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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DEL REINO DE NORUEGA
ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 20 de enero de 1986

 

Señor Embajador:

1. En el momento de comenzar vuestra misión como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario del Reino de Noruega ante la Santa Sede, me complace expresaros, junto con mi saludo de bienvenida, los votos cordiales que hago por vos, por el cumplimiento de vuestra alta función diplomática, y por la felicidad de todos aquellos a quienes vos representáis aquí.

Mi pensamiento se dirige especialmente a Su Majestad el Rey Olav V, a quien pido que agradezcáis el amable mensaje del que os ha encargado ser intérprete. Por él y por su familia hago mis mejores votos de salud y de serenidad, pidiendo al Señor que le ayude a presidir los destinos del pueblo noruego, al que me complace expresar asimismo mi simpatía y mis deseos cordiales.

Cuando vuestro predecesor presentó sus Cartas Credenciales como primer Embajador del Reino de Noruega ante la Santa Sede, el 18 de febrero de 1983, hablé de un momento histórico de gran relieve en nuestras relaciones. Estas relaciones, a nivel diplomático, se hallan ahora bien enraizadas, y Vuestra Excelencia contribuirá, estoy seguro, a hacerlas cada día más profundas y fructíferas.

2. Os habéis referido al período característico de la Edad Media, en la que la vitalidad religiosa y cultural de Noruega – pienso sobre todo en la época de las sagas – brilló notablemente en Escandinavia y en una gran parte de Europa, prolongando, en otro plan, las expediciones conquistadoras de vuestros compatriotas normandos. Habéis tenido además a bien resaltar las relaciones serenas y fecundas que existían entonces entre el Obispo de Roma y quienes, realzando el papel de la Iglesia en vuestro País, facilitaban la toma de conciencia de vuestros valores propios y del sentimiento nacional.

Estos valores humanos se enraízan en un patrimonio común a Europa, profundamente marcado por la fe cristiana; en particular, la hermosa figura del Santo Rey Olav II es símbolo permanente de la adhesión de los noruegos a Cristo, tras el bautismo de su Nación, hace ya casi mil años. Hoy, tras la desgraciada división entre los cristianos, consecuencia de la Reforma, el Cristianismo, en el marco de la Confesión Luterana, sigue unido a las estructuras sociales del País.

3. Vuestro Estado ha sabido luchar en muchas ocasiones en el curso de la historia por mantener su independencia y buscar con tenacidad la prosperidad del País en todos los sentidos. Ha sido ahora, como Estado moderno, cuando Noruega ha querido establecer relaciones diplomáticas con la Santa Sede, al igual que un gran número de países en el mundo. En efecto, Noruega y la Sede Apostólica – reconocida con su personalidad jurídica «sui generis» en la comunidad internacional – pueden coincidir en muchos objetivos afines, muy importantes para el desarrollo verdaderamente humano de los pueblos, para el servicio al bien común, que incumbe a los gobernantes, y para las relaciones de equidad y de paz que deben ser establecidas o consolidadas entre las naciones.

Vos mismo habéis evocado la democracia, la igualdad, la solidaridad; habéis hecho una mención especial de la libre comunicación de ideas y de personas, en la línea de la Conferencia de Helsinki, y, sobre todo, del libre ejercicio de la religión. Sé que Noruega está en condiciones de aportar su apoyo a este punto, que tiene una importancia capital para la Santa Sede, como para todos los países que se adhieren a una justa concepción de la libertad. Se trata de los Derechos fundamentales del hombre, que piden ser respetados por todos y en todo, y sin los cuales una civilización no merece tal nombre.

4. Esta exigencia de la dignidad de la persona no permite descuidar, sino más bien exige –contrariamente al individualismo animado por ciertas sociedades de consumo – la promoción de los hombres de otros países que se debaten en las pesadas dificultades del desarrollo y de la paz. La solidaridad no puede reducirse a una palabra que haga soñar; requiere acciones valientes en favor de un nuevo orden económico internacional; exige una cooperación con el conjunto de las naciones representadas en las Naciones Unidas y, en primer lugar, en el plano de la región y del continente. El reciente encuentro con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (11 de enero de 1986) me ha permitido desarrollar ampliamente este aspecto del valor universal de la paz. Y sé que Noruega siente la preocupación de una cooperación amplia, en el marco del Consejo nórdico y del Consejo de Europa.

5. Ahora bien, todos los proyectos humanos concernientes al bienestar de los pueblos y a la equidad de sus relaciones necesitan apoyarse en las conciencias de los ciudadanos y en la de sus responsabilidades a distintos niveles – desde los educadores a los gobernantes –, sobre valores espirituales y morales, cuya importancia habéis subrayado vos mismo, Señor Embajador. Sabéis muy bien que es papel de la Santa Sede ayudar a promoverlos, pues su misión es ante todo de orden espiritual, como testimonio del mensaje evangélico confiado por Cristo al Apóstol Pedro y a sus hermanos. Con los obispos católicos europeos reunidos recientemente en Simposio, yo evocaba el «modelo» de la sociedad europea actual con sus aspectos positivos y sus sombras: a veces el hombre, en medio de una sobreabundancia de bienes y de saber, no conoce ya el sentido de su vida y de su dignidad como ser creado a imagen de Dios ni las exigencias del amor y de la estabilidad en la familia. El hombre europeo no puede olvidar que sus raíces cristianas constituyen una parte integrante de Su identidad y lo invitan a una nueva síntesis creadora entre el Evangelio y las condiciones actuales de su existencia. En este sentido, se trata, además de la fidelidad a la fe recibida, de un servicio eminente que debe prestarse a nuestras sociedades occidentales, en el respeto a las conciencias. Por mi parte, invito a todos los católicos a dedicarse a esta tarea, comprendidos los que viven entre vosotros, en la diócesis de Oslo, en las prelaturas de Trondheim y Tromso, a quienes saludo con un afecto especial: son pocos numéricamente, pero muy bien integrados en la sociedad noruega. Por otra parte, los valores morales y espirituales constituyen ciertamente objeto de la misma preocupación en las otras Iglesias cristianas. Y ésta es una razón suplementaria para promover el ecumenismo, que ayuda a todos los cristianos a comprenderse mejor, a respetarse, a trabajar juntos por el bien de sus hermanos, mientras preparan entre sí la unidad plena. Por esta razón, saludo también ahora a vuestros compatriotas, los cuales pertenecen casi todos a la Iglesia Luterana.

6. Señor Embajador: Representáis a vuestra Patria y sus intereses superiores. Pienso que las reflexiones hechas en este momento tocan profundamente estos intereses. Os renuevo los votos fervientes que hago por vuestra misión ante la Santa Sede, por el pueblo noruego, por su Soberano y por todos los gobernantes. En medio del largo invierno que hace esperar a vuestros compatriotas la vuelta de días más soleados, que Dios no deje de colmarlos de su luz y dé sus múltiples dones para que les permitan vivir en la felicidad y en la paz conformes a su voluntad y a su amor.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 12 p.22 (p.178).

 

© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana

 

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