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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE PABLO VI
A UNA PEREGRINACIÓN DEL PIAMONTE


Domingo 3 de mayo de 1964

 

Saludamos a Turín, saludamos al Piamonte:

Hace unas semanas hemos recibido con satisfacción en esta basílica al Turín de la industria y del trabajo; y ahora recibimos con no menor complacencia la representación de la Turín católica y de la región piamontesa. Nos sentimos emocionados y llenos de gozo por esta presencia turinesa y piamontesa, tan conspicua por su número, tan significativa por su carácter, tan autorizada por sus dirigentes. Damos las gracias al Señor, que nos concede un encuentro tan lleno de fraternales sentimientos, de fe común, provechoso en sincera caridad, y fecundo, esperamos, en frutos espirituales y prácticos de alto valor.

Saludamos a los prelados de la Iglesia piamontesa aquí presentes. Nos sentimos honrados con una visita tan solemne y cordial; y sabiendo que el venerado cardenal Mauricio Fossati, arzobispo de Turín, por lo que él mismo nos ha escrito, quiere ser considerado presente en esta reunión espiritual, impedido por los años y la enfermedad, de asistir personal y materialmente, le dirigimos en primer término nuestro devoto y reconocido pensamiento por el homenaje que esta extraordinaria peregrinación pretende hacer a la cátedra de San Pedro, y le enviamos nuestros votos llenos de bendiciones en favor de su salud, de su ministerio, de todo el clero y de todos los fieles de la santa y magnífica archidiócesis.

Y a vosotros, venerados hermanos en el oficio episcopal, el afectuoso abrazo del obispo de Roma y vicario de Cristo. Pretendemos así expresar nuestro amor paternal a los sacerdotes aquí presentes, agradecidos por su venida, y alegres de poder saludarles en este lugar bendito y en esta hora dichosa. Lo mismo decimos de todos los participantes de esta enorme peregrinación; las autoridades que han aceptado unirse a ella, cuenten con nuestro particular agradecimiento y acepten el augurio que les presentamos por el bien de sus personas y de sus respectivos oficios. Debemos un agradecimiento especial a los promotores de esta gran peregrinación, que sabemos son, bajo la guía del Episcopado de la región conciliar piamontesa, los componentes de la «Redazione Torinesa» del periódico diario católico L'Italia, diario que, como todos saben, se publica en Milán, pero que, con edición especial y especiales servicios, también se publica para todo el Piamonte.

Deseamos destacar a este grupo promotor, no sólo porque a él se le debe el mérito de esta peregrinación, sino porque en la peregrinación podemos ver su principal intención: la de promover la prensa católica, y de forma especial el diario católico antes citado, L'Italia.

Esta intención, que adquiere, con la peregrinación que la manifiesta, el aspecto de 'una manifestación inaugural de «un rilancio», como ahora se dice, de la prensa católica, nos proporciona un gran consuelo en el momento en que Nos mismo, como se ha publicado, hemos invitado al Episcopado italiano a volver a examinar el problema de la prensa católica para buscar una eficaz afirmación de su eficacia todavía algo desigual y escasa, y en el día en el que la prensa católica registra una providencia, con la que se prepara, es de esperar, algunas mejoras, impone el cese de la edición romana de un diario católico, Il Quotidiano, que a Nos, personalmente, había costado en sus comienzos muchas preocupaciones y nos había proporcionado muchas esperanzas, pero que la enorme pasividad administrativa y su demasiado restringida difusión han obligado a los componentes a suspenderlo.

Podría alguno preguntar, por lo bajo, si éste es un fin digno de una peregrinación que, en todos sus aspectos, en esta sede y en este momento, adquiere un carácter religioso, y quisiera excluir no sólo de sus formas externas, sino también de sus intenciones interiores, cualquier referencia a lo profano. Y continúa la pregunta de duda: ¿Hay algo más profano que un periódico? ¿No deben ahora ocupar nuestro espíritu otros pensamientos más espirituales?

Para que no se empañe con ningún temor la limpidez de este encuentro, sí, verdaderamente espiritual y religioso, responderemos a esta tácita objeción que tiene un fundamento verdadero en parte. Admitimos que un periódico, aunque se califique de católico, es cosa profana, es decir, un reflejo de la vida profana que vivimos. El periódico es un espejo. Y debe ser un espejo amplio y fiel. Obedece a su fundamental exigencia: informar, dar noticias, decir las cosas como son, servir la verdad, que, podríamos decir, de forma fotográfica, la verdad de los acontecimientos, de los hechos, de la crónica; la verdad objetiva sobre el mundo que nos rodea y se mueve en torno nuestro. Es ésta una ley esencial para un diario, a la que no puede faltar, so pena de perder su razón de ser. También nuestro venerado predecesor, en su encíclica Pacem in terris, pone entre los derechos del hombre moderno y, por tanto, entre los deberes de un verdadero diario, el de la información. Pero sabemos muy bien que una información que quiera ser exacta y completa, aunque obligadamente sea respetuosa con la honestidad de la noticia y con la impresionabilidad de los lectores, es en su mayor extensión gravemente profana.

Pero, aparte de que el diario católico sabrá siempre referir las cosas sin ofender la respetable sensibilidad del público, será preciso recordar que debe obedecer también otra ley suya fundamental: la de educar al lector valorando bien los hechos cuyas noticias ofrece; el periódico católico debe no sólo informar, sino también formar al lector; debe estimular esa sana mentalidad que clasifica los hechos según los principios superiores, y que, en un sentido o en otro, los idealiza, los convierte en fermento de pensamientos en quien, mediante el periódico, los conoce; es decir, debe servir a esa verdad propia del alma, que es apta para iluminarla, dirigirla, perfeccionarla, santificarla. Es decir, debe provocar en el lector ese proceso de juicio que lo introduce en la verdad liberadora y salvadora.

Y esta tarea ya no es profana: es sagrada, aunque, por desgracia, mucha prensa la ejerza entrando en las almas no para engendrar esta verdad, sino para deformarles impresiones e ideas, y para producirles un vínculo que es peor que una cadena exterior: el vínculo de la esclavitud espiritual a bajas ideas, o simplemente el de la servidumbre a la opinión ajena.

Es decir, el periódico no es solamente un espejo pasivo: es un maestro activo; y no hay nada en el campo humano más próximo a la religión que la función del maestro. Es estímulo al pensamiento, sugeridor de la palabra, el modelo de las ideas, el que entrena en la acción, el formador de la personalidad; es, en una palabra, el maestro. Creemos que entre periódico y maestro se puede establecer una cierta ecuación, una analogía de funciones, con una doble diferencia: ambas en favor de la superioridad del periódico; esto es, el maestro habla a pocos y durante breve tiempo; el periódico habla a muchos y durante un tiempo indefinido; el maestro habla a los pequeños; el periódico habla a los adultos. El periódico tiene clase diaria, sobre todos los acontecimientos del mundo, con personas maduras, con gente responsable, con un influjo imponderable, proporcionado a la fuerza persuasiva del periodista y al número de lectores. Es un fenómeno formidable. Lo es todavía. Juega con la suerte espiritual del pueblo. Decide sobre el sí o el no del reino de Dios en nuestra sociedad.

Por ello el tema del periódico católico puede entrar en la Iglesia y ser objeto de la catequesis apostólica. No es hoy el periódico católico un lujo superfluo o una devoción facultativa: es un instrumento necesario a insertar en la circulación de esas ideas, que nuestra fe alimenta y que, a su vez, hacen servicio a la profesión de nuestra fe.

Hoy ya no se permite vivir sin tener un pensamiento, adecuado y continuamente al día de la historia que estamos viviendo y preparando; y no es posible tener este pensamiento, de acuerdo con los principios cristianos, sin la colaboración y el estímulo de un periódico católico.

No nos parece excesiva nuestra insistencia sobre el deber de todo católico, de toda familia católica al menos, de estar ligada a ese servicio espiritual y moral que tal vehículo de noticias e ideas únicamente le puede suministrar a diario. No podemos eximirnos, como veis, de confortar con nuestra aprobación y con nuestro aliento vuestro propósito de aportar a esta fuente del apostolado de la verdad cristiana la linfa vital de la persuasión sobre la importancia, sobre la necesidad, sobre la urgencia de dar a este medio de comunicación social, al periódico católico, la eficiencia y difusión que nuestros tiempos reclaman.

Podemos añadir a nuestras observaciones una consideración y una exhortación. La consideración se refiere a vosotros, turineses y piamonteses: sois gente muy seria, muy positiva, muy lógica, muy práctica. Lo dice vuestra historia; lo dicen las grandes figura; que ilustran la ciudad y la región; lo dicen los santos maravillosos que vuestra tierra dio el siglo pasado al Piamonte, a Italia y al mundo. Cuando queréis, podéis. Si sois tan bravos que proporcionáis al Piamonte y a su capital la inervación capilar y completa de la prensa diaria católica, os habréis proporcionado a vosotros mismos un medio insuperable e insustituible para salvar y regenerar vuestro patrimonio espiritual y moral, y habréis dado a nuestro país un ejemplo muy eficaz y meritorio.

La exhortación os llega a vosotros, como llega a todos, del Concilio ecuménico, que, entre las primeras cosas deliberadas y propuestas al mundo católico, ha colocado el decreto sobre los medios de comunicación social, entre los cuales la prensa católica, como es obvio, tiene un puesto de honor. Escuchad, queridos hijos, y escuchen todos la voz de la Iglesia en el acto más autorizado y más pastoral de su ministerio, que pide órganos de difusión de los principios cristianos, al nivel del mérito de estas verdades saludables y divinas, al nivel de las exigencias de nuestro mundo invadido por mil corrientes culturales diversas, y del valor de los católicos militantes por la palabra de verdad y salvación que Cristo trajo a la tierra. Cuente, pues, quien lo escuche con nuestra bendición apostólica.



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