|
MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN
PABLO II PARA LA LXXXVII JORNADA MUNDIAL DE LAS MIGRACIONES
La pastoral de los emigrantes, camino para cumplir la
misión de la Iglesia, hoy
1. "Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre"
(Hb 13,8). Estas palabras del apóstol Pablo, elegidas como lema del
Gran Jubileo que acaba de terminar, llaman la atención sobre la misión de
Cristo, Verbo encarnado para la salvación del mundo. Fiel a su tarea al
servicio del Evangelio, la Iglesia no deja de dirigirse a los hombres de todas
las nacionalidades para anunciarles la buena noticia de la salvación.
Con el presente Mensaje para la Jornada Mundial de las
Migraciones, quisiera detenerme a reflexionar sobre la misión evangelizadora
de la Iglesia respecto a los fenómenos amplios y complejos de la emigración
y de la movilidad. Este año se ha elegido para tal celebración el siguiente
tema: "La pastoral de los emigrantes, camino para cumplir la misión
de la Iglesia, hoy". Se trata de un campo que interesa profundamente
a los agentes de pastoral, pues ellos son conscientes de los múltiples
problemas que se deben afrontar en ese ámbito y de las distintas situaciones
que llevan a hombres y mujeres a dejar su propio país. Una es la movilidad
elegida libremente, y otra es la que nace de haber sido forzados por motivos
ideológicos, políticos o económicos. Esto no se puede dejar de tener en
cuenta en la elaboración y realización de una actividad pastoral apropiada
para las categorías de los emigrantes y de los itinerantes.
Con esta denominación, el Dicasterio que tiene la tarea
institucional de expresar la solicitud de la Iglesia hacia las personas
implicadas en tal fenómeno resume toda la movilidad humana. Con el término
de "emigrantes" se hace referencia, en primer lugar, a los prófugos
y exiliados en busca de libertad y de seguridad fuera de las fronteras de la
propia patria, pero igualmente a los jóvenes que estudian en el exterior y a
todos aquellos que dejan el propio país para buscar en otro lugar mejores
condiciones de vida. El fenómeno de las migraciones está en continua
expansión; esto plantea interrogantes y desafíos para la acción pastoral de
la comunidad eclesial. Ya el Concilio Ecuménico Vaticano II, en el Decreto Christus
Dominus, invitaba a que se tuviera una "solicitud particular por los
fieles que, por la condición de su vida, no pueden gozar suficientemente del
cuidado pastoral, común y ordinario de los párrocos o carecen totalmente de
él, como son la mayor parte de los emigrantes, los exiliados y
prófugos" (n. 18).
En este fenómeno complejo intervienen múltiples elementos:
la tendencia a favorecer la unidad jurídica y política de la familia humana;
el notable incremento de los intercambios culturales; la interdependencia
económica de los Estados; la liberalización del comercio y sobre todo de los
capitales; la multiplicación de las empresas multinacionales; el
desequilibrio entre países ricos y países pobres; el desarrollo de los
medios de comunicación y de transporte.
2. El entramado de todos esos elementos produce un movimiento
de masas de una zona a otra del planeta. Aunque en distintos grados y formas,
la movilidad ha llegado a ser una característica general de la humanidad, que
abarca directamente a muchas personas y se refleja en otras. La amplitud y la
complejidad del fenómeno invitan a un profundo análisis de los cambios
estructurales que se han producido, como la globalización de la economía y
de la vida social. La convergencia de razas, civilizaciones y culturas, en los
mismos ordenamientos jurídicos y sociales, plantea un problema urgente de
convivencia. Las fronteras tienden a caer, las distancias se acortan, los
acontecimientos se repercuten aun en las zonas más lejanas.
Estamos asistiendo a un cambio profundo de la manera de pensar
y de vivir, que no deja de presentar, junto a elementos positivos, también
aspectos ambiguos. El sentido de lo provisional invita, por ejemplo, a
preferir las novedades, a veces en menoscabo de la estabilidad y de una clara
jerarquía de valores; al mismo tiempo, el espíritu se hace más curioso y
disponible, más sensible y listo al diálogo. En este clima, el hombre puede
verse llevado a profundizar las propias convicciones, pero también a caer en
un fácil relativismo. La movilidad implica siempre un desarraigo del ambiente
originario, que se traduce con frecuencia en una experiencia de gran soledad,
con el peligro de perderse en el anonimato. De estas situaciones se puede
desprender el rechazo al nuevo contexto, pero también una aceptación
acrítica, en polémica con la experiencia anterior. A veces incluso aflora la
disponibilidad a actualizarse pasivamente, lo que es una fácil fuente de
alienación cultural y social. Los movimientos humanos implican múltiples
posibilidades de apertura, encuentro y agregación, pero no se puede ignorar
que también suscitan manifestaciones de rechazo individual y colectivo, fruto
de esas mentalidades cerradas que se hallan en las sociedades afectadas por
desequilibrios y temores.
3. La Iglesia, en su actividad pastoral, procura tener
constantemente presentes estos graves problemas. El anuncio del Evangelio se
propone la salvación integral del hombre y su auténtica y efectiva
liberación, logrando condiciones adecuadas a su dignidad. El conocimiento del
hombre, que la Iglesia ha adquirido en Cristo, la impulsa a anunciar los
derechos humanos fundamentales y a hacer oír su propia voz cuando éstos se
ven atropellados. Por eso no se cansa de afirmar y defender la dignidad de la
persona, destacando los derechos irrenunciables que de ella se desprenden.
Éstos son, en particular, el derecho a tener una propia patria; a vivir
libremente en el propio país; a vivir con la propia familia; a disponer de
los bienes necesarios para llevar una vida digna; a conservar y desarrollar el
propio patrimonio étnico, cultural y lingüístico; a profesar la propia
religión, y a ser reconocido y tratado, en toda circunstancia, conforme a la
propia dignidad de ser humano.
Estos derechos encuentran una aplicación concreta en el
concepto de bien común universal. Éste abarca toda la familia de los
pueblos, por encima de cualquier egoísmo nacionalista. En este contexto,
precisamente, se debe considerar el derecho a emigrar. La Iglesia lo reconoce
a todo hombre, en el doble aspecto de la posibilidad de salir del propio país
y la posibilidad de entrar en otro, en busca de mejores condiciones de vida.
Desde luego, el ejercicio de ese derecho ha de ser reglamentado, porque una
aplicación indiscriminada ocasionaría daño y perjuicio al bien común de
las comunidades que acogen al migrante. Ante la afluencia de tantos intereses
al lado de las leyes de los distintos países, es preciso que existan normas
internacionales capaces de establecer los derechos de cada uno, para impedir
decisiones unilaterales que podrían ser perjudiciales para los más débiles.
A este respecto, en el Mensaje para la Jornada del Emigrante
de 1993, recordé que, si bien es cierto que los países altamente
desarrollados no siempre pueden absorber a todos los que emigran, hay que
reconocer, sin embargo, que el criterio para determinar el límite de
soportabilidad no puede ser la simple defensa del propio bienestar,
descuidando las necesidades reales de quienes tristemente se ven obligados a
solicitar hospitalidad.
4. La Iglesia, a través de su actividad pastoral, se preocupa
porque no falte a los emigrantes la luz y el apoyo del Evangelio. Con el
tiempo, ha ido aumentando su atención por los católicos que dejan su propio
país. De Europa salían, sobre todo a fines del siglo XIX, masas enormes de
emigrantes católicos que atravesaban el océano, con el peligro de perder la
propia fe por falta de sacerdotes y de estructuras adecuadas. Al no conocer el
idioma local, y sin poder, por tanto, beneficiarse de la atención pastoral
ordinaria, se veían abandonados a sí mismos.
La emigración constituía, pues, de hecho, un peligro para la
fe; esta era una grave preocupación para muchos Pastores, que llegaban, en
algunos casos, incluso a poner trabas para su desarrollo. Más adelante, se
vio claramente que el fenómeno no se podía detener. La Iglesia trató,
entonces, de poner en marcha formas adecuadas de intervención pastoral,
intuyendo que las migraciones podían ser un medio eficaz para la difusión de
la fe en otros países. Sobre la base de la experiencia madurada en el
transcurso de los años, la Iglesia elaboró una pastoral orgánica para
asistir a los emigrantes y emanó la Constitución apostólica Exsul
Familia Nazarethana. En ella se afirmaba que se debe tratar de
garantizar a los emigrantes la misma atención y asistencia pastoral de la que
gozan los cristianos del lugar, adaptando a la situación del emigrante
católico la estructura de la pastoral ordinaria prevista para la
preservación y desarrollo de la fe de los bautizados.
Sucesivamente, el Concilio Vaticano II afronta el fenómeno de
las migraciones en sus distintas articulaciones: inmigrados, emigrados,
prófugos, exiliados, estudiantes extranjeros, reuniéndolos, desde un punto
de vista pastoral, en la categoría de aquellos que, al residir fuera de su
propia patria, no pueden gozar del cuidado pastoral común y ordinario.
Y los describe como fieles que, por vivir fuera de su propia patria o nación,
necesitan la asistencia específica de un sacerdote del mismo idioma.
Se pasa de la consideración sobre la fe que está en peligro,
a aquella más apropiada del derecho del emigrante al respeto, también en la
atención pastoral, de su propio patrimonio cultural. Con esta perspectiva
queda eliminado el límite, puesto por la Exsul Familia, de la
asistencia pastoral hasta la tercera generación, y se afirma el derecho a la
asistencia a los emigrantes hasta que tengan una necesidad real.
Los emigrantes no representan, en efecto, una categoría
comparable a aquellas en las que está articulada la población parroquial -
niños, jóvenes, personas casadas, obreros, empleados, etc. - que presentan
una homogeneidad cultural y lingüística. Ellos forman parte de otra
comunidad, a la que se aplica una pastoral con elementos semejantes a los del
país de origen por lo que se refiere al respeto del patrimonio cultural, a la
necesidad de un sacerdote del mismo idioma y a la exigencia de estructuras
específicas permanentes. Se precisa una cura de almas estable, personalizada
y comunitaria, capaz de ayudar a los fieles católicos en tiempo de
emergencia, hasta su inserción en la Iglesia local, cuando serán capaces de
valerse del ministerio ordinario de los sacerdotes en las parroquias
territoriales.
5. Estos principios han sido acogidos en el ordenamiento
canónico vigente, que ha introducido la pastoral de los emigrantes en la
pastoral ordinaria. Más allá de las normas individuales, lo que caracteriza
al nuevo Código, también en lo que respecta a la movilidad humana, es la
inspiración eclesiológica del Concilio Vaticano II.
La atención pastoral a los emigrantes ha llegado a ser, pues,
un actividad institucionalizada, que se dirige al fiel, considerado no tanto
como individuo, sino como miembro de una comunidad particular para la cual la
Iglesia organiza un servicio pastoral específico; éste, sin embargo, es, por
su misma naturaleza, provisional y transitorio, aunque la ley no establezca de
modo perentorio ningún término para que cese. La estructura organizativa de
ese servicio no es sustitutiva, sino cumulativa respecto a la cura parroquial
territorial, en la cual, según se prevé, tarde o temprano puede confluir. En
efecto, la pastoral de los emigrantes, aunque tenga en cuenta que una
determinada comunidad posee su propia lengua y cultura, que no han de ser
ignoradas en el trabajo apostólico diario, no se propone, sin embargo, como
propio objetivo específico, su conservación y desarrollo.
6. La historia enseña que cuando los fieles católicos han
tenido un acompañamiento en su trasplante a otros países, no sólo han
conservado la fe, sino que han encontrado un terreno fértil para
profundizarla, personalizarla y dar testimonio de ella con su vida. En el
transcurso de los siglos, las migraciones han representado un instrumento
constante de anuncio del mensaje cristiano en enteras regiones. Hoy, el
panorama de las migraciones va cambiando radicalmente: por un lado, disminuyen
los flujos de emigrantes católicos; por el otro, aumentan los de emigrantes
no cristianos que se van a establecer en países con mayoría católica.
En la Encíclica Redemptoris missio he recordado la
tarea de la Iglesia hacia los emigrantes no cristianos, poniendo de relieve
cómo ellos crean, con su instalación, nuevas ocasiones de contactos e
intercambios culturales que impulsan a la comunidad cristiana que los acoge al
diálogo, a la ayuda y a la fraternidad. Esto supone una toma de conciencia
más viva de la importancia de la doctrina católica respecto a las religiones
no cristianas (cfr. Nostra Aetate) para mantener un atento, constante y
respetuoso diálogo interreligioso que ayude a un conocimiento y a un
enriquecimiento recíprocos. "A la luz de la economía de la salvación,
la Iglesia no ve un contraste entre el anuncio de Cristo y el diálogo
interreligioso; sin embargo, siente la necesidad de compaginarlos en el
ámbito de su misión ad gentes. En efecto, conviene que estos dos
elementos mantengan su vinculación íntima y, al mismo tiempo, su
distinción, por lo cual no deben ser confundidos, ni instrumentalizados, ni
tampoco considerados equivalentes, como si fueran intercambiables" (n.
55).
7. La presencia de inmigrantes no cristianos en los países de
antigua tradición cristiana representa un desafío para las comunidades
eclesiales. Es un fenómeno que fomenta en la Iglesia la caridad, por lo que
se refiere a la acogida y ayuda a estos hermanos y hermanas en la búsqueda de
trabajo y de vivienda. Se trata, en cierto modo, de una acción bastante
semejante a la que muchos misioneros realizan en tierra de misiones,
atendiendo a los enfermos, a los pobres y a los analfabetas. He aquí el
estilo del discípulo: va al encuentro de las expectativas y exigencias del
prójimo necesitado. Objetivo fundamental de su misión es, de todos modos, el
anuncio de Cristo y de su Evangelio. Él sabe que el anuncio de Jesucristo es
el primer acto de caridad hacia el hombre, más allá de cualquier gesto de
generosa solidaridad. No existe una verdadera evangelización, en efecto,
"mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el
reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios" (Exhortación
apostólica Evangelii nuntiandi, 22).
A veces, debido a un ambiente dominado por un indiferentismo y
relativismo religioso siempre más difundido, la dimensión espiritual del
compromiso caritativo se manifiesta con dificultad. Surge, además, en
algunos, el temor de que el ejercicio de la caridad, con miras a la
evangelización, pueda estar expuesto a la acusa de proselitismo. Anunciar y
testimoniar el evangelio de la caridad constituye el tejido conectivo de la
misión con los emigrantes (cfr. Carta apostólica Novo millennio ineunte,
56).
Quisiera, aquí, rendir homenaje a los muchos apóstoles que
han dedicado su existencia a esta tarea misionera y recordar también los
esfuerzos de la Iglesia para satisfacer las expectativas de los emigrantes.
Entre ellos, deseo mencionar la Comisión Católica Internacional para las
Migraciones, de cuya fundación se celebra el cincuentenario en el 2001. La
Comisión nació en 1951 por iniciativa del entonces Sustituto de la
Secretaría de Estado, Mons. Giovanni Battista Montini. Se proponía ofrecer
una respuesta a las exigencias de los movimientos migratorios ante el reto de
la necesidad de un nuevo lanzamiento del apartato productivo, puesto en
peligro por la guerra y por la situación dramática en que se encontraban
enteras poblaciones, obligadas a desplazarse debido al nuevo orden
geopolítico impuesto por los vencedores. Los cincuenta años de historia de
esta asociación, con las adaptaciones que se realizaron para hacer frente a
los cambios de las situaciones, dan testimonio de su multiforme, atenta y
substancial actividad. El futuro Pontífice Pablo VI, en su intervención con
motivo de la sesión de inauguración, el 5 de junio, 1951, contemplaba la
necesidad de derribar los obstáculos que impedían las migraciones para dar
posibilidad de trabajo a los desocupados y un refugio a los sin techo,
agregando que la causa de la recién nacida Comisión Internacional para las
Migraciones era la misma causa de Cristo. Son palabras que mantienen toda su
actualidad.
Mientras doy gracias al Señor por el servicio prestado,
quiero expresar el deseo de que dicha Comisión pueda seguir en su empeño de
prestar atención y ayuda a los refugiados y a los emigrantes, con un vigor
tanto más solícito, en cuanto más difíciles e inciertas se muestran las
condiciones de esas categorías de personas.
8. El anuncio del evangelio de la caridad al amplio y
diversificado mundo de los emigrantes comporta, hoy, una atención especial al
ámbito de la cultura. Para muchos de ellos, viajar a países extranjeros
significa encontrar modos de vivir y de pensar que les son ajenos, que
producen distintas reacciones. Las ciudades y las naciones presentan siempre
más comunidades multiétnicas y multiculturales. Es éste un gran desafío
para los cristianos. Una lectura serena de esta nueva situación pone de
relieve muchos valores que merecen gran aprecio. El Espíritu Santo no está
condicionado por las etnias o las culturas, e ilumina e inspira a los hombres
por muchos caminos misteriosos. Él, por distintas vías, acerca a todos a la
salvación, a Cristo, Verbo encarnado, que es "el cumplimiento del anhelo
de todas las religiones del mundo y, por ello mismo, es su única y definitiva
culminación" (Carta apostólica Tertio millennio adveniente, 6).
Esta lectura ayudará, desde luego, al emigrante no cristiano,
a ver en la propia religiosidad un fuerte elemento de identidad cultural y, al
mismo tiempo, podrá darle la capacidad de descubrir los valores de la fe
cristiana. Con ese objeto, es de gran utilidad la colaboración de las
Iglesias locales y de los misioneros que conocen la cultura de los inmigrados.
Se trata de establecer una comunicación entre las comunidades de emigrantes y
las de los países de origen, informando, al mismo tiempo, a las comunidades
receptoras acerca de las culturas y las religiones de los inmigrados, y los
motivos que los han impulsado a emigrar.
Es importante ayudar a las comunidades receptoras, no sólo a
abrirse a una hospitalidad caritativa, sino también al encuentro, a la
colaboración y al intercambio de ideas; es oportuno, además, preparar el
camino a agentes de pastoral que lleguen de los países de origen a los
países de inmigración a trabajar entre sus compatriotas. Sería muy útil
establecer para ellos centros de acogida que los preparen a sus nuevas tareas.
9. Este diálogo intercultural e interreligioso tan
enriquecedor supone un clima de confianza mutua y de respeto por la libertad
religiosa. Entre los sectores que se han de iluminar con la luz de Cristo
está, por consiguiente, el de la libertad, en particular de la libertad
religiosa - algunas veces todavía limitada o coartada - que es premisa y
garantía de toda otra forma auténtica de libertad. "La libertad
religiosa... - escribía en la Redemptoris missio - no es un problema
de la religión de mayoría o de minoría, sino más bien un derecho
inalienable de toda persona humana" (n. 39).
La libertad es una dimensión constitutiva de la misma fe
cristiana, ya que ésta no es la transmisión de tradiciones humanas o el
punto de llegada de argumentaciones filosóficas, sino un don gratuito de
Dios, que se comunica en el respeto de la conciencia humana. El Señor es
quien actúa eficazmente con su Espíritu; Él es el verdadero protagonista.
Los hombres son instrumentos de los que Él se sirve, asignando a cada uno su
propio papel.
El Evangelio es para todos: nadie queda excluído de la
posibilidad de participar en la gloria del Reino divino. La misión de la
Iglesia, hoy, consiste precisamente en hacer posible, de modo concreto, a todo
ser humano, sin diferencias de cultura o de raza, el encuentro con Cristo.
Deseo de todo corazón que sea ofrecida esta posibilidad a todos los
emigrantes y me comprometo a orar por esto.
Confío el compromiso y los propósitos generosos de todos los
que atienden a los emigrantes a María, Madre de Jesús, la humilde esclava
del Señor que experimentó las penas de la emigración y del exilio. Ella
guíe a los emigrantes del nuevo milenio hacia Aquél que es "la luz
verdadera que ilumina a todo hombre" (Jn 1,9).
Con esos votos, imparto una especial Bendición Apostólica a
todos los que trabajan en este importante campo de actividad pastoral.
Vaticano, 2 de febrero, 2001
JUAN PABLO II
|