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MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LOS CATÓLICOS DE MADAGASCAR CON OCASIÓN
DE LAS FIESTAS DE INDEPENDENCIA DE LA REPUBLICA

 

A nuestros queridos hijos católicos de Madagascar:

El mismo día en que vuestro noble país alcanzó la soberanía internacional os manifestamos nuestra benevolencia enviando al primer Magistrado de la República los votos paternales que formulamos por la prosperidad del pueblo malgache. Ahora queremos repetiros, con motivo de las solemnidades de este día, que hacemos nuestra la alegría de los habitantes de Madagascar.

Además, ¿no conviene elevar al Dios Todopoderoso fervientes plegarias por el beneficio de la independencia lograda pacíficamente? ¿Cómo no confiar, sobre todo, el nuevo destino de vuestra nación al Señor del cielo y de la tierra, a quien rinde justo homenaje vuestra Constitución política? "Si el Señor no edifica la casa —afirma la Sagrada Escritura—, en vano trabajan los que la construyen" (Ps. 126, 1). Que sepáis que el Padre Común de los fieles os acompaña con toda el alma en estas plegarias y lleva afectuosamente en su corazón el futuro de todas las poblaciones malgaches.

Cuando elevamos al Episcopado a dos hijos de Madagascar y los consagramos con nuestras manos, hace poco, en la basílica vaticana, en presencia de una distinguida delegación malgache, considerábamos en nuestro interior con satisfacción la profunda significación de esta ceremonia que no podemos evocar sin agradable emoción. Al abrazar a vuestros nuevos pastores nos imaginábamos estrechar en nuestros brazos a todos los hijos de vuestra hermosa y gran isla. Entonces pensábamos que la Iglesia católica se extiende "hasta los extremos de la tierra" (Act. 1, 8) sin distinción de raza, de nacionalidad ni de condición social, sino que está interesada en arraigarse profundamente en las naciones donde se establece.

¡Qué consuelo tan dulce nos proporciona el desarrollo de la Iglesia católica en Madagascar! Sin duda, no ignoramos la labor de evangelización que todavía queda por hacer, pero queremos invitar a nuestros hijos malgaches a que compartan nuestra profunda gratitud hacia todos los operarios del Evangelio que roturaron el país y arrojaron en él, a costa de sacrificios inmensos, la buena semilla cristiana que Dios hace germinar en una floreciente comunidad católica, que tuvimos ante nuestra vista al publicar en nuestra Carta Encíclica Princeps Pastorum las exhortaciones que nos inspiró la conciencia de las graves responsabilidades de nuestro cargo para la buena formación del clero y el desarrollo de un verdadero laicado cristiano.

¡Que cada uno, pues, por su parte, tome con interés ponerlas en práctica. Que afiancen y alienten al clero en el celo puramente apostólico y en un fervor espiritual que estimamos. Que los seglares se preparen eficazmente para las tareas que les incumben y que se entreguen a ellas con generosidad en las filas de la Acción Católica y al servicio de su patria, dando así el testimonio que el Señor espera de sus discípulos.

Que las familias vivan en la concordia y fidelidad aceptando como un gran honor cuando les toque en suerte la vocación sacerdotal o religiosa de sus hijos. Que éstos sepan, por último, que el mejor servicio a la Iglesia y a su país es responder al llamamiento de Jesucristo.

Pero nuestra benevolencia hacia vosotros nos impulsa a recordaros, queridos hijos, lo que hemos afirmado ya en circunstancias parecidas : "Por el hecho de la independencia no se resuelven todos los problemas" (cf. Mensaje con ocasión de la independencia de la República de Togo,13 de abril de 1960), y también responder a los deseos paternales y tan oportunos de nuestro inmediato predecesor dirigidos a los países que caminaban hacia su autonomía, que anhelaba ardientemente se procurase "una obra de colaboración constructiva, libre de prejuicios y de susceptibilidades recíprocas, preservada de las seducciones y estrecheces del falso nacionalismo y capaz de extender... los verdaderos valores de la civilización cristiana que ya han dado tan excelentes resultados" (Enc. Fidei Donum, AAS., XLIX, 1957, página 230).

¡Que los hijos de Madagascar, por tanto, se entreguen a esta tarea con ardor, demostrando sus excelentes cualidades con miras a promover un sano perfeccionamiento de las personas, de las familias y de las diferentes comunidades nacionales y a asegurar también a su país el desarrollo económico, social, cultural y religioso al que aspira con todas sus fuerzas vivas! Este es nuestro más caro deseo. Estas son igualmente las condiciones para que Madagascar pueda ocupar en el concierto de las naciones el puesto escogido que los movimientos de la historia y una situación geográfica, en la encrucijada de tres continentes, parecen otorgarle.

Con esta esperanza invocamos de todo corazón sobre la jerarquía y los fieles de Madagascar, sobre las dignas autoridades a las que incumben tantas graves responsabilidades, y las buenas poblaciones malgaches una copiosa efusión de los favores divinos, en prenda de los cuales os impartimos de todo corazón, queridos hijos, una paternal bendición apostólica.

Del Vaticano, 12 de julio de 1960.

IOANNES PP. XXIII



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