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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE UN ENCUENTRO CON LA JUVENTUD SALESIANA


Sábado 5 de mayo de 1979

 

Queridísimos jóvenes:

Mi bienvenida paterna y alegre a vosotros, queridos muchachos y muchachas, que frecuentáis las obras de los Salesianos y de las Hijas de María Auxiliadora, reunidos aquí para encontraros con el Papa y escucharle, en representación también de todos los niños. muchachos y muchachas que forman parte de las asociaciones religiosas, de las escuelas, de los centros profesionales, de los grupos recreativos y sociales, animados y dirigidos por los Hijos de Don Bosco.

A todos vosotros, aquí presentes, a todos vuestros amigos y compañeros, a toda la juventud salesiana, que desde hace más de un siglo prosigue su marcha ardiente y animosa a lo largo de los senderos del mundo, va mi saludo afectuoso, cargado de emoción y de esperanzas: vosotros sois la esperanza, la expectación de un mañana más justo, más noble, más pacífico. El Papa os mira con intensidad de sentimientos, presagios y auspicios que, a través de vosotros, se extienden a toda la humanidad. Os agradezco esta grandiosa manifestación de afecto, y correspondo a tan incontenible entusiasmo con un solo saludo: ¡Viva la juventud salesiana!

Fieles al espíritu de Don Bosco, gran santo y educador insigne, queréis rendir homenaje al Sucesor de Pedro, confirmándole la fidelidad de vuestro amor y de vuestro servicio, con ocasión del 25 aniversario de la canonización de Domingo Savio, muchacho del Oratorio de Valdocco, alumno predilecto y fruto precioso de la obra formativa del hijo de mamá Margherita.

Estáis comprometidos, durante todo este año, en una larga serie de iniciativas, tanto en los diversos centros locales, como a escala nacional, a dar nuevo y vigoroso impulso a las asociaciones juveniles de inspiración cristiana y a profundizar en el sistema educativo de Don Bosco, aplicando sus criterios de fondo y principios-clave a las exigencias de los tiempos modernos.

Esperáis del Papa una palabra de orientación y ánimo para esta renovada acción juvenil en Italia, y yo estoy aquí con vosotros, ante todo, para invocar las luces del Espíritu del Señor sobre esta importante iniciativa por la que tienen tanto interés la Iglesia y sus Pastores.

2. La primera indicación que quiero ofreceros es una invitación al optimismo, a la esperanza y a la confianza. Es cierto que la humanidad atraviesa un momento difícil y que se tiene a menudo la penosa y dolorosa impresión de que las fuerzas del mal prevalezcan en tantas manifestaciones de la vida asociada. Muy frecuentemente la honestidad, la justicia, el respeto a la dignidad del hombre se detienen o sucumben. Sin embargo, estamos llamados a vencer al mundo con nuestra fe (cf. 1 Jn 5, 4), porque pertenecemos a Aquel que con su muerte y resurrección ha obtenido para cada uno de nosotros la victoria sobre el pecado y la muerte, y nos ha hecho capaces de una afirmación humilde, serena, pero segura del bien sobre el mal.

Queridos jóvenes, somos suyos, somos de Cristo, y El es quien vence en nosotros. Debemos creerlo profundamente, debemos vivir esta certeza; de otro modo, las dificultades que surgen continuamente, tendrán, por desgracia, el poder de hacer penetrar en nuestros ánimos la carcoma insidiosa que se llama desaliento, hábito, adaptación servil a la prepotencia del mal.

La tentación más sutil que hoy acosa a los cristianos, y especialmente a los jóvenes, es precisamente la renuncia a la esperanza en la afirmación victoriosa de Cristo. El sugeridor de toda insidia, el Maligno, está fuertemente empeñado desde siempre en apagar la luz de esta esperanza en el corazón de cada hombre. No es camino fácil el de la milicia cristiana, pero debemos recorrerlo con la conciencia de poseer una fuerza interior de transformación, que se nos comunica con la vida divina que se nos ha dado en Cristo Señor. En virtud de vuestro testimonio, haréis comprender que los más altos valores humanos son propios de un cristianismo vivido con coherencia, y que la fe evangélica no propone sólo una visión nueva del hombre y del universo, sino que da sobre todo la capacidad de realizar esta renovación.

A este propósito, os recuerdo las palabras dirigidas a los jóvenes por los padres conciliares, al finalizar el Concilio Ecuménico: "La Iglesia os mira con confianza y amor... Ella posee lo que hace la fuerza y el encanto de la juventud: la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse con generosidad, de renovarse y partir de nuevo para nuevas conquistas".

Sin la esperanza cierta de la victoria de Cristo en vosotros, y en el mundo que os circunda, no puede haber optimismo, y sin optimismo no puede subsistir la alegría serena que es propia de los jóvenes. Todavía hoy son demasiados los jóvenes que han renunciado ya a la juventud.

3. La segunda sugerencia del Papa para vosotros y para cuantos cuidan de vuestra educación humana y cristiana, se refiere a la necesidad urgente, advertida un poco en todas las latitudes, del resurgimiento de modelos válidos de asociaciones juveniles católicas.

No se trata de dar vida a expresiones militantes carentes de nobles ideales, y basadas en la fuerza del número, sino de animar las verdaderas comunidades, penetradas de espíritu de bondad, de respeto recíproco y de servicio, y sobre todo bien unidas por una misma fe y una sola esperanza. La presente generación juvenil, aun cuando se sirva de las ventajas que le ofrece la civilización del consumo, advierte que tanta prodigalidad esconde una seducción ilusoria, y que no se puede detener en la experiencia sensual de la opulencia materialista.

Así, pues, vosotros buscáis continuamente el verdadero valor de vuestra vida, de vuestra responsabilidad personal, y vivirlo es ya corresponder a la vocación cristiana. Ahora, en esta búsqueda no se puede proceder aislados, precisamente por razón de la fragilidad de cada uno, expuesta a los más diversos ataques. En la adhesión a un grupo, en la espontaneidad y en la homogeneidad de un círculo de amigos, en la confrontación constructiva de ideas e iniciativas, en la ayuda recíproca, puede establecerse y conservarse la vitalidad de la renovación social a la que todos aspiráis.

Vosotros, jóvenes, tendéis a la meta preciosa del complemento comunitario, de la conversación, de la amistad, del darse y del recibir, del amor. Las asociaciones juveniles están refloreciendo: el Papa os exhorta a ser fieles, perspicaces, ricos de ingenio en este esfuerzo de dar respiro cada vez más amplio a estas asociaciones. Es una invitación apremiante que dirijo a todos los responsables de la educación cristiana de la juventud, esto es, de los hombres del mañana.

4. ¿Dónde encontraréis la fuerza, queridos jóvenes y amigos, para sostener vuestro optimismo, para dar alma a vuestras asociaciones? Domingo Savio, con motivo de la proclamación del Dogma de la Inmaculada, el 8 de diciembre de 1854, ante el altar de María —como nos atestigua Don Bosco—, renovó las promesas de la primera comunión, diciendo, entre otras cosas: "María, os doy mi corazón, haced que siempre sea vuestro; Jesús y María, sed siempre mis amigos". He aquí, queridísimos hijos, de dónde sacar la fuerza para vuestros programas de renovación: Jesús y María. Ellos no sólo son modelos, son amigos, más aún, son parte de vuestra vida. Vosotros les pertenecéis; Ellos os pertenecen. Se trata de saberlo y creerlo.

Jesús es el Mesías de toda época, también de estas prometedoras vísperas del año 2000; es el Hombre de la esperanza, el Hombre centro de la humanidad. Es quien descubre y cumple en nosotros las profecías divinas de liberación personal y social. Es el Liberador, el Hombre-Dios de nuestra salvación. Vuestro compromiso juvenil de vida, en todas sus expresiones, en el estudio y en el trabajo, en familia y en sociedad, debe llevaros a reconocer interiormente y a proclamar que Jesús es el fundamento del valor, la alegría y la esperanza de cada hombre. Tened la inteligencia y la valentía —os lo piden la Iglesia y el Papa— de hacer de vuestra vida una aclamación y un testimonio de Cristo, nuestra salvación.

Una palabra sobre María, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, a cuyo patrocinio amoroso Dios mismo ha querido confiar, a través de su "Sí" obediente, los destinos de toda la humanidad. A Ella confía el Hijo la tarea maternal de implorar para vosotros tina salvación individual y colectiva.

Queridos jóvenes, el resurgimiento de auténticos valores cristianos en la época presente, como la fraternidad, la justicia y la paz, está confiado una vez más a la intervención y a la pedagogía materna de María. También hoy María es Madre de la divina gracia y Reina de las victorias.

5. Y termino estas palabras con una invitación a la fortaleza cristiana, virtud muy propia de los jóvenes. Sed testigos intrépidos de Cristo resucitado y no retrocedáis jamás ante los obstáculos que se interponen en el sendero de vuestra vida de cristianos.

Optimismo, unión, fortaleza: he aquí el deseo que os expreso, agradeciendo una vez más vuestra visita, que me ha proporcionado tanta alegría.

Al extender mi saludo a cuantos os han acompañado aquí, y especialmente a los miembros del consejo superior de los Salesianos y de las Hijas de María Auxiliadora, y a vuestros padres y familiares, invoco sobre todos vosotros la efusión de los favores y alegrías celestes, mientras de corazón os imparto mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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