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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PROFESORES DE TEOLOGÍA


Convento de los capuchinos de Altötting
Martes 18 de noviembre de 1980

 

Distinguidos señores profesores,
queridos hermanos:

Es para mí una gran alegría poderme reunir con vosotros al final de esta jornada. Tenía un deseo personal de tener un encuentro con los representantes de la teología de vuestro país. No en vano la ciencia teológica forma parte, hoy más que nunca, de las más importantes tareas de la vida de la Iglesia. Os saludo de todo corazón, y en vosotros quiero saludar también a todos los teólogos. Sólo con pensar en San Alberto Magno, en Nicolás de Cusa, en Mohler y Scheeben, en Guardini y Przywiara, me doy cuenta que os halláis inmersos en una gran corriente de tradición. Menciono a estos destacados teólogos como representantes de muchos otros que, tanto en el pasado como en el presente, han enriquecido y siguen enriqueciendo no sólo a la Iglesia de lengua alemana, sino a la teología y a la vida de toda la Iglesia.

Por eso quiero daros las gracias de todo corazón a vosotros y a cuantos representáis por esta tarea que estáis realizando. El trabajo científico es casi siempre una labor silenciosa y abnegada. Esto puede afirmarse de manera especial de la elaboración de textos famosos y de la investigación de las fuentes de la teología. A esta desinteresada labor de investigación que desarrolláis en vuestro país, debemos nosotros numerosas ediciones de textos patrísticos, medievales y modernos. Cuanto más amplio llega a ser el saber global de la teología, tanto más urgente se hace la tarea de realizar una síntesis. En numerosos léxicos, comentarios y manuales, habéis sido capaces de abrir útiles y certeras perspectivas sobre el momento científico de casi todas las disciplinas. Precisamente en esta época postconciliar, todas esas orientaciones básicas se han manifestado particularmente importantes como mediadoras entre la herencia del pasado y las ideas del presente. Gracias a esto se ha llegado, sobre todo en el ámbito de la interpretación de la Biblia, a una satisfactoria labor común de quienes se dedican a la exégesis, tarea que ha dado un impulso enriquecedor a los esfuerzos en el ámbito ecuménico, y que ciertamente seguirá todavía dando. Os invito a que continuéis en esta sólida investigación teológica. Para esto habréis de escuchar con atención y haceros eco de las preguntas y necesidades del hombre de hoy; pero no os dejéis turbar por las corrientes pasajeras y coyunturales del espíritu humano. El conocimiento científico, y sobre todo el teológico, necesita del coraje del riesgo y de la paciencia de la madurez. Tiene sus propias leyes, como para no permitir que se le impongan desde fuera.

Si la investigación teológica forma parte de las genuinas riquezas de la Iglesia de vuestro país, se debe, sin duda, en parte a la inclusión de la teología en los programas de las universidades estatales. La relación entre la libertad de la teología científica y su vinculación a la Iglesia, según está establecido en los Concordatos, ha podido confirmarse como modelo a pesar de algunos conflictos. Tenéis la oportunidad de poder cultivar filosofía y teología en su contexto y en colaboración con todas las ciencias de una universidad moderna. Esta situación ha dejado también su huella en las peculiaridades de los centros filosófico-teológicos de diócesis y de órdenes religiosas, en las escuelas superiores y facultades de pedagogía, así como en los institutos de investigación de la Iglesia. Además, la publicación de los resultados de la investigación teológica no sería posible sin editoriales católicas verdaderamente eficaces. En mi agradecimiento quisiera incluir a todos los que fomentan la ciencia teológica de las maneras más diversas.

Quien mucho ha recibido tiene grandes tareas que realizar. En la actual situación, de la teología, donde a veces afloran crisis, vosotros tenéis una gran responsabilidad. Por eso quisiera aprovechar la oportunidad para recordaros tres perspectivas que ocupan un lugar especial en mi corazón.

1. La abundancia de tareas y planteamientos, métodos y disciplinas, se nos presenta en el marco de la complejidad y especialización del saber actual. Este ha proporcionado valiosos conocimientos y nuevos enfoques. Pero existe el peligro de que, con tal cantidad de saberes particulares, se difumine ocasionalmente el sentido y la meta de la teología. Por otra parte, en un mundo secularizado, las huellas de Dios se van borrando; por este motivo, la concentración en el Dios Trino como origen y base firme de nuestra vida y de todo el mundo, constituye la tarea más urgente de la teología actual. Toda la pasión que ponemos en el conocimiento teológico debe conducir, en definitiva, a Dios mismo. Todavía durante el Concilio Vaticano II se pensaba que había que dar por supuesta la respuesta a la problemática de Dios. Con el tiempo uno constata que precisamente la relación del hombre con Dios ha llegado a ser tan frágil que necesita ser reforzada. Por eso, quisiera pediros que trabajéis con todas vuestras fuerzas en la renovación de la comprensión de Dios, y en este campo desearía resaltar la Trinidad de Dios y la idea de la creación.

Concentración en Dios y en su salvación dirigida a los hombres, significa orden interno de las verdades teológicas. En el centro se encuentran Dios Padre, Jesucristo y el Espíritu Santo. La Palabra de la Escritura, la Iglesia y los Sacramentos constituyen los grandes fundamentos históricos de la salvación ofrecida al mundo; pero la "jerarquía en las verdades" solicitada por el Concilio Vaticano II (Decreto sobre el Ecumenismo, núm. 11), no significa una simple reducción de la amplitud de la fe católica a unas pocas verdades básicas, como algunos han pensado. Cuanto más profunda y radicalmente se capta el centro, tanto más claras y convincentes resultan las líneas que enlazan el centro divino con aquellas verdades que parecen más bien estar situadas al margen. La profundidad de la concentración se manifiesta también en el alcance de su irradiación a toda la teología.

La tarea del teólogo al servicio de la doctrina sobre Dios constituye, al mismo tiempo, según la enseñanza de Santo Tomás de Aquino, un acto de amor hacia el hombre (cf. S. Th., 11-11, q. 181, a. 3, c; 182, a. 2, c; I, q. 1, a. 7, c). Entonces es cuando esa tarea le hace consciente, del modo más profundo y pleno posible, que él es el Tú de todo el hablar de Dios y de toda acción divina, y le descubre y aclara su propia dimensión definitiva y eterna, que supera todo límite.

2. Toda teología está basada en la Sagrada Escritura, cimienta todas las tradiciones teológicas en la Sagrada Escritura y torna nuevamente a ella. Permaneced fíeles, por tanto, a la doble tarea de toda interpretación de la Escritura: custodiad el incomparable Evangelio de Dios, no hecho por hombres, y tened al mismo tiempo el coraje de presentarlo en su pureza una vez más al hombre. Como dice la Constitución sobre la Divina Revelación del Concilio Vaticano II, el estudio de la Sagrada Escritura constituye siempre "el alma de la teología" (núm. 24). Ella nutre y mantiene joven nuestra búsqueda teológica. Si vivimos de la Escritura, podremos acercarnos a nuestros hermanos separados, a pesar de todas las diferencias que todavía pueda haber.

El teólogo católico no puede tender el puente entre la Escritura y las preocupaciones de nuestro presente sin tener en cuenta la mediación de la Tradición. Esta no reemplaza a la Palabra de Dios en la Biblia; más bien da testimonio de ella, en el transcurso de épocas históricas, mediante nuevas interpretaciones. Permaneced siempre en diálogo con la Tradición viva de la Iglesia. Extraed de ella los tesoros a menudo no descubiertos aún. Haced ver a los hombres de la Iglesia que, obrando así, no os abandonáis a reliquias del pasado, sino que nuestra gran herencia, que se extiende desde los Apóstoles hasta nuestros días, encierra en sí un rico potencial capaz de dar respuesta a los interrogantes actuales. Si somos capaces de descubrir el valor de la Sagrada Escritura y de percibir el eco que ha dejado en la Tradición viva de la Iglesia, podremos entonces transmitir mejor el Evangelio de Dios. Nos haremos más críticos y sensibles de cara a nuestro propio presente. Este no constituye ni la única ni la última medida del conocimiento teológico.

No es fácil poner en marcha el empeño por la gran Tradición de nuestra fe. Para explorarla necesitamos utilizar lenguas extrañas, cuyo conocimiento hoy en día disminuye desgraciadamente. No sólo se trata de investigar sobre las fuentes desde el punto de vista histórico, sino dejar que tomen parte en el diálogo de nuestro tiempo con sus exigencias objetivas. La Iglesia católica, que abarca todas las épocas culturales, está convencida de que cada época ha conquistado una faceta de la verdad, faceta que también nos es útil. Es quehacer de la teología la renovación profética a partir de estas fuentes, que constituyen, al mismo tiempo, una ruptura y una continuidad. Tened el coraje de conducir a los tesoros de nuestra fe a cuantos jóvenes os han sido confiados en el estudio de la filosofía y la teología.

3. La teología es una ciencia que tiene a su disposición todas las posibilidades del conocimiento humano. Es libre en el uso de sus métodos y análisis. Pero, al mismo tiempo, debe tener en cuenta su relación con la fe de la Iglesia. La fe no es algo que nos debemos a nosotros mismos; más bien "está edificada sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús" (Ef 2, 20). También la teología debe dar por supuesta la fe, pero no puede producirla. Y el teólogo está siempre apoyado en los padres en la fe. El sabe que su especialidad no se compone de una serie de objetos o materiales históricos mezclados en un alambique artificioso, sino que se trata de la fe viva de la Iglesia. No en vano el teólogo enseña en nombre y por encargo de la comunidad de fe eclesial. Debe ineludiblemente hacer nuevas propuestas dirigidas a la comprensión de la fe, pero éstas no son más que una oferta a toda la Iglesia. Muchas cosas deben ser corregidas y ampliadas en un diálogo fraterno hasta que toda la Iglesia pueda aceptarlas. La teología, en el fondo, debe ser un servicio enormemente desinteresado a la comunidad de los creyentes. Por ese motivo, de su esencia forman parte la discusión imparcial y objetiva, el diálogo fraterno, la apertura y la disposición de cambio de cara a las propias opiniones.

El creyente tiene derecho a saber en qué debe fiarse en asuntos de fe. La teología debe hacer ver al hombre la frontera ante la que debe detenerse. No en vano la Iglesia ha recibido el don del Espíritu de verdad. El Magisterio existe sólo en orden a constatar la verdad de la Palabra de Dios, sobre todo cuando se ve amenazada por desfiguraciones y malentendidos. En este contexto hay también que situar la infalibilidad del Magisterio eclesiástico. Desearía repetir lo que ya escribí en mi Carta del 15 de mayo del presente año dirigida a los miembros de la Conferencia Episcopal Alemana: "La Iglesia debe... ser muy humilde y al mismo tiempo debe estar segura de permanecer en la misma verdad, en la misma doctrina de fe y moral que ha recibido de Cristo, que en esta esfera la ha dotado con el don de una 'infalibilidad' específica" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 8 de junio de 1980, pág. 17). A decir verdad, la infalibilidad no ocupa un puesto central, de privilegio, en la jerarquía de las verdades, pero es "en cierto modo la clave de esa certeza con la que se confiesa y se anuncia la fe, y también la clave de la vida y conducta de los creyentes. Si perturbamos o demolemos este fundamento esencial, empiezan, al mismo tiempo, a desmembrarse también las más elementales verdades de nuestra fe".

El amor a la Iglesia concreta, que encierra en sí también la fidelidad al testimonio de la fe y al Magisterio eclesial, no enajena al teólogo de su tarea, ni resta a ésta nada de su irrenunciable autonomía. Magisterio y teología tienen distintas tareas que cumplir. Por eso, no puede ser reducida la una a la otra. No obstante, ambas sirven a una sola totalidad. Precisamente en esta estructura, debéis permanecer siempre abiertos a un diálogo mutuo. En los años posteriores al Concilio habéis ofrecido numerosos ejemplos de una buena colaboración entre teología y magisterio. Profundizad en esta base y seguid adelante, a pesar de los conflictos que siempre pueden surgir, con vuestra tarea común en el espíritu de una fe común, de la misma esperanza y de un amor que asocie a todos.

Quería reunirme con vosotros esta tarde para confirmaros en vuestra tarea actual y para alentaros a emprender nuevas tareas. No olvidéis vuestra importante misión en la Iglesia de nuestros días. Trabajad con diligencia y esmero. Sed meticulosos, pero impulsando una teología no sólo de la razón, sino también del corazón. San Alberto Magno (recuerdo que he venido a Alemania con motivo del 700 aniversario de su muerte) señaló siempre la necesidad de armonizar ciencia y piedad, penetración intelectual y hombre total. Sed para los numerosos estudiantes de teología de vuestro país, sobre todo hoy en día, modelos de una fe viva. Sed creativos en la fe, para que todos unidos podamos acercar Cristo y su Iglesia, utilizando un nuevo lenguaje, a todos los hombres que ya no forman parte de la vida de la Iglesia. No olvidéis nunca vuestra responsabilidad para con todos los miembros de la Iglesia; pensad sobre todo en la importante tarea de la proclamación de la fe que realizan los misioneros en todo el mundo.

Aunque todavía no los conozco personalmente, os pido que transmitáis mis fraternales saludos y la bendición de Dios a todos vuestros colegas, colaboradores y estudiantes, hombres o mujeres. "La gracia de nuestro Señor Jesucristo y la caridad de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros" (2 Cor 13, 13).

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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