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Card. Victor Manuel Fernández
Prefecto del
Dicasterio para la Doctrina de la Fe
Palabras del Prefecto en la
presentación de Magnifica humanitas
Aula nueva del Sínodo, 25/05/2026
Magnifica humanitas, firmada por el Santo Padre el 15 de mayo, se añade al rico patrimonio de la
Doctrina Social de la Iglesia. Y lo hace en diálogo con lo que la humanidad está
viviendo hoy. Siendo cristianos, de hecho, nada que sea humano nos deja
indiferentes. Esto explica el nombre elegido por el Santo Padre y la fecha
elegida para la firma de la
encíclica que coincide con la fecha de
Rerum
novarum.
Precisamente porque los documentos sociales dan voz a los nuevos retos para la
humanidad, es inevitable que en esta
encíclica se desarrollen temas como la
inteligencia artificial, la guerra, y otros, porque en el subtítulo dice “en el
tiempo de la inteligencia artificial”, no “sobre la inteligencia artificial”.
Pero en esta breve presentación mía me centraré únicamente en los números que
van de 118 a 130, que son los párrafos "más teologales" y pueden ofrecer un
marco creyente al inicio de esta presentación. No digo "teológicos", porque este
documento social desarrolla diferentes temas de la doctrina social de la
Iglesia, que es siempre la teología. Digo "teologales" en referencia al nivel
más alto de nuestra vida espiritual, donde se vuelven posibles nuestro "sí" a
Dios, el pacto de amor con Él y la consiguiente transformación de nuestros
corazones.
El título de la
encíclica nos lleva a contemplar a la humanidad como
"magnífica". Y lo hace aunque el texto reconozca la terrible capacidad de maldad
que hay en nosotros, destacando cuan herida que está esta humanidad nuestra que
llega a asesinar a miles de niños e inocentes en guerras contrarias al derecho
internacional, que no pueden justificarse de ninguna manera. Sí, esta humanidad
nuestra que es capaz de reducir a tanta gente a la esclavitud en las formas más
diversas, incluso si estamos en el tercer milenio. Sí, esa humanidad nuestra que
puede alcanzar niveles de indiferencia, cinismo y crueldad que nunca dejan de
asombrarnos. A pesar de todo esto, el Santo Padre no se avergüenza de llamarla
"magnífica". Porque todo ser humano tiene una dignidad infinita y nunca pierde
esa sublime capacidad de amar que Dios le dio cuando lo creó.
Desde el número 122 hasta el número 126 hay algunos ejemplos que nos hacen
sentir orgullosos de ser humanos, porque muestran que esta miserable humanidad
de todos modos es capaz de reaccionar y, en algunas ocasiones, se manifiesta
verdaderamente "magnífica". Argumenta, por ejemplo, que la cultura y el arte
pueden "guardar esta chispa" de bondad y belleza y que en ocasiones "han
adquirido un valor casi profético". Y hace referencia a la Novena de
Beethoven, el Guernica de Picasso y la película La lista de Schindler
(122). Luego menciona el laborioso y problemático nacimiento de instituciones
que nos protegen, como la Cruz Roja y la ONU, y también la estipulación de la
Convención sobre los Refugiados, etc. (123). Después recuerda eventos preciosos,
como el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, con el hermoso
testimonio de Martin Luther King, o el fin del apartheid con la opción de
Nelson Mandela por el perdón y la fraternidad. También se detiene en los nombres
de grandes mujeres como Teresa de Calcuta, Dorothy Day, Marie Curie, Elisabeth
Elliot, Benazir Bhutto y otras que "han contribuido a hacer la historia más
humana" (124). También recuerda a los mártires de la fraternidad y la justicia,
como Kolbe, Romero, Angelelli o Van Thuan, añadiendo los "mártires de la vida
cotidiana: padres, enfermeros, médicos, voluntarios" (125). Y concluye que esta
fascinante red de bondad, lucha y belleza nos hace entender que "la humanidad
—magnífica y herida— no debe ser reemplazada ni superada", no debe negar "lo que
la hace ella misma" (126) en su verdadera grandeza.
Ante formas de posthumanismo que incluso proponen la sustitución de la
humanidad, nos detenemos a contemplar a estas personas y a estos hechos, que
nacen del corazón del ser humano. Por otro lado, algunas formas de
transhumanismo nos invitan a pensar que, gracias a dispositivos futuros y
sofisticados que resolverán problemas y aumentarán nuestras capacidades, nuestra
vida será un paraíso. Pero los dispositivos y recursos tecnológicos dan al
individuo una alegría inicial, y poco después el vacío regresa, con la sensación
de que falta algo. Diferentes formas de posthumanismo consideran que esto ocurre
porque la humanidad ha llegado a su fin, simplemente necesita ser reemplazada, y
es necesario un salto evolutivo hacia una nueva forma de vida, un nuevo nivel en
la evolución de la especie. Es un salto que siempre depende de la tecnología.
Como creyentes, estamos seguros de que todo esto no llenará el vacío, no colmará
el espacio infinito de nuestros corazones, no dará un sentido estable y
consistente a nuestra vida humana.
Detrás de esta idea de progreso se esconde una falsa mística que es justo lo
opuesto a lo que cristianos y otros creyentes llamamos nueva vida: la vida
teologal, esa vida que está verdaderamente en otro nivel, esa vida que
ciertamente nos lleva más allá de nosotros mismos hacia una verdadera
superación. Es una vida que se vive en la fe, la esperanza y la caridad. En la
cosmovisión hipertecnológica, en cambio, la fe es reemplazada por una confianza
total en las capacidades tecnológicas; la esperanza se transforma en una
expectativa superficial de un nuevo producto que elimine nuestro aburrimiento;
el amor se olvida, porque uno prefiere el apego a las cosas, el deseo de tener
más, mientras los otros, hermanos y hermanas, desaparecen del horizonte. Por
otro lado, existe el riesgo de ignorar el hecho de que la persona humana tiene
una dimensión espiritual, creada inmediatamente por Dios, que no puede reducirse
a los mecanismos de un sistema tecnológico, ni puede ser reproducida por ellos.
Por supuesto, ¿cómo no podríamos estar muy agradecidos, por ejemplo, por las
posibilidades de tratamiento médico que nos ofrecen las nuevas tecnologías? No
hay duda de ello. Pero la mística que el transhumanismo nos propone es la de
superar todo límite como un gran ideal. Ante esta propuesta, la
encíclica habla,
desde los números 118 hasta 121, del valor y la fecundidad de nuestra
experiencia del límite. El límite, de hecho, no siempre es un defecto que debe
corregirse, sino un "lugar donde el ser humano madura y se abre a la relación"
(118). Por esta razón, el Santo Padre afirma: «el ser humano no prospera a pesar
de los límites, sino a menudo a través de los límites» (118), y añade: «es
precisamente en nuestros límites que la compasión, la preocupación sincera por
las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de
la oscuridad o el fracaso, la experiencia espiritual y la adoración a Dios
encuentran espacio» (119). A través del límite "podemos encontrar una nueva
sabiduría" (119), maduramos, crecemos como personas, trazamos un camino de
profundización. Y debe decirse, a quienes piensan que pueden alcanzar una
humanidad maravillosa superando todas las limitaciones y sufrimientos, que "para
suprimir el dolor por completo, sería necesario, al final, extinguir también el
amor" (120). Porque quienes aman siempre sufren. La
Encíclica continúa:
"guardamos en nosotros las enseñanzas que están grabadas como cicatrices, el
recuerdo del viaje hecho entre la libertad y las caídas, los sueños y las
decepciones" (120). Es precisamente a través de la entrelazamiento de todo esto
que a menudo conseguimos "saborear el sabor más dulce de nuestro ser humanos.
Renunciar a esta aventura, tan dramática como espléndida, en nombre de una
presunta superación de todos los límites [...] ya no será humano" (120). Y
ciertamente no será un triunfo para la humanidad.
En cualquier caso, en todos nosotros existe un deseo genuino de superación, de
ir más allá, que la
Encíclica no pretende negar. La verdadera posibilidad de
este "más allá" se llama "gracia", una palabra hermosa que San Agustín, como
ningún otro en la historia -después de san Pablo- nos enseñó a saborear. El
Santo Padre, hijo de Agustín, insiste en mostrar cómo esta llamada a
trascendernos a otro nivel de humanidad, soñado por Dios, resuena también en el
cristianismo. Lo hace en los números 127 y 128. Afirma, por ejemplo, que "el ser
humano no está encerrado dentro de los límites de su naturaleza, sino llamado a
trascenderse a sí mismo" (127). Explica que esto es posible gracias a la
iniciativa libre, sorprendente y sobreabundante de Dios. Él nos ofrece un
proceso de elevación y transformación que, a pesar de una distancia infinita,
"supera" nuestras capacidades limitadas, y es de este modo que podemos, por la
gracia del Espíritu Santo, "insertarnos en el seno de esa vida inagotable aunque
caminemos dentro de los límites de este mundo" (127). Así nos convertimos, como
dijo San Pablo, en "nuevas creaturas" (2 Cor 5:17). Y se cita al Papa Francisco
cuando explicó que al trascendernos a nosotros mismos no nos volvemos menos
humanos, sino plenamente humanos: "Llegamos a ser plenamente humanos cuando
somos más que humanos, cuando permitimos que Dios nos lleve más allá de nosotros
mismos para que alcancemos nuestro ser más verdadero" (EG 8). Por ejemplo, lo
que el Señor ha hecho con su gracia en el joven Francisco de Asís es sin duda
mucho más de lo que los algoritmos y la tecnología pueden producir en nosotros.
Todas estas consideraciones nos dejan un mensaje poderoso y decisivo. O más
bien, una pregunta fundamental para nuestra conciencia: ¿Quiero pertenecer a
esa humanidad cerrada sobre sí misma, decadente, vacía e insensible, orgullosa
de sus recursos tecnológicos hasta el punto de adorarse a sí misma en lugar de
adorar a Dios? O deseo pertenecer a esa magnífica humanidad con la que Dios
soñó, esa capaz de amar, de dar la vida por los demás, de sufrir con ellos, de
permitir ser llevada más allá de sí misma para ser plenamente ella misma en la
amistad con Dios?
Dejo la respuesta a cada uno de nosotros.
Víctor Manuel Card. Fernández
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