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Card. Victor Manuel Fernández
Prefetto del Dicastero per la Dottrina della Fede

Amor y verdad en la devoción mariana

Conferencia en el Marianum (Roma), 21 de octubre de 2026

 

La primera expresión de la devoción mariana se encuentra en la Biblia, en el texto de Lc 1, 39-45, y tiene como protagonista a Isabel. Se trata de un episodio de importancia fundamental, porque la actitud de Isabel hacia María surge precisamente bajo la acción del Espíritu Santo: «Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en voz alta» (Lc 1, 41-42a). Y así, bajo la acción del Espíritu, dirige a María tres expresiones de alabanza. La primera: «Bendita tú entre las mujeres» (Lc 1, 42). La segunda: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?»(Lc 1,43). Es una exclamación que expresa el asombro y la humildad de Isabel ante la visita de María: ¿Quién soy yo? («¿Quién soy yo para recibir un don tan grande?»). Por último, la tercera: «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá»(Lc 1,45). Por lo tanto, no debemos preocuparnos por explicar o justificar nuestra devoción a María, ni por buscar fundamentos bíblicos adicionales. Este texto ya es suficientemente elocuente: la alabanza a María nace de la acción del Espíritu Santo.

Sin embargo, sería útil evaluar la propia devoción mariana a la luz de esta Palabra revelada. En primer lugar, cada uno debería preguntarse: ¿mi devoción está verdaderamente inspirada y alimentada por la acción del Espíritu Santo? Porque el Espíritu es quien conoce plenamente a María. Es Él, de hecho, quien obra en María de una manera totalmente singular: la ha moldeado a imagen de Cristo y la ha guiado a lo largo de toda su vida, encontrando en ella una disponibilidad plena y dócil.

Por lo tanto, estamos llamados a dejar que nuestra devoción mariana sea iluminada y transformada progresivamente por la acción del Espíritu. De este modo, podrá volverse cada vez más espontánea y auténtica, como lo fue en Isabel, sin necesidad de buscar continuamente nuevas motivaciones o argumentos elaborados para amar a María. El amor, de hecho, no nace solo del razonamiento, sino ante todo de un conocimiento interior que involucra a toda la persona. A este respecto, resulta esclarecedora una reflexión de santo Tomás de Aquino, según la cual: «una cosa puede amarse más de lo que se conoce, pues puede ser amada perfectamente aunque no se conozca perfectamente» (ST I-II, q. 27, a. 2). La devoción mariana está llamada a madurar en la fe, bajo la acción de la gracia.

Y es precisamente esto lo que hará auténtica nuestra devoción: es decir, no será fruto de nuestra imaginación, de nuestros deseos o de la necesidad de construirnos una identidad católica fuerte y tranquilizadora. No. Será, más bien, un camino de conformación gradual a la verdad, a lo que María es verdaderamente y a lo que a Ella le agrada de nuestra devoción.

Sigamos adelante. «Bendita tú entre las mujeres» (Lc 1,42), dice Isabel. Podríamos percibir en estas palabras una invitación a reconocer en María una belleza singular, única, en la que resplandece de manera muy especial la belleza de la gracia de Dios. Si buscamos una belleza capaz de suscitar admiración, la encontramos en María. Especialmente para las personas consagradas, si queremos ser fieles a nuestra vocación, la relación directa con María nos permite serenar, pacificar y aportar tranquilidad a nuestras búsquedas de belleza, de admiración y de amor. Porque podemos sentir la tentación de buscarlas continuamente en otra parte, sin encontrar una paz duradera. Contemplar a María, su belleza interior, su plenitud de gracia, su ser mujer de manera insuperable, puede ayudarnos a apaciguar estas búsquedas y a reconducirlas a su fuente más profunda. No se trata de renunciar a la belleza de todos los afectos terrenales y de las relaciones humanas, sino de aprender a vivirlos con mayor libertad. Nos hace mucho bien detenernos a contemplar a María para recuperar, poco a poco, la paz del corazón y la alegría de nuestra vocación.

Esto se aplica de manera especial al corazón de María. Lucas nos dice que ella guardaba y meditaba en su corazón todos los acontecimientos de la vida de Jesús (cf. Lc 2, 19.51). El corazón de María conserva el Evangelio no solo porque guarda el recuerdo maternal de la vida y las enseñanzas de Cristo, sino también porque toda su existencia fue moldeada e iluminada por la acción del Espíritu Santo. María es, en este sentido, plenamente evangélica. Esto implica que su figura no puede reducirse a las formas culturales de una época, ya sean medievales, barrocas o vinculadas a la «devotio moderna». En ella encontramos el perfume genuino y la frescura del Evangelio, que las diversas manifestaciones históricas de la devoción mariana pueden expresar maravillosamente, pero que a veces también pueden ocultar.

Por eso, entablar una relación auténtica con María, dejándonos guiar por el Espíritu Santo, puede ayudarnos a recibir del Evangelio esa luz que necesitamos para discernir y comprender nuestro camino personal. María no nos aleja del Evangelio, sino que nos ayuda a acogerlo más fiel, auténtica y profundamente.

En este sentido, la piedad popular es evangélica. De hecho, puede convertirse en un camino sencillo y profundo para acercarse al misterio de Cristo sin necesidad de huir de la mirada maternal de María, sino todo lo contrario: permaneciendo unidos a su mirada. Como decía el papa Francisco, la piedad popular mariana es capaz de leer «en esa imagen maternal todos los misterios del Evangelio».[1] La mirada dirigida a María se convierte así, para muchos fieles, en la forma concreta de acercarse a Jesús. He conocido a varias personas que, debido a problemas, enfados o malas experiencias, se han alejado de la Iglesia. Y, sin embargo, siguen guardando en el bolso o en la cartera una estampa de María. Ese gesto, aparentemente sencillo, me hizo reflexionar: a pesar de las heridas y las distancias, algo del vínculo con la fe no se había roto del todo. Y precisamente a través de María, esas personas, a pesar de todo, conservan una puerta abierta hacia Cristo.

En la auténtica piedad mariana se encuentran y se unen verdad y amor. Los fieles sencillos que se dirigen a María la conocen, aunque no siempre sean capaces de elaborar explicaciones mariológicas o de expresar teológicamente las razones de su devoción. La conocen a través de otras categorías, otros lenguajes, otros gestos. Su devoción, por tanto, no carece de verdad: es una forma de conocimiento que se expresa a través de la oración, el afecto, la confianza y la experiencia espiritual. Pero, junto con la verdad, encierra un amor intenso, un encuentro de amor que es puro don. Es desde esta perspectiva como podemos comprender las palabras de Isabel: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?»» (Lc 1,43). ¿Quién soy yo? La devoción mariana que agrada a María no es el resultado de nuestros esfuerzos o construcciones mentales, sino un don que estamos llamados a acoger y a dejar madurar.

Me gusta recordar cómo el Documento de Aparecida describe la experiencia del peregrino que se presenta ante una imagen de María:

«La llegada es un encuentro de amor. La mirada del peregrino se posa en una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. [...] Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual».[2]

Me gustaría detenerme en estas palabras: «Contempla el misterio». La Nota doctrinal Mater populi fidelis se detiene a describir detalladamente cómo esta experiencia está íntimamente ligada a las verdades del Evangelio:

«Este rostro de mujer canta el misterio de la Encarnación. En este rostro de la Madre, traspasado por la espada (cf. Lc 2,35), el Pueblo de Dios reconoce el misterio de la Cruz, y en ese mismo rostro, bañado por la luz pascual, percibe que Cristo está vivo» (MPF 77).

En el rostro de María, pues, el pueblo cristiano contempla los misterios fundamentales de nuestra fe: la Encarnación, la Cruz y la Resurrección. No porque en María haya algo de lo que carezca el Padre o Cristo, como si el Padre estuviera lejos y María cerca, como si Cristo fuera juez y María misericordia. No, es todo lo contrario: María es la transparencia singular de la cercanía de Dios, de su misericordia y de su tierna compasión, tal y como nos son reveladas en el Evangelio. Este es un criterio para evaluar si nuestra devoción mariana responde al Evangelio y es, por tanto, obra del Espíritu en nosotros.

Podría suceder, pues, que una persona haya estudiado durante mucho tiempo la mariología, conozca las controversias teológicas, sepa discutir y argumentar con competencia sobre María, pero aún no haya madurado esa mirada contemplativa que sabe aunar amor y verdad. Incluso puede ocurrir que, desde el pedestal de su propia preparación, acabe juzgando con condescendencia la devoción mariana de los fieles más sencillos.

Pero, atención. Cuando pasamos del plano de la reflexión teológica al de las expresiones concretas de la piedad popular, nos encontramos con un lenguaje aún diferente. Muchas cuestiones relativas a los títulos marianos, a las fórmulas y a sus interpretaciones ocupan un lugar importante en los debates teológicos. Se trata de una labor legítima, a veces necesaria, muy apreciada por ciertos grupos marianos. Pero no debemos confundir estas discusiones con la experiencia cotidiana de la gran mayoría del Pueblo de Dios, que manifiesta su amor a María de otra manera, mucho más sencilla y sin complicaciones. Lo hace sobre todo con las palabras «Mamita», «Virgen mía» o «mi querida Señora». No necesita títulos nuevos ni variados. En estas expresiones se manifiesta sobre todo una gran confianza filial, que no necesita muchas explicaciones para hacerse reconocer. Es la confianza que encierra la breve invocación: «Mater mea, fiducia mea».

Y esta confianza la encontramos en las palabras finales del saludo de Isabel: «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,45). Es la alegría que brota de la confianza. Por esta razón, la verdadera devoción mariana nos lleva a confiar plenamente en Cristo, que cumple sus promesas y puede hacer brotar el bien incluso en medio del mal. Confiar en María significa, en definitiva, aprender a confiar en Cristo con ella y como ella. Es como sentirse acogidos por la Madre para abandonarse más plenamente en los brazos del Hijo.

Debemos añadir necesariamente que María es también la Madre traspasada por la espada, que se ofrece a sí misma ante la Cruz y, por tanto, la mujer que comprende todos nuestros dolores. El pueblo de Dios comprende esta cercanía en el dolor a través de su propia experiencia, como una característica particular de María, incluso cuando no sabe expresarla con precisión teológica. Creo que es de fundamental importancia percibir cómo lo expresa la Nota doctrinal Mater Populi fidelis:

«Ella es la Madre que dio al mundo al Autor de la Redención y de la gracia, que se mantuvo firme junto a la cruz (cf.Jn19,25), sufriendo junto al Hijo, ofreciendo el dolor de su corazón materno atravesado por la espada (cf.Lc2,35). Ella estuvo unida a Cristo desde la Encarnación hasta la cruz y la Resurrección de un modo exclusivo y superior a cuanto podría ocurrir con cualquier creyente.» (MPF 32).

Por esta razón, el documento reconoce en María a la «primera y máxima colaboradora en la obra de la Redención y de la gracia» (MPF 22) y afirma que «existe una colaboración única de María en la obra salvífica que Cristo realiza en su Iglesia» (MPF 42).

El pueblo sencillo expresa esta verdad fundamental también a través del simple gesto de acercarse a la Madre. En este encuentro, muchos reconocen algo que sienten que no encuentran en ningún otro lugar de la misma manera: una cercanía maternal que, en medio del dolor, les ayuda a encontrar un sentido a lo que sufren y a percibir de forma más concreta la ternura divina.

El pueblo cristiano vive a menudo esta experiencia, en la piedad popular, sin necesidad de adentrarse en las controversias sobre los títulos marianos, en las distintas escuelas teológicas o en las discusiones sobre formulaciones concretas. En su corazón reconoce en María el rostro maternal de una fe que tiene en Cristo su centro y su plenitud.

En este sentido, resulta significativo lo que el papa Francisco escribió en Evangelii gaudium. Porque allí da la vuelta a la expresión «María nos lleva a Cristo» y dice algo sorprendente. Tras recordar su presencia en el Calvario, afirma: «Al pie de la cruz, en la hora suprema de la nueva creación, Cristo nos lleva a María. Él nos lleva a ella, porque no quiere que caminemos sin una madre» (EG 285). Por consiguiente, no es que María nos lleve a Cristo y luego, una vez llegados a Cristo, la abandonemos. No. En cada etapa de la vida espiritual necesitamos a la Madre. Entonces ocurre lo contrario: Cristo mismo nos lleva a María. De lo contrario, a nuestra experiencia de fe le faltaría el rostro maternal del amor divino.

Me gustaría concluir confiándoos un deseo y una oración. Pido al Espíritu Santo que actúe en cada uno de vosotros, que estudiáis mariología, para que la acción del Espíritu Santo profundice y madure vuestra devoción mariana, haciéndola cada vez más conforme a la verdad del Evangelio y cada vez más capaz de traducirse en amor. Que el estudio nunca os aleje de la oración, ni que la investigación teológica os haga olvidar la sencillez de los fieles que se dirigen a María con una confianza desarmante, esa que tanto agrada a María. Os deseo, sobre todo, que vuestro estudio sobre María os lleve continuamente a esos dos lugares inseparables que son: la María del Evangelio y la María que aman los sencillos.

Víctor Manuel, cardenal Fernández

 


[1] Francisco, Exhortación apostólica *Evangelii gaudium* (24 de noviembre de 2013), n.º 285: *AAS* 105 (2013), 1135.

[2]Consejo Episcopal Latinoamericano, V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (Aparecida, 13-31 de mayo de 2007), n.º 259.