de la noble nación húngara, y se propone hoy a la admiración de toda la Iglesia. Ojalá que anime a los creyentes a seguir sin titubeos a Cristo en su propia vida. ¡Esta es la santidad a la que todo bautizado está llamado!

4. «El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros» (1Co 3, 17). Juan Bautista Scalabrini sintió y vivió constantemente la vocación universal a la santidad. Le gustaba repetir: «¡Ojalá pudiera santificarme y santificar a todas las almas que se me han encomendado!». Anhelar la santidad y proponerla a cuantos encontraba fue siempre su primera preocupación.

Profundamente enamorado de Dios y extraordinariamente devoto de la Eucaristía, supo traducir la contemplación de Dios y de su misterio en una intensa acción apostólica y misionera, haciéndose todo para todos a fin de anunciar el Evangelio. Su ardiente pasión por el reino de Dios hizo que fuera celoso en la catequesis, en las actividades pastorales y en la acción caritativa, especialmente con los más necesitados. El Papa Pío XI lo definió el Apóstol del catecismo por el empeño con el que promovió en todas las parroquias la enseñanza metódica de la doctrina de la Iglesia, tanto para los ni os como para los adultos. Por su amor a los pobres y, en particular, a los inmigrantes, se hizo apóstol de sus numerosos compatriotas obligados a expatriar, a menudo en condiciones difíciles y con el peligro concreto de perder su fe: para ellos fue padre y guía seguro. Podemos decir que el beato Juan Bautista Scalabrini vivió intensamente el misterio pascual no a través del martirio, sino sirviendo a Cristo pobre y crucificado en los numerosos necesitados y personas que sufrían, a quienes amó con predilección en su corazón de auténtico pastor solidario con su propia grey.

5. Templo precioso de la santísima Trinidad fue el alma fuerte y humilde de la nueva beata mexicana, María Vicenta de Santa Dorotea Chávez Orozco. Impulsada por la caridad de Cristo, siempre vivo y presente en su Iglesia, se consagró a su servicio en la persona de los «pobrecitos enfermos», como ella maternalmente los llamaba. Un sinfín de dificultades y contratiempos fueron cincelando su carácter enérgico, pues Dios la quería sencilla, dulce y obediente para hacer de ella la piedra angular del instituto de Siervas de la Santísima Trinidad y de los Pobres, fundado por la nueva beata en la ciudad de Guadalajara para la atención de los enfermos y los ancianos.

Virgen sensata y prudente, edificó su obra sobre el cimiento de Cristo doliente, curando con el bálsamo de la caridad y la medicina del consuelo los cuerpos heridos y las almas afligidas de los predilectos de Cristo: los indigentes, menesterosos y necesitados.

Su ejemplo luminoso, entretejido de oración, servicio al prójimo y apostolado, se prolonga hoy en el testimonio de sus hijas y de tantas personas de buen corazón que trabajan con denuedo para llevar a los hospitales y a las clínicas la buena nueva del Evangelio.

6. La primera lectura, tomada del libro del profeta Ezequiel, habla del símbolo del agua. Para nosotros, el agua está asociada al sacramento del bautismo, y significa el renacimiento a la vida nueva en Cristo. Hoy, al proclamar beatos a Vilmos Apor, Juan Bautista Scalabrini y María Vicenta de Santa Dorotea Chávez Orozco, queremos agradecer a Dios la gracia de su bautismo y todo lo que realizó en sus vidas: «El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3, 5).

Estos beatos, renacidos por obra del Espíritu Santo, han entrado en el reino de Dios, y hoy la Iglesia lo anuncia y lo confirma con solemnidad. Edificada sobre el cimiento de Cristo, la comunidad cristiana se alegra por la exaltación de estos hijos suyos y eleva al cielo un cántico de acción de gracias por los frutos de bien realizados a través de su adhesión total a la voluntad divina.

Sostenida por su testimonio y su intercesión, junto a la Virgen María, Reina de los Apóstoles y de los Mártires, mira con confianza hacia el futuro, y se prepara con entusiasmo para cruzar el umbral del nuevo milenio, proclamando que Cristo es el único Redentor de la humanidad: ayer, hoy y siempre.

Amén.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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