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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE BOLIVIA
EN VISITA
«AD LIMINA APOSTOLORUM»

Jueves 8 de noviembre de 1990

 

 

Amadísimos Hermanos en el Episcopado:

1. Es para mí motivo de gran gozo tener este encuentro con vosotros, Pastores de la Iglesia en Bolivia, que con vuestra visita “ad limina Apostolorum” queréis poner aún más de manifiesto vuestra íntima comunión en la fe y en la caridad con el Sucesor de Pedro, “principio y fundamento perpetuo y visible de unidad” (Lumen gentium, 23).

Habéis venido hasta Roma, centro de la catolicidad, siendo portadores de los problemas y dificultades, las ilusiones y esperanzas de vuestras Iglesias particulares.

Mi pensamiento, lleno de afecto, se dirige ahora a todas y cada una de las diócesis que representáis. Y en vuestras personas saludo entrañablemente a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y a todos vuestros fieles, presentes siempre en mi oración al Señor y en el recuerdo de la inolvidable visita pastoral que tuve la dicha de hacer a vuestro querido País hace poco más de dos años.

Agradezco vivamente las palabras que, en nombre de todos, ha tenido a bien dirigirme Mons. Julio Terrazas, Presidente de la Conferencia Episcopal, haciéndose igualmente portavoz de vuestros colaboradores diocesanos y de vuestros fieles. Soy consciente de que el anuncio del Evangelio exige muchos sacrificios y gran espíritu de entrega. Por ello, quiero ahora manifestaros a vosotros, así como a vuestros colaboradores en las tareas de proclamar el mensaje salvífico de Cristo, mi cordial aprecio y reconocimiento en nombre del Señor, pues dais testimonio de dedicación solícita y abnegada para que “la palabra de Dios sea difundida y glorificada” (2Ts 3, 1).

El reto que la situación actual de vuestro país representa para la Iglesia en Bolivia exige de vosotros un particular empeño en el permanente anuncio del Evangelio, en la decidida renovación de vuestras comunidades, en el discernimiento y comprensión del hombre boliviano, que busca satisfacer su hambre de Dios.

2. Deseo también expresar mi viva estima por vuestro testimonio de unidad como Episcopado. Sabéis bien, queridos Hermanos, la importancia del amor mutuo e íntima comunión que debe caracterizar a los Pastores de la Iglesia. Las palabras del Maestro “que todos sean uno” (Jn 17, 21) debe ser una exigencia constante en todos vosotros, lo cual redundará en bien de las comunidades confiadas a vuestros cuidados, así como de la sociedad en general.

Cristo os ha escogido y enviado para que anunciéis al hombre de hoy, con vuestra palabra y con vuestra vida, su mensaje y su verdad salvífica. Como educadores en la fe y “maestros auténticos” (Lumen gentium, 25), vuestra oración y la escucha de la Palabra ha de ser asidua y atenta para poder transmitirla a los demás y así descubrir en cada acontecimiento los designios de Dios (cf Apostolicam Actuositatem, 4). A este respecto el Concilio Vaticano II pone particular énfasis en afirmar que Cristo “está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla” (Sacrosanctum concilium, 7). Vuestra predicación, por tanto, ha de representar siempre un testimonio de vuestro encuentro personal con Cristo y de vuestra entrega total a la misión de difundir el Evangelio y edificar el Reino de Dios en comunión eclesial. Como habéis señalado en vuestro documento colectivo “Enfoque pastoral”, todos están “llamados a anunciar este Evangelio del Reino. Pues toda la Iglesia, en sus instituciones y organizaciones, existe para evangelizar” (n. 3. 4). Esta es la gran tarea de nuestro tiempo y nadie que se considere miembro de la Iglesia puede sentirse dispensado de ella.

3. En el ejercicio de vuestro ministerio para “actualizar perennemente la obra de Cristo, Pastor eterno” (Christus Dominus, 2) contáis, en primer lugar, con la colaboración de vuestros presbíteros, a quienes el Concilio llama “próvidos cooperadores del Obispo” (Lumen gentium, 28). El Sínodo de los Obispos, que se acaba de celebrar, ha tratado sobre la formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales. Siguiendo las directrices del Vaticano II, los Padres sinodales han puesto en común experiencias pastorales, han meditado sobre los nuevos desafíos que se presentan a la vida sacerdotal y han propuesto líneas de valoración y acción con vistas a responder más adecuadamente a la voluntad de Dios y a las necesidades de las comunidades eclesiales.

En el mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios se ha querido poner particularmente de relieve el papel de los sacerdotes, que es “realmente necesario y no puede ser substituido” (cf. n. III). Vivid, amados Hermanos en el Episcopado, muy cercanos a vuestros sacerdotes, con sincera amistad, compartiendo sus alegrías y dificultades, apoyándolos en sus necesidades; de esta manera se establecerá una firme comunión que será ejemplo para los fieles y sólido fundamento de caridad.

4. Me complace que estéis prestando particular atención a las vocaciones sacerdotales y religiosas. En efecto, sois conscientes de la enorme repercusión que ello tiene para el presente y el futuro de la Iglesia en Bolivia, pues sin el suficiente número de vocaciones la acción evangelizadora se vería seriamente comprometida. Por ello, es muy importante continuar en la diligente selección de los candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada, su adecuada preparación y su seguimiento solícito para que perseveren.

Los seminarios y las casas de formación, como lo señalan insistentemente los documentos de la Santa Sede, han de ser centros adecuados para la preparación integral de la persona, con una sólida base espiritual, intelectual, pastoral y humana; centros donde reine un clima de piedad comunitaria y personal, de estudio y disciplina, de convivencia fraterna y de iniciación pastoral, que sean garantía y base sólida para el futuro ministerio. Sólo así podrá responderse a las necesidades de los fieles, que esperan que sus sacerdotes sean, ante todo, maestros en la fe y testigos del amor al prójimo. Por otra parte, la experiencia os muestra que la pastoral vocacional ha de dedicar también toda su atención a la familia, a la escuela, a los movimientos apostólicos y asociaciones eclesiales, a la juventud. La juventud ha de ocupar siempre un lugar especial en vuestros desvelos pastorales. La Iglesia ha de hacer cuanto esté en su mano para que los jóvenes se acerquen a Cristo. Es necesario estar con los jóvenes, darles ideales altos y nobles, hacerles sentir que Cristo puede satisfacer las ansias de sus corazones inquietos.

5. En vuestras relaciones quinquenales he podido apreciar que la familia representa una de las prioridades en vuestro ministerio. En efecto, como habéis señalado repetidamente, no son pocos los peligros que en la actualidad acechan a la institución familiar y al matrimonio. En particular, habéis querido llamar la atención hacia una creciente mentalidad antinatalista que, en la práctica, se traduce en una actitud injustificada contra la vida.

Vuestro celo pastoral ha de continuar proclamando el valor que para la Iglesia y la sociedad representan el matrimonio y la familia “queridos por Dios con la creación misma” (Familiaris consortio, 3), y que han de ser el “primer centro de evangelización” (Puebla, 617). Velad, pues, diligentemente para que por medio de la catequesis y los demás medios de acción pastoral se potencien los valores de la familia cristiana para que ésta sea “el espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia” (Evangelii nuntiandi, 71).

6. Desde esta perspectiva de acción evangelizadora se abre un vasto campo en la vida eclesial y social a la participación de los fieles laicos. En nuestros diálogos personales he podido apreciar que existe un proceso de crecimiento y organización del laicado cristiano en Bolivia. Es ésta una realidad consoladora, pues, además de paliar en cierto modo la falta apremiante de sacerdotes, representa una gran esperanza para las Iglesias locales. Os aliento, pues, a incorporarlos cada vez más a la tarea evangelizadora, invitándoles también a que asuman todas sus responsabilidades como miembros vivos de la Iglesia y den testimonio de una fe viva y operante en el ámbito de la sociedad boliviana. Como señalé en la Exhortación Apostólica “Christifideles Laici”, “para animar cristianamente el orden temporal - en el sentido señalado de servir a la persona y a la sociedad - los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política, es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común” (Christifideles laici, 42).

El Concilio Vaticano II nos anima a fomentar la conciencia eclesial de los fieles cristianos y a utilizar su disponibilidad y capacidad apostólica para evangelizar, catequizar, contribuir a un cambio que impregne de valores cristianos las realidades temporales. Por ello, una de vuestras prioridades pastorales ha de ser la de preparar, actualizar y dinamizar comunidades cristianas y movimientos de apostolado seglar que puedan hacerse presentes en tantos campos de la vida que reclaman la específica y propia colaboración de los laicos.

7. En este sentido, un espacio privilegiado de comunión y participación son las Comunidades Eclesiales de Base, que en Bolivia muestran una particular vitalidad y que, en palabras de mi venerado predecesor Pablo VI, “deben ser destinatarias especiales de la evangelización y al mismo tiempo evangelizadoras” (Evangelii nuntiandi, 58). Tales comunidades, para que respondan a su identidad eclesial, deben ser un lugar de encuentro y fraternidad, donde se viva intensamente la vida misma de la Iglesia en un contexto de relación más humana, más de familia. En ella se debe acoger la Palabra de Dios fielmente, tal como la transmite la Iglesia, y celebrar, en una perspectiva de fe operante, los misterios litúrgicos como alimento espiritual que sostiene e impulsa la acción apostólica. A este respecto, la creciente presencia en Bolivia de sectas y otros grupos religiosos hace particularmente necesario y urgente el presentar de modo profundo al pueblo fiel los contenidos esenciales de la verdadera doctrina, pues la acción proselitista de estos grupos crea confusión entre los fieles y amenaza su identidad al sembrar división e incertidumbre.

Para que el resurgimiento de las Comunidades Eclesiales de Base sea una fuerza revitalizadora del dinamismo cristiano, es necesario que mantengan siempre una clara conciencia de comunión eclesial. Esto supone seguir fielmente las directrices de sus Pastores, hacer propias las enseñanzas del Magisterio del Papa y evitar siempre la tentación de encerrarse en sí mismas olvidando la necesaria proyección universal y misionera propia de su condición católica (cf. Puebla, 640-642).

8. En vuestro documento colectivo “Directrices pastorales” afirmáis que “el compromiso de la Iglesia debe ser, como el de Cristo, un compromiso con los más necesitados” (n. 1,1.5). Ello exige por parte de todos un esfuerzo solidario para construir una sociedad verdaderamente cristiana que ponga el ideal de servicio por encima del de explotación y dominio. En la celebración eucarística en Santa Cruz, durante mi inolvidable visita pastoral a vuestro amado país, me refería a la penosa “situación que afecta a tantas personas y familias bolivianas, y cuyos índices son la alta mortalidad infantil, la desnutrición, los bajos salarios, la elevada tasa de desempleo, la escasez de vivienda, las deficiencias en el campo de la sanidad y la educación, el contrabando, el narcotráfico y sus secuelas internas y externas, que tienden a generalizarse en diversas formas de corrupción; tantos signos, en fin, de marginación, desigual distribución de la riqueza, desnivel cultural, discriminación de la mujer” (Homilía de la misa celebrada en el aeropuerto El Trompillo de Santa Cruz, n. 3, 13 de mayo de 1988).

Estas circunstancias, que describíamos hace poco más de dos años, continúan siendo, por desgracia, retos que habéis de afrontar desde el Evangelio, para que su acción salvadora penetre y renueve todos los aspectos de la vida personal y social.

La fuerza del mal y del pecado puede vencerse con la fuerza del bien que emana del amor cristiano. La Iglesia, desde una actitud de pobreza y libertad ante los poderes de este mundo, ha de anunciar con valentía el mandato del amor fraterno, la necesidad de comunión y solidaridad entre los hombres, las indeclinables exigencias de la justicia, la esperanza luminosa en la vida eterna.

9. Un amplio sector de vuestro pueblo particularmente afectado por la pobreza y la falta de atención son los indígenas. Conozco bien vuestra preocupación pastoral por hacer vivo y presente el mensaje salvador de Jesús entre las comunidades indígenas y elevar su nivel de vida y los valores genuinos de sus culturas. Ellos representan ciertamente una gran riqueza para la Iglesia por la sencillez y la profundidad de su fe, su espíritu comunitario, su sentido de solidaridad. Es necesario, por ello, incrementar la dedicación y el empeño en fomentar vocaciones autóctonas al sacerdocio y a la vida religiosa, así como a aumentar el número de catequistas, delegados de la palabra y otros ministerios. La evangelización integral de estos grupos humanos y el proceso de inculturación serán siempre garantía de defensa y promoción de sus valores propios. Como os decía en nuestro encuentro en el Seminario de Cochabamba, “la genuina inculturación parte de la luz y de la fuerza del Evangelio que sobrepasa las manifestaciones de toda cultura, haciendo así posible el discernimiento de los auténticos valores, su purificación, transformación y elevación” (Encuentro en el seminario de Cochabamba, n. 4, 11 de mayo de 1988).

Este encuentro de hoy me brinda la oportunidad de manifestaros mi complacencia porque en no pocas ocasiones habéis hecho oír vuestra voz de Pastores en favor de los más pobres y desprotegidos, como son los indígenas, exhortando a la solidaridad y al respeto de los derechos de los individuos y de las etnias. Desde las enseñanzas que dimanan del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia habéis afrontado también la compleja cuestión de la tenencia de las tierras, pidiendo que los derechos sean respetados y que se garantice la propiedad a sus legítimos poseedores.

10. Durante los encuentros personales que hemos tenido estos últimos días, he podido apreciar una vez más la vitalidad de vuestras Iglesias particulares, que tan cercanas siento a mi corazón de Pastor. Quiera Dios que el impulso y dinamismo apostólico que el Espíritu suscitó durante mi visita pastoral a Bolivia, y que vosotros habéis sabido traducir en eficaces programas pastorales, crezca y se desarrolle, produciendo abundantes frutos de vida cristiana, de amor, de esperanza.

Queridos Hermanos, esta visita “ad Limina” es una muestra de vuestra profunda comunión con la Sede Apostólica. Que este encuentro confirme y consolide aún más vuestra mutua unión como Obispos y guías de la Iglesia en Bolivia; así vuestra actuación ganará en intensidad y eficacia, y redundará en bien de vuestras comunidades eclesiales.

Os doy, finalmente, un encargo particular: que llevéis a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas, agentes de pastoral y a todos vuestros diocesanos el saludo y la bendición del Papa.
Os encomiendo a la protección maternal de Nuestra Señora de Copacabana, para que obtenga de su divino Hijo abundantes gracias para todos y cada uno de los amados hijos de la Iglesia en Bolivia.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 
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