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03 - 04.10.2009
RESUMEN
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SOLEMNE INAUGURACIÓN DE LA II ASAMBLEA ESPECIAL PARA ÁFRICA DEL
SÍNODO DE LOS OBISPOS
SOLEMNE INAUGURACIÓN DE LA II ASAMBLEA ESPECIAL PARA ÁFRICA DEL
SÍNODO DE LOS OBISPOS
- HOMILÍA DEL SANTO PADRE
A las 9:30 de esta mañana, 4 de octubre de 2009, XXVII domingo del
tiempo "per annum", en la Basílica de San Pedro, ante la tumba del
apóstol san Pedro, el Santo Padre Benedicto XVI ha presidido la
Concelebración de la Eucaristía con los Padres Sinodales, con
ocasión de la Apertura de la II Asamblea Especial para África del
Sínodo de los Obispos, que se celebrará en el Aula del Sínodo del
Vaticano hasta el 25 de octubre de 2009, sobre el tema La Iglesia en
África al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz
“Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo”
(Mt 5, 13.14)
Con el canto de Laudes regiae, a las 9:15, ha dado inicio el ingreso
en la Basílica. Los celebrantes, guíados por los maestros de
ceremonias, se han situado en sus respectivos lugares alrededor del
Altar de la Confesión. A continuación, los señores cardenales y los
componentes de la Presidencia de la II Asamblea Especial para África
del Sínodo de los Obispos han participado en la procesión de ingreso
con el Santo Padre.
Con el Papa han concelebrado 239 Padres Sinodales (33 Cardenales, 3
Padres sinodales de las Iglesias Orientales, 79 Arzobispos, 156
Obispos y 8 Sacerdotes) y 55 colaboradores.
Al inicio de la Concelebración, durante el rito de la aspersión
presidido por el Santo Padre, el coro y la asamblea entonan el
“Aperges me” y el “Nakoma peto” (“Que yo sea puro”), canto en lengua
lingala.
Han subido al altar para la Oración Eucarística los presidentes
delegados S. Em. R. Card. Francis ARINZE, Prefecto emérito de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
(CIUDAD DEL VATICANO), S. Em. R. Card. Wilfrid Fox NAPIER, O.F.M.,
Arzobispo de Durban (SUDÁFRICA) y S. Em. R. Card. Théodore-Adrien
SARR, Arzobispo de Dakar (SENEGAL); el Relator General S. Em. R.
Card. Peter Kodwo Appiah TURKSON, Arzobispo de Cape Cost (GHANA); el
Secretario General S. E. R. Mons. Nikola ETEROVIĆ (CIUDAD DEL
VATICANO); los Secretarios Especiales S. E. R. Mons. Damião António
FRANKLIN, Arzobispo de Luanda (ANGOLA) y S. E. R. Mons. Edmond
DJITANGAR, Obispo de Sarh (CHAD).
La Primera lectura ha sido leída en francés, el Salmo responsorial
en italiano y la Segunda lectura en inglés. El Evangelio ha sido
proclamado en latín. La Oración de los fieles ha sido pronunciada en
swahaili, portugés, amárico, hausa, lingala y árabe. El canto en
lengua kikongo “Ee Mkufu, Yamba Makabi” (“Señor acepta esta oferta”)
ha acompañado el Ofertorio. Al final de la celebración, canto final
en lengua lingala, el himno a María “Tokobondela yo e, Mama Maria”
(“Te pedimos, Madre María”).
Durante el Sagrado Rito, después de la lectura del Evangelio, el
Santo Padre ha pronunciado la siguiente Homilía:
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
¡Venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
ilustres señores y señoras,
queridos hermanos y hermanas!
Pax vobis - ¡paz a vosotros! Con este saludo litúrgico me dirijo a
todos vosotros, reunidos en la Basílica Vaticana, donde hace quince
años, el 10 de abril de 1994, el Siervo de Dios Juan Pablo II abrió
la primera Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos.
El hecho de que hoy nos encontremos aquí para inaugurar la segunda,
significa que ese fue un evento ciertamente histórico, pero no
aislado. Fue el punto de llegada de un camino, que después continuó,
y que ahora llega a una nueva y significativa etapa de verificación
y de relanzamiento. ¡Alabemos al Señor por ello! Doy mi más cordial
bienvenida a los miembros de la Asamblea sinodal, que concelebran
conmigo esta santa Eucaristía, a los expertos y los oyentes, en
particular a cuantos provienen de la tierra africana. Saludo con
especial reconocimiento al Secretario General del Sínodo y a sus
colaboradores. Estoy muy contento por la presencia entre nosotros de
Su Santidad Abuna Paulos, Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Tewahedo
de Etiopía, a quien doy las gracias de corazón, y de los delegados
fraternos de las otras Iglesias y de las comunidades eclesiales. Me
complace también acoger a las autoridades civiles y a los señores
embajadores que han querido participar en este momento; saludo con
afecto a los sacerdotes, las religiosas y los religiosos, los
representantes de organismos, movimientos y asociaciones, y al coro
congolés que, junto con la Capilla Sixtina, anima nuestra
Celebración eucarística.
Las lecturas bíblicas de este domingo hablan del matrimonio. Pero,
más estrictamente, hablan del designio de la creación, del origen y,
por lo tanto, de Dios. En este plano converge también la segunda
lectura, tomada de la Carta a los Hebreos, donde dice: “Santificador
- es decir, Jesucristo - y santificados – es decir, los hombres –
tienen todos el mismo origen. Por eso no se avergüenza de llamarlos
hermanos” (Hb 2,11). Así pues, del conjunto de las lecturas aparece
de manera evidente el primado de Dios Creador, con la perenne
validez de su impronta originaria y la precedencia absoluta desde su
señorío, ese señorío que los niños saben acoger mejor que los
adultos, y por esto Jesús los indica como modelo para entrar en el
reino de los cielos (cfr Mc 10,13-15). Ahora bien, el reconocimiento
del señorío absoluto de Dios es ciertamente uno de los rasgos
característicos y unificadores de la cultura africana. Naturalmente,
en África existen múltiples y diversas culturas, pero todas parecen
concordar en este punto: Dios es el Creador y la fuente de la vida.
Pero la vida - lo sabemos bien - se manifiesta primariamente en la
unión entre hombre y mujer y en el nacimiento de los hijos; la ley
divina, inscrita en la naturaleza, es pues más fuerte y preeminente
que cualquier ley humana, según la afirmación clara y concisa de
Jesús: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mc 10,9). La
perspectiva no es ante todo moral: ésta, antes que el deber, se
refiere al ser, al orden inscrito en la creación.
Queridos hermanos y hermanas, en este sentido la liturgia de la
Palabra de hoy - más allá de la primera impresión – se revela
especialmente adecuada para acompañar la apertura de una Asamblea
sinodal dedicada a África. Querría hacer especial hincapié en
algunos aspectos que emergen con fuerza y guardan una relación con
el trabajo que nos espera. El primero, ya mencionado: el primado de
Dios, Creador y Señor. El segundo: el matrimonio. El tercero: los
niños. Sobre el primer aspecto, África es depositaria de un tesoro
inestimable para el mundo entero: su profundo sentido de Dios, que
he tenido modo de percibir directamente en los encuentros con los
obispos africanos en visita ad Limina, y aún más durante el reciente
viaje apostólico a Camerún y Angola, del que conservo un grato y
emocionante recuerdo. Ahora querría remitirme precisamente a esa
peregrinación en tierra africana, porque en aquellos días abrí
idealmente esta Asamblea sinodal, entregando el Instrumentum laboris
a los Presidentes de las Conferencias Episcopales y a los Jefes de
los Sínodos de los Obispos de las Iglesias Orientales Católicas.
Cuando se habla de los tesoros de África, en seguida se piensa en
los recursos en los que es rico su territorio y que desgraciadamente
se han vuelto y siguen siendo motivo de explotación, de conflicto y
de corrupción. En cambio, la palabra de Dios nos hace mirar otro
patrimonio: el espiritual y cultural, que la humanidad necesita aún
más que las materias primas. “Pues - diría Jesús - ¿de qué le sirve
al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?” (Mc 8,36).
Desde este punto de vista, África representa un inmenso “pulmón”
espiritual, para una humanidad que sufre una crisis de fe y
esperanza. Pero este “pulmón” puede enfermar. Y, por el momento, al
menos dos peligrosas patologías lo están atacando: ante todo, una
enfermedad que ya está extendida en el mundo occidental, es decir,
el materialismo práctico, combinado con el pensamiento relativista y
nihilista. Sin entrar en los motivos de la génesis de estos males
del espíritu, sin embargo es indiscutible que a veces el llamado
“primer” mundo ha exportado, y sigue exportando, tóxicos desechos
espirituales, que contagian a las poblaciones de los demás
continentes, en especial las africanas. En este sentido el
colonialismo, terminado en el plano político, no se ha acabado del
todo. Pero precisamente en esta misma perspectiva hay que señalar un
segundo “virus”que podría afectar también a África, como es el
fundamentalismo religioso, mezclado con los intereses políticos y
económicos. Grupos que pertenecen a diferentes afiliaciones
religiosas se están extendiendo en el continente africano; lo hacen
en nombre de Dios, pero según una lógica opuesta a la divina, es
decir, enseñando y practicando no el amor y el respeto de la
libertad, sino la intolerancia y la violencia.
En cuanto al tema del matrimonio, el texto del capítulo 2° del Libro
del Génesis nos ha recordado el perenne fundamento, que Jesús mismo
ha confirmado: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se
une a su mujer, y se hacen una sola carne” (Gen 2, 24). ¿Cómo no
recordar el admirable ciclo de catequesis que el Siervo de Dios Juan
Pablo II ha dedicado a este argumento, a partir de una exégesis muy
profunda de este texto bíblico? Hoy, proponiéndonoslo precisamente
en la apertura del Sínodo, la liturgia nos ofrece la luz
sobreabundante de la verdad revelada y encarnada de Cristo, con la
cual se puede examinar la compleja temática del matrimonio en el
contexto africano eclesial y social. Pero también sobre este punto
quisiera recordar brevemente una idea que precede cada reflexión e
indicación de tipo moral, y que enlaza una vez más con el primado
del sentido de lo sagrado y de Dios. El matrimonio, así como la
Biblia nos lo presenta, no existe fuera de la relación con Dios. La
vida conyugal entre el hombre y la mujer, y por lo tanto de la
familia que aquella genera, está inscrita en la comunión con Dios y,
a la luz del Nuevo Testamento, se vuelve un icono del Amor
trinitario y sacramento de la unión de Cristo con la Iglesia. En la
medida en que custodia y desarrolla su fe, África podrá encontrar
unos recursos inmensos para donar en provecho de la familia fundada
en el matrimonio.
Incluyendo en la perícope evangélica también el texto sobre Jesús y
los niños (Mc 10,13-15), la liturgia nos invita a tener presente
desde ahora, en nuestra tarea pastoral, la realidad de la infancia,
que constituye una parte grande y por desgracia doliente de la
población africana. En la escena de Jesús que acoge a los niños,
oponiéndose con desdén a los mismos discípulos que querían alejarles,
vemos la imagen de la Iglesia que en África, y en cualquier otra
parte de la tierra, manifiesta su maternidad sobre todo hacia los
más pequeños, incluso cuando aún no han nacido. Como el Señor Jesús,
la Iglesia no ve principalmente en éstos a los destinatarios de la
asistencia, y todavía menos del pietismo o de la instrumentalización,
sino a personas de pleno derecho, que con su mismo modo de ser
indican la vía maestra para entrar en el reino de Dios, es decir, la
de confiarse sin condiciones a su amor.
Queridos hermanos, estas indicaciones provenientes de la Palabra de
Dios se integran en el amplio horizonte de la Asamblea sinodal que
hoy comienza, y que se enlaza con la ya dedicada anteriormente al
continente africano, cuyos frutos fueron presentados por el Papa
Juan Pablo II, de venerada memoria, en la Exhortación apostólica
Ecclesia in Africa. Sigue siendo naturalmente válida y actual la
tarea primaria de la evangelización, es más, de una nueva
evangelización que tenga en cuenta los rápidos cambios sociales de
nuestra época y del fenómeno de la globalización mundial. Lo mismo
se debe decir de la decisión pastoral de edificar la Iglesia como
familia de Dios (cfr. ivi, 63). Tras esta gran estela se sitúa la
segunda Asamblea, que tiene por tema: “La Iglesia en África al
servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz.’Vosotros
sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo’ (Mt
5,13.14)”. En los últimos años la Iglesia Católica en África ha
conocido un gran movimiento, y la Asamblea sinodal es la ocasión
para dar gracias al Señor por ello. Y puesto que el crecimiento de
la comunidad eclesial en todos los campos comporta también unos
retos ad intra y ad extra, entonces el Sínodo es un momento propicio
para replantearse la actividad pastoral y renovar el impulso de
evangelización. Para ser luz del mundo y sal de la tierra hay que
aspirar siempre al “listón más alto” de la vida cristiana, es decir,
la santidad. Los pastores y todos los miembros de la comunidad
eclesial están llamados a ser santos; los fieles laicos están
llamados a difundir el perfume de la santidad en la familia, en los
lugares de trabajo, en la escuela y en cualquier otro ámbito social
y político. Que la Iglesia en África sea siempre una familia de
auténticos discípulos de Cristo, donde la diferencia entre etnias se
convierta en motivo y estímulo para un recíproco enriquecimiento
humano y espiritual.
Con su obra de evangelización y promoción humana, la Iglesia sin
duda puede aportar en África una gran contribución a toda la
sociedad, la cual por desgracia conoce en varios países la pobreza,
las injusticias, guerras y violencias. La vocación de la Iglesia,
comunidad de personas reconciliadas con Dios y entre ellas, es la de
ser profecía y fermento de reconciliación entre los distintos grupos
étnicos, linguísticos y también religiosos, dentro de cada una de
las naciones y en todo el continente. La reconciliación, don de Dios
que los hombres deben implorar y acoger, es el cimiento estable
sobre el que construir la paz, condición indispensable para el
auténtico progreso de los hombres y de la sociedad, según el
proyecto de justicia querido por Dios. Abierta a la gracia redentora
del Señor resucitado, África estará cada vez más iluminada por su
luz y, dejándose guiar por el Espíritu Santo, se convertirá en una
bendición para la Iglesia universal, aportando su propia y
cualificada contribución a la edificación de un mundo más justo y
fraterno.
Queridos Padres sinodales, gracias por la contribución que cada uno
de vosotros aportará a los trabajos de las próximas semanas, que
serán para nosotros una renovada experiencia de comunión fraterna
que redundará en beneficio de toda la Iglesia, especialmente en el
contexto de este Año Sacerdotal. Y a vosotros, queridos hermanos y
hermanas, os pido que nos acompañéis con vuestra oración. Se lo pido
a los presentes; se lo pido a los monasterios de clausura y a las
comunidades religiosas extendidas en África y en todo el mundo, a
las parroquias y a los movimientos, a los enfermos y a los que
sufren: a todos os pido que recéis para que el Señor haga fructuosa
esta segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos.
Invocamos la protección sobre la misma de san Francisco de Asís, que
hoy recordamos, de todos los santos y las santas africanas y, de
manera especial, de la Beata Virgen María, Madre de la Iglesia y
Nuestra Señora de África ¡Amén!
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