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MISA DE IMPOSICIÓN DEL PALIO A 28 ARZOBISPOS METROPOLITANOS
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN
PABLO II
Solemnidad de san Pedro y san Pablo
Domingo 29 de junio de 1997
1. «Tú eres
Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18).
La
liturgia de la Palabra en esta solemnidad de san Pedro y san Pablo presenta dos
elementos que aparentemente se contradicen, pero que en realidad se complementan
recíprocamente. En efecto, por una parte, tenemos la extraordinaria vocación de
los apóstoles Pedro y Pablo; y, por otra, las dificultades que tuvieron que
afrontar en el cumplimiento de la misión que les confió el Señor.
En el pasaje
evangélico, Jesús dirige a Simón Pedro, en las cercanías de Cesarea de Filipo,
estas palabras: «Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la
tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará
desatado en el cielo» (Mt 16, 19). Cristo anuncia de esta manera la
institución de la Iglesia, fundándola en el ministerio de Pedro, que para
ella reviste, en consecuencia, un significado esencial y permanente.
Cuando
Jesús preguntó: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», los Apóstoles
le refirieron varias opiniones que circulaban entre los judíos. Pero cuando les
preguntó directamente: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,
15), Pedro respondió, en nombre de los Doce: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios
vivo» (Mt 16, 16).
Pedro hizo su profesión de fe en
Cristo y esa fe constituye el sólido fundamento del pueblo de la nueva alianza.
La Iglesia no es, ante todo, una estructura social; es la comunidad de los que
comparten la misma fe de Pedro y de los Apóstoles; la comunidad de los que
proclaman la única fe apostólica. Esta profesión común de fe representa la
auténtica razón de ser de la Iglesia como institución visible: motiva y sostiene
todos sus proyectos e iniciativas.
2. Hemos escuchado de nuevo estas palabras de Jesús en el día en
que recordamos con veneración a los santos apóstoles Pedro y Pablo. Los santos
Padres solían compararlos con dos columnas, sobre las que se apoya la
construcción visible de la Iglesia. Siguiendo la antigua tradición, la liturgia
los celebra juntos, recordando el mismo día su glorioso martirio: Pedro, cuya
tumba se encuentra en esta colina Vaticana, y Pablo, cuyo sepulcro se venera en
la vía Ostiense. Ambos sellaron con su sangre el testimonio que dieron de Cristo
con la predicación y el ministerio eclesial.
La liturgia de hoy subraya muy bien
este testimonio, y también permite vislumbrar la razón profunda por la cual
convenía que la fe profesada por los dos Apóstoles con sus labios fuera coronada
asimismo con la prueba suprema del martirio.
3. Esa razón se manifiesta en el
pasaje de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de proclamar, así como en el
salmo responsorial y en la lectura tomada de la carta a Timoteo, y la recuerda
de modo sintético el estribillo del salmo responsorial: «¡Bendito el Señor,
que libra a sus amigos!» (cf. Sal 33, 5).
La primera lectura recuerda
la liberación milagrosa de Pedro de la cárcel de Jerusalén, donde había sido
encerrado por el rey Herodes. En la segunda lectura, san Pablo, casi resumiendo
toda su actividad apostólica y misionera, afirma: «El Señor me libró de la boca
del león» (2Tm 4, 17). Esos testimonios muestran, en cierto sentido, el
camino común que recorrieron los dos Apóstoles. Ambos fueron enviados por Cristo
a anunciar el Evangelio en un ambiente hostil a la obra de la salvación. Pedro
experimentó esta resistencia ya en Jerusalén, donde Herodes, para granjearse el
favor de los judíos, lo encarceló con la intención de «ejecutarlo en público» (Hch
12, 4). Pero fue librado milagrosamente de las manos de Herodes, y así pudo
llevar a término su misión evangelizadora, primero en Jerusalén y luego en Roma,
poniendo todas sus energías al servicio de la Iglesia que nacía.
También san
Pablo, enviado por el Resucitado a muchas ciudades y poblaciones paganas,
pertenecientes al Imperio romano, encontró fuertes resistencias tanto por parte
de sus compatriotas como de las autoridades civiles. Sus cartas son un
testimonio espléndido de esas dificultades y del gran combate que tuvo que
librar por la causa del Evangelio.
Al final de su misión, pudo escribir: «Yo
estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He
librado bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe» (2Tm
4, 6-7).
San Pedro y san Pablo, cada uno con su historia personal y
eclesial, testimonian que, aun en medio de durísimas pruebas, el Señor no los
abandonó nunca. Estuvo con Pedro para librarlo de las manos de sus enemigos en
Jerusalén; estuvo con Pablo en sus continuos esfuerzos apostólicos, para darle
la fuerza de su gracia, a fin de convertirlo en intrépido heraldo del Evangelio
para bien de los gentiles (cf. 2 Tm 4, 17).
4. La Iglesia está llamada a
profundizar su vínculo con el testimonio de los apóstoles Pedro y Pablo. Al
celebrar esta solemnidad litúrgica, las comunidades cristianas de todo el mundo
fortalecen entre sí los vínculos de unidad fundados en la profesión de la misma
fe en Cristo y en la caridad fraterna. Signo elocuente de esa comunión eclesial
es el rito de la imposición del sagrado palio por parte del Sucesor de Pedro a
los nuevos arzobispos metropolitanos procedentes de diversas naciones.
Amadísimos hermanos en el
episcopado, me alegra acogeros en esta solemne celebración, durante la cual
recibiréis el palio como signo de unidad con la Sede de Pedro y de participación
en la misión, encomendada por Cristo a los Apóstoles y a sus sucesores, de
anunciar el Evangelio a todas las naciones. Asimismo, deseo saludar y abrazar
con afecto a las comunidades eclesiales confiadas a vosotros, pidiendo al Señor
para vuestros fieles la abundancia de los dones del Espíritu Santo.
5. El testimonio de fe y el arduo
combate que tuvieron que librar los apóstoles Pedro y Pablo a causa del
Evangelio, si los consideramos sólo desde una perspectiva humana, terminaron con
una derrota. También en esto siguieron fielmente el modelo de Cristo. En efecto,
siempre hablando humanamente, la misión de Cristo, condenado a muerte y
crucificado, terminó con una derrota.
Sin embargo, ambos Apóstoles,
teniendo su mirada fija en el misterio pascual, no dudaron de que precisamente
esa aparente derrota a los ojos del mundo, constituía en realidad el inicio de
la realización del plan de Dios. Era la victoria sobre las fuerzas del mal, que
obtuvo primero Cristo y, luego, sus discípulos, mediante la fe. La comunidad
entera de los creyentes se basa en el firme cimiento de la fe apostólica y da
gracias a Cristo por la sólida roca, sobre la que están construidas tanto su
vida como su misión.
El Señor, que hoy nos alegra con el
glorioso recuerdo de los apóstoles Pedro y Pablo, nos conceda escuchar con
corazón dócil, conservar con devoción y transmitir con fidelidad su enseñanza,
para que el anuncio evangélico llegue a todos los confines de la tierra. Amén.
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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