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MISA DE BEATIFICACIÓN DE SEIS SIERVOS DE DIOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 20 de octubre de 2002


1. "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 19).

Jesús resucitado se despide así de los Apóstoles, antes de volver al Padre:  "¡Id!". Su última palabra es una invitación a la misión, que es, al mismo tiempo, una promesa, un testamento y un compromiso. Cristo confía a los discípulos su mensaje de salvación y les pide que lo difundan y lo testimonien hasta los confines de la tierra.

Este es el significado de la Jornada mundial de las misiones, que celebramos hoy. Por una providencial coincidencia, precisamente en esta jornada se proclaman algunos nuevos beatos, que cumplieron de modo singular el mandato de anunciar y testimoniar el Evangelio. Son David Okelo y Gildo Irwa, Andrés Jacinto Longhin, Marco Antonio Durando, María de la Pasión y Liduina Meneguzzi.

Su beatificación en el marco de la Jornada mundial de las misiones nos recuerda que el primer servicio que hay que prestar a la misión es la búsqueda sincera y constante de la santidad. No podemos  testimoniar  con  coherencia el Evangelio si antes no lo vivimos fielmente.

2. Mi pensamiento va ante todo a los dos jóvenes catequistas de Uganda, David Okelo y Gildo Irwa. Estos dos valientes testigos eran casi adolescentes cuando, con sencillez y fe, derramaron su sangre por Cristo y por su Iglesia. Con gran entusiasmo por su misión de enseñar la fe a sus paisanos, partieron en 1918 hacia el norte de Uganda. Allí, precisamente en el momento en que comenzaba la evangelización en esa región, prefirieron la muerte antes que abandonar la zona y renunciar a sus deberes de catequistas. Verdaderamente, en su vida y en su testimonio podemos comprobar que fueron "amados y elegidos por Dios" (cf. 1 Ts 1, 4).

David y Gildo son elevados hoy a la gloria de los altares. Se presentan a toda la comunidad cristiana como ejemplos de santidad y virtud, y como modelos e intercesores para los catequistas de todo el mundo, especialmente en los lugares donde los catequistas sufren aún a causa de la fe, afrontando a veces la marginación social e incluso peligros personales. Quiera Dios que la vida y el testimonio de estos dos abnegados servidores del Evangelio impulsen a muchos hombres y mujeres en Uganda, en África y por doquier, a responder con generosidad a la llamada a ser catequistas, llevando el conocimiento de Cristo a los demás y fortaleciendo la fe de las comunidades que han recibido recientemente el Evangelio de la salvación.

3. "Te llamé por tu nombre" (Is 45, 4). Las palabras con las que el profeta Isaías indica la misión que Dios confía a sus elegidos expresan bien la vocación de Andrés Jacinto Longhin, el humilde capuchino que durante 32 años fue obispo de la diócesis de Treviso, al inicio del siglo pasado, el siglo XX. Fue un pastor sencillo y pobre, humilde y generoso, siempre disponible hacia el prójimo, según la más genuina tradición capuchina.

Lo llamaban el obispo de las cosas esenciales. En una época marcada por acontecimientos dramáticos y dolorosos, actuó como padre para los sacerdotes y pastor celoso para la gente, siempre al lado de sus fieles, especialmente en los momentos de dificultad y peligro. Así anticipó lo que subrayaría el concilio ecuménico Vaticano II, al señalar que la evangelización es "una de las principales funciones del obispo" (Christus Dominus, 12; cf. Redemptoris missio, 63).

4. "Recordamos (...) la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la constancia de vuestra esperanza" (1 Ts 1, 2-3). Las palabras del Apóstol esbozan el retrato espiritual del padre Marco Antonio Durando, de la Congregación de la Misión y digno hijo de la tierra piamontesa. Vivió de fe y de ardiente impulso espiritual, desdeñando toda forma de componenda o de tibieza interior.

Siguiendo el ejemplo de san Vicente de Paúl, supo reconocer en la humanidad de Cristo la expresión más grande y, al mismo tiempo, más accesible y desarmante, del amor de Dios a todo hombre. Aún hoy nos indica el misterio de la cruz como el momento culminante en el que se revela el misterio insondable del amor de Dios.

5. "Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido" (1 Ts 1, 4). María de la Pasión se dejó conquistar por Dios, capaz de calmar la sed de verdad que sentía. Al fundar la congregación de Franciscanas Misioneras de María, ardía en deseos de comunicar el gran amor que la impulsaba y tendía a difundirse por el mundo. En el centro del compromiso misionero puso la oración y la Eucaristía, pues para ella adoración y misión se fundían en una misma actividad. Alimentada con la Escritura y con los Padres de la Iglesia, mística y activa, apasionada e intrépida, se entregó con una disponibilidad intuitiva y audaz a la misión universal de la Iglesia. Queridas hermanas, siguiendo el ejemplo de vuestra fundadora, en comunión profunda con la Iglesia, acoged la invitación a vivir, con una fidelidad renovada, las intuiciones de vuestro carisma fundador, para que sean numerosos los que descubran a Jesús, que nos hace entrar en el misterio de amor que es Dios.

6. "Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor" (Sal 95, 7). Las palabras del Salmo responsorial expresan bien el anhelo misionero que impulsó a sor Liduina Meneguzzi, de las religiosas de San Francisco de Sales. En su breve pero intensa existencia, sor Liduina se prodigó en favor de los hermanos más pobres y dolientes, particularmente en el hospital de la misión de Dire Dahua, en Etiopía.

Con ferviente celo apostólico trataba de dar a conocer a todos a nuestro único Salvador, Jesús. Siguiendo el ejemplo de Cristo, "manso y humilde de corazón" (cf. Mt 11, 29), aprendió a difundir la caridad, que brota de un corazón puro, superando toda mediocridad e inercia interior.

7. "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). Esta es la promesa que Cristo hizo a sus discípulos, al prepararse para dejar el mundo y volver al Padre.
¡Estoy con vosotros todos los días! Estoy contigo -dice Jesús-, Iglesia peregrina en el mundo. Estoy con vosotros, comunidades eclesiales jóvenes en tierras de misión. No tengáis miedo de entrar en diálogo con todos. Llevad a cada uno el mensaje de la salvación. ¡Tened valor!

Que María, Estrella de la evangelización, y los nuevos beatos protejan y acompañen vuestros pasos por los caminos del mundo. Amén.

 

 

© Copyright 2002 - Libreria Editrice Vaticana

 

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