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La Curia Romana  
 

 

 
 
 
 

Clave conceptual

   

Caridad:

Es el amor en sentido cristiano ("apape-caritas") que constituye la esencia misma del Dios revelado por Jesucristo (cf. 1 Jn 4,8). Ésta consiste en entregar la propia vida (Jn 15,13). La forma perfecta de la caridad es el don de sí de Cristo sobre la Cruz (Ga 2,20). La Cruz es la "cifra" y el símbolo del amor: en ella Jesús cumple el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo, retomado de la Ley antigua (Torah) (cf. Mc 12,28ss; Dt 6,5; Lv 19,17). Sobre la Cruz, de hecho, Jesús ama totalmente a Dios Padre, encomendándose en sus manos (Lc 23,44), y al prójimo, perdonando a sus enemigos (Lc 23,26). El amor verdadero o caridad consiste en amar con gratuidad, también a quien no lo merece, el pecador, el malvado, el traidor, el enemigo (cf. Lc 6,32: Rm 5,11). Este amor divino, único y trascendente, no es "utópico" para los seres humanos. Se convierte en realidad cuando el Don del Señor resucitado es derramado en el corazón de los hombres mediante la potencia del Espíritu Santo (cf. Hch 2; Rm 5,5) y hace posible abandonarse al amor de Cristo. Tal es la experiencia de los santos y de los mártires (cf. Hch 7,59-60). La caridad es por tanto una virtud teologal, o sea, sobrenatural y pneumatológica. San Pablo la considera el más grande de los dones del Espíritu Santo y la describe así: "La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuanta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca". (cf. 1 Co 13, 4-8). La caridad puede considerarse obra de la fe (cf. Ga 5,6). Poseer el amor es signo de una vida nueva que vence a la muerte: "Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte" (1 Jn 3,14).  

Toda la tradición cristiana la ha venerado como "reina de las virtudes". Ella consiste, para s. Agustín, en el amor de la cosas que deben ser amadas ("dilectio rerum amandarum") y concede anteponer la cosas comunes a aquellas propias ("caritas communia propriis non propria communibus anteponit"). La caridad es "ordenada": ella hacer amar a Dios por sí mismo; inspira un recto amor de sí (recordando la propia dignidad filial); estimula a amar al prójimo en Dios y al enemigo a causa de Dios ("caritas est amicum diligere in Deo et inimicum diligere propter Deum", s. Gregorio Magno). La caridad ama según la medida desmesurada de Dios ("modo sine modo", s. Bernardo). Para Santo Tomás sólo la caridad merece verdaderamente el nombre de gracia porque es la única que "hace gratos a Dios" ("nomen gratiae meretur ex hoc quod gratum Deo facit"). Ella posee la facultad de transformar al amante en el amado, porque suscita una especie de "éxtasis", un salir de sí mismos para adherir al amado ("caritatis proprium est transformare amantem in amatum, quia ipsa est quae extasim facit").

  La caridad es el vínculo de comunión de la Iglesia, y encuentra en la Eucaristía su sacramento. Mediante la caridad el Espíritu reúne a los fieles bajo un solo cuerpo: el mismo Espíritu unifica el cuerpo con su presencia, con su fuerza y con la interna conexión de los miembros, produce la caridad entre los fieles y empuja a vivirla. Por tanto, si un miembro tiene un sufrimiento, todos los miembros sufren con él; o si un miembro es honrado, gozan juntamente todos los miembros (cf. 1 Co 12,26; LG 7,3). La caridad no puede ser ni confusa ni mucho menos sustituida por la noción, no peculiarmente, cristiana de solidaridad. Ésta consta del orden humano y social de la fraternidad universal. En cambio, la caridad es la relación de comunión propia de la fraternidad cristiana. Ella posee una propulsión universal (hasta abrazar a los enemigos), pero es especialmente enriquecida por la reciprocidad en la comunidad eclesial: "Pues este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros" (1 Jn 3,11-12); "Así que mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe", (Ga 6,10).

  Junto a la Evangelización y a la Intercesión (Liturgia), el testimonio de la caridad representa la principal forma cristiana de llevar a cabo la misión que Cristo le ha encomendado..

 

Desarrollo (integral):

Se trata de toda la actividad humana desplegada a mejorar la condición del hombre, en cada dimensión: física, social, moral, cultural y espiritual. El verdadero desarrollo al que los Estados deben propender implica por tanto una serie de medidas sociales destinadas a asegurar un digno tenor de vida, la paz civil, la justicia social, el derecho a la instrucción y, sobretodo, la libertad de pensamiento y de religión. Norma del verdadero progreso, el desarrollo integral posee por tanto como criterio el bien de la persona. "El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres para lograr más justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos. Pues dichos progresos pueden ofrecer, como si dijéramos, el material para la promoción humana, pero por sí solos no pueden llevarla a cabo" (GS 35). En la Populorum progressio, Pablo VI, describiendo el desarrollo integral como un proceso de mayor humanización, citaba así los pasos a cumplir: "lograr ascender de la miseria a la posesión del necesario, la victoria sobre las plagas sociales, la adquisición de la cultura...El aumento en considerar la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación al bien común, la voluntad de paz. Más humanas aún: el reconocimiento, por el hombre, de los valores supremos y de Dios, fuente y fin de todos ellos. Más humanas, finalmente, y, sobre todo, la fe, don de Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que a todos nos llama a participar, como hijos, en la vida del Dios viviente, Padre de todos los hombres" (PP 21). Esto equivale a la promoción de un "humanismo plenario", o sea "el desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres" (PP 42). "Un humanismo cerrado, insensible a los valores del espíritu y a Dios mismo, que es su fuente, podría aparentemente triunfar. Es indudable que el hombre puede organiza la tierra sin Dios: pero sin Dios, al fin y al cabo, no puede organizarla sino contra el hombre. Un humanismo exclusivo es un humanismo inhumano. Luego no hay verdadero humanismo si no tiende hacia el Absoluto por el reconocimiento de una vocación, que ofrece la idea de la vida humana. Lejos de ser la norma última de los valores, el hombre no se realiza a sí mismo sino cuando asciende sobre sí mismo, según la justa frase de Pascal: 'El hombre supera infinitamente al hombre' " (PP 42), el verdadero desarrollo de la humanidad conduce por tanto al encuentro de la Fraternidad de los pueblos (PP 43-75) y se podrá entonces decir que es el nuevo nombre de la paz (PP 76-80).

 

Doctrina social:

Es el conjunto del magisterio eclesial sobre la naturaleza y el ordenamiento moral de la sociedad. Aunque hunda sus raíces en la enseñanza social de la sagrada Escritura y de los Padres y Doctores de la Iglesia, ella nace como tal, con la Encíclica Rerum novarum (1891) del Papa León XIII. El texto leonino dio lugar a un notable desarrollo con Pío XI (Quadragesimo anno), Juan XXIII (Pacem in terris); Pablo VI (Populorum progressio; Octogesima adveniens) y sobre todo con Juan Pablo II (Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis; Centesimus annus).

  Abundancia de enseñanza social se encuentra también en los discursos y en los mensajes radiofónicos de Pío XII, en la constitución conciliar Gaudium et spes, en la intervenciones de los Papas Pablo VI y Juan Pablo II a la ONU y en los documentos de la CDF (especialmente Libertatis conscientiae y Libertatis nuntius). Puntos cardinales de la doctrina social son: la legítima propiedad personal en el contexto de la destinación universal de los bienes de la tierra; el primado del bien común ("esto es, el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección" GS 26); la fraternidad universal y la unidad de la familia humana, como fundamento de la promoción de la paz y de la amistad entre los pueblos, del dialogo y de la solidaridad; la justicia social; el respeto de la dignidad humana ratificada en los derechos inalienables de la persona, la subsidiariedad; la justa autonomía en la interdependencia entre las personas, naciones y estados. Por tanto, la visión cristiana rechaza, obviamente, toda forma de totalitarismo, de colectivismo, de nacionalismo, de capitalismo salvaje, pero también la idolatría de la democracia relativista, que antepone al valor de la conciencia el voto de la mayoría: "si no existe ninguna verdad última que guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones pueden instrumentalizarse fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores, se convierte fácilmente en un totalitarismo abierto o falso, como demuestra la historia",  CA 46 = VS 101).

 

Esperanza:

Es la segunda "virtud teologal" junto a la fe y a la caridad. Ésta no sólo es confianza y una espera en la intervención salvadora de Dios, como se encuentra a menudo en el AT (cf. p.e. Sal 40,2), sino un don del Espíritu Santo que mediante su gracia orienta en modo divino la facultad intencional del espíritu humano. Se trata de la cierta, beata enérgica y deseosa espera de la gloria futura. La certeza de la esperanza deriva de la fe que proporciona como anticipo de las realidades separadas (cf. Hb 11,1); la alegría procede del hecho que la esperanza es un éxtasis del espíritu hacia la plenitud de la salvación, de la que ya se poseen las primicias (cf. p.e. 2 Co 5,4-10); la energía u operosidad de la esperanza depende de su nexo con la caridad; la esperanza es una tensión activa, que desea anticipar y apresurar la llegada del Reino definitivo mediante la "siembra en el Espíritu Santo" con una existencia de amor (cf. Ga 6,7-8). La existencia misma de la esperanza es un perseverante extenderse hacia adelante del deseo (cf. Rm 8,25). Las tres virtudes son como tres hermanas: las dos mayores, Fe y Caridad llevan de la mano a la hermanita, Esperanza, pero ésta arrastra a las otras dos donde ella quiere (Péguy).

 

Evangelización:

Es el deber principal de la Iglesia, que remonta al mandamiento del Señor (Mt 28,19; Mc 16,15ss) y a la praxis de los apóstoles (cf. Hch 2-3; 1 Co 9,16...). Es la comunicación del anuncio, de la buena noticia de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte (kerygma o euanghelion). El Concilio Vaticano II (LG 17; AG); Pablo VI (Evangelii nuntiandi); Juan Pablo II (Redemptoris missio) resaltaron el papel prioritario de la evangelización en el obrar de la Iglesia. A través de ella, la Iglesia da la posibilidad de adherir personalmente e históricamente al Misterio de la Salvación del género humano, que Jesucristo ha cumplido una vez por todas en su Pascua. Del anuncio brota de hecho la fe en el Espíritu, que conduce a una relación viva con Cristo, y a través de él, con el Padre (cf. Rm 10,16ss).

 

Fe:

Es la respuesta de la persona humana a la revelación divina comunicada a través de la evangelización. Consiste en aceptar a Jesucristo crucificado y resucitado como principio de salvación, de redención y de justificación. (cf. Rm y Ga, passim). Suscita la invocación del Nombre de Jesús y todo un vivir en Cristo, que implica un conocimiento sobrenatural de Dios: "Sólo Dios conoce a Dios enteramente" (cf. CIC 152). "El Misterio de la Santísima Trinidad es el Misterio central de la fe y de la vida cristiana. Sólo Dios puede dárnoslo a conocer revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo" (CIC 261). " 'Nadie puede decir: ¡Jesús es el Señor! sino con el Espíritu Santo' (1 Co 12,3). 'Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbà, Padre!' (Ga 4,6). Este conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. El es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida, que tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece en el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia" (CIC 683). La fe es también inicio de la vida eterna en nosotros (Santo Tomás), en cuanto infunde el conocimiento de las realidades invisibles (cf. Hb 11,2) y sobre todo, anticipa la comunión filial escatológica con Dios en el Espíritu de Cristo.

 

Fraternidad/Hermandad:

Es la relación ontológica existente entre aquellos que poseen una generación común (fraternidad/adelphotês) que suscita una peculiar relación de amistad (fraternidad/philadelphia). Existe una doble fraternidad, humana y cristiana. Percibir el nexo existente entre estas dos realidades, distintas pero no separados, es del todo iluminante para comprender la relación entre ecclesiología y doctrina social, entre "naturaleza" y gracia, entre Iglesia y sociedad civil. La doctrina cristiana proclama la fraternidad universal entre todos los hombres, prescindiendo de su religión, raza, nación, lengua, etc., en virtud del común origen en Dios Padre creador: la "ley de solidaridad humana y de caridad, sin excluir la rica variedad de las personas, las culturas y los pueblos, nos asegura que todos los hombres son verdaderamente hermanos" (CIC 361). "Así, pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles. Los esfuerzos, concebidos a fin de realizar la fraternidad universal no son vanos" (GS 38). Todo lo que se hace sobre esta tierra, en vista de la fraternidad entre los hombres, se manifestará en la gloria de Cristo en su venida (GS 39). La fraternidad universal entre los hombres constituye la misión de los laicos en el mundo (AA 14). GS 91 propugna que los fieles y cada iglesia "ajusten mejor el mundo a la superior dignidad del hombre, tiendan a una fraternidad universal más profundamente arraigada y, bajo el impulso del amor, con esfuerzo generoso y unido, respondan a las urgentes exigencias de nuestra edad". Sólo una conciencia de esta fraternidad puede garantizar la verdadera paz entre las naciones (GS 78). Pero esta fraternidad, inscrita en la naturaleza misma del ser humano está, por así decirlo, escondida, o mejor dicho, ofuscada por el pecado (y por las estructuras de pecado) existentes en el mundo. Los seres humanos, subestimando la paternidad divina, no reconocen tampoco la unión ontológica que los une y sus conciencias no perciben plenamente el afecto solidario que debería brotar. La humanidad, hoy como siempre, se encuentra en una encrucijada entre la fraternidad y el odio (GS 9). Usando una imagen evangélica (cf. Mt 5,14ss) decimos que la fraternidad universal y creatural entre los hombres es aquella "casa" que existe, pero que yace en las tinieblas. Se necesita de una "luz" superior - divina - para que la belleza de la casa aparezca. Esta luz es precisamente la Iglesia: la fraternitas christiana. Consta de un orden diferente y se radica, no tanto en la gracia natural de la creación, cuanto en el don del Espíritu del Hijo (GS 32); ella nace del libre e inaudito diseño de Dios, de entrar en la historia de los hombres (AG 3). Tal fraternidad se nutre de la paternidad divina revelada por Cristo y comunicada en su Espíritu Santo (UR 7). El evangelio de la fraternidad cristiana representa por tanto, respecto a la fraternidad humana el papel de fermento (AG 8); ella es un faro, un signo de aquello que debería extenderse escatológicamente a todos (GS 92; AG 7). "La Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a todo el orbe con el mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu a todos los hombres de cualquier nación, raza o cultura, se convierte en señal de la fraternidad que permite y consolida el diálogo sincero" (GS 92). La fraternidad cristiana se vive en la caridad; la fraternidad universal en cambio se fundamenta en la solidaridad social.

 

Gratuidad:

Es el carácter de aquello que nace, de modo incondicional y libre, de una iniciativa sobreabundante. Es gratuito el amor de Dios (creación, elección), plenamente revelado en Cristo (redención) y proprio también de los cristianos (cf. caridad). Existe también una posible perversión de la gratuidad.

  - En la tradición bíblica y cristiana el primer acto de gratuidad por parte de Dios es la creación misma. La creatio ex nihilo se debe únicamente al deseo de comunicar generosamente la propia bondad (cf. 2 M 7,28; Rm 4,17; Concilio Laterano IV, DS 800). El acto creador sucede con una decisión soberanamente libre ("Liberrimo consilio", según la expresión del Concilio Vaticano I, DS 3025). La gratuidad de la creación es el encuentro entre la plenitud de la bondad de Dios omnipotente y la radical contingencia de la criatura. Otra manifestación de total gratuidad, según las escrituras, es toda la historia de Israel: su elección, su redención de la esclavitud, el don de la Torah y la entrada en la Tierra Prometida. El libro del Deuteronomio no se cansa de recalcar la desproporción entre el don concedido por Yhwh y el beneficiario humano (cf. Dt 7,7; 6,11; 9,5). En el NT brilla con aun más fuerza la gratuidad de la iniciativa divina. Gratuita es la revelación de Dios y de sus misterios (cf. Mt 11,26-27; Lc 11,32), como también la elección de los apóstoles primero (cf. Mc 3,13; Jn 15,16), y después la Pascua de Jesús (cf. Rm 1,1). Es Dios quien nos amó primero (1 Jn 4,19), entregándonos su Hijo (Rm 8,32), cuyo amor consiste en morir por nosotros, malvados y pecadores (Rm 5,6-8). Tal es el Evangelio de la gratuidad de la salvación y de la justificación (cf. Rm 3,24; 2 Tm 1,9). A todos los testigos escogidos se les encomienda el tesoro del Evangelio, del que nadie nunca podrá llamarse digno (cf. 2 Co 4,1.7). Más bien: las dos "columnas" de la historia de la Iglesia, Pedro y Pablo, están personalmente marcados por la experiencia de la gratuita misericordia de Cristo (cf. p.e. Jn 21,15ss e 1 Co 15,10; UUS 91). El fiel y gratuito testimonio se transforma en una natural incumbencia para los apóstoles (cf. Mt 10,8; 1 Co 9,18; 11,7).

- A la experiencia del amor gratuito de Dios (cf. Lc 6,35) y preferencial por los pecadores (cf. Lc 15; 19,1-10) debe responder el agradecimiento humano del saberse beneficiado de un don no merecido (cf. la pecadora perdonada Lc 7,36-50). Tal reconocimiento se difunde hasta la conversión y la reparación del mal cometido (cf. Zacarías, Lc 19,8). El pecado más grave es precisamente la falta de percepción del don gratuito recibido (cf. el siervo despiadado, Mt 18,23-35). Al contrario, si ya el AT había intuido la belleza de la gratuidad: (cf. Si 7,33-34: "La gracia (cháris) de tu dádiva llegue a todo viviente, ni siquiera a los muertos rehuses tu gracia. No te rezagues ante los que lloran, y con los afligidos muéstrate afligido"), tanto más el NT propugnará el amor sin condiciones: "Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis (cháris)? Pues también los pecadores aman a los que los aman. Si hacéis el bien a los que os lo hacen a vosotros ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio (mêden apelpízontes); y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos" (Lc 6,32-35). En concreto esto se manifiesta en el perdonar como se ha sido perdonados y beneficiando a todos, sin distinción, sin ninguna acepción de persona (cf. St 2,1ss). Forma parte de la gratuidad evangélica también el "malgastar" las cosas más preciosas para el Señor, como hizo la mujer de Betania (cf. Mc 14,4) y como en la tradición ininterrumpida de la Iglesia lo hacen las personas consagradas (cf. VC 104).

 - El amor por la verdad exige que se mencione también el lado oscuro de la gratuidad. Corruptio optimi pessima. Así como la gratuidad evoca la libertad, la iniciativa y la sobreabundancia en el bien, así la gratuidad del mal, el odio, la crueldad, el sadismo son una respuesta trágica del perverso giro del más grande amor. Se encuentra en esto un signo inequívoco de la existencia del demonio ("me han odiado sin razón [dôrêan]", Jn 12,25).

 

Iglesia:

Es la comunidad, la comunión (koinonia), al mismo tiempo espiritual y visible, de aquellos que acogen con fe la evangelización; comparten la misma esperanza en el Reino y participan a la misma caridad. Se entra a formar parte de la Iglesia a través del Bautismo, que sella la conversión. Principio de la comunión íntima con Dios - conocido y amado como Padre - es el Espíritu Santo: Espíritu filial de Jesucristo. El principio visible de unidad de los fieles de una Iglesia particular es el Obispo; en cambio, sobre el plano universal de la comunión de todos los fieles, el fundamento de unidad es el Romano Pontífice. Éste es el sucesor de Pedro y cabeza de la comunidad cristiana de Roma que "preside en la caridad" (San Ignacio de Antioquía). El principio sacramental de la unidad de la Iglesia es la Eucaristía: celebración memorial del misterio pascual, en donde los bautizados, unidos a sus legítimos pastores, se unen a Cristo y entre ellos, mediante los signos del pan y del vino consagrados. El Credo profesa la Iglesia una, santa, católica y apostólica. El Espíritu de Amor, donado por Cristo a su Iglesia, la transforma necesariamente en una (cf. UR 4,3) y santa (cf. LG 39,1). Así el Espíritu de Verdad la hace católica y apostólica, manteniéndola fiel a la tradición (Parádosis) de los apóstoles y a su misión de difundir, a todos los hombres y en todos los tiempos, toda la plenitud (Plêrôma) de verdad y santidad que se encuentra en Jesucristo. Esta prerrogativa de indefectibilidad se concede a la Iglesia concreta guiada por el Papa y por los Obispos en comunión con Él, en donde subsiste la única Iglesia de Cristo (cf. LG 8,2). No obstante, ésta debe purificarse y convertirse constantemente para hacer brillar, siempre mejor, la gloria de su Señor, para recuperar la plena unidad con los hermanos separados y para adquirir mayor credibilidad en su misión ad gentes (cf. AG 6;  EN 77; RM 50; UUS 23; 98).

 

Justicia:

Es la virtud moral y social por lo que se cumple aquello que es recto y se da a cada uno lo que le corresponde. En la Biblia la justicia (tsedaka-dikaiosyne), en cuanto atributo de Yhwh, es siempre fuente de Salvación. El Señor manifiesta su justicia librando a los oprimidos y protegiendo a los débiles, haciéndose "abogado de la viuda y del huérfano". Los israelitas están llamados a hacer lo mismo, conformándose a la Ley del Señor (Torah) y observando sus mandamientos que representan el Derecho (Mishpat). Éste consta de condivisión y hospitalidad, de equidad salarial y de rectitud judicial, y hasta de ausencia de rencor y de benevolencia hacia el enemigo (cf. Dt 6,25; Es 23,4-5; Lv 19,13ss). Los profetas (especialmente Is) acentuaron que sólo en la escuela de Yhwh se aprende la justicia: "Con toda mi alma te anhelo en la noche, y con todo mi espíritu por la mañana te busco. Porque cuando tú juzgas a la tierra, aprenden justicia los habitantes del orbe" (Is 26,9). "Mas en esto se alabe quien se alabare: en tener seso y conocerme, porque yo soy Yahveh, que hago merced, derecho y justicia sobre la tierra, porque en eso me complazco" (Jr 9,23). "Lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda" (Is 1,16-17). Y solamente las obras de justicia son el verdadero culto que agrada a Dios (cf. Is 58,1-8; Ez 18,5-9). Quien acoge el amaestramiento del Señor es así descrito: "el que anda en justicia y habla con rectitud; el que rehusa ganancias fraudulentas, el que se sacude la palma de la mano para no aceptar soborno, el que se tapa las orejas para no oír hablar de sangre, y cierra sus ojos para no ver el mal. Ese morará en las alturas, subirá a refugiarse en la fortaleza de las piedras, se le dará su pan y tendrá el agua segura" (Is 33,15-16). Pero la promesa del verdadero cumplimiento de la justicia, precursora de paz, concierne un futuro mesiánico: cuando "He aquí que para hacer justicia reinará un rey" (Is 32,1) y "Al fin será derramado desde arriba sobre nosotros espíritu. Se hará la estepa un vergel, y el vergel será considerado como selva. Reposará en la estepa la equidad, y la justicia morara en el vergel; el producto de la justicia será la paz, el fruto de la equidad, una seguridad perpetua. Y habitará mi pueblo en albergue de paz, en moradas seguras y en posadas tranquilas. La selva será abatida y la ciudad hundida" (Is 32,1.15-19). La misión del Mesías consiste, de hecho, principalmente en llevar el Derecho y la Justicia: "He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones. No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz. Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia: no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho y su instrucción atenderán las islas. Así dice el Dios Yahveh, el que crea los cielos y los extiende, el que hace firme la tierra y los extiende, el que da aliento al pueblo que hay en ella, y espíritu a los que por ella andan. Yo, Yahveh, te he llamado en justicia, y te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, par sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas" (Is 42,1-7).

Jesús es consciente que inaugura la Justicia mesiánica (cf. Lc 4,16-21). En el sermón de la montaña, predica una justicia nueva (Mt 5-7) que cumple y radicaliza espiritualmente la Torah. Ella se actúa en la conversión del corazón humano transformado en filial con respecto a Dios, y por tanto libre del temor, de la concupiscencia, de la hipocresía y del rencor, hecho capaz de confiarse en Dios y de gratuidad y caridad hacia el prójimo. En el NT la justicia de Dios se identifica con Cristo mismo, "al cual hizo Dios para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención" (1 Co 1,30). La misericordia de Cristo lo ha llevado a condenar en sí mismo el pecado para salvar a los pecadores (cf. 2 Co 5,17ss). La renovada condición del pecador justificado mediante la fe y el don de la gracia lo habilita para vivir a servicio de la justicia (Rm 6,13).

 

Libertad/Liberación:

En la Biblia el campo semántico que abarca este vocablo es considerablemente amplio. Puede designar la "libertad de" (la autonomía o independencia socioeconómica, a diferencia de la esclavitud; cf. p.e. Es 21,2); la "libertad de" (la capacidad de elección, el libre arbitrio que concierne sobretodo una vida más o menos conforme al deseo divino; cf. p.e. Dt 30,15-20; Si 15,14-20); o "la libertad para" (como la del joven esposo dispensado del servicio militar para dedicarse a la mujer y a la casa; cf. Dt 24,5). La libertad es de todos modos siempre teo-céntrica: es Dio el autor y el garante de la libertad. En cuanto Creador pone al hombre en estado de libertad y responsabilidad (Gn 2,16-17), en cuanto Redentor (Go'el), Él libra a su pueblo de la opresión de la esclavitud egipcia o del exilio babilónico (cf. p.e. Ex 3,8; Is 14,3). La posición liberadora de Yhwh hacia su pueblo debía suscitar por parte de los Israelitas una actitud liberadora hacia los oprimidos (cf. p.e. Jr 34,17). Pero los profetas anuncian una liberación más radical, la eliminación de la muerte (cf. Is 25,8) y la redención para los corazones abatidos (Is 61,1-3). En el NT Jesucristo es el portador de la verdadera libertad (cf. Lc 4,1-4). Él mismo manifiesta su suprema libertad mediante la autoridad (exousia) y la franqueza (parrhêsia) de su enseñanza (cf. Mc 1,22; 8,32), pero sobre  todo, según el IV Evangelio, en la libre entrega a la muerte por amor al Padre y a los hombres (cf. Jn 10,18). Jesús dispone del poder único de donar su vida. En esto está su libertad y majestuosidad (cf. Mt 26,53; Jn 18,36). Tal prerrogativa cristológica ahonda sus raíces en la intimidad filial de Jesús con el Padre, en el Amor en el que permanece y del que rinde testimonio (cf. Jn 15,9-13). Los fieles también podrán participar de la divina libertad de amar sin condiciones, en la gratuidad total (cf. Lc 6,32ss), después de haber sido amados y perdonados primero (1 Jn 4,10), liberados del pecado y del miedo a la muerte (cf. Hb 2,14-15), colmados por el Espíritu de libertad (cf. 2 Tm 1,7).

La Iglesia con su Doctrina social enseña el valor y la necesidad de la libertad socio-política y económica, pero su mensaje no puede reducirse a este tipo de liberación. "La libertad, traída por Cristo en el Espíritu Santo, nos ha devuelto la capacidad, de la que el pecado nos había privado, de amar a Dios por encima de todo y de permanecer en comunión con él. Estamos libres del amor desordenado de nosotros mismos, que es la fuente del desprecio del prójimo y de las relaciones de dominio entre los hombres" (CDF, Libertatis conscientiae 53).

 

Obras:

El AT propone muchos textos en los que se enumeran las obras buenas que Dios pide a los hombres. Muchas de las obras de justicia están contenidas en los códices de santidad de la Torah (cf. Ex 19-23; Lv 17ss e Dt 12ss).

 Un buen resumen se encuentra en el espléndido "Testamento de Tobit" (cf. Tb 4,5-19): se exhorta a recordarse del Señor, a practicar la limosna, a custodiar la castidad, a amar a los hermanos en la humildad, a dar justa y tempestiva retribución, a vivir en la sobriedad y en la generosidad hacia los hambrientos y los desnudos, en la piedad hacia los difuntos, en la constante búsqueda del crecimiento en la sabiduría, en la continua bendición e invocación del Señor. Es en el corazón de este admirable texto en donde aparece la regla de oro: "No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan" (Tb 4,15).

La Doctrina eclesial, inspirándose casi a la letra en esta enseñanza, elaborará la doctrina de las siete obras de misericordia, espiritual y corporal. Son obras de misericordia espiritual: instruir a los ignorantes, aconsejar a los dudosos, consolar a los afligidos, confortar a los desolados, perdonar a los enemigos, sufrir con paciencia a los molestos. Son obras de misericordia corporal: dar de comer a los hambrientos, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos, dar limosna a los pobres (cf. CIC 2447).

El NT ofrece una doble enseñanza respecto a las "obras". Por una parte éstas son deseadas por Dios y de Él recibirán la recompensa en cuanto merecedoras; por otra, las obras de la ley no son una garantía de la salvación, que depende únicamente de la gracia divina revelada en Jesucristo y acogida mediante la fe. Expondremos estos dos baluartes doctrinales intentando después una síntesis que busque su unidad.

1. Las obras buenas (kala erga) son merecedoras y deseadas por Dios.

Jesús enseña a sus discípulos a cumplir las obras buenas para que los hombres puedan reconocer en ellas la gloria de Dios Padre (cf. Mt 5,16). Por esto, deben realizarse en la más pura gratuidad, sin buscar la gloria de los hombres (Mt 6,1), sino sólo para agradar al Padre que ve en el secreto y recompensará en al más allá. Con respecto a esto, no se excluye por parte de Jesús la perspectiva de la "recompensa" (misthós). Así la tradición interpretará la invitación evangélica a amontonarse tesoros en el cielo con las limosnas (cf. Mt 6,19-20) y a "enriquecerse en orden a Dios" (Lc 12,21), como una exhortación a practicar obras buenas de generosidad en vista del premio celeste (1Tm 6,18). Jesús mismo con su vida ha cumplido una serie de Obras buenas (Jn 10,32). Él elogia como "obra buena" la unción recibida en la casa de Betania (Mc 14,6) y advierte que el juicio considerará las obras de misericordia (cf. Mt 25,32ss). La comunidad primitiva considera las obras buenas - casi identificadas con la limosna - como signo de recta conciencia y de orientación a la salvación (cf. la discípula Tabita, Hch 9,36; y el centurión Cornelio, Hch 10,1.4). El mismo epistolario Paulino recomienda perseguir "la paz y la mutua edificación" (Rm 14,19). "Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras" (Hb 10,24). Recuerda también que "la fe actúa por la caridad" (Ga 5,6). La práctica de las obras buenas atestigua la fiabilidad de una persona (1Tm 5,10) y es estimulada por la enseñanza de la sagrada Escritura (2 Tm 3,16). El NT enseña que el Señor juzgará a cada uno según sus obras (cf. p.e. Rm 2,6; 1 Co 3,13; Ap 2,2.19) y prospecta la recompensa eterna como un "descanso" por las obras cumplidas (cf. Ap 14,3; Hb 4,10).

2. Las obras son incapaces de dar la salvación.

Se conoce la contraposición puesta por San Pablo entre Fe y Obras. Innumerables textos enuncian con fuerza la desproporción entre la gratuidad del don de Dios en Jesucristo y la capacidad de las obras humanas, entendidas como esfuerzo de cumplimiento de la justicia de la ley. Rm y Ga poseen este leit-motiv: "Porque pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley" (Rm 3,28). "Quiero saber de vosotros una cosa sola: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley o por la fe en la predicación?" (Ga 3,2). "Él nos salvó, no por las obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo" (Tt 3,5). Para Pablo la ley enseña y prescribe las obras buenas queridas por Dios, pero sin dar la capacidad al corazón humano, herido por el pecado, de cumplirlas. Por tanto ella "condena" al hombre a la consciencia del propio egoísmo y cumple así de pedagoga: desvela la verdad del bien moral objetivo y del mal subjetivo intrínseco del corazón humano (cf. Rm 7; Ga 3,19ss). Sólo la gracia del Espíritu concedida mediante la fe en Cristo muerto y resucitado permitirá cumplir las obras de la fe.

3. Las obras son fruto y signo de la gracia.

Una vez aceptada la doctrina paulina de la prioridad de la gracia para la justificación, es necesario sostener que la Fe y la Gracia dan cumplimiento a las Obras y a la Ley, sin abolirlas y sin oponerse a ellas (DS 1559). De manera que las obras buenas sean como el fruto de un corazón renovado e inhabitado por la gracia filial del Espíritu de Cristo. La conversión transforma al corazón humano y lo convierte en capaz de dar aquellos frutos de bondad que Dios espera (cf. Lc 6,44-45) y que brotan del Espíritu (cf. Ga  5,22).

Probablemente el compendio más repleto de la "sinergia" entre gracia y obras se encuentra en estos versos: "Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras (ouk ex ergôn), para que nadie se gloríe. En efecto, hechura (poiêma) suya somos: creados en Cristo Jesús en orden a las buenas obras (epi ergois agathois) que de antemano dispuso Dios que practicáramos" (Ef 2,8-10).

Aquí brilla contemporáneamente la total gratuidad de la salvación como don de gracia y la imprescindible fidelidad debida a esta gracia mediante una vida fecunda en obras buenas. En esta perspectiva se pueden conciliar Pablo y Santiago. St exhortaba: "¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: "Tengo fe", si no tiene obras? ...Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta" (St 2,14.17). Los ejemplos de Abraham y de Raab demuestran que ya en el AT la fe en el Señor implicaba en modo intrínseco la obediencia práctica de las obras: "la fe cooperaba (synergei) con las obras" (St 2,22). Las obras demuestran externamente la verdad interior de la fe: "yo te probaré por las obras mi fe" (St 2,18). Así que "el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente" (St 2,24). Con la terminología agustiniana podemos decir que la "primera justificación/primera resurrección" (citada en Rm 3,28: el paso de la muerte del pecado a la vida filial) depende exclusivamente de la confiada fe en la iniciativa divina (gratia praeveniens), mientras la "segunda justificación/resurrección" (citada en St 2,18: que concierne la salvación y la retribución escatológica) se atribuye a la fe que actúa mediante la caridad (gratia cooperans).

 

Pecado:

"En su significado esencial, el pecado es negación de aquello que Dios es - como creador - con relación al hombre y de aquello que Dios quiere, desde el principio y para siempre, para el hombre. Al crear al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, Dios quiso para ellos la plenitud del bien, o sea la felicidad sobrenatural que brota de la participación a su vida misma. Cometiendo el pecado, el hombre rechaza este don y contemporáneamente quiere ser él mismo 'como dioses, conocedores del bien y del mal' (Gn 3,5), es decir, decidiendo el bien y el mal independientemente de Dios, su creador...El pecado provoca la ruptura de la unidad originaria de la que gozaba el hombre en el estado de justicia original: la unión con Dios como fuente de la unidad interior de su propio 'yo', en la recíproca relación entre el hombre y la mujer (comunión de persona), y, por último, en relación con el mundo exterior, con la naturaleza" (MD 9). Comúnmente el pecado designa la transgresión libre y voluntaria del orden establecido por Dios (cf. 1 Jn 3,4). El pecado "original" conduce a la ignorancia existencial de la paternidad de Dios, que conduce al egocentrismo y a la sumisión a la concupiscencia. Esto posee características existenciales como la vulnerabilidad, el miedo, la soledad, el egoísmo. Con el pecado entran en el mundo el sufrimiento, la miseria, la muerte. El hombre en el pecado vive en la "carne", abandonado a sí mismo, y obligado a defender con fuerza la frágil vida que posee. Comienza así el sometimiento a la concupiscencia (cf. Ef 2,1-3), que alcanza por propagación a todos (DS 1512-1513). El pecado ha debilitado y herido la naturaleza humana, pero no la ha destruido. La dignidad humana ha sido preservada en el libre arbitrio que tiende al bien y subsiste también después del pecado, aunque éste sea "attenuatum et inclinatum" (cf. Trento, DS 1521,1525,1555). Pero el pecado, como muerte del alma, incapacita a cumplir el bien e impone la esclavitud del diablo (cf. CIC 407). Con los Padres (cf. p.e. Orígenes, Ireneo) podemos decir que el pecado, sin eliminar la "Imagen" (Eikôn) de Dios en el Hombre, ha desnaturalizado la "Semejanza" (Homoiôsis). Gracias a la conversión y a la justificación, se le da al hombre la posibilidad de "no pecar más" (cf. 1 Jn 3,6.9), o sea, de no estar más sometido a la tiranía de las pasiones egoístas. El Espíritu restablece así la "semejanza" del hombre con Dios.

El magisterio reciente subraya que junto al pecado personal existen también estructuras de pecado. Éstas "se fundan en el pecado personal y, por consiguiente, están unidas siempre a actos concretos de las personas, que las introducen, y hacen difícil su eliminación. Y así estas mismas estructuras se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres. 'Pecado' y 'estructuras de pecado', son categorías que no se aplican frecuentemente a la situación del mundo contemporáneo. Sin embargo, no se puede llegar fácilmente a una comprensión profunda de la realidad que tenemos ante nuestros ojos, sin dar un nombre a la raíz de los males que nos aquejan" (RP 16 = SRS 36). Si la misión sacerdotal de la Iglesia consiste en perdonar los pecados, su mandato profético la lleva a denunciar la estructura de pecado, y su misión social la impulsa a crear nuevas estructuras de bien común  (HM, 25).

 

Perdonar/Perdón:

Es el acto con el que se condona el pecado mediante la caridad, alcanzando así la reconciliación. El perdonar debería implicar estos elementos: la comprensión, la expiación y el olvido. La comprensión reconoce que el pecador ha sido engañado y extraviado. No pude darse un perdón verdadero sin el previo juicio de misericordia, que distingue al pecador del pecado (cf. Jn 8,10ss) y compadece la situación de pecaminosidad como una "muerte" existencial (cf. Lc 15,24.32). Dios perdona, porque conoce el corazón del hombre y su falibilidad. Por esto Él espera con indómita esperanza la conversión del pecador (cf. Sb 11,23): así hace el Padre del hijo pródigo (Lc 15,20b). Jesús sobre la cruz reza: "Padre perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34). La expiación consuma la malignidad en el amor y hasta puede llegar a transformar el sufrimiento padecido en intercesión por el pecador. "Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros...Mas plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos soportará. Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá sus despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes" (Is 53,5-6.10-12). Jesús, verdadero siervo de Yhwh y Cordero de Dios (cf. Jn 1,29), mediante su intercesión de amor ha expiado todos nuestros pecados (cf. 1 Jn 2,2). El olvido indica que el corazón de quien ha perdonado debe estar totalmente libre de cualquier resentimiento, hastío o rencor. El Señor se "echó a la espalda" los pecados de los hombres (Is 38,17); él arroja definitivamente la deuda que pesa sobre los pecadores (cf. Mt 18,27; Col 2,14). Humanamente esto significa poseer una disposición natural a perdonar las faltas padecidas (cf. Mt 18,21-22). El perdón no es fruto del empeño o del esfuerzo humano, sino es obra de la caridad, "que no toma en cuenta el mal" (1 Co 13,5). Por consiguiente, esto es posible sólo por obra del Espíritu Santo que conforma al amor misericordioso de Cristo (Ef 4,32).

La   Iglesia recibió de Cristo el mismo poder divino de perdonar los pecados (cf. Mc 2,10). Ante todo, lo hace mediante el Bautismo (cf. Mt 28,20), pero especialmente con el sacramento de la Penitencia (cf. Jn 20,23). La Eucaristía es también la festiva celebración de los redimidos y el memorial de la remisión de los pecados en la sangre de Cristo  (cf. Mt 26,28).

 

Persona:

Aunque el término persona no aparece como tal en las Escrituras, la noción es de matriz judeocristiana y encierra lo esencial de la antropología bíblica: se trata del hombre como ser indivisiblemente corpóreo y espiritual (corpore et anima unus, GS 14); creado a imagen de Dios, o sea, dotado de inteligencia, libre arbitrio, y capacidad de relacionarse con el prójimo y con Dios. El carácter de persona hace al hombre único e irrepetible y lo colma de dignidad. De hecho él es la sola "única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo" (GS 24). Siendo Dios Amor personal e incluso tri-personal, la naturaleza teomorfa de la persona hace que ella no pueda "realizarse" plenamente sino a través de un sincero don de sí"  (ib.). La unicidad de la persona humana posee su fundamento en la unicidad del Hijo unigénito de Dios, verdadera y perfecta imagen de Dios (cf. Col 1,15).

 

Pobreza/pobre:

La pobreza material es la condición de privación de bienes, de éxito, de seguridad. El AT no considera obviamente tal situación envidiable, puesto que la prosperidad es considerada como signo visible de la bendición divina (cf. Dt 15,4). La Ley del Señor aseguraba al pobre (forastero, huérfano, viuda) el derecho de ser juzgado con imparcialidad (cf. Lv 19,10), de beneficiarse de los racimos de las cosechas (Lv 23,22), de gozar de préstamos sin intereses (Lv 25,36), de preservar un mínimo vital (Lv 24,12); en una palabra, de la generosidad de los Israelitas (Dt 15,11). Los profetas resaltan y acentúan las exigencias de justicia y fraternidad contenidas en la Torah. Así, el socorrer a los necesitados equivale al verdadero ayuno (Is 58,6-7) y la compasión al verdadero culto (Os 6,6). Jesús es en todo el verdadero heredero de la tradición veterotestamentaria. Él enfatiza que donando al pobre se presta a Dios (cf. Pr 19,17; Mt 19,21); que la pobreza espiritual es la justa actitud para la salvación (cf. los anawîm, de So 2,3; Mt 5,3). Pero ambas acentuaciones son, por así decirlo, connotadas cristológicamente en el sentido que Jesús mismo es el verdadero y perfecto Pobre; aquel que no tiene donde reclinar la cabeza (cf. Lc 9,58); que se ha hecho pobre para enriquecernos con su humildad filial (cf. 2 Co 8,9), entregando a todo sí mismo en misericordia (Flp 2,6ss). Después de Cristo - por excelencia el Pobre del Señor (cf. Mt 11,29) - es su madre, María,  a quien el NT presenta como el emblema de la pobreza humana beneficiada por la riqueza divina: el Magnificat exalta el inclinarse de Dios sobre la "humildad de su sierva" y canta su justicia que cambia las suertes: "A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada" (Lc 1,48.53).

La victoria sobre la indigencia. La ideal descripción de la primera comunidad cristiana dice así: "La multitud de los creyentes  no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos...No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campo o casas los vendían, traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad" (Hch 4,32-35). Se quiere documentar la posibilidad de vencer la pobreza material mediante la pobreza espiritual y la comunión. El verdadero compartir cristiano depende de estas condiciones: la consciencia de no poder servir al mismo tiempo Dios y Mamona, al ser el apego al dinero "raíz de todos los males" (Mt 6,24; 1 Tm 6,10); un nuevo estilo de vida marcado por la sobriedad (nêpsis) que sabe que todo es don de Dios (cf. 1 Co 4,7), y que "nosotros no hemos traído nada al mundo y nada podremos llevarnos de él. Mientras tengamos comida y vestido, estaremos contentos con eso" (1 Tm 6,7-8);  la consciencia de ser "miembros los unos de los otros" (Rm 12,5), y por tanto de tener una recíproca deuda de caridad y de condivisión fraterna (cf. Rm 13,8); la certeza escatológica de que aquello que se hace al pobre se hace a Cristo mismo (cf. Mt 25,32ss).

El voto de pobreza. La pobreza es también junto a la obediencia y a la castidad, uno de los tres votos profesados por aquellos que abrazan la vida consagrada. Testimonia ante todo "Dios como verdadera riqueza del corazón humano" y contesta proféticamente la sociedad del consumo y de la opulencia que clama atrozmente con la miseria de tantas poblaciones. La vida de los religiosos tenderá por tanto a "el amor preferencial por los pobres, y se manifestará de manera especial en el compartir las condiciones de vida de los más desheredados" (VC 90).

 

Progreso:

Se trata de la evolución y del crecimiento de los conocimientos, de las técnicas y de las capacidades del hombre. Criterio del verdadero progreso es el desarrollo integral de la persona. El progreso de la ciencia y de la técnica, que no tuviese cuenta del primado de la persona humana y su dignidad, contradiría el verdadero desarrollo: "Tanto la investigación científica de base como la investigación aplicada constituyen una expresión significativa del dominio del hombre sobre la creación. La ciencia y la técnica son recursos preciosos cuando son puestos al servicio del hombre y promueven su desarrollo integral en beneficio de todos; sin embargo, por sí solas no pueden indicar el sentido de la existencia y del progreso humano. La ciencia y la técnica están ordenadas al hombre, que les ha dado origen y crecimiento; tienen por tanto en la persona y en sus valores morales el sentido de su finalidad y la conciencia de sus límites" (CIC 2293). Al respecto se observará que es necesario protegerse tanto de un ingenuo optimismo sobre el progreso humano, cuanto de un pesimismo acerca de las capacidades destructoras que la moderna técnica ha puesto a disposición del género humano (armamentos, manipulaciones genéticas, diagnóstico prenatal...); más que nunca se impone una sana crítica del progreso que reconduzca al hombre a su justa colocación de "Dominador vicario de Dios" sobre la tierra (cf. Gn 1,26-28; 2,25). La señoría gozada por el hombre legítima la operosidad y la inventiva técnico-científica; su vicariedad con respecto a Dios lo salvaguarda de la tentación idólatra de omnipotencia. La tierra y la naturaleza han sido encomendadas al hombre por el Creador, para que las domine, las cultive y obtenga beneficio, pero no son un depósito de potencialidades que hay que aprovechar de manera insensata. El sano progreso tiene su justo medio entre el tecnicismo (que absolutiza el poder humano y reduce en materia bruta al mundo subhumano) y el ecologismo (que absolutiza la naturaleza y contesta la superioridad del hombre).

Notamos, en fin, que la idea misma de progreso debe mucho a la concepción teológica del tiempo, tomada de la noción bíblica de la Historia de la salvación. Pero el progreso es una realidad inmanente, aun cuando la esperanza escatológica es de orden trascendente y meta-histórico. "No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso terreno del crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al reino de Dios" (GS 39 = CIC 1049).

 

Prójimo:

En la Biblia es el conciudadano, el vecino, aquel que concretamente comparte la existencia. En el precepto de Lv 19,17 equivale a un miembro del pueblo hebraico. Aunque ya en el AT se perfila una dilatación del amor al prójimo. También hay deberes de justicia y de solidaridad humana hacia el forastero (cf. Ex 22,10) y hasta hacia el enemigo (cf. Ex 23,4). La lectura profética y sapiencial desarrolla la conciencia de pertenecer a un único género humano (cf. Sb 11,23; Mal 2,10). Pero es con el NT que se cumple la plena universalización del amor al prójimo. Jesús, no sólo hace su mandamiento antiguo, sino que lo une directamente al más grande precepto del amor de Dios (cf. Mc 12,28-31). Él no sólo ratifica la regla de oro de no hacer a los demás lo que uno no quiere que le hagan (cf. Tb 4,15; Rm 13,8-10), sino que la cambia al positivo, pidiendo hacer a los demás lo que se quiere para sí mismo (cf. Mt 7,12). Los destinatarios de este mandamiento no son solamente los conciudadanos, sino todos los hombres indistintamente (anthrôpoi). La parábola del Buen Samaritano es el texto más emblemático de este universalismo (Lc 10,29-37). El amor verdadero al prójimo consiste en acercarse a él y ayudar al necesitado, dejando de lado cualquier otra consideración de tipo religiosa o étnica. En verdad, el Extranjero que se ha hecho prójimo de la humanidad,  que muere, no es otro que el mismo Señor Jesús. Él ha sido el primero en demostrar que no se puede amar al Dios invisible sin amar al hermano (cf. 1 Jn 4,20).

 

Prosperidad:

En el AT la prosperidad material representa una bendición divina (cf. p.e. Dt 28,12). Existe la conciencia que todo, riqueza y pobreza, proviene del Señor (Si 11,14). La riqueza es buena cuando es fruto del temor de Dios (Sal 25,12-13) y destinada a ejercer la beneficencia (Sal 112,5). De otra forma, la abundancia entorpece el corazón, convirtiéndolo en necio y orgulloso (Sal 49,13; Ez 28,5). La sabiduría bíblica lleva a pedir a Dios el poseer lo justo: lo que basta para estar agradecidos al Señor y no recurrir al robo (Pr 30,8-9). Pero la verdadera prosperidad está en la sabiduría, en el amor a Dios y en la observancia de su Torah, que vale más que "mil piezas de oro y de plata" (cf. p.e. Sal 119,72; Sb 7,11). La enseñanza cristiana se sitúa en continuidad con el Primer Testamento. Jesús estigmatiza a menudo el peligro de las riquezas que impiden entrar en el Reino (cf. Mt 19,23), que atontan al corazón, lo cierran a la esperanza de la Providencia, lo ciegan sobre la verdadera riqueza que se obtiene mediante la limosna y la caridad y lo insensibilizan al sufrimiento del prójimo (cf. Lc 12,15-34; 16,19ss). En el Tercer Evangelio se encuentra una teología de la redención de las riquezas materiales a través de la caridad: el fiel está llamado a "enriquecerse en orden de Dios" (Lc 12,21); a hacerse amigos con el dinero usado con una liberalidad sin prejuicios (Lc 16,9). La perspectiva es siempre la de la "vida eterna en el mundo venidero" (Lc 18,30). Se comprende así que en el cristianismo la perspectiva no se demoniza, sino que debe estar integrada en la búsqueda de la Riqueza verdadera y eterna, la que el Cordero ha heredado (cf. 1 Tm 6,17-19; Ap 5,12). Cuanto más se cree en la recompensa eterna, tanto más se vive con sobriedad, justicia y verdadera paz sobre esta tierra.

 

Reconciliación:

Se trata de la recuperación de un vinculo de amistad o de alianza que se había perdido a causa del pecado o de la traición de una de las partes. En concreto, el restablecer una relación rota generalmente sucede pidiendo y dando el perdón. En el NT (sobretodo en la teología paulina) la reconciliación implica tres niveles: con Dios, consigo mismos, con los demás y con el mundo. La primera reconciliación concierne a la relación entre la humanidad y Dios. Éste toma la iniciativa de la pacificación y la realiza mediante Jesucristo, en el que Dios condena el pecado y justifica a los pecadores (2 Co 5,18-21). Reconciliación equivale por tanto a justificación y pacificación con Dios (cf. Rm 5,1s). Desde el momento en que Cristo muere en la Cruz, Dios ya no ve la humanidad como pecadora y desobediente, sino solamente al hombre Jesús que en Nombre de todo el género humano cumple el acto de obediencia y de amor perfecto. Su Sí ha cubierto y tragado todos los No de los pecadores (cf. 1 Co 15,54; 2 Co 1,20). La dimensión personal de la reconciliación consiste en el hecho de hacer recibido, después del perdón de los pecados, no "un espíritu de esclavos para recaer en el temor", sino "un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar ¡Abbá,  Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios" (Rm 8,15-16); "porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza" (2 Tm 1,7). La verdadera reconciliación del hombre con sí mismo se da en el descubrimiento de su propia identidad filial con respecto a Dios. Adopción, salvación y reconciliación encajan. Pero la reconciliación tiene también una dimensión "horizontal" y cósmica. Por medio de Jesús terminó el orden antiguo que establecía la enemistad entre Judíos y Gentiles. El sacrificio de Cristo abate cada "muro de separación"; el amor extendido sobre la cruz anula cualquier división entre los seres humanos (cf. Ef 2,14; Ga 3,28). La paz obtenida mediante la "sangre de su cruz" (Col 1,20) se extiende a todo el Universo. En este nuevo "eone", que la Iglesia anticipa en cuanto mundus reconciliatus (Agustín), se puede entrar "dejándose reconciliar con Dios", acogiendo el Evangelio que es la "palabra de reconciliación" (2 Co 5,20, evangelización). Jesús indica la reconciliación con el propio adversario como prioritaria condición para presentarse ante el altar de Dios (Mt 5,24). Ésta sella la recuperación de la comunión mediante el perdón y,  por tanto, ya es en cuanto tal, sacrificio agradable al Padre  (cf. Mt 9,13; Os 6,6).

 

Salvación:

Es el término con el que se designa la acción y el fruto de la obra de liberación de reconciliación cumplida por Dios a través Jesucristo y comunicada mediante el Espíritu Santo. " La salvación en Cristo, atestiguada y anunciada por la Iglesia, es autocomunicación de Dios: 'Es el amor, que no sólo crea el bien, sino que hace participar en la misma vida de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto, el que ama desea darse a sí mismo' " (RM 7). Cristo mismo, en cuanto es personalmente alianza entre Dios y la humanidad, puede denominarse "la Salvación" (cf. Lc 2,30; 1 Co 1,30). Con el Concilio Vaticano II podemos definir a la salvación como " la íntima unión con Dios y la unidad de todo el género humano" (LG 1). La salvación en el AT estaba ligada a la justicia divina, que libraba a los oprimidos y los introducía en su alianza. En el NT Jesús se presenta como el Salvador escatológico, venido a librar a la humanidad de toda forma de mal (cf. Lc 4,18-21; Hch 10,38). Los numerosos milagros y las curaciones físicas que realiza son signos de su poder salvante que implica tanto el espíritu cuanto el cuerpo (cf. Mc 2,1-12). La salvación consistirá, en efecto, en la liberación del pecado y de la muerte. Jesucristo ha vencido al primero con su Cruz y a la segunda con su Resurrección. Se consigue la salvación mediante la conversión, suscitada por la evangelización. La salvación es, al mismo tiempo, inmanente y escatológica. Como realidad presente ésta indica la vida de comunión filial con Dios y fraterna con el prójimo, en la paz, alegría y amor: es el Reino que inicia sobre la tierra (cf. Rm 14,17). Como dimensión ultraterrena, indica la plenitud del Reino: la comunión en la gloria, la herencia eterna, la alegría del paraíso, la resurrección gloriosa del cuerpo (cf., p.e., Mt 19,29; 25,34; Rm 8,23-24).

La Iglesia católica dispone de todos los medios para la salvación (cf. LG 8, UR 3): toda la Revelación mediante la Palabra de Dios (las Escrituras leídas con la Tradición viviente); los Sacramentos; los vínculos concretos de comunión de la vida eclesial.

 

Solidaridad:

Es la virtud moral y social que, nacida de la consciencia de la interdependencia y corresponsabilidad entre los hombres y las naciones, se realiza en la "determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos" (SRS 38). La solidaridad implica, en sí misma, la exigencia de la justicia. Fundamento natural de la solidaridad es la fraternidad universal y el origen común del género humano en Dios creador; los cristianos perciben la vocación divina de cada hombre y en la redención actuada por Cristo, el motivo de ejercer la solidaridad como forma de caridad: "El principio de solidaridad, designado también con el nombre de 'amistad' o de 'caridad social', es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana". "La ley de la solidaridad humana y de la caridad" posee un fundamento natural "en la comunidad de origen y en la igualdad de la naturaleza razonable, propia de todos los hombres" y uno sobrenatural, en el "sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz...en favor de la humanidad pecadora" (CIC 1939). Debe existir también una solidaridad entre las naciones que mire a "acabar con 'los mecanismos perversos' que obstaculizan   el desarrollo de los países menos avanzados" (CIC 2437-2438).

 

Sufrimiento:

El sufrimiento y el dolor son una dimensión de la existencia terrena que interrogan radicalmente al corazón del hombre. ¿Qué sentido tiene sufrir? A partir de esta pregunta se han determinado las respuestas más variadas. El modo más tradicional de hablar del dolor es remitiéndose a su causa: el pecado (cf. Gn 3,16-19). Pero el AT mismo percibe que no se puede poner "sic et simpliciter" un vínculo causal entre pecado y sufrimiento de la persona. Existe el drama del sufrimiento inocente. La figura de Job representa la más audaz contestación de las clásicas y cautas teodiceas, para las cuales el dolor es el justo castigo de la culpa. El libro del AT se interrumpe con la afirmación del necesario silencio ante un misterio indescifrable (cf. Jb 38-42). El NT respeta esta reserva: "Jesús no explica el sufrimiento, sino que lo llena con su presencia" (Claudel). Cristo pasó su vida beneficiando y sanando a todos aquellos que sufren (cf. Hch 10,38), en el cuerpo y en el espíritu. Ante al sufrimiento se sitúa como aquel que desea aliviarlo (cf. Lc 4,1-4). También Él, como Job, no atribuye el dolor físico a una culpa personal. El único valor positivo del sufrimiento es el de ofrecer al hombre la oportunidad de convertirse (cf. Lc 13,1-5) y a Dios de cumplir sus obras (cf. Jn 9,3). En la Carta Apostólica Salvifici doloris, Juan Pablo II ha indagado sobre el significado cristiano del dolor humano. Él ve en Jesucristo la victoria del amor sobre el sufrimiento: "En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente porque Él únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre sí, asumirlos con aquel amor hacia el Padre que supera el mal de todo pecado; en un cierto sentido aniquila este mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad, y llena este espacio con el bien" (SD 17). Los cristianos pueden participar de los sufrimientos de Cristo (19-24), puesto que "en la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención,  mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido" (SD 19). En el Calvario, el Hijo de Dios se hizo "hombre de dolores" (cf. Is 53) y, en el grito de abandono extremo (Mt 27,46), se puso a prueba en todo para poder compartir la suerte del último de los hombres que sufren (cf. Hb 2,18). De tal manera, Jesús ha tomado el último puesto, que nunca nadie podrá quitárselo (Charles de Foucauld). Desde ese momento el sufrimiento ha sido, por así decirlo, santificado, glorificado, porque se ha convertido en expresión del amor divino. Uniendo los propios sufrimientos a los de Cristo, los cristianos pueden dar un sentido pleno a cada dolor (cf. Col 1,24). Sabiendo además que Cristo está presente en cada ser que sufre, ellos harán todo lo posible para servir a su Señor en los hermanos que padecen (cf. Mt 25,32ss). "Cristo, al mismo, tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. Bajo este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del sufrimiento" (SD 30).

 

Trabajo:

En la revelación divina el trabajo emerge desde las primeras páginas (Gn 1-3) como una doble realidad. Por una parte, es el reflejo mismo del obrar creativo divino (Gn 2,2), por otra, implicará fatiga y sudor (Gn 3,17-20). La primera realidad es la esencial, la segunda es contingente y se debe al pecado original. El trabajo en sí debería manifestar el dominio del hombre sobre el cosmos, al que está llamado a someter (Gn 1,28). Para muchos estudiosos, esta doctrina está a la base del desarrollo técnico industrial del Occidente cristiano. Por otra parte, el trabajo, como todas las realidades creadas, a raíz del pecado puede vivirse de manera idolatra. Si el hombre pierde la noción de vicariedad respecto a su Creador, olvida el fin auténtico del trabajo (la cultivación de la tierra), así como el gozo del descanso (la santificación de la creación y el respeto hacia cada trabajador). Bajo el régimen del pecado, el trabajo se convierte fácilmente en alienante. Puede mutarse también en un simple instrumento de provecho y, por tanto, de devastación de la naturaleza y de explotación del hombre (cf. los desastres ecológicos de la era del tecnicismo y capitalismo). En la Laborem exercens Juan Pablo II recuerda que "Las enseñanzas de la Iglesia han expresado siempre la convicción firme y profunda de que el trabajo humano no mira únicamente a la economía, sino que implica, además y sobre todo, los valores personales" (n.15), subrayando su necesaria integración en el ámbito del respeto de la dignidad de la persona, más allá de cada economismo y materialismo. Por tanto, también las relaciones de trabajo deben someterse a una serie de derechos-deberes regulables igualmente a través de negociaciones sindicales (nn. 16-23). Cristianamente el trabajo también puede integrarse en una espiritualidad de la secuela de Jesús trabajador y de su misterio pascual: "En el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros" (LE 27). Se produce así una redención de la operosidad humana que se ve conjugada a la fecundidad de la Obra (cf. el ergon en el IV Evangelio) de Aquel que es Primicia de Resurrección: "la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo" (GS 39; LE 27). "Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia (industriae nostrae), tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontraremos después de nuevos, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal (1 Co 15,28)" (GS 39 = CIC 1050).

 

Voluntariado:

Para la fe cristiana cada forma de debilidad y sufrimiento humano puede convertirse en un lugar privilegiado de la presencia del Cristo. A partir de la segunda posguerra, el voluntariado, o sea, el empeño directo junto a las personas en dificultad, entra en relación con los nacientes sistemas de welfare state que institucionalizan una solidaridad entre "desconocidos", mediada a través del desgrave fiscal y regulada políticamente. Desde los anos '60, la persistencia de los fenómenos de pobreza impone la cuestión de un renovado impulso del voluntariado. Este asume connotaciones nuevas y motivaciones más fuertes. Así, ahora, el voluntariado consiste en poner de manera continuativa, espontánea y gratuita - preferencialmente asociada - una parte del propio tiempo libre y de las capacidades personales y competencias, al servicio de la comunidad, sobre todo de las personas más débiles. Esto se expresa a través de una actividad concreta, a menudo creativa y anticipadora de ideas, para una mejor respuesta a las necesidades con servicios adecuados; tiende a conjugar la intervención directa con la sensibilización de la sociedad y con la acción política para cambiar las estructuras que producen malestar e injusticia; quiere trabajar en colaboración con cualquiera que se mueva en sintonía con sus valores de solidaridad, justicia, paz. En su evolución, el voluntariado organizado ha asumido formas y características diferentes. De hecho, hay organizaciones en el área eclesial, canónicamente reconocidas por la jerarquía, a menudo promovidas por las Cáritas o unidas a éstas; existe un voluntariado de base, individual u organizado, que hace referencia a las parroquias; persiste un voluntariado estructurado de molde tradicional, que reivindica la propia autonomía laical, aun inspirándose en los principios cristianos, mientras ha nacido un voluntariado innovador y más atento a la dimensión política de la sociedad humana. En fin, y no por último, se realizaron programas encaminados a promover el empeño voluntario de compartir con los pobres como itinerario formativo, propuesto sobre todo a los jóvenes.

 

Siglas y abreviaturas:

AA = Vaticano II, Apostolicam actuositatem  (1965);

AG = Vaticano II, Ad Gentes  (1965);

CA = Juan Pablo II, Centesimus annus (1991) ;

CIC = Catecismo de la Iglesia católica (1992);

CDF = Congregación para la Doctrina de la Fe;

CFL = Juan Pablo II, Christifideles laici (1987);

DeV = Juan Pablo II, Dominum et vivificantem (1986);

DS = Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion symbolorum definitionum et declarationum;

EN = Pablo VI, Evangelii nuntiandi (1975);

HM = Pontificio Consejo "Cor Unum", el Hambre en el mundo (1996);

GS = Vaticano II, Gaudium et spes (1965);

LE = Juan Pablo II, Laborem exercens (1981);

LG = Vaticano II, Lumen Gentium (1964);

MD = Juan Pablo II, Mulieris dignitatem (1987);

PP = Pablo VI, Populorum progressio (1967);

RP = Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia (1987);

RH = Juan Pablo II, Redemptor hominis (1979);

RM = Juan Pablo II, Redemptoris Missio (1990);

SD = Juan Pablo II, Salvifici doloris (1984);

SRS = Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis (1987);

TMA = Juan Pablo II, Tertio millenio adveniente (1994);

UR = Vaticano II, Unitatis redintegratio (1964);

UUS = Juan Pablo II, Ut unum sint (1995); 

VC = Juan Pablo II, Vita consecrata (1995);

VS = Juan Pablo II, Veritatis Splendor (1993).

 

 

A cura de C.L. Rossetti

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