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 MISA DE APERTURA DE LA X ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA
DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS


 HOMILÍA DEL SANTO PADRE

 Domingo 30 de septiembre de 2001

 

1. "El obispo, servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo".

Sobre este tema se desarrollarán los trabajos de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, que estamos iniciando ahora en el nombre del Señor. Sigue a la serie de Asambleas especiales de carácter continental que tuvieron lugar como preparación del gran jubileo del año 2000. Todas esas asambleas se celebraron con la perspectiva de la evangelización, como lo testimonian las exhortaciones apostólicas postsinodales publicadas hasta ahora. En esa misma perspectiva se sitúa la actual Asamblea, que es continuación de las precedentes Asambleas ordinarias, dedicadas a las diversas vocaciones en el pueblo de Dios:  los laicos en 1987, los sacerdotes en 1990 y la vida consagrada en 1994. Al tratar sobre los obispos se completa el cuadro de una eclesiología de comunión y de misión, que debemos tener siempre ante los ojos.

Con gran alegría os acojo, amadísimos y venerados hermanos en el episcopado, llegados de todas las partes del mundo. El hecho de encontraros y trabajar juntos, bajo la guía del Sucesor de Pedro, manifiesta "que todos los obispos en comunión jerárquica participan en la solicitud por la Iglesia universal" (Christus Dominus, 5). Extiendo mi cordial saludo a los demás miembros de la Asamblea y a cuantos en los próximos días cooperarán para su eficaz desarrollo. De modo particular expreso mi agradecimiento al secretario general del Sínodo, el cardenal Jan Pieter Schotte, así como a sus colaboradores, que han preparado activamente esta reunión sinodal.

2. En la noche de Navidad de 1999, al inaugurar el gran jubileo, después de abrir la Puerta santa, la crucé teniendo entre las manos el libro de los Evangelios. Fue un gesto muy simbólico. En él podemos ver incluido, de algún modo, todo el contenido del Sínodo que hoy iniciamos y que tendrá como tema:  "El obispo, servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo".

El obispo es "minister, servidor". La Iglesia está al servicio del Evangelio. "Ancilla Evangelii":  así podría definirse evocando las palabras que pronunció la Virgen ante el anuncio del ángel. "Ecce ancilla Domini", dijo María; "Ecce ancilla Evangelii", sigue diciendo hoy la Iglesia.
"Propter spem mundi". La esperanza del mundo está en Cristo. En él las expectativas de la humanidad hallan un fundamento real y sólido. La esperanza de todo ser humano brota de la cruz, signo de la victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, de la verdad sobre la mentira, de la solidaridad sobre el egoísmo. Nosotros tenemos el deber de comunicar este anuncio salvífico a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

3. "Bienaventurados los pobres de espíritu".
La bienaventuranza evangélica de la pobreza, constituye un mensaje valioso para la Asamblea sinodal que estamos iniciando. En efecto, la pobreza es un rasgo esencial de la persona de Jesús y de su ministerio de salvación, y representa uno de los requisitos indispensables para que el anuncio evangélico sea escuchado y acogido por la humanidad de hoy.

La primera lectura, tomada del profeta Amós, y más aún la célebre parábola del "rico epulón" y del pobre Lázaro, narrada por el evangelista san Lucas, nos estimula, venerados hermanos, a examinarnos sobre nuestra actitud hacia los bienes terrenos y sobre el uso que se hace de ellos.
Se nos pide verificar hasta qué punto se está realizando en la Iglesia la conversión personal y comunitaria a una efectiva pobreza evangélica. Vuelven a la memoria las palabras del concilio Vaticano II:  "Como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está llamada a seguir ese mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación" (Lumen gentium, 8).

4. El camino de la pobreza es el que nos permitirá transmitir a nuestros contemporáneos "los frutos de la salvación". Por tanto, como obispos estamos llamados a ser pobres al servicio del Evangelio. Ser servidores de la Palabra revelada, que, cuando es preciso, elevan la voz en defensa de los últimos, denunciando los abusos de aquellos que Amós llama "descuidados" y "disolutos". Ser profetas que ponen en evidencia con valentía los pecados sociales vinculados al consumismo, al hedonismo, a una economía que produce una inaceptable brecha entre lujo y miseria, entre unos pocos "epulones" e innumerables "lázaros" condenados a la miseria. En toda época, la Iglesia ha sido solidaria con estos últimos, y ha tenido pastores santos que, como intrépidos apóstoles de la caridad, se han puesto de parte de los pobres.

Pero para que la voz de los pastores sea creíble, es necesario que ellos mismos den prueba de una conducta alejada de intereses privados y solícita hacia los más débiles. Es necesario que sean ejemplo para la comunidad que se les ha confiado, enseñando y sosteniendo ese conjunto de principios de solidaridad y de justicia social que forman la doctrina social de la Iglesia.

5. "Tú, hombre de Dios" (1 Tm 6, 11):  con este título san Pablo designa a Timoteo en la segunda lectura que ha sido proclamada. Es una página en la cual el Apóstol traza un programa de vida perennemente válido para el obispo. El pastor debe ser "hombre de Dios"; su existencia y su ministerio están completamente bajo el señorío divino, y en el excelso misterio de Dios encuentran luz y fuerza.

Continúa san Pablo:  "Tú, hombre de Dios, (...) tiende a la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre" (v. 11). ¡Cuánta sabiduría se encierra en ese "tiende"! La ordenación episcopal no infunde la perfección de las virtudes:  el obispo está llamado a proseguir su camino de santificación con mayor intensidad, para alcanzar la estatura de Cristo, hombre perfecto.

Añade el Apóstol:  "combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna" (v. 12). Orientados hacia el reino de Dios, afrontamos, queridos hermanos, nuestra lucha diaria por la fe, sin buscar otra recompensa que la que Dios nos dará al final. Estamos llamados a hacer esta "solemne profesión de fe delante de muchos testigos" (v. 12). Así, el esplendor de la fe se hace testimonio:  reflejo de la gloria de Cristo en las palabras y en los gestos de cada uno de sus ministros fieles.

Concluye san Pablo:  "Te recomiendo que conserves el mandato sin mancha ni reproche,  hasta  la  manifestación de nuestro Señor Jesucristo" (vv. 13-14). "¡El mandato!". En esta palabra está Cristo entero:  su Evangelio, su testamento de amor, el don de su Espíritu que perfecciona la ley.
Los Apóstoles recibieron de él esta herencia y nos la han confiado a nosotros, para que la conservemos y transmitamos intacta hasta el final de los tiempos.

6. Amadísimos hermanos en el episcopado, Cristo nos repite hoy:  "Duc in altum, Rema mar adentro" (Lc 5, 4). A la luz de esta invitación suya, podemos releer el triple munus que se nos ha confiado en la Iglesia:  munus docendi, sanctificandi et regendi (cf. Lumen gentium, 25-27; Christus Dominus, 12-16).

Duc in docendo. "Proclama la palabra -diremos con el Apóstol-, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina" (2 Tm 4, 2).

Duc in sanctificando. Las "redes" que estamos llamados a echar entre los hombres son ante todo los sacramentos, de los cuales somos los principales dispensadores, reguladores, custodios y promotores (cf. Christus Dominus, 15). Forman una especie de "red" salvífica que libera del mal y conduce a la plenitud de la vida.

Duc in regendo. Como pastores y verdaderos padres, con la ayuda de los sacerdotes y de otros colaboradores, tenemos el deber de reunir la familia de los fieles y fomentar en ella la caridad y la comunión fraterna (cf. ib., 16).

Aunque se trate de una misión ardua y difícil, nadie debe desalentarse. Con san Pedro y con los primeros discípulos, también nosotros renovemos confiados nuestra sincera profesión de fe:  Señor, "¡en tu nombre, echaré las redes!" (Lc 5, 5). ¡En tu nombre, oh Cristo, queremos servir a tu Evangelio para la esperanza del mundo!

Y también confiamos en tu materna asistencia, oh Virgen María. Tú, que guiaste los primeros pasos de la comunidad cristiana, sé también para nosotros apoyo y estímulo. Intercede por nosotros, María, a la que con palabras del siervo de Dios Pablo VI invocamos como "auxilio de los obispos y Madre de los pastores". Amén.

 

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