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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PEREGRINOS QUE PARTICIPARON
EN LA CEREMONIA DE BEATIFICACIÓN


Sala Pablo Pablo VI
Lunes 5 de mayo de 1997

 

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
amadísimos religiosos y religiosas;
hermanos y hermanas:

1. La atmósfera de alegría y fiesta, característica del tiempo pascual, que ha iluminado la solemne liturgia de beatificación que celebramos ayer por la mañana, prosigue y se profundiza en este encuentro, en el que queremos reflexionar juntos, una vez más, en la experiencia espiritual y en las virtudes evangélicas de los nuevos beatos.

En comunión con las Iglesias particulares donde vivieron y actuaron, elevamos nuestra acción de gracias al Señor por las maravillas realizadas por su gracia en estos ilustres hermanos nuestros en la fe. Al mismo tiempo, nos sentimos alentados por ellos a convertirnos también nosotros en testigos cada vez más convencidos de Cristo, nuestro Señor, para anunciarlo con las palabras y con la vida. Nos confortan la cercanía espiritual y la ayuda fraterna de su poderosa intercesión.

2. Con gran afecto me dirijo a todos los peregrinos de lengua española, que habéis venido desde España y América Latina para participar en el gozo de la beatificación del obispo Florentino Asensio, de Ceferino Giménez Malla «el Pelé» y de la madre María Encarnación Rosal.

Saludo a los obispos de España, y particularmente a mons. Ambrosio Echebarría, obispo de Barbastro-Monzón, y a los fieles de esa diócesis que desde ayer tiene dos nuevos beatos. Vuestra comunidad eclesial tiene la honra de haber visto florecer estos dos mártires, modelos de vida para los cristianos, y que ahora interceden por nosotros.

Entre las muchas facetas que perfilan la rica biografía espiritual de mons. Asensio, cabe subrayar su constante e incondicional dedicación a la predicación del Evangelio, primero como sacerdote y después en su breve ministerio episcopal. A ella permaneció siempre fiel, predicando en la catedral, hasta el último domingo antes de ser apresado. Con ello nos ofrece un admirable ejemplo de la gran importancia que tiene para la vida cristiana el anuncio explícito de Cristo y la transmisión y formación en la fe por medio de la catequesis. Os animo a todos, pastores y fieles, a no escatimar esfuerzos y medios para que la actividad catequética ocupe el puesto que le corresponde en la vida de las comunidades eclesiales y pueda llevar a todos a un conocimiento más profundo de Cristo.

El nuevo beato murió como testigo de la fe que había vivido y proclamado tantas veces. No le faltó en ese momento decisivo la entereza y la dignidad, la fuerza y el valor, que son frutos de su adhesión incondicional a Cristo y a su Evangelio. Que su ejemplo ayude a los cristianos a testimoniar la fe como lo hizo él.

3. El beato Ceferino Giménez Malla alcanzó la palma del martirio con la misma sencillez que había vivido. Su vida cristiana nos recuerda a todos que el mensaje de salvación no conoce fronteras de raza o cultura, porque Jesucristo es el redentor de los hombres de toda tribu, estirpe, pueblo y nación (cf. Ap 5, 9).

«El Pelé» fue un hombre profundamente piadoso: particularmente devoto de la Eucaristía y de la Virgen María, participaba asiduamente en la santa misa y rezaba el rosario con fervor, oraba con frecuencia y pertenecía a diversas asociaciones religiosas. Su vida fue coherente con su fe, practicando la caridad con todos, siendo honrado en sus actividades, poniendo paz en las contiendas y aconsejando sabiamente sobre las situaciones que se presentaban. Por esto gozó de la estima de quienes lo conocieron.

Queridos hijos del pueblo gitano, el beato Ceferino es para vosotros una luz en vuestro sendero, un poderoso intercesor, un guía para vuestros pasos. «El Pelé», en su camino hacia la santidad, tiene que ser para vosotros un ejemplo y un estímulo para la plena inserción de vuestra particular cultura en el ámbito social en que os encontráis. Al mismo tiempo, es necesario que se superen antiguos prejuicios que os llevan a padecer formas de discriminación y rechazo que a veces conducen a una no deseada marginación del pueblo gitano.

4. América Latina cuenta con una nueva beata, la madre María Encarnación Rosal. Saludo con afecto a los obispos y fieles que han venido desde allí, formando parte de la peregrinación de la Familia Bethlemita proveniente de Guatemala, tierra natal de la madre María Encarnación, de Colombia, país que guarda su sepulcro, de Ecuador, Costa Rica, Panamá, Venezuela, El Salvador, Nicaragua, Estados Unidos, así como de España e Italia y las dos naciones donde hay misiones Bethlemitas: Camerún e India.

La beata María Encarnación enriqueció a la Iglesia ayudando a que se conservara la espiritualidad de Belén. Mujer tenaz y fuerte, con una personalidad extraordinaria y enamorada del Corazón de Cristo, no se desanimaba ante las dificultades, llegando a ser así colaboradora activa y fiel del plan de Dios, que quiere que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 4). Su entrega a la tarea evangelizadora, aun en medio de sinsabores y sacrificios, la hace digna de admiración de todos y, muy especialmente, un modelo constante para sus hijas.

Hoy que la Iglesia, en el umbral del gran jubileo del año 2000, cobra renovada conciencia de la misión confiada por el Señor, la beata María Encarnación Rosal es ejemplo y estímulo ante los desafíos de la nueva evangelización.

Queridas Hermanas Bethlemitas, en vuestra Madre tenéis un admirable modelo de vida enteramente consagrada a Dios y entregada a la misión con generosidad, de fidelidad creativa al propio carisma y de incondicional servicio a la Iglesia y a los hermanos, con el espíritu de sencillez y acogida que irradia de la gruta de Belén.

5. Junto con la comunidad cristiana de Reggio Calabria-Bova, exultamos por la beatificación de Gaetano Catanoso, el primer sacerdote diocesano calabrés elevado a la gloria de los altares. Resplandece por su fidelidad a la grey de Cristo, cuyos sufrimientos y privaciones compartió plenamente, sintiendo como propios sus problemas y llevando a todos una palabra de consuelo y esperanza. Realizó este ideal de vida sacerdotal tanto en el pobre y aislado centro de la montaña de Aspromonte, donde comenzó su actividad pastoral, como en la parroquia de la ciudad de Reggio Calabria, que durante muchos años fue encomendada a su solicitud pastoral.

Ya desde sus primeros años de ministerio sacerdotal, sintió vivamente la preocupación de la reparación, centrada en la devoción a la Santa Faz de Jesús. Él mismo decía: «La Santa Faz es mi vida; es mi fuerza». Transmitió esta espiritualidad particular a la congregación que fundó, la cual, ya en su mismo nombre, religiosas Verónicas de la Santa Faz, manifiesta su finalidad y misión en la Iglesia y en la sociedad: enjugar la Faz de Cristo, herido y sufriente, en todos los «crucificados» del mundo actual.

La vida del beato Catanoso, totalmente gastada por el bien de los hermanos y por el rescate de su tierra, constituye para todos una apremiante invitación a buscar en los valores perennes de la fe y de la tradición cristiana las bases para construir el auténtico progreso de la sociedad.

6. También el beato Enrico Rebuschini, ya desde su juventud, se esforzó por seguir a Cristo, «camino, verdad y vida ». Se puso siempre en manos de Dios y cultivó la intimidad con el misterio pascual, la oración incesante y la humildad. Al mismo tiempo, gastó su vida por los demás, en primer lugar por los necesitados, con respecto a los cuales cultivó la virtud de la escucha y del servicio y, más aún, la obediencia, «como si obedeciera a Dios mismo».

En los meses que precedieron a su entrada en la orden de los Clérigos Regulares Ministros de los Enfermos, escribió en su diario: «Ofrezco por mi prójimo todo mi ser y toda mi vida». Dios lo premió con el don de la oración contemplativa, en la que se quedaba absorto, incluso mientras recorría a pie las calles de Cremona. La gente solía llamarlo «el místico de la calle». El ejemplo y la intercesión del beato Rebuschini nos impulsan a intensificar, con inquebrantable fidelidad a Cristo, nuestro servicio diario, para afirmar en el mundo la «civilización del amor».

7. Amadísimos hermanos y hermanas, estos cinco nuevos beatos iluminan con su testimonio nuestro camino, siguiendo las huellas de Cristo.

Al volver a vuestras ciudades, llevaréis con vosotros el alegre recuerdo de las intensas horas transcurridas en Roma. Que os sostenga hoy y siempre la celestial intercesión de los nuevos beatos. Os proteja la maternal presencia de la Madre de Dios, a la que está dedicado de manera especial el mes de mayo, que acabamos de comenzar.

Y os acompañe también la bendición, que de corazón os imparto a todos vosotros, aquí presentes, así como a vuestras familias y a vuestras comunidades.

 

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