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VISITA DE SU BEATITUD TEOCTIST,
PATRIARCA DE LA IGLESIA ORTODOXA RUMANA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II 

Domingo 13 de octubre de 2002

 

1. "A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos" (Flp 4, 20).

Así se concluye el pasaje de la carta a los Filipenses que acabamos de proclamar. Este texto del apóstol san Pablo está impregnado de intensa alegría. Esa misma alegría colma hoy el corazón del Obispo de Roma por la grata visita del amado hermano, Su Beatitud Teoctist, Patriarca de la Iglesia ortodoxa rumana, y por haber podido escuchar juntamente con él la buena nueva.

Beatitud, lo saludo con afecto fraterno a usted, así como a sus colaboradores. Mi saludo cordial se extiende idealmente al Santo Sínodo, al clero y a los fieles de la Iglesia ortodoxa de Rumanía, que me abrieron sus brazos y su corazón con ocasión de mi visita a Bucarest, en la primavera de 1999, hace tres años.

2. He escuchado con gran atención sus inspiradas reflexiones, animadas por el ardiente deseo de la comunión plena de nuestras Iglesias. He notado en ellas una alentadora sintonía de sentimientos y de voluntad encaminados a realizar el mandato que Cristo dio a sus discípulos durante la última Cena:  "Ut omnes unum sint, que todos sean uno" (Jn 17, 21).

Beatitud, me alegra celebrar en su presencia esta sagrada liturgia, misterio de nuestra fe, y pedir junto con usted al Señor por la unidad y por la paz en la santa Iglesia y en el mundo. Juntos, en este lugar, somos testigos del camino común emprendido hacia el acercamiento de la Iglesia católica y de la Iglesia ortodoxa de Rumanía. Bendigo al Señor por cuanto nos ha dado ya en nuestra peregrinación de comunión. Invoco su gracia para que nos conceda llevar a cumplimiento lo que ha suscitado en medio de nosotros, en apoyo del compromiso hacia la comunión plena.

3. "He aquí que todo está preparado, todo está dispuesto, venid" (cf. Mt 22, 4).

En la página evangélica que acaba de proclamarse en lengua latina y rumana, casi respirando, por decirlo así, con "dos pulmones", ha resonado la invitación a la boda real. Todos somos invitados. La llamada del Padre misericordioso y fiel constituye el núcleo mismo de la revelación divina y, en particular, del Evangelio. Todos somos llamados, llamados por nuestro nombre.

"¡Venid!". El Señor nos ha llamado a formar parte de su Iglesia una, santa, católica y apostólica. Por medio del único bautismo somos injertados en el único Cuerpo de Cristo. Pero nuestra respuesta, ¿ha sido siempre un sí incondicional? Por desgracia, ¿no hemos rechazado alguna vez la invitación? ¿No hemos rasgado la túnica inconsútil del Señor, alejándonos los unos de los otros? ¡Sí! Nuestra división recíproca es contraria a su voluntad.

Quiera Dios que no se aplique también a nosotros este duro juicio:  "La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos" (Mt 22, 8). Un día se nos pedirá cuenta de lo que hemos hecho por la unidad de los cristianos.

4. En su gracia hacia nosotros, pecadores, Dios nos ha concedido en estos últimos tiempos acercarnos más, con la oración, la palabra y las obras, a la plenitud de la unidad querida por Jesús para sus discípulos (cf. Unitatis redintegratio, 1). Ha crecido nuestra conciencia de que hemos sido invitados juntamente a la boda real. En la víspera de su pasión, Cristo nos dejó como herencia el memorial vivo de su muerte y resurrección, en el que, bajo las especies del pan y del vino, nos da su Cuerpo y su Sangre. Como reafirmó el concilio Vaticano II, la Eucaristía es la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana, el centro de irradiación de la comunidad eclesial (cf. Sacrosanctum Concilium, 10; Christus Dominus, 30).

La Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas, al celebrar según sus respectivas tradiciones la verdadera Eucaristía, viven ya ahora en una comunión profunda, aunque no sea plena. Quiera Dios que llegue cuanto antes el día bendito en que podamos vivir verdaderamente en su plenitud nuestra comunión perfecta. Hoy la invitación del evangelio se dirige particularmente a nosotros. Dios nos guarde de actuar como los que "se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio" (Mt 22, 5).
5. El rey, en la parábola evangélica, preguntó a uno de los comensales:  "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?" (Mt 22, 12). Estas palabras nos interpelan. Nos recuerdan que debemos prepararnos para la boda real, revistiéndonos del Señor Jesucristo (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27).

La participación en la Eucaristía presupone la conversión a una vida nueva. También la participación común, la comunión plena, presupone la conversión. No hay auténtico ecumenismo sin conversión interior y renovación de la mente (cf. Unitatis redintegratio, 6-7), si no se superan los prejuicios y las sospechas; si no se eliminan las palabras, los juicios y los gestos que no reflejan con justicia y verdad la condición de los hermanos separados; si no existe la voluntad de llegar a estimar al otro, de entablar una amistad recíproca y alimentar un amor fraterno.

Para alcanzar la comunión plena, debemos superar con valentía nuestra desidia y estrechez de corazón (cf. Novo millennio ineunte, 48). Debemos cultivar la espiritualidad de la comunión, que es capacidad "de sentir al hermano de fe (...) como uno que me pertenece, para saber compartir sus alegrías y sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad" (ib., 43). Debemos alimentar incesantemente la pasión por la unidad.

Su Beatitud ha subrayado oportunamente que en Europa y en el mundo, ampliamente secularizados, existe una preocupante crisis espiritual. Por tanto, resulta mucho más urgente el testimonio común de los cristianos.

6. Amadísimos hermanos y hermanas, encomiendo al Señor estas reflexiones, que revisten hoy una importancia singular. En efecto, en esta liturgia están juntos el Sucesor de Pedro, Obispo de Roma, y el Patriarca ortodoxo de Rumanía. Ambos somos testigos de la creciente voluntad de unidad y de comunión de nuestras Iglesias. Ambos, aun conociendo las dificultades subsistentes, confiamos en que nuestro ejemplo tenga un eco profundo en todo lugar donde conviven católicos y ortodoxos. Ojalá que nuestro testimonio alimente el deseo de reconocer en el otro a un hermano y de reconciliarnos con él. Esta es la primera condición indispensable para acercarnos, juntos, a la única mesa del Señor.

Invoquemos para ello al Espíritu de unidad y de amor y la intercesión de María santísima, Madre de la Iglesia.

7. Por último, quisiera enviar un saludo afectuoso al pueblo rumano y a todos sus componentes. Jamás podré olvidar la histórica visita que la divina Providencia me concedió realizar hace tres años a Bucarest. La acogida, el ambiente y los intensos sentimientos, el fervor y el entusiasmo espiritual, las expectativas de la gente, especialmente de los jóvenes, y las palabras de esperanza:  todo ha quedado grabado en mi memoria. ¡Unidad! ¡Unidad! Estas palabras, al final de mi visita, son indelebles. ¡Unidad! ¡Unidad! Doy gracias a Dios porque me concede ahora, en cierto modo, devolver las atenciones que me dispensaron entonces.

Beatitud, al volver a su patria asegure que Rumanía, a la que la tradición denomina con el hermoso título de "Jardín de la Madre de Dios", está en el corazón del Obispo de Roma, que ora cada día por el amado pueblo rumano. ¡Dios bendiga siempre a Rumanía!

* * * 

Homilía del Patriarca Teoctist

 

 

© Copyright 2002 - Libreria Editrice Vaticana

 

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