1. "Sabían bien que era el Señor" (Jn 21, 12): así expresa el
evangelista san Juan la reacción de alegría de los discípulos al reconocer al
Señor resucitado. Jesús se les manifiesta después de una noche de duro e
infructuoso trabajo en el lago de Tiberíades. Confiando en su palabra, echan la
red en el agua y sacan a la orilla una "multitud de peces" (Jn 21, 6).
Como los Apóstoles, también nosotros quedamos asombrados ante la riqueza de las
maravillas que Dios realiza en el corazón de los que confían en él. Durante esta
celebración eucarística contemplamos lo que realizó en seis nuevos beatos: en
el presbítero
Augusto Czartoryski; en cuatro religiosas:
Laura Montoya,
María
Guadalupe García Zavala,
Nemesia Valle y
Eusebia Palomino Yenes; y en una
laica:
Alejandrina María da Costa. Son ejemplos elocuentes de cómo el Señor
transforma la existencia de los creyentes, cuando uno se fía de él.
2. "¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y
anhela los atrios del Señor. (...) Vale más un día en tus atrios que mil en mi
casa" (Sal 84, 2. 11). El beato Augusto Czartoryski escribió estas
palabras del Salmo como lema de su vida en el recordatorio de su primera misa.
En ellas se encierra el embelesamiento de un hombre que, siguiendo la voz de la
llamada, descubre la belleza del ministerio sacerdotal. Resuena en ellas el eco
de las diversas opciones que debe hacer todo aquel que descubre la voluntad de
Dios y desea cumplirla. Augusto Czartoryski, joven príncipe, elaboró un método
eficaz de discernimiento de los designios divinos.
En la oración presentaba a
Dios todos sus interrogantes y dudas, y luego, con espíritu de obediencia,
seguía los consejos de sus directores espirituales. Así descubrió su vocación a
llevar una vida pobre para servir a los más humildes. Ese mismo método le
permitió hacer durante toda su vida unas opciones con las que -como podríamos
decir hoy- realizó de modo heroico los designios de la Providencia divina.
Quiero proponer el ejemplo de su santidad sobre todo a los jóvenes, que hoy
buscan el modo de descubrir la voluntad de Dios para su vida y desean proceder
cada día fielmente, según la Palabra divina. Queridos jóvenes amigos, aprended
del beato Augusto a pedir ardientemente en la oración la luz del Espíritu Santo
y directores espirituales sabios, a fin de que conozcáis el plan divino para
vuestra vida y podáis avanzar siempre por el camino de la santidad.
3. "Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los
discípulos no sabían que era Jesús" (Jn 21, 4). Es una posibilidad para
el hombre no conocer al Señor, a pesar de múltiples manifestaciones a lo largo
de la historia. La madre Laura Montoya, viendo cómo tantos indígenas,
lejos de los centros urbanos, vivían desconociendo a Dios, se decidió a fundar
la congregación de las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de
Siena, para llevar la luz del Evangelio a los habitantes de las selvas.
Esta beata colombiana se sintió madre espiritual de los indígenas, a los que
quiso mostrar el amor de Dios. Sus tiempos no fueron fáciles, pues las tensiones
sociales ensangrentaban también entonces su noble patria. Inspirándonos en su
mensaje pacificador, le pedimos hoy que la amada Colombia goce pronto de paz, de
justicia y de progreso integral.
4. En el evangelio hemos escuchado la triple pregunta de Jesús a Pedro: "¿Me
amas?". Esta misma pregunta Cristo la dirige a los hombres y mujeres de todas
las épocas. Los cristianos deben responder con firmeza y prontitud a los
proyectos que él tiene sobre cada uno. Así sucedió en la vida de la beata
Guadalupe García Zavala, mexicana, que, renunciando al matrimonio, se dedicó
al servicio de los más pobres, necesitados y enfermos, y fundó por eso la
congregación de las Siervas de Santa Margarita María y de los Pobres.
Con una fe profunda, una esperanza sin límites y un gran amor a Cristo, Madre
Lupita buscó la propia santificación desde el amor al Corazón de Jesús y la
fidelidad a la Iglesia. De este modo vivió el lema que dejó a sus hijas:
"Caridad hasta el sacrificio y constancia hasta la muerte".
5. "Manifestar el amor de Dios a los humildes, a los pobres, a todo hombre, en
toda la tierra": este fue el compromiso de la beata Nemesia Valle
durante toda su vida. Deja esta enseñanza particularmente a sus hermanas, las
Hermanas de la Caridad de Santa Juana Antida Thouret, así como a los fieles de
la archidiócesis de Turín. Es el ejemplo de una santidad luminosa, que tiende a
las elevadas cumbres de la perfección evangélica, y que se traduce en los gestos
sencillos de la vida diaria entregada totalmente por Dios.
La nueva beata sigue repitiéndonos a todos: "La santidad no consiste en hacer
muchas cosas o en hacer cosas grandes. (...) Santo es quien se consume en su
lugar, cada día, por el Señor".
6. El Señor dice a Pedro de manera decidida y tajante: "Sígueme". También
sor Eusebia Palomino, de las Hijas de María Auxiliadora, oyó un día la
llamada de Dios y respondió a través de una intensa espiritualidad y una
profunda humildad en su vida diaria. Como buena salesiana, estuvo animada por el
amor a la Eucaristía y a la Virgen. Lo importante para ella era amar y servir;
el resto no contaba, fiel a la máxima salesiana del "da mihi animas, caetera
tolle".
Con la radicalidad y la coherencia de sus opciones, sor Eusebia Palomino Yenes
traza un camino fascinador y exigente de santidad para todos nosotros y muy
especialmente para los jóvenes de nuestro tiempo.
7. "¿Me amas?", pregunta Jesús a Simón Pedro. Este responde: "Señor, tú lo
sabes todo; tú sabes que te quiero". La vida de la beata Alejandrina María da
Costa puede resumirse en este diálogo de amor. Impregnada y abrasada por estos
deseos de amor, no quiso negar nada a su Salvador: con voluntad fuerte, lo
acepta todo para mostrar que lo ama. Esposa de sangre, revive místicamente la
pasión de Cristo y se ofrece como víctima por los pecadores, recibiendo la
fuerza de la Eucaristía, que se convierte en el único alimento de sus últimos
trece años de vida.
En el ejemplo de la beata Alejandrina, expresado en la trilogía "sufrir, amar y
reparar", los cristianos pueden encontrar estímulo y motivación para ennoblecer
todo lo que la vida tiene de doloroso y triste con la mayor prueba de amor:
sacrificar la vida por quien se ama.
8. "Sí, Señor, tú sabes que te quiero" (Jn 21, 15). Como Pedro, como los
Apóstoles a orillas del lago de Tiberíades, también estos nuevos beatos hicieron
suya, llevándola hasta sus últimas consecuencias, esta sencilla pero incisiva
profesión de fe y amor. El amor a Cristo es el secreto de la santidad.
Amadísimos hermanos y hermanas, sigamos el ejemplo de estos beatos. Como ellos,
demos un testimonio coherente de fe y de amor en la presencia viva y operante
del Resucitado.
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