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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
EN EL BARRIO DE TONDO


Manila
Miércoles 18 de febrero de 1981

Mga ginigiliw kong kapatid kay Kristo
(Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo):

1. Kay tindi ng kigaya na aking nadarama sa maga sandaling ito! (¡Qué felicidad tan intensa experimento en este momento!). He esperado impacientemente esta visita, porque quería deciros que sois los amigos queridos del Papa, a quienes él quiere traer el mensaje de amor que Jesús ha confiado a su Iglesia. Mi visita a vosotros como Sucesor del Apóstol Pedro es una visita de amor. No podía ser de otro modo, porque veo en vosotros al mismo Cristo y a El he entregado mi amor. Al decir a Pedro que él había de ser el Pastor del rebaño, Jesús le preguntó por tres veces con una insistencia cada vez mayor: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" (Jn 21, 15 ss.). Y San Pedro profesó su amor por Cristo. También yo profeso mi amor por vosotros, y al venir a vosotros quiero, simplemente, dar testimonio de esté amor. Quiero tan sólo repetiros las palabras de Cristo, que dijo: "Como el Padre me amó, yo también os he amado" (Jn15, 9).

2. Agradezco al Señor el haberme dado esta oportunidad de venir al distrito de Tondo y encontrarme con el pueblo de Foreshoreland, y de modo particular, con los miembros de la parroquia de Nuestra Señora de la Paz y del Buen Viaje. El nombre de Tondo se halla ligado de modo especial al nombre de mi predecesor Pablo VI, el primer Papa peregrino por todo el mundo de los tiempos modernos. Cuando vino aquí, hace más de diez años, bendigo los comienzos de esta parroquia, situada en medio de una zona en la que las necesidades humanas y cristianas eran muchas y muy profundas. El abogó por un mayor respeto a los derechos de la persona humana, a la dignidad de los hijos de Dios; pidió una mayor conciencia de los sufrimientos del pueblo por parte de las autoridades civiles y eclesiales. Me han dicho que muchas cosas han sucedido desde entonces, que los diferentes sectores de la sociedad han mostrado una mayor preocupación, y especialmente, que los mismos habitantes de Tondo han llevado a cabo muchas cosas por medio de la formación de sus propias organizaciones para el desarrollo espiritual, pastoral, social y económico. Pero es necesario hacer otro tanto todavía para convertir a Tondo en un lugar de esperanza para los hombres, mujeres y niños que llaman a este lugar su casa.

3. Cuando pensamos en los numerosos problemas con que os enfrentáis diariamente, cuando pensamos en todos los hombres que se encuentran en otras áreas, en los suburbios de las grandes ciudades y en las zonas rurales olvidadas en otras partes de Filipinas, entonces pensamos en Cristo. En los rostros de los pobres veo el rostro de Cristo. En la vida del pobre veo reflejada la vida de Cristo. A cambio, el pobre y esos discriminados se identifican más fácilmente con Cristo, porque en El descubren a uno de los suyos. Ya desde el mismo comienzo de su vida, en el bendito instante de su nacimiento como Hijo de la Virgen María, Jesús no tuvo casa, porque no había lugar para El en la posada (cf. Lc 2, 7). Cuando sus padres le llevaron a Jerusalén por primera vez, para presentar su ofrenda en el templo, fueron contados entre los pobres e hicieron la ofrenda que correspondía a los pobres (cf. Lc 2, 24). En su niñez fue un refugiado, forzado a huir del odio que había desatado la persecución, a abandonar su propio país y a vivir exiliado en tierra extranjera. Siendo un muchacho fue capaz de confundir a los ilustrados maestros con su sabiduría, y aun trabajaba con sus manos como un humilde carpintero, al igual que su padre adoptivo José. Cuando proclamó y explicó las Escrituras en la sinagoga de Nazaret, "el hijo del carpintero" (Mt 13, 55), fue rechazado (cf. Lc 4. 29). Incluso uno de los discípulos que había elegido para seguirle preguntó: "¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Jn 1, 46). Fue también víctima de la injusticia y la tortura y fue entregado a la muerte sin que nadie saliera en su defensa. Sí, El era el hermano de los pobres, ésa era su misión —pues fue enviado por Dios Padre y ungido por el Espíritu Santo—: proclamar el Evangelio a los pobres (cf. Lc 4, 18). Elogió al pobre cuando pronunció aquel reto sorprendente para todos aquellos que quieran ser sus seguidores: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 3).

4. ¡Bienaventurados los pobres de espíritu! Es la sentencia que abre el sermón de la montaña, en el que Jesús proclamó las bienaventuranzas como el programa de todos aquellos que quieran seguirle. Las bienaventuranzas no fueron dirigidas sólo a sus coetáneos, sino a todas las generaciones que se sucederían a lo largo de los tiempos; son una invitación para todo aquel que acepta el nombre de cristiano. Este fue el mensaje que proclamé en Brasil a los pobladores de los suburbios, en las favelas de Río de Janeiro, y a los habitantes de la península pantanosa de Salvador de Bahía. Es el mensaje que presento tanto a ricos como a pobres, el mensaje que la Iglesia en Filipinas, y en cualquier parte, debe hacer suyo y poner en práctica. Toda Iglesia que pretenda ser una Iglesia de los pobres ha de prestar atención a este mensaje, descubrir toda su profundidad y realizar toda su verdad.

Aquí, en Tondo, y en otros lugares de esta tierra, existen muchos pobres, y también en ellos veo al pobre de espíritu a quien Jesús llamó bienaventurado. Los pobres de espíritu son aquellos que tienen sus ojos puestos en Dios, y su corazón abierto a su acción divina. Aceptan el don de la vida como un don de lo alto, y lo consideran valioso, porque viene de Dios. Agradecidos al Creador y misericordiosos con sus semejantes, los seres humanos, están dispuestos a compartir lo que tienen con aquellos que se encuentran en mayor necesidad. Aman a sus familias y a sus hijos y comparten sus casas y mesas con el niño hambriento y el joven que no tiene casa. Los pobres de espíritu  se hacen ricos en cualidades humanas, están cerca de Dios, dispuestos a escuchar su voz y a cantar sus alabanzas.

5. Ser pobre en espíritu no significa estar alejado de los problemas que acosan a la comunidad, pues nadie posee un sentido más agudo de la justicia que los pobres que sufren las injusticias que las circunstancias y el egoísmo humano les deparan. Encontrando fuerza en la solidaridad humana, el pobre señala ya, con su misma existencia, la obligación de justicia con que se enfrentan la sociedad y todos los que tienen poder, sea de tipo económico, cultural o político. Así, la misma verdad de esta bienaventuranza señala un camino que todo ser humano ha de recorrer. Y esto les dice a aquellos que viven en pobreza material que su dignidad, su dignidad humana, ha de ser respetada, que sus derechos humanos inviolables deben ser guardados y protegidos. También les dice que ellos mismos pueden lograr mucho si emplean sus capacidades y talentos, y especialmente su decisión de ser artífices de su propio progreso y desarrollo.

La primera bienaventuranza dice al rico, a aquel que disfruta de bienestar material o que acumula un número desproporcionado de bienes materiales, que el hombre es grande no por lo que posee, sino por lo que es, no por lo que tiene, sino por lo que comparte con los demás. Pobre de espíritu es el rico que no cierra su corazón, sino que se enfrenta con las situaciones intolerables que mantienen la pobreza y la miseria de tantos que constantemente pasan hambre y se ven privados de sus derechos a hacer crecer y a desarrollar sus capacidades humanas, que carecen de casas adecuadas o no tienen suficientes vestidos, que sufren enfermedad por falta de toda clase de cuidados médicos básicos, que crecen desesperados por falta de un empleo que les capacitaría para proveer a las necesidades de sus familias por medio de un trabajo honesto. Pobre de espíritu es el rico que no descansa mientras un hermano o hermana se halla acosado por la injusticia y la impotencia. Pobre de espíritu es aquel que tiene poder político y recuerda que éste le ha sido dado sólo para el bien común y que no cesa nunca de arbitrar medios para organizar todos los sectores de la sociedad de acuerdo con las exigencias de la dignidad y la igualdad que son un derecho de nacimiento de todo hombre, mujer y niño que Dios ha llamado a la existencia.

6. La misma Iglesia, la Iglesia en Asia, en Filipinas y en Tondo, ha de prestar oído a la llamada de las bienaventuranzas y ser la Iglesia de los pobres, porque ha de hacer lo que Jesús hizo y proclamar el Evangelio a los pobres (cf. Lc 4, 18). Sin embargo, esta preferencia que la Iglesia muestra por el pobre y el marginado, no significa que dirija su atención sólo a un grupo, clase o categoría. Ella predica el mismo mensaje a todos: Que Dios ama al hombre y que envió a su Hijo para la salvación de todos; que Jesucristo es el Salvador, "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6). Ser la Iglesia de los pobres significa tener que hablar el lenguaje de las bienaventuranzas a todos los hombres, a todos los grupos o profesiones, a todas las ideologías, a todos los sistemas políticos y económicos. Y lo hace, no para servir a intereses políticos, no para adquirir poder, ni para proporcionar pretextos que justifiquen la violencia, sino para salvar al hombre en su humanidad y en su destino sobrenatural.

Defender la dignidad humana de los pobres y su esperanza en el futuro del hombre no es una postura fácil para la Iglesia, ni es una estrategia oportunista, ni tampoco un medio para alcanzar el favor de las masas. Es su obligación, porque Dios quiere que todos los seres humanos vivan de acuerdo con la dignidad que El les ha conferido. La misión de la Iglesia es recorrer el sendero del hombre, "porque el hombre —todo hombre sin excepción alguna— ha sido redimido por Cristo; porque con el hombre —cada hombre sin excepción alguna— se ha unido Cristo de algún modo, incluso cuando ese hombre no es consciente de ello" (Redemptor hominis, 14). Por tanto, la Iglesia quiere predicar a los pobres todo el Evangelio, quiere animarlos a ser fieles a la vida divina que han recibido en el bautismo, la vida que se nutre en la Eucaristía, y que se recibe y se mantiene a través del sacramento de la reconciliación. Por el mismo motivo, os animo a vosotros, pueblo de Tondo, y a todo el Pueblo de Dios en Filipinas, a poner por obra vuestra responsabilidad individual y colectiva para incrementar la instrucción catequética, intentando cumplir plenamente la enseñanza social de la Iglesia. Tened plena convicción de la importancia que tendrá para todas las generaciones futuras de filipinos, el ser conscientes de la suprema dignidad a que están llamados, que es la vida eterna en Cristo Jesús.

7. Mis queridos amigos de Tondo: Sed fieles a Cristo y abrazad con alegría su Evangelio de salvación. No os dejéis tentar por ideologías que predican tan sólo valores materiales o ideales puramente temporales, que separan el desarrollo político, social y económico de las cosas del espíritu; y que ven la felicidad fuera de Cristo. El camino hacia vuestra liberación total no es el camino de la violencia, de la lucha de clases o del odio; sino el camino del amor, de la hermandad y de la solidaridad pacífica. Sé que me comprendéis, vosotros los pobres de Tondo, porque sois bienaventurados y poseéis el Reino de los cielos. Cuando yo me haya marchado recordad siempre estas palabras de Jesús: "Si, pues, el Hijo os librare, seréis verdaderamente libres" (Jn 8, 36).

Por Cristo hago mías todas vuestras preocupaciones y luchas, por causa de mi amor en Cristo estoy con vosotros en vuestros esfuerzos por aseguraros un futuro digno a vosotros y a vuestros hijos; por el supremo amor de Cristo hacia vosotros os predico un Evangelio promovedor de vida eterna.

Pido por vosotros, por cada uno de vosotros, por vuestras familias, por vuestros hijos, por los jóvenes y por los ancianos, por los enfermos y los que sufren. Pido que la fuerza de Jesús resida en vuestros corazones mientras trabajáis juntos para promover vuestras vidas, para ser buenos cristianos y buenos ciudadanos. Ruego para que encontréis a Jesús los unos en los otros, y en cada uno de los seres humanos. Y pido que juntos le encontréis y le adoréis a El —el eterno Hijo de Dios— en los brazos de su Madre, María.

¡Que Nuestra Señora de la Paz y del Buen Viaje sea una Madre amorosa para todos vosotros!

Mabuhay kayong lahat! (¡Que Dios os bendiga a todos!).

Jesús, mi hermano, Tú has vuelto a nuestra tierra, posees el rostro de otro, a quien yo no reconozco.

Enseña a mis ojos a descubrir lo verdadero, a reconocerte a Ti, Señor, en el pequeño y el humilde que veo.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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