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XII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA VIGILIA DE ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES

A mons. LOUIS-MARIE BILLÉ
Arzobispo de Aix, Arlés y Embrun
Presidente de la Conferencia de los obispos de Francia
para los jóvenes reunidos en Notre Dame de París
el jueves 21 de agosto para reflexionar
y orar por las vocaciones

Queridos jóvenes:

1. Mi corazón de Obispo de Roma se dirige a vosotros, que os sentís llamados a seguir a Cristo en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada. Estáis en presencia del Señor para pedirle que mande misioneros del Evangelio, para expresarle vuestro deseo de servirle, para reavivar el don que Dios ha puesto en vosotros (cf. 2 Tm 1, 6) y para manifestarle vuestra disponibilidad interior: “Señor, ¿qué esperas de mí?”. Os habéis reunido frente a la catedral de Notre Dame de París. Toda catedral es un lugar particularmente significativo. Es el centro de la Iglesia diocesana, la sede del obispo, encargado de la unidad entre todas las comunidades locales. En efecto, alrededor de los obispos, sucesores de los Apóstoles, se construye la Iglesia, cuya piedra angular es Cristo.

Con el Apóstol, os exhorto: “Poned el mayor empeño en afianzar vuestra vocación y vuestra elección” (2 P 1, 10). Poneos a la escucha del Espíritu, porque “es él quien hace viva y actual la Palabra, ayudando a comprender su valor y sus exigencias” (Mensaje para la XXXIV Jornada mundial de oración por las vocaciones de 1997, n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de diciembre de 1996, p. 9). Que vuestro primer acto ante el Señor sea darle gracias por vuestras familias y por las comunidades cristianas que os han ayudado y sostenido en vuestro crecimiento humano y en la maduración de vuestra vocación, mediante su presencia y su oración.

Vuestra formación espiritual, mediante la cual se unifican vuestra personalidad y vuestra existencia, constituye un requisito necesario para el ministerio apostólico y la vida consagrada. Descubrís la importancia de la oración para la Iglesia y para el mundo. Os invito a pasar algunos ratos en compañía del Señor, para aprender “a vivir en trato familiar y constante con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo” (Optatam totius, 8). Buscad a Cristo en la meditación fiel de la palabra de Dios, en la comunión activa con los misterios de la Iglesia y, principalmente, en la Eucaristía y el oficio divino (cf. ib.). Con la castidad perfecta, queréis recordar que Dios es preferible a todo, sin suprimir por ello el valor de otros compromisos humanos, y que el hombre encuentra su felicidad consagrándose al Señor.

2. Queridos seminaristas, durante la noche meditaréis el gesto de Cristo, servidor de todos los hombres, quien, el Jueves santo, instituyó la Eucaristía y el sacerdocio; así, su presencia real se realiza mediante su Cuerpo y su Sangre, y su ternura se manifiesta en el perdón. Habéis oído la llamada de Dios, y queréis seguirlo. Es hermoso desear acceder al sacerdocio ministerial, pero es preciso que la elección de Dios sea confirmada por la Iglesia, a la que corresponde discernir la calidad de vuestra vocación. En efecto, Cristo llama a través de su Iglesia, lo cual significa que sólo somos depositarios del tesoro divino y que la misión es un mandato del Señor. Y esta noche, queréis verdaderamente poner vuestra vida ante Cristo y manifestarle vuestro deseo de servirle como él quiere. La disponibilidad y el desprendimiento propio son las actitudes fundamentales de todo hombre que quiere hacer la voluntad del Señor.

3. Vosotros sois para vuestros obispos como la “pupila de sus ojos” (Don y misterio, BAC 1996, p. 116); el seminario es “una continuación, en la Iglesia, de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús, en la escucha de su palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la espera del don del Espíritu para la misión” (Pastores dabo vobis, 60). Sois la alegría de vuestros obispos, que miran a la Iglesia diocesana a través del seminario, y que están presentes en él a través de los educadores. Sois un don para la Iglesia, que le permite mirar con confianza el futuro. Todo el pueblo de Dios se alegra cuando los jóvenes aceptan prepararse para el sacerdocio, indispensable para su crecimiento y su santificación.

4. Durante los años del seminario, estáis reunidos por el Espíritu Santo en una fraternidad única; este tiempo de vida comunitaria es una verdadera experiencia de Iglesia, que os prepara para la vida en el seno del presbiterio, en la diversidad de los carismas y de las sensibilidades que implica; así, os sentiréis cada día más miembros de la Iglesia diocesana. Tenéis que adquirir una formación intelectual que os permita conocer el misterio de Cristo y, a la vez, os prepare para el anuncio del Evangelio, con un gran amor a la verdad (cf. Optatam totius, 14-16). Con el apoyo de la comunidad del seminario, podréis alcanzar cierta madurez humana. Esforzaos por vivir la virtudes teologales y morales, por desarrollar el dominio de vosotros mismos y por formar vuestro carácter, para ser modelos de vida cristiana, practicando ya desde ahora lo que tendréis que enseñar (cf. Ritual de la ordenación de los presbíteros, preliminares, n. 102; Lumen gentium, 28). Mediante la elección libre y maduramente ponderada del celibato, podréis manifestar la entrega total de vosotros mismos al Señor y a la misión. La ordenación identifica sacramentalmente con Cristo y confiere un carácter que marca todo el ser.

5. Los sacerdotes no están “destinados al mando o a los honores, sino a entregarse totalmente al servicio de Dios y al ministerio pastoral” (Optatam totius, 9). Esto supone estar impregnados del misterio de la Iglesia y tener un profundo amor a los hombres. “Cada uno tiene al Espíritu Santo en la medida en que ama a la Iglesia de Cristo” (san Agustín, Tratado sobre el evangelio de Juan, 32, 8). Sólo se puede anunciar el Evangelio a los hombres cuando se está cerca de ellos y se conoce desde dentro la sociedad humana, su evolución y sus necesidades. Al mismo tiempo, aprended a trabajar con los laicos, cuya influencia humana y espiritual será para vosotros un gran enriquecimiento (cf. Christifideles laici, 61-63; Mulieris dignitatem, 29-31), puesto que todos juntos estamos comprometidos en la misma misión.

6. Os invito a vivir una relación confiada de obediencia y de comunión con el obispo de vuestra diócesis: él es “el primer representante de Cristo en la formación sacerdotal” (Pastores dabo vobis, 65); a él, junto con los responsables de las vocaciones, le corresponde determinar el lugar y las modalidades de vuestra formación; vuestra renuncia para servir a la Iglesia y seguir a Cristo se basa en el abandono de vuestra vida y de vuestro futuro en las manos de vuestro obispo, tal como se realiza simbólicamente durante la ordenación, para que llevéis a cabo vuestra acción en la perspectiva de la caridad pastoral. Al obedecer hacemos la voluntad de Dios. Esta actitud refuerza el sentido del servicio y de la disponibilidad para la misión eclesial y la apertura a la pastoral diocesana; así, estaréis unidos al obispo “como fieles cooperadores suyos y colaborando con los hermanos” (Optatam totius, 9).

7. Queridos jóvenes que pensáis en la vida religiosa o en el compromiso en un instituto de vida consagrada, la Iglesia siente gran estima por la vida consagrada, cuyo modelo es Cristo (cf. Perfectae caritatis, 25). Es una gran gracia haber sido elegidos por el Señor. Por la práctica de los consejos evangélicos, por vuestra vida de oración y por el ejercicio de la caridad, reveláis a los hombres el rostro de Dios y participáis activamente en el crecimiento del pueblo de Dios. Queréis entregaros al Señor con un corazón “indiviso” (cf. 1 Co 7, 34), como los Apóstoles, que dejaron todo para estar con Cristo y ponerse, como él, al servicio de Dios y de sus hermanos. Así, contribuiréis a manifestar el misterio y la misión de la Iglesia mediante los múltiples carismas de vida espiritual y apostólica que da el Espíritu Santo, y aportaréis vuestra contribución a la renovación de la sociedad (cf. Vita consecrata, 1).

8. Os invito a todos a orar por los jóvenes que, en todo el mundo, oyen la llamada del Señor, y por los que puedan tener miedo de responderle. ¡Ojalá que encuentren a su alrededor educadores para guiarlos! Que perciban la grandeza de su vocación: amar a Cristo sobre todas las cosas como una llamada a la libertad y a la felicidad. Orad para que la Iglesia os ayude en vuestro itinerario y realice un discernimiento justo. Orad para que las comunidades cristianas transmitan siempre la llamada del Señor a las generaciones jóvenes. Junto conmigo, dad gracias al Señor “por el don de la vocación, por la gracia del sacerdocio, por las vocaciones sacerdotales en todo el mundo” (Don y misterio, p. 116). Dadle gracias por las personas consagradas. Dadle gracias por las familias, por las parroquias y por los movimientos, cuna de vocaciones.

Consolidad vuestra confianza filial en la Madre de Dios, ya que los ministros ordenados y la Iglesia entera tienen mucha necesidad de aprender de María (cf. Redemptoris Mater, 43). Sed verdaderos testigos de la fe y de la caridad, dispuestos a entregar vuestra vida para la gloria de Dios y la salvación del mundo. ¡Que Dios prosiga en vosotros la obra que ya ha comenzado!

París, 21 de agosto de 1997

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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