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Card. Víctor Manuel Fernández Prefecto del
Dicasterio para la Doctrina de la Fe
“No preguntes a la luz, sino al fuego”
Meditación en la apertura de la Sesión Plenaria
del Dicasterio para la Doctrina de la Fe
27 de enero de 2026
En tiempos recientes, en la oración, he escuchado una fuerte invitación a la
humildad intelectual, recordando aquellas antiguas palabras: “Ubi umilitas
ibi sapientia”. Me gustaría comenzar nuestra reunión, en este contexto de
oración, con una invitación a esa humildad en la reflexión teológica.
Dios ha dado a los seres humanos la capacidad de pensar, que tiene un alcance
universal: uno puede pensar el mundo, la historia, los orígenes, incluso puede
pensar a Dios. Sin embargo, esta capacidad universal del pensamiento no
significa que las personas humanas tengan capacidad de exhaustividad, de
percepción integral de la realidad. Incluso con la ayuda de las tecnologías más
poderosas imaginables, es imposible que la mente humana sea consciente de la
realidad en su totalidad y en todos los aspectos. Esto sólo es posible para
Dios.
El problema es que, por esta razón, no podemos tener una comprensión integral ni
siquiera de una pequeña parte de este mundo, porque esa misma parte sólo puede
entenderse plenamente a la luz de la totalidad en la que está integrada: todo
está conectado.
Como resultado, somos incapaces de interpretar todos los significados y matices
de una realidad, de una persona, de un momento histórico, de una verdad.
Tomás de Aquino explicó que la riqueza inagotable de Dios se expresa mejor en la
riqueza del todo, cuya variedad proviene “de la intención del primer agente”, de
modo que “lo que falta a cada cosa para representar la bondad divina se compensa
con otras cosas”. Si, por otro lado, solo existiera una criatura, aunque fuera
la más perfecta, sería una pérdida, porque la bondad de Dios “no puede ser
representada adecuadamente por una sola criatura” (S. Th I, q. 47, art. 1; art. 2, ad. 1; art. 3). Por esta misma razón, el Papa Francisco explicó: “necesitamos captar la
variedad de las cosas en sus múltiples relacione. Entonces, se entiende mejor la
importancia y el sentido de cualquier criatura si se la contempla en el conjunto
del proyecto de Dios” (LS 86).
En otras palabras, San Juan de la Cruz exclamó:
“[Penetremos] en la espesura de tus maravillosas obras […] cuya multitud es tanta y de tantas
diferencias, que se puede llamar espesura; porque en ellas hay sabiduría
abundante y tan llena de misterios […] Es tan profunda e inmensa que, aunque más
el alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro, por cuanto es inmensa y
sus riquezas incomprehensibles” (Cantico 36, 10).
Cuanto más avancen la ciencia y la tecnología, más necesitamos mantener viva esa
conciencia del límite, de nuestra necesidad de Dios para no caer en un terrible
engaño, el mismo que llevó a los excesos de la Inquisición, a las guerras
mundiales, a la Shoá, a las masacres en Gaza, todas situaciones a veces
justificadas con argumentos falaces.
El problema es que lo mismo puede ocurrir en la vida de todos nosotros. De
hecho, repetimos ese engaño viviendo demasiado seguros de lo que sabemos.
Esto nos llama a tomar conciencia de dos cuestiones:
1. Que para comprenderlo todo plenamente necesitamos ser iluminados por Dios, nos
hace falta invocarle, orar, escucharle, dejarnos guiar por Él en medio de las
sombras. La fe nos asegura que realmente podemos hacerlo, y que es posible que
Él nos ilumine para ver mejor. Confiamos en Él (credere Deo).
2. Que debemos reflexionar, pensar, analizar la realidad, pero escuchando a los
demás, acogiendo sus perspectivas que nos permiten percibir otros aspectos de la
realidad misma gracias a otros puntos de vista. Por esta razón, es bueno que
prestemos atención a las "periferias" desde donde las cosas se ven de forma
diferente.
En esta línea, el Papa León afirmó recientemente que “ninguno posee la verdad
toda entera, todos la debemos buscar con humildad, y juntos”. En consecuencia,
propuso “una Iglesia que no se cierra en sí misma, sino que permanece a la
escucha de Dios para poder, al mismo tiempo, escuchar a todos” (Homilía para los Equipos Sinodales, 26 de octubre de 2025).
Por supuesto, esto es aún más cierto respecto a las verdades de la fe. Hoy en
día, un teólogo normalmente posee conocimientos limitados a una disciplina
teológica o a un tema aislado, mientras que los misterios de la fe se entrelazan
en una preciosa jerarquía, en la que el conjunto se ve iluminado especialmente
por aquellas verdades centrales que constituyen el corazón del Evangelio.
Ciertamente, en un lugar como este, donde tenemos la posibilidad de dar
respuestas con autoridad, de redactar documentos que se convierten en parte del
magisterio ordinario, e incluso de corregir y condenar, el riesgo de perder la
amplitud de perspectivas es mayor. Pero la cuestión es más seria, porque hoy en
día en cualquier blog, cualquiera, aunque no haya estudiado mucha teología,
expresa su opinión y condena como si hablara ex cathedra. Por eso debemos
recuperar en toda la Iglesia ese realismo saludable propuesto por los grandes
sabios y místicos de la Iglesia.
Lo que se ha dicho sobre los límites de nuestra mente se aplica a toda la
realidad, natural y sobrenatural, pero ante todo al abismo de Dios. Por eso me
gustaría terminar con algunas palabras de San Buenaventura:
En el Itinerarium mentis in Deum se planteaba a quién debíamos dirigir
las grandes preguntas. Y respondió:
“No a la luz, sino al fuego que inflama y transporta todo [...] Ese fuego es
Dios, cuyo horno está en Jerusalén, y Cristo lo enciende con el fervor de su
pasión” (It. VII, 6).
Y al final de su estudio sobre la ciencia de Cristo sostenía que, en este
camino, “las negaciones son más apropiadas que las afirmaciones, los
superlativos más apropiados que las afirmaciones positivas. Para experimentarlo,
el silencio interior contribuye más que las palabras. Por tanto, en este punto,
nuestro discurso debe terminar, y es mejor orar al Señor para que Él nos dé la
experiencia de la que hablamos” (De Sc. Chti. VII, d.C. ob 21).
Entonces os invitaría a hacer precisamente eso: pidamos este regalo en un
momento de silencio.
Víctor Card. Fernández
Prefecto
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