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18 - 11.10.2009
RESUMEN
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CAPILLA
PAPAL (DOMINGO, 11 DE OCTUBRE DE 2009)
CAPILLA
PAPAL (DOMINGO, 11 DE OCTUBRE DE 2009)
- HOMILÍA DEL SANTO PADRE
Hoy, 11 de octubre de 2009, XXVIII Domingo del Tiempo “per annum”, a
las 10 de la mañana, el Santo Padre, Benedicto XVI ha celebrado la
Eucaristía en la Basílica Vaticana y ha procedido a la
Canonización de los Beatos: Zygmunt Szsczęsny
Feliński, Obispo, fundador de la
Congregación de las Hermanas Franciscanas de la Familia de María;
Francisco Coll y Guitart, sacerdote de la Orden de los Hermanos
Predicadores (Dominicos), fundador de la Congregación de las
Hermanas Dominicas de la Anunciación de la Bienaventura Virgen María;
Jozef Damiaan de Veuster, Sacerdote de la Congregación de los
Sagrados Corazones de Jesús y María y de la Adoración Perpetua del
Santísimo Sacramento del Altar; Rafael Arnáiz Barón, religioso de la
Orden Cisterciense de la Estricta Observancia; Marie de la Croix
(Jeanne) Jugan, virgen, fundadora de la Congregación de las Pequeñas
Hermanas de los Pobres.
Han concelebrado 7 Cardenales, 9 Arzobispos, 14 Obispos e 20
Presbíteros. Entre los 50 concelebrantes, se encontraban los 5
Obispos de las Causas de Canonización: S. Em. Revma. Card. Godfried
DANNEELS, Arzobispo de Mechelen-Brussel; S. Ex. Revma. Mons.
Kazimierz NYCZ, Arzobispo de Warsovia; S. Ex. Revma. Mons. Pierre D’ORNELLAS,
Arzobispo de Rennes; S. Ex. Revma. Mons. Román CASANOVA CASANOVA,
Obispo de Vic; S. Ex. Revma. Mons. Ignacio José MUNILLA AGUIRRE,
Obispo de Palencia.
Los ritos de introducción de la Celebración Eucarística estuvieron
acompañados con el canto de ingreso Salmo 97 (Viderunt omnes
termini terrae salutare Dei nostri. Todos los confines de la tierra
han visto la salvación de nuestro Dios).
A conclusión el Santo Padre dirigió su palabra a los
fieles y guió la oración del Angelus Domini
en Plaza San Pedro.
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
Durante el Sagrado Rito, después de la proclamación del Evangelio,
el Santo Padre pronunció la Homilía.
¡Queridos hermanos y hermanas!
“¿Qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?”. Con esta
pregunta empieza el breve diálogo, que hemos escuchado en la página
evangélica, entre alguien, identificado en otro sitio como el joven
rico, y Jesús (cfr. Mc 10,17-30). No tenemos muchos detalles acerca
de este anónimo personaje, pero con estas pocas pinceladas
conseguimos percibir su sincero deseo de alcanzar la vida eterna
llevando una honesta y virtuosa existencia terrena. En efecto,
conoce los mandamientos y los observa fielmente desde que era joven.
Y, sin embargo, todo esto que sin duda es importante, no es
suficiente -dice Jesús- falta una cosa sólo, pero es algo esencial.
Al verlo entonces bien dispuesto, el divino Maestro lo mira con amor
y le propone el salto decisivo, lo llama al heroísmo de la santidad,
le pide que abandone todo para seguirlo: “Cuanto tienes véndelo y
dáselo a los pobres... luego, ven y sígueme” (v. 21).
“Ven y sígueme”. He aquí la vocación cristiana que brota de una
propuesta de amor del Señor, y que puede cumplirse sólo gracias a
una respuesta nuestra de amor. Jesús invita a sus discípulos al don
total de su vida, sin cálculo ni intereses humanos, con una
confianza en Dios sin reservas. Los santos acogen esta invitación
exigente, y se ponen con humilde docilidad tras las huellas de
Cristo crucificado y resucitado. Su perfección, en la lógica de la
fe a veces humanamente incomprensible, consiste en no ser el centro
de sí mismos, sino en escoger el ir contracorriente viviendo según
el Evangelio. Así han hecho los cinco santos que hoy, con gran
alegría, se presentan a la veneración de la Iglesia universal:
Zygmunt Szczęsny Feliński,
Francisco Coll i Guitart, Jozef Damiaan de Veuster, Rafael Arnáiz
Barón y Marie de la Croix (Jeanne) Jugan. En ellos vemos cumplidas
las palabras del apóstol Pedro: “Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado
todo y te hemos seguido” (v. 28) y la consoladora afirmación de
Jesús: “nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre,
padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin
recibir el ciento por uno... con persecuciones; y en el mundo
venidero, vida eterna” (vv. 29-30).
Zygmunt Szczęsņy
Feliński, Arzobispo de Varsovia, fundador
de la congregación de las Franciscanas de la Familia de María, ha
sido un gran testigo de la fe y de la caridad pastoral en tiempos
muy difíciles para la nación y para la Iglesia en Polonia. Se
preocupó con celo por el crecimiento espiritual de los fieles,
ayudando a los pobres y a los huérfanos. En la Academia Eclesiástica
de San Petersburgo, cuidó una sólida formación de los sacerdotes.
Como Arzobispo de Varsovia inflamó a todos a una renovación interior.
Antes de la insurrección de enero de 1863 contra la anexión rusa,
puso en guardia al pueblo sobre el inútil esparcimiento de sangre.
Pero cuando estalló la revuelta y empezaron las represiones,
defendió valientemente a los oprimidos. Por orden del zar ruso pasó
veinte años de exilio en Jaroslaw, en el Volga, sin poder regresar
jamás a su diócesis. En cada situación conservó firmemente la
confianza en la Divina Providencia, y rezaba así: “Oh, Dios,
protégenos no de las tribulaciones y de las preocupaciones de este
mundo... sólo multiplica el amor en nuestros corazones y haz que con
la más profunda humildad mantengamos la infinita confianza en Tu
ayuda y en Tu misericordia..”. Hoy su donarse a Dios y a los hombres,
lleno de confianza y de amor, se vuelve un fúlgido ejemplo para toda
la Iglesia.
San Pablo nos recuerda en la segunda lectura que «la Palabra de Dios
es viva y eficaz» (Hb 4,12). En ella, el Padre, que está en
el cielo, conversa amorosamente con sus hijos de todos los tiempos (cf.
Dei Verbum, 21), dándoles a conocer su infinito amor y, de
este modo, alentarlos, consolarlos y ofrecerles su designio de
salvación para la humanidad y para cada persona. Consciente de ello,
San Francisco Coll se dedicó con ahínco a propagarla, cumpliendo así
fielmente su vocación en la Orden de Predicadores, en la que profesó.
Su pasión fue predicar, en gran parte, de manera itinerante y
siguiendo la forma de «misiones populares», con el fin de anunciar y
reavivar por pueblos y ciudades de Cataluña la Palabra de Dios,
ayudando así a las gentes al encuentro profundo con Él. Un encuentro
que lleva a la conversión del corazón, a recibir con gozo la gracia
divina y a mantener un diálogo constante con Nuestro Señor mediante
la oración. Por eso, su actividad evangelizadora incluía una gran
entrega al sacramento de la Reconciliación, un énfasis destacado en
la Eucaristía y una insistencia constante en la oración. Francisco
Coll llegaba al corazón de los demás porque trasmitía lo que él
mismo vivía con pasión en su interior, lo que ardía en su corazón:
el amor de Cristo, su entrega a Él. Para que la semilla de la
Palabra de Dios encontrara buena tierra, Francisco fundó la
congregación de las Hermanas Dominicas de la Anunciata, con el fin
de dar una educación integral a niños y jóvenes, de modo que
pudieran ir descubriendo la riqueza insondable que es Cristo, ese
amigo fiel que nunca nos abandona ni se cansa de estar a nuestro
lado, animando nuestra esperanza con su Palabra de vida.
Josef de Veuster, que recibió el nombre de Damiaan en la
Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María, cuando
tenía veintitrés (23) años, en 1863, abandonó su país natal, Flandes,
para anunciar el Evangelio en otra parte del mundo, en las Islas
Hawai. Su actividad misionera, que le proporcionó tanta alegría,
alcanza su cumbre en la caridad. No sin miedo y repugnancia, eligió
ir a la Isla de Molokai para ponerse al servicio de los leprosos que
allí se encontraban, abandonados por todos; y de esta forma se
expuso a la enfermedad que ellos sufrían. Con los leprosos se sintió
como en su casa. El servidor de la Palabra se convirtió así en un
servidor que sufrió, leproso con los leprosos, durante los últimos
cuatro años de su vida.
Para seguir a Cristo, el Padre Damiaan no sólo abandonó su patria,
sino que también puso en riesgo su salud: por eso él - como dice la
Palabra de Jesús que hoy nos ha sido anunciada en el Evangelio -
recibió la vida eterna (cfr Mc 10,30).
En el XX aniversario de la canonización de otro santo belga, el
padre Mutien-Marie, la Iglesia de Bélgica está de nuevo unida para
dar gracias a Dios por uno de sus hijos, reconocido como un
auténtico servidor de Dios. Recordamos ante esta noble figura que la
caridad crea la unidad: la genera y la hace deseable. Siguiendo los
pasos de san Pablo, san Damián nos arrastra a elegir la buenos
combates (cf. 1 Tm 1, 18), no los que llevan a la división,
sino los que unen. Nos invita a abrir los ojos a las lepras que
desfiguran la humanidad de nuestros hermanos y reclaman todavía hoy,
más que nuestra generosidad, la caridad de nuestra presencia
servicial.
A la figura del joven que presenta a Jesús sus deseos de ser algo
más que un buen cumplidor de los deberes que impone la ley,
volviendo al Evangelio de hoy, hace de contraluz el Hermano Rafael,
hoy canonizado, fallecido a los veintisiete años como Oblato en la
Trapa de San Isidro de Dueñas. También él era de familia acomodada
y, como él mismo dice, de “alma un poco soñadora”, pero cuyos sueños
no se desvanecen ante el apego a los bienes materiales y a otras
metas que la vida del mundo propone a veces con gran insistencia. Él
dijo sí a la propuesta de seguir a Jesús, de manera inmediata y
decidida, sin límites ni condiciones. De este modo, inició un camino
que, desde aquel momento en que se dio cuenta en el Monasterio de
que “no sabía rezar”, le llevó en pocos años a las cumbres de la
vida espiritual, que él relata con gran llaneza y naturalidad en
numerosos escritos. El Hermano Rafael, aún cercano a nosotros, nos
sigue ofreciendo con su ejemplo y sus obras un recorrido atractivo,
especialmente para los jóvenes que no se conforman con poco, sino
que aspiran a la plena verdad, a la más indecible alegría, que se
alcanzan por el amor de Dios. “Vida de amor... He aquí la única
razón de vivir”, dice el nuevo Santo. E insiste: “Del amor de Dios
sale todo”. Que el Señor escuche benigno una de las últimas
plegarias de San Rafael Arnáiz, cuando le entregaba toda su vida,
suplicando: “Tómame a mí y date Tú al mundo”. Que se dé para
reanimar la vida interior de los cristianos de hoy. Que se dé para
que sus Hermanos de la Trapa y los centros monásticos sigan siendo
ese faro que hace descubrir el íntimo anhelo de Dios que Él ha
puesto en cada corazón humano.
Por su obra admirable al servicio de las personas ancianas más
necesitadas, santa Marie de la Croix es también un faro para guiar a
nuestras sociedades, que deben redescubrir el lugar y la aportación
única de este periodo de la vida. Nacida en 1792 en Cancale, en
Bretaña, Jeanne Jugan se preocupó de la dignidad de sus hermanos y
hermanas en la humanidad, a los que la edad había hecho vulnerables,
reconociendo en ellos a Cristo mismo. «Mirad al pobre con compasión,
decía, y Jesús os mirará con bondad en vuestro último día». Esta
mirada de compasión hacia las personas ancianas, que nacía de su
profunda comunión con Dios, Jeanne Jugan la comunicaba mediante su
servicio alegre y desinteresado, que llevaba a cabo con dulzura y
humildad de corazón, deseando ser ella misma pobre entre los pobres.
Jeanne vivió el misterio del amor aceptando, en paz, la oscuridad y
la austeridad hasta su muerte. Su carisma sigue siendo actual,
puesto que muchas personas ancianas sufren múltiples condiciones de
pobreza y soledad, a veces, incluso abandonadas por sus familias. El
espíritu de hospitalidad y de amor fraternal, basado en una
confianza ilimitada en la Providencia, en la cual Jeanne Jugan
encontraba la fuente de las Bienaventuranzas, iluminó toda su
existencia. Este impulso evangélico sigue presente hoy en el mundo
en la Congregación de las Hermanitas de los Pobres, que ella fundó y
que da testimonio a su vez de la misericordia de Dios y del amor
compasivo del Corazón de Jesús por los pequeños. Que santa Jeanne
Jugan sea para las personas ancianas una fuente viva de esperanza y
para las personas que generosamente se ponen a su servicio, un
estímulo potente para proseguir y desarrollar su obra.
Queridos hermanos y hermanas, demos gracias al Señor por el don de
la santidad, que hoy resplandece en la Iglesia con singular belleza.
Mientras saludo con afecto a cada uno de vosotros -cardenales,
obispos, autoridades civiles y militares, sacerdotes, religiosos y
religiosas, fieles laicos de varias nacionalidades que participáis
en esta solemne celebración eucarística-, querría dirigir a todos la
invitación a dejarse atraer por los ejemplos luminosos de estos
Santos, a dejarse guiar por sus enseñanzas para que toda nuestra
existencia se transforme en un cántico de alabanza al amor de Dios.
Que nos consiga esta gracia su celestial intercesión y sobre todo la
materna protección de María, Reina de los Santos y Madre de la
Humanidad. Amén.
[00188-04.01] [NNNNN] [Texto original: plurilingüe]
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