 |
Discurso del Santo Padre a los Obispos de la
Conferencia Episcopal de Lituania en visita "ad Limina
Apostolorum"
Venerados hermanos en el episcopado:
1. ¡Bienvenidos ad Petri sedem! Con gran alegría os saludo de
nuevo con motivo de esta visita, que la tradición eclesial prevé como apoyo
a la comunión y a la corresponsabilidad pastoral. Por medio de vosotros
saludo a vuestras comunidades, a los sacerdotes, a los religiosos, a las
religiosas y a los laicos de la querida tierra de Lituania.
Agradezco a monseñor Audrys J. Backis las amables palabras con que, en
calidad de presidente de vuestra Conferencia episcopal, me ha manifestado los
sentimientos de devoción que os animan en vuestra relación con el Sucesor de
Pedro. Esta unidad profunda de vuestra tierra con la Sede apostólica jamás
se ha resquebrajado; por el contrario, se ha visto reforzada durante la gran
prueba que vuestro país ha soportado durante este siglo.
Nuestro encuentro nos brinda la oportunidad de una verificación del camino
recorrido desde 1993, cuando, con ocasión de mi visita pastoral a
Lituania, festejamos juntos la nueva primavera que Dios ha concedido a
vuestras Iglesias.
Recuerdo los sentimientos que experimenté entonces, durante la cordial
acogida que me dispensaron en los lugares que visité: Vilna, Kaunas,
Siauliai y Siluva. ¿Cómo olvidar la profunda emoción y la alegría
incontenible de aquellos momentos? Podríamos haber dicho con el salmista:
"Entonces se llenó de risa nuestra boca y nuestros labios de cantos de
alegría" (Sal 126, 2).
Demasiado largo fue vuestro "vía crucis". Muchos hijos de
vuestra tierra dieron testimonio de Cristo afrontando privaciones,
detenciones, limitaciones de todo tipo e, incluso, el sacrificio de su vida.
Por eso, la libertad de profesar la fe era para vuestra comunidad como un
nuevo nacimiento. Brillaban con una nueva luz los símbolos tradicionales que
la Lituania católica había contemplado también en las horas más oscuras,
tanto desde el santuario dedicado a la Virgen de la "Puerta de la
aurora" como desde la conmovedora "Colina de las cruces", donde
las cruces de vuestro pueblo se fundieron muchas veces con la de Cristo. La
Madre y el Hijo divino volvían al centro de la vida y de la cultura lituana,
como en los mejores siglos de vuestra historia.
2. Al hallarme entre vosotros, amadísimos hermanos en el episcopado,
tuve la posibilidad de constatar con cuánta vitalidad la fe de los lituanos
había superado la hora de la prueba. Ciertamente, como sucede siempre en
tiempos de persecución, no habían faltado las defecciones. Aún hoy, en
vuestros informes, ponéis de relieve que los años de propaganda atea han
tenido efectos muy negativos, y que no es fácil contrarrestarlos. Pero, al
mismo tiempo, la fe de muchos, probada en el crisol, se ha fortificado. Además,
no debemos dudar de la misteriosa fecundidad del sufrimiento soportado por
amor a Cristo. Ninguna lágrima se ha perdido a los ojos de Dios, como nos
recuerda también el salmista: "Recoge mis lágrimas en tu
odre" (Sal 56, 9). Y no pienso sólo en la recompensa preparada
para cuantos han reconocido a Cristo ante los hombres y que, según su
promesa, serán reconocidos por él en presencia del Padre (cf. Mt 10,
23). Pienso, también, en la fecundidad que brota del devenir mismo de la
historia, aunque no siempre podamos constatarla o cuantificarla sensiblemente.
"Semen est sanguinis christianorum" (Tertuliano, Apolog. 50).
Por esta razón, el recuerdo de cuantos dieron testimonio entre vosotros hasta
el sacrificio de su vida, debe cultivarse y enterrarse como una semilla en los
surcos del presente, para que oriente los esfuerzos diarios y sostenga las
esperanzas del futuro.
3. En realidad, la Iglesia lituana afronta hoy desafíos que exigen
vigilancia, compromiso generoso y nueva creatividad. Libre ya de los cepos de
un Estado totalitario y anticristiano, la fe está asechada por los tentáculos
de una agresión más sutil, constituida por la seducción del modelo
secularista y hedonista de la vida, que predomina ampliamente en los países más
desarrollados desde el punto de vista económico. He notado que estáis
preocupados por ello, especialmente con respecto a las nuevas generaciones.
Algunos de los problemas éticos que, por desgracia, existen en todo el mundo
-desde la crisis de la familia hasta la escasa consideración del valor de la
vida-, son importantes también en Lituania. En el campo específicamente
religioso, la fe también afronta la prueba de la difusión de las sectas.
Cuanto os dije en mi anterior visita pastoral, a la luz de este quinquenio,
sigue siendo de mucha actualidad: la nueva evangelización es la primera
e inderogable urgencia de la pastoral lituana.
4. Así pues, me alegra comprobar la conciencia que tenéis de vuestra
tarea en este campo y los esfuerzos que realizáis para valorar cada vez más
el movimiento catequístico. Una catequesis auténtica no se reduce a
la comunicación de un patrimonio de verdades; más bien, tiende a introducir
a las personas en una vida de fe consciente y plena. Es importante que el
Evangelio se anuncie como una "nueva", la "buena nueva",
centrada totalmente en la persona de Jesús, Hijo de Dios y Redentor del
hombre. La catequesis debe ayudar a las personas a "encontrarse" con
Jesucristo, a dialogar con él y a sumergirse en él. Si no existe la vibración
de este encuentro, el cristianismo se convierte en un tradicionalismo
religioso sin alma, que cede fácilmente ante los ataques del secularismo o
ante las seducciones de propuestas religiosas alternativas. Además, este
encuentro, como la experiencia confirma, no se promueve sólo con frías
"lecciones"; más bien, por decirlo así, hay que
"contagiarlo" con la fuerza de un testimonio de vida. La catequesis
debe redescubrir todo el calor del comienzo de la primera carta de san Juan:
"Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos
visto con nuestros ojos, (...) os lo anunciamos, para que también vosotros
estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el
Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn 1, 1. 3).
5. A esta luz, también adquieren todo su valor los aspectos metodológicos,
encaminados a elaborar itinerarios de formación atentos a las diferentes
situaciones y a los tiempos de cada persona. Es necesaria una propuesta de fe
adecuada a los más alejados. De igual modo, para cuantos ya creen y
frecuentan los sacramentos, es importante una catequesis que no se limite a la
formación de los muchachos, sino que los acompañe durante su camino
cristiano hasta que alcancen su plena madurez. Por tanto, las beneméritas
"escuelas parroquiales" de catecismo deben abrirse a las exigencias
y a los métodos de una catequesis permanente. La atención esmerada a
la transmisión íntegra de la fe, facilitada hoy también por el Catecismo
de la Iglesia católica, ofrecido como punto de referencia de los demás
instrumentos catequísticos, ha de ir acompañada por la creatividad y las
adaptaciones necesarias para una auténtica pedagogía de la fe, como
pone de relieve el Directorio general para la catequesis (1997).
En este sentido, la catequesis tiene una configuración diversa de la enseñanza
escolar de la religión (cf. ib., nn. 73-75), que se imparte dentro de
los límites establecidos por las finalidades propias de la escuela,
especialmente de la escuela estatal. La catequesis va más allá, porque por
encima de la dimensión cultural, busca formar al hombre de fe, plenamente
coherente con su opción por el evangelio de Cristo. El sujeto de esta
propuesta es toda la comunidad cristiana, en sus diversas articulaciones. La
acción educativa de cada familia es fundamental.
Hay que acoger también como una bendición las experiencias nuevas que el
Espíritu Santo ha suscitado en la primavera de movimientos eclesiales,
que están animado a la Iglesia en el posconcilio. Cuando actúan en plena
sintonía con los pastores, pueden dar una contribución importante al
crecimiento de la vida cristiana, y el cristianismo lituano se beneficiará
ciertamente de su capacidad de unir "nova et vetera", valorando lo
mejor de sus tradiciones y abriéndose a la novedad que suscita el Espíritu
de Dios.
Con la ayuda de estos múltiples recursos, también se podrán redescubrir
fórmulas clásicas de evangelización y animación pastoral, como las
"misiones". Ciertamente, hay que adaptarlas a la situación de
nuestro tiempo, para que lleguen a las más diversas clases de fieles y también
a quienes han perdido totalmente su fe. Pero, si se organizan bien, siguen
dando fruto, como he podido constatar yo mismo aquí, en Roma, donde ha
terminado recientemente la misión ciudadana como preparación para el gran
jubileo.
6. No cabe duda de que la eficacia de la evangelización depende en gran
parte de la tensión espiritual de los sacerdotes, "colaboradores
diligentes de los obispos" (Lumen gentium, 28). Queridos hermanos
en el episcopado, si a vosotros os corresponde ser "predicadores del
Evangelio" y "maestros auténticos" (cf. ib., 25) en
medio de la grey que el Espíritu Santo os ha encomendado (cf. Hch 20,
28), sólo la acción capilar de vuestros presbíteros puede asegurar que cada
comunidad cristiana se alimente con la palabra de Dios y se sostenga con la
gracia de los sacramentos.
Gracias a Dios, vuestras comunidades pueden disponer de un buen número de
presbíteros. Sin embargo, vosotros mismos me habéis hecho notar que no
siempre son suficientes, y muchas parroquias carecen de párroco. Por tanto,
es laudable el esfuerzo que estáis realizando en la pastoral vocacional,
para que el número de sacerdotes responda a las exigencias de la comunidad
lituana y, sobre todo, para que estén bien formados. A este respecto, es
preciso que la formación que se imparta en los seminarios sea de
elevada calidad. Vuestra prudencia pastoral sabrá juzgar cuáles opciones son
preferibles concretamente para prestar mejor este servicio, también con la
colaboración entre las diferentes diócesis. Por lo que atañe a la línea
educativa, no es difícil encontrarla en los documentos del Concilio y en los
sucesivos del Magisterio, con vistas a lograr el máximo equilibrio entre las
exigencias de una rigurosa formación espiritual y teológica y las no menos
importantes de una formación humana integral, abierta y atenta a las
necesidades de los hombres de nuestro tiempo. Además de las vocaciones
sacerdotales, no hay que olvidar la gran oportunidad que ofrece el diaconado
permanente. El Concilio nos ha hecho redescubrir este ministerio, que ha
de promoverse no como algo marginal o sustitutivo, para cubrir la posible
falta de sacerdotes, sino por el valor intrínseco de este servicio al pueblo
de Dios "en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la
caridad" (Lumen gentium, 29).
Ciertamente, en el campo de la evangelización desempeñan un papel específico
y particularmente benemérito los catequistas. Me complace comprobar la
gran atención que dedicáis a su formación. ¡Cómo no mencionar aquí también
el servicio que prestan las personas de vida consagrada! El
renacimiento cristiano de Lituania se beneficiará cada vez más de la promoción
de la vida religiosa, con tal de que cada instituto sepa mostrar, junto con la
fidelidad al propio carisma, una disponibilidad operante y cordial a la comunión
pastoral con las Iglesias particulares (cf. Vita consecrata, 81).
7. Pero, más allá de las funciones pastorales específicas, es preciso
estar profundamente convencidos de que los desafíos de una evangelización
eficaz sólo pueden afrontarse asumiendo la responsabilidad profética propia
de todos los bautizados. Ha llegado la hora de que las comunidades cristianas
se conviertan en comunidades de anuncio.
Desde esta perspectiva, es urgente la formación del laicado, más aún, la
promoción de una espiritualidad seglar, que ayude a los laicos
cristianos a vivir profundamente su vocación a la santidad, "ocupándose
de las realidades temporales y ordenándolas según Dios" (Lumen
gentium, 31). En particular, corresponde a los laicos bien formados
convertirse en levadura de la sociedad, para salvaguardar los valores humanos
y cristianos, de los que depende el futuro del hombre. Me refiero, en
particular, al respeto de la vida humana, hoy cada vez más amenazada
por una cultura de muerte que se disfraza de cultura de libertad. Pienso también
en la familia, que hay que presentar con fuerza como alianza de amor
indisoluble, que une para siempre a un hombre y a una mujer y los convierte en
colaboradores de Dios en la procreación y educación de los hijos. Un
compromiso seglar significativo, particularmente urgente en la joven
democracia lituana, es el que concierne a la política. Exige al
cristiano plena coherencia con los valores evangélicos, como los propone la
doctrina social de la Iglesia, y, al mismo tiempo, su aplicación inteligente
y responsable en las complejas circunstancias de la historia. De este estatuto
de acción política deriva una necesaria distinción de ámbitos y funciones.
Como nos ha enseñado el Concilio, una cosa es la tarea de los pastores, y
otra la responsabilidad que los fieles laicos asumen, personalmente o en grupo
(cf. Gaudium et spes, 76). La confusión de funciones podría arrastrar
a la Iglesia a terrenos que no le corresponden, y esto, aunque a veces puede
justificarse en circunstancias excepcionales, normalmente acaba por tener
efectos contraproducentes.
8. En realidad, el verdadero "secreto" de una presencia
significativa de la Iglesia en la sociedad lituana es la formación de un laicado
maduro, que dará cada vez mejor su testimonio en la sociedad si encuentra
también su espacio propio dentro de la comunidad cristiana, recibiendo
formación y apoyo, y a la que, al mismo tiempo, prestará los servicios
correspondientes a la vocación seglar. Los laicos no pueden ser en la Iglesia
sujetos pasivos. Con este fin, la comunidad cristiana, en sus diversas
articulaciones, debe desarrollarse cada vez más como lugar de comunión y
corresponsabilidad, para que a todos los bautizados se les ayude a llegar a
ser "adultos" en la fe y se sientan tales. En este camino de
maduración pueden encontrar ayuda en las formas asociativas, tanto en las
tradicionales como en las nuevas, que bajo la guía de los pastores les
ofrecen una formación segura, orientándolos hacia expresiones adecuadas de
testimonio. Otro lugar de crecimiento son los organismos de participación,
que promovió el concilio Vaticano II y que ahora son una práctica
consolidada de la comunidad cristiana, tanto a nivel diocesano como parroquial
(cf. Código de derecho canónico, cc. 511 y 536-537). No se trata de
imitar las estructuras parlamentarias de la sociedad civil, sino de expresar,
con el estilo propio de la vida eclesial, el sentido de comunión basado en la
convicción de que el Espíritu de Dios, mientras asiste a los pastores en su
oficio de magisterio y guía, anima a todos los miembros de la comunidad
cristiana, enriqueciéndola con su participación consciente, responsable y
madura. En este sentido, revisten gran significado los Sínodos diocesanos,
que, si se celebran como lo prescribe la normativa actual, prevén también la
participación de los laicos (cf. ib., c. 461, 5) y, más aún,
permiten que toda la comunidad diocesana colabore en el "camino
sinodal", quedando a salvo, obviamente, el papel del obispo como "único
legislador" (ib., canon 466).
9. Vosotros, queridos hermanos lituanos en el episcopado, estáis
cumpliendo con convicción estas orientaciones conciliares. Perseverad en esta
línea, para asegurar nueva vitalidad a vuestras comunidades. Tened confianza.
Todo lo que habéis realizado durante estos años es valioso a los ojos de
Dios. Ahora comienza una nueva etapa, y la misma circunstancia del gran
jubileo, ya inminente, constituye una ocasión providencial para dar impulso a
vuestro compromiso pastoral. Es preciso sembrar con abundancia y con mucha
esperanza. Recordemos, a este propósito, la parábola evangélica: la
semilla del reino de Dios crece según una lógica misteriosa, bajo la acción
del Espíritu Santo, hasta el punto de que incluso el sembrador se sorprende
(cf. Mc 4, 27). Y, si no podemos ver los resultados de nuestro trabajo,
recordemos que somos "siervos inútiles" (Lc 17, 10), como
dice el Evangelio, siempre dispuestos a ser instrumentos de Dios, pues
"ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que hace
crecer" (1 Co 3, 7).
Queridos hermanos en el episcopado, quiera Dios que esta conciencia os
anime siempre. Que vuestro encuentro con el Sucesor de Pedro os aliente e
impulse. Transmitid a vuestro pueblo el afecto que el Papa siente por toda la
comunidad lituana, y saludad de mi parte a todos y cada uno. A María santísima,
"Puerta de la aurora", le encomiendo el camino que os espera, y de
corazón os imparto a vosotros y a vuestros fieles mi bendición.
Castelgandolfo, 17 de Setiembre de 1999
|