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VIERNES SANTO
PASIÓN DEL SEÑOR
VÍA CRUCIS
COLISEO
ROMA, 3 DE ABRIL DE 2026
[Multimedia]
Introducción
La Vía Dolorosa se despliega por las callejuelas de la Ciudad Vieja de Jerusalén
y nos hace recorrer el camino de Jesús desde el lugar de su condena hasta el de
su crucifixión y sepultura, que es también el lugar de su resurrección.
No es un recorrido en medio de gente devota y silenciosa. Como en tiempos de
Jesús, nos encontramos caminando en un ambiente caótico, alborotado y
bullicioso, entre personas que comparten la fe en Él, pero también entre otros
que se burlan e insultan. Así es la vida de todos los días.
El Vía Crucis no es el camino del que vive en un mundo asépticamente devoto y de
recogimiento abstracto, sino el ejercicio del que sabe que la fe, la esperanza y
la caridad deben encarnarse en el mundo real, donde el creyente es continuamente
desafiado y constantemente debe hacer suyo el modo de proceder de Jesús.
San Francisco de Asís, de quien este año se celebra el octavo centenario de su
muerte, describe nuestra vida cristiana con palabras del apóstol Pedro;
recordándonos que «nuestro Señor Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir, llamó
amigo a quien lo traicionaba y se ofreció espontáneamente a quienes lo
crucificaron» (Regla no bulada XXII, 2: FF 56; cf. 1 P
2,21). El Poverello nos exhorta a fijar la mirada en Jesús: «Reparemos
todos los hermanos en el buen Pastor, que por salvar a sus ovejas soportó la
pasión de la cruz» (Admoniciones VI: FF 155).
Al recorrer este Vía Crucis, acojamos la invitación de san Francisco a realizar
un camino tras las huellas de Jesús que no sea meramente ritual o intelectual,
sino que comprometa toda nuestra persona y toda nuestra vida: «Ofreced vuestros
cuerpos y llevad a cuestas su santa cruz, y seguid hasta el fin sus santísimos
preceptos» (Oficio de la Pasión del Señor XV,13: FF 303).
I estación
Jesús es condenado a muerte
Del Evangelio según san Juan (19,9-11)
[Pilato] volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús: «¿De dónde eres
tú?». Pero Jesús no lo respondió nada. Pilato le dijo: «¿No quieres hablarme?
¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?». Jesús
le respondió: «Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras
recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado
más grave».
De los escritos de san Francisco de Asís (Carta a los fieles II, 28-29: FF 191)
Los que han recibido la potestad de juzgar a los otros, ejerzan el juicio con
misericordia, como ellos mismos quieren obtener del Señor misericordia. Pues
habrá un juicio sin misericordia para aquellos que no hayan hecho misericordia.
En tu coloquio con Pilato, Señor Jesús, desenmascaras toda presunción humana de
poder. También hoy algunos creen que han recibido una autoridad sin límites y
piensan que pueden usarla y abusar de ella a su antojo. Tus palabras al
gobernador romano no dejan espacio a la ambigüedad: «Tú no tendrías sobre mí
ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto» (Jn 19,11).
Francisco de Asís, que simplemente intentó seguir tus huellas, nos recuerda que
toda autoridad deberá responder ante Dios por el propio modo de ejercitar el
poder recibido: el poder de juzgar, pero también el poder de comenzar una guerra
o de terminarla; el poder de educar a la violencia o a la paz; el poder de
alimentar el deseo de venganza o el de reconciliación; el poder de usar la
economía para oprimir los pueblos o para liberarlos de la miseria; el poder de
pisotear la dignidad humana o de tutelarla; el de promover y defender la vida o
de rechazarla y suprimirla.
También cada uno de nosotros está llamado a responder por el poder que ejerce en
la vida de todos los días. Tú, Jesús, le dices: haz buen uso del poder que te ha
sido dado y no olvides que cualquier cosa que hagas a un ser humano,
especialmente si es pequeño y frágil, me lo haces a mí; y es a mí a quien
deberás responder por ello un día.
Oremos diciendo: Recuérdamelo, Jesús.
| Que tú te identificas con toda persona juzgada: |
Recuérdamelo, Jesús. |
| Que no debo dejarme guiar por los prejuicios: |
Recuérdamelo, Jesús. |
| Que el verdadero poder es el del amor: |
Recuérdamelo, Jesús. |
| Que la misericordia triunfa sobre el juicio: |
Recuérdamelo, Jesús. |
| Que debo elegir el bien, aunque cueste: |
Recuérdamelo, Jesús. |
II estación
Jesús carga con la cruz
Del Evangelio según san Juan (19,14-17)
Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a
los judíos: «Aquí tienen a su rey». Ellos vociferaban: «¡Que muera! ¡Que muera!
¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿Voy a crucificar a su rey?». Los sumos
sacerdotes respondieron: «No tenemos otro rey que el César». Entonces Pilato se
lo entregó para que lo crucifiquen, y ellos se lo llevaron. Jesús, cargando
sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del
Cráneo», en hebreo «Gólgota».
De los escritos de san Francisco de Asís (Admoniciones V, 7-8: FF 154)
Aunque fueses el más hermoso y rico de todos y aunque hicieses tales maravillas
que pusieses en fuga a los demonios, todo eso te es perjudicial, y nada te
pertenece y de nada de eso puedes gloriarte. En esto nos podemos gloriar: en
nuestras enfermedades y en cargar diariamente la santa cruz de nuestro Señor
Jesucristo.
La palabra “cruz” produce en nosotros una reacción de rechazo, más que de deseo.
Es más fácil que surja en nosotros la tentación de huir de ella, antes que el
anhelo de abrazarla.
Jesús, estoy seguro de que también fue así cuando te cargaron la cruz sobre los
hombros. De hecho, en Getsemaní habías pedido al Padre que alejara de ti ese
cáliz, aun queriendo con todo tu ser cumplir su voluntad. La cruz era el
suplicio más terrible y doloroso, reservado a los esclavos, a los criminales
irrecuperables y a los maldecidos por Dios.
Y, sin embargo, la abrazaste y la llevaste sobre tus hombros, y después te
dejaste llevar por ella. No porque fuera bella o atrayente, sino por amor a
nosotros. Levantando su carga pesada, sabías que quitabas de nosotros el peso
del mal que nos aplasta y cargabas con el pecado que arruina nuestra existencia.
Abrazando la cruz y cargándola sobre tus hombros, abrazabas nuestra fragilidad y
te hacías cargo de nuestra humanidad. Cargabas sobre ti nuestras esclavitudes,
nuestros crímenes e incluso nuestra maldición.
Líbranos, Jesús, del miedo a la cruz. Concédenos la gracia de seguirte por tu
mismo camino y de no tener otra gloria más que la de tu cruz.
Oremos diciendo: Líbranos, Señor.
| Del deseo de gloria humana: |
Líbranos, Señor. |
| De la tentación de ignorar al que sufre: |
Líbranos, Señor. |
| De preocuparnos sólo de nosotros mismos: |
Líbranos, Señor. |
| Del miedo a comprometernos en la fidelidad: |
Líbranos, Señor. |
| Del miedo y del rechazo a la cruz: |
Líbranos, Señor. |
III estación
Jesús cae por primera vez
Del Evangelio según san Juan (12,24-25)
Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo;
pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que
no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.
De los escritos de san Francisco de Asís (Admoniciones XXII, 3: FF 172)
Dichoso el siervo que no tiene prisa para excusarse y soporta humildemente el
sonrojo y la reprensión por un pecado que no cometió.
Tu existencia, Jesús, fue un continuo abajarte y descender. Aun siendo Dios, te
despojaste para hacerte hombre. De rico que eras, te hiciste pobre. Y al llegar
el final de tu misión, mientras cargabas sobre tus hombros el peso de toda la
humanidad, caíste sobre las duras piedras de la Vía Dolorosa, la vía que los
condenados a muerte recorrían ante la gente de Jerusalén, que acudía allí como
si se tratara de un espectáculo.
Es el anticipo de un abajamiento aún más profundo: el descenso a los infiernos,
la caída en el misterio de la muerte, donde todos nosotros caemos al final de
esta vida terrena. Pero la tuya es la caída en tierra del grano de trigo, que
está dispuesto a morir para dar fruto.
Ayúdanos también a nosotros a elegir estar por debajo, a los pies de los demás,
más que buscar estar por encima y dominarlos. Ayúdanos a aprender el camino de
la humildad incluso desde la experiencia de nuestras caídas y humillaciones, y a
saber soportar en paz las ofensas y las injusticias sufridas.
Haz que te sintamos cercano, precisamente y sobre todo cuando caemos, tan
cercano en modo tal que nos demos cuenta de que eres tú el que nos levanta y nos
vuelve a poner en el camino. Y haz que también nosotros aprendamos a confiar en
la tierra, como el grano de trigo, sabiendo que la muerte, gracias a ti, es el
seno de la vida eterna.
Oremos diciendo: Levántanos, Jesús.
| Cuando caemos por nuestra fragilidad: |
Levántanos, Jesús. |
| Cuando caemos porque alguien nos hace tropezar: |
Levántanos, Jesús. |
| Cuando caemos por decisiones equivocadas: |
Levántanos, Jesús. |
| Cuando caemos en la desesperación: |
Levántanos, Jesús. |
| Cuando caemos en el misterio de la muerte: |
Levántanos, Jesús. |
IV estación
Jesús se encuentra con su Madre
Del Evangelio según san Juan (19,25-27)
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer
de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a
quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al
discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la
recibió en su casa.
De los escritos de san Francisco de Asís (Regla bulada VI, 8: FF 91)
Confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, porque, si la madre cuida
y ama a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno amar y cuidar a
su hermano espiritual?
Es normal que la madre esté al inicio de nuestra existencia. No es normal que la
madre esté a nuestro lado cuando es hora de morir, porque significa que la vida
nos ha sido arrebatada: por una enfermedad, por un accidente, por la violencia,
por la desesperación. María, la mujer de la cual tú, Jesús, fuiste engendrado,
estuvo a tu lado también en tu camino hacia el Calvario y está contigo al pie de
la cruz.
Tú le pides que siga generando y que continúe siendo la madre del discípulo
amado, de cada uno de nosotros, de la Iglesia, de esta nueva humanidad que está
naciendo precisamente en la hora en la que entregas la vida y mueres. En la hora
más solemne de tu misión y antes de llevar todo a cumplimiento, le pides ante
todo a ella que acoja a cada uno de nosotros; y luego nos pides a nosotros que
la recibamos a ella. Porque la Madre siempre precede. En las bodas de Caná te
había precedido incluso a ti.
Oh María, dirige una mirada de ternura hacia cada uno de nosotros, pero sobre
todo hacia las tantas, tantísimas madres que hoy todavía, como tú, ven a sus
propios hijos arrestados, torturados, condenados, asesinados. Ten una mirada de
ternura hacia las madres que son despertadas en medio de la noche por una
noticia desgarradora, y hacia aquellas que velan en los hospitales a un hijo
cuya vida se está apagando. Y a nosotros concédenos un corazón materno, para
comprender y compartir el sufrimiento de los demás, y aprender, también de esta
manera, lo que significa amar.
Oremos diciendo: Consuela, oh Madre.
| A las madres que han perdido a sus hijos: |
Consuela, oh Madre. |
| A los huérfanos, sobre todo a causa de las guerras: |
Consuela, oh Madre. |
| A los migrantes, a los desplazados y a los refugiados: |
Consuela, oh Madre.
|
| A los que sufren torturas y penas injustas: |
Consuela, oh Madre. |
| A los desesperados que han perdido el sentido de la vida: |
Consuela, oh Madre. |
| A aquellos que mueren solos: |
Consuela, oh Madre. |
V estación
Jesús es ayudado por el Cireneo a llevar la cruz
Del Evangelio según san Marcos (15,21)
Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que
regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
De los escritos de san Francisco de Asís (Admoniciones XVIII,1: FF 167)
Dichoso el hombre que soporta a su prójimo en su fragilidad, como querría que él
lo soportara, si estuviese en una situación semejante.
Simón de Cirene no era un voluntario. No se hizo cargo de ti voluntariamente,
Jesús, dándote una mano para llevar la cruz. Probablemente apenas sabía quién
eras. Sin embargo, ayudándote a llevar la cruz, algo dentro de él cambió, hasta
el punto de que transmitirá a sus hijos, Alejandro y Rufo, el significado
profundo de ese camino hecho junto a ti, y ellos se convertirán en testigos de
tu Pascua en la primera comunidad cristiana.
También hoy existen muchas personas que deciden hacer algo bueno por los demás
en todas partes del mundo. Hay miles de voluntarios que, en situaciones
extremas, arriesgan la vida para socorrer a quien necesita alimento,
instrucción, cuidados médicos, justicia. Muchos de ellos ni siquiera creen en
ti; sin embargo —aun sin darse cuenta— siguen ayudándote a cargar la cruz, y
mientras se hacen cargo de otras personas de carne y hueso, en realidad están
—una vez más— haciéndose cargo de ti.
Haz, oh Señor, que también nosotros aprendamos a ofrecer a nuestro prójimo ese
apoyo que quisiéramos que se nos ofreciera a nosotros, si nos encontráramos en
la misma situación. Ayúdanos a ser personas empáticas y compasivas, no con
palabras sino con hechos y en la verdad.
Oremos diciendo: Haznos atentos, Señor.
| A las personas que encontramos: |
Haznos atentos, Señor. |
| A los pobres, a los que sufren y a los descartados: |
Haznos atentos, Señor. |
| A los que están solos y desamparados: |
Haznos atentos, Señor. |
| A los que se quedan atrás y caen: |
Haznos atentos, Señor. |
| A los que no tienen a nadie que les escuche: |
Haznos atentos, Señor. |
VI estación
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
Del Evangelio según san Juan (12,20-21)
Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos
que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor,
queremos ver a Jesús».
De los escritos de san Francisco de Asís (Exposición del Padrenuestro 4: FF 269)
Venga a nosotros tu reino: para que tú reines en nosotros por la gracia y nos
hagas llegar a tu reino, donde la visión de ti es manifiesta, la dilección de ti
perfecta, la compañía de ti bienaventurada, la fruición de ti sempiterna.
Lo que los Salmos habían cantado como «el más hermoso de los hombres» (Sal
45,3), ahora tiene los rasgos del Siervo sufriente profetizado por Isaías, «sin
forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera
agradarnos» (Is 53,2).
La Verónica conserva tu imagen, Jesús. Ha podido obtenerla gracias a aquel gesto
de caridad: enjugar tu rostro cubierto de sangre y de polvo. La Verónica no nos
transmite la memoria de una imagen posando, sino la del Varón de dolores, que
nos ha curado por medio de sus mismas heridas.
Ayúdanos, Jesús, a cultivar el deseo de ver tu rostro. Danos la gracia que has
concedido a los apóstoles de verte luminoso y transfigurado. Pero ayúdanos,
sobre todo, a tener la mirada atenta de la Verónica, que sabe reconocerte
también en tu belleza desfigurada. Y haznos capaces de enjugar, hoy, tu rostro,
aún cubierto de polvo y sangre, desfigurado por todo acto que pisotea la
dignidad de cualquier persona humana.
Oremos diciendo: Ayúdanos a reconocerte, Jesús.
| Cuando tu rostro está desfigurado: |
Ayúdanos a reconocerte, Jesús. |
| En toda persona condenada por los prejuicios: |
Ayúdanos a reconocerte, Jesús. |
| En los pobres privados de su dignidad: |
Ayúdanos a reconocerte, Jesús. |
| En las mujeres víctimas de la trata y reducidas a la esclavitud: |
Ayúdanos a reconocerte, Jesús. |
| En los niños a los que les ha sido robada la infancia y dañado el futuro: |
Ayúdanos a reconocerte, Jesús. |
VII estación
Jesús cae por segunda vez
Del Evangelio según san Juan (13,3-5)
Sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido
de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una
toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar
los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.
De los escritos de san Francisco de Asís (Regla no bulada V, 13-14: FF 20)
Ningún hermano haga mal o hable mal al otro; sino, más bien, por la caridad del
espíritu, sírvanse y obedézcanse voluntariamente los unos a los otros.
Toda tu vida, Jesús, ha sido un continuo inclinarte y abajarte. Cuando lavaste
los pies a tus discípulos, en la última cena, dejaste un ejemplo, una enseñanza
y una profecía: el ejemplo del servicio, la enseñanza del amor fraterno y la
profecía del dar la vida. Francisco de Asís quedó tan profundamente impresionado
de ese abajamiento tuyo que quiso aconsejarnos que nos laváramos los pies unos a
otros, es decir, que estemos siempre dispuestos al servicio de los propios
hermanos. Y quiso que este mismo evangelio le fuera leído la tarde del 3 de
octubre, de hace ocho siglos, poco antes de morir.
En tu amarnos hasta el extremo, hasta dar tu vida por nosotros, está ya
contenida también la profecía de tu resurrección, porque un amor tan grande es
más fuerte que la muerte. Un amor tan grande revela el sentido último del amar:
llevarnos a la misma vida de Dios.
Cuando caes, Jesús, lo haces para levantarnos de nuestras caídas. Cuando caes lo
haces para levantar al que permanece en tierra aplastado por la injusticia, por
la mentira, por toda forma de explotación y todo tipo de violencia, por la
miseria que produce una economía dirigida al provecho individual más que al bien
común. Cuando caes lo haces para levantarme también a mí.
Oremos diciendo: Levántanos, Señor.
| Cuando nuestros errores nos aplastan: |
Levántanos, Señor. |
| Cuando el peso de la responsabilidad nos oprime: |
Levántanos, Señor. |
| Cuando caemos en la depresión: |
Levántanos, Señor. |
| Cuando fallamos en nuestras decisiones: |
Levántanos, Señor. |
| Cuando nos vemos arrastrados por una adicción: |
Levántanos, Señor. |
VIII estación
Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén
Del Evangelio según san Lucas (23,27-31)
Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el
pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo:
«¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus
hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: “¡Felices las estériles,
felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron!”. Entonces
se dirá a las montañas: “¡Caigan sobre nosotros!”, y a los cerros:
“¡Sepúltennos!”. Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña
seca?».
De los escritos de san Francisco de Asís (Exposición del Padrenuestro 5: FF 270)
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: para que te amemos con todo el
corazón, pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti; con
toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu
honor; y con todas nuestras fuerzas, gastando todas nuestras fuerzas y los
sentidos del alma y del cuerpo en servicio de tu amor y no en otra cosa; y para
que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, atrayéndolos a todos a tu
amor según nuestras fuerzas, alegrándonos del bien de los otros como del nuestro
y compadeciéndolos en sus males y no dando a nadie ocasión alguna de tropiezo.
Jesús, las mujeres siempre te siguieron y ayudaron, desde el comienzo de tu
predicación. Continúan haciéndolo ahora, permaneciendo también al pie de la
cruz. Donde hay un sufrimiento o necesidad, allí están las mujeres: en los
hospitales y en las casas de ancianos, en las comunidades terapéuticas y de
acogida, en las casas hogar con los menores más frágiles, en los lugares más
remotos de la misión para abrir escuelas y centros de salud, y en las zonas de
guerra y conflicto para socorrer a los heridos y consolar a los supervivientes.
Las mujeres te tomaron en serio, tomaron en serio también estas duras palabras
tuyas. Desde hace siglos lloran por ellas y por sus hijos; detenidos y
encarcelados durante una manifestación, deportados por políticas carentes de
compasión, naufragados en desesperados viajes de esperanza, aniquilados en zonas
de guerra, suprimidos en campos de exterminio.
Las mujeres siguen llorando. Concédenos también a cada uno de nosotros, Señor,
un corazón compasivo, un corazón maternal, y la capacidad de sentir como nuestro
el sufrimiento de los demás. Sigue concediéndonos lágrimas, Señor, para no
disipar nuestra conciencia en las tinieblas de la indiferencia, para continuar
siendo humanos.
Oremos diciendo: Concédenos lágrimas, Señor.
| Para llorar por los desastres de las guerras: |
Concédenos lágrimas, Señor. |
| Para llorar por las masacres y los genocidios: |
Concédenos lágrimas, Señor. |
| Para llorar con las madres y las esposas: |
Concédenos lágrimas, Señor. |
| Para llorar por el cinismo de los prepotentes: |
Concédenos lágrimas, Señor. |
| Para llorar por nuestra indiferencia: |
Concédenos lágrimas, Señor. |
IX estación
Jesús cae por tercera vez
Del Evangelio según san Juan (14,6-7)
Jesús le respondió [a Tomás]: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va
al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya
desde ahora lo conocen y lo han visto».
De los escritos de san Francisco de Asís (Regla no bulada XXIII, 3: FF 64)
Te damos gracias porque, así como por tu Hijo nos creaste, así, por tu santo
amor con el que nos amaste, hiciste que él, verdadero Dios y verdadero hombre,
naciera de la gloriosa siempre Virgen la beatísima santa María, y quisiste que
nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte.
Tú que naciste «por nosotros de camino» (S. Francisco, Oficio de la Pasión
del Señor XV,7: FF 303), ahora, por tercera vez, caes en la vía
dolorosa que te conduce al Calvario.
Tu triple caída nos recuerda que no existe caída nuestra en la que tú no estés a
nuestro lado. Sí, porque estás junto a nosotros en cada una de nuestras
fragilidades, y puedes y quieres levantarnos de cada una de nuestras caídas,
porque quieres que junto a ti cada uno de nosotros pueda llegar al Padre y
encontrar la vida, la vida verdadera, la vida eterna, que nada ni nadie nos
podrá quitar.
En el camino, tras tus huellas, no importa cuántas veces caigamos, sólo importa
que Tú estás a nuestro lado y estás dispuesto a levantarnos una vez más,
innumerables veces, porque tu amor, tu perdón y tu misericordia son
infinitamente más grandes que nuestra fragilidad.
Sostennos en nuestra incredulidad y danos la gracia de creer en que puedes
levantarnos.
Oremos diciendo: Sírvete de nosotros, Jesús.
| Para levantar a todos los que caen: |
Sírvete de nosotros, Jesús. |
| Para levantar a los que permanecen caídos: |
Sírvete de nosotros, Jesús. |
| Para levantar a las personas más frágiles: |
Sírvete de nosotros, Jesús. |
| Para levantar a los que pensamos que “se lo merecían”: |
Sírvete de nosotros, Jesús. |
| Para levantar a los que parecen irrecuperables: |
Sírvete de nosotros, Jesús. |
X estación
Jesús es despojado de sus vestiduras
Del Evangelio según san Juan (19,23-24)
Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las
dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y
como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se
dijeron entre sí: «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca».
Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon
mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.
De los escritos de san Francisco de Asís (Carta a toda la Orden, 28-29: FF 221)
Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones;
humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por él. Por consiguiente,
nada de vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba todo enteros el
que se os ofrece todo entero.
Tú mismo, Jesús, habías decidido despojarte de la gloria divina para revestirte
de «la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad» (S. Francisco,
Carta a los fieles II,4: FF 181). Y ahora te arrancan tus vestiduras,
en el cruel intento de humillarte y despojarte también de tu dignidad humana.
Es una tentativa que también se repite continuamente en nuestros días. Lo hacen
los regímenes autoritarios, cuando obligan a los prisioneros a permanecer
semidesnudos en una celda vacía o en un patio. Lo hacen los torturadores que no
se limitan a quitar las vestiduras, sino que arrancan también la piel y la
carne. Lo hacen aquellos que autorizan y utilizan formas de inspección y control
que no respetan la dignidad de la persona. Lo hacen los violadores y los
abusadores que tratan a las víctimas como objetos. Lo hace la industria del
espectáculo, cuando ostenta la desnudez para obtener algún espectador más. Lo
hace el mundo de la información, cuando expolian a las personas ante la opinión
pública. Y a veces lo hacemos también nosotros, con nuestra curiosidad que no
respeta ni el pudor, ni la intimidad, ni la privacidad de los demás.
Recuérdanos, Señor, que, cuando no reconocemos la dignidad de los demás,
ofuscamos la nuestra, y cada vez que aprobamos o tenemos un comportamiento
inhumano hacia cualquier persona, nosotros mismos nos volvemos menos humanos.
Oremos diciendo: Revístenos, Jesús.
| De tu infinita humildad: |
Revístenos, Jesús. |
| Del respeto por cada ser humano: |
Revístenos, Jesús. |
| Del sentimiento de compasión: |
Revístenos, Jesús. |
| De un renovado sentido del pudor: |
Revístenos, Jesús. |
| De la fuerza para defender la dignidad de toda persona: |
Revístenos, Jesús. |
XI estación
Jesús es clavado en la cruz
Del Evangelio según san Juan (19,17-19)
Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar
llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota». Allí lo crucificaron; y con él a
otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción
que decía: «Jesús el Nazareno, rey de los judíos», y la hizo poner sobre la
cruz.
De los escritos de san Francisco de Asís (Cántico de las criaturas 23-26: FF 263)
Loado seas, mi Señor, / por los que perdonan por tu amor, / y sufren enfermedad
y tribulación. / Bienaventurados aquellos que las soporten en paz, / porque por
ti, Altísimo, coronados serán.
Clavado en la cruz como un malhechor, pero con un título que revela tu realeza,
oh Jesús, tú nos muestras cuál es el auténtico poder. No es el de quien
considera que puede disponer de la vida de los demás al causar la muerte, sino
el de quien realmente puede vencer la muerte dando la vida y puede dar la vida
incluso aceptando la muerte. Tú manifiestas que el verdadero poder no es el de
quien usa la fuerza y la violencia para imponerse, sino el de quien es capaz de
cargar sobre sí el mal de la humanidad —el nuestro, el mío—; y anularlo con la
fuerza del amor que se manifiesta en el perdón. Tú eres Rey y reinas desde la
cruz; no te sirves del poder aparente de los ejércitos, sino de la aparente
impotencia del amor, que se deja clavar. Tú eres Rey y tu cruz se convierte en
el eje en torno al cual giran la historia y todo el universo, para no caer en el
infierno de la incapacidad de amar.
Tú, Rey crucificado, nos recuerdas que, si queremos ser partícipes de tu
realeza, también nosotros debemos aprender a perdonar por amor a ti y afrontar
en paz las dificultades de la vida, porque lo que vence no es el amor por la
fuerza, sino la fuerza del amor.
Oremos diciendo: Enséñanos a amar.
| Cuando sufrimos una injusticia: |
Enséñanos a amar. |
| Cuando deseamos venganza: |
Enséñanos a amar. |
| Cuando somos tentados por la violencia: |
Enséñanos a amar. |
| Cuando consideramos imposible el perdón: |
Enséñanos a amar. |
| Cuando nos sentimos crucificados: |
Enséñanos a amar. |
XII estación
Jesús muere en la cruz
Del Evangelio según san Juan (19,28-30)
Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se
cumpliera hasta el final, Jesús dijo: «Tengo sed». Había allí un recipiente
lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y
se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús: «Todo se ha
cumplido». E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.
De los escritos de san Francisco de Asís (Carta a los fieles II, 11-13: FF 184)
Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, que él nos dio y que
nació por nosotros, se ofreciera a sí mismo por su propia sangre como sacrificio
y hostia en el ara de la cruz; no por sí mismo, por quien fueron hechas todas
las cosas, sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo, para que sigamos sus
huellas.
«Todo se ha cumplido». No significa que todo ha terminado, sino que el motivo
por el que tú, Jesús, te hiciste uno de nosotros, ha llegado a su plenitud; has
cumplido la misión que el Padre te confió y ahora puedes volver a Él y llevarnos
contigo.
De ahora en adelante sabemos que dejándonos atraer por ti, alzando nuestra
mirada hacia ti, nos encontramos ante Aquel que nos reconcilia, que cancela
nuestra “deuda”, que nos introduce en el Santuario que es la misma vida de Dios.
Nos encontramos ante Aquel que, realizando el fin de la encarnación, nos da la
posibilidad de realizar el sentido profundo de nuestra misma vida: ser hijos de
Dios, ser la obra maestra de Dios.
Ayúdanos, Señor, a acoger el don del Espíritu Santo que has derramado sobre
nosotros ya en la hora de tu muerte en la cruz, y haz que contigo también
nosotros podamos pasar de este mundo al Padre.
Oremos diciendo: Danos tu Espíritu, Señor.
| Para que nos convirtamos en criaturas nuevas y vivamos en Dios: |
Danos tu Espíritu, Señor. |
| Para que experimentemos que nuestra deuda está cancelada: |
Danos tu Espíritu, Señor. |
| Para que podamos rezar “Abbá, Padre”: |
Danos tu Espíritu, Señor. |
| Para que acojamos a cada persona como hermano y hermana: |
Danos tu Espíritu, Señor. |
| Para que descubramos el sentido último de la vida: |
Danos tu Espíritu, Señor. |
XIII estación
Jesús es bajado de la cruz
Del Evangelio según san Juan (19,38-39)
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús —pero
secretamente, por temor a los judíos— pidió autorización a Pilato para retirar
el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo. Fue también
Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una
mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos.
De los escritos de san Francisco de Asís (Cántico de las criaturas 27-31: FF 263)
Loado seas, mi Señor, / por nuestra hermana la muerte corporal, / de la cual
ningún hombre vivo puede escapar. / ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!
/ Bienaventurados los que encontrará en tu santísima voluntad, / pues la muerte
segunda no les hará mal.
Jesús acaba de morir, y su muerte ya comienza a dar los primeros frutos. José de
Arimatea y Nicodemo, que eran discípulos de Jesús, pero a escondidas, porque
tenían miedo de exponerse, ahora tienen la valentía de pedirle su cuerpo a
Pilato. Realizan así un gesto de piedad humana, el de quitar de la cruz a un
condenado y sepultarlo con dignidad y respeto.
Nunca debería haber cadáveres que no sean restituidos ni sepultados; las madres,
los familiares y los amigos de los condenados nunca deberían verse obligados a
humillarse ante las autoridades para que les restituyan los restos martirizados
de un ser querido. Incluso el cuerpo de un muerto conserva la dignidad de la
persona y no puede ser ultrajado, ni ocultado, ni destruido, ni retenido, ni
privado de una digna sepultura. No sólo el cuerpo de una persona decente,
también el cuerpo de un criminal merece respeto.
Oh Jesús, tú fuiste injustamente capturado, torturado, juzgado, condenado y
asesinado, pero tu cuerpo fue restituido y honrado; haz que nuestro tiempo, que
ha perdido el respeto por los vivos, lo mantenga al menos por los muertos.
Oremos diciendo: Enséñanos la piedad.
| Para sentir el sufrimiento de los encarcelados: |
Enséñanos la piedad. |
| Para ser solidarios con los presos políticos: |
Enséñanos la piedad. |
| Para comprender a los familiares de los rehenes: |
Enséñanos la piedad. |
| Para llorar a los muertos que están bajo los escombros: |
Enséñanos la piedad. |
| Para tener respeto por todos los difuntos: |
Enséñanos la piedad. |
XIV estación
Jesús es colocado en el sepulcro
Del Evangelio según san Juan (19,40-42)
[José de Arimatea y Nicodemo] tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo
envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de
sepultar que tienen los judíos. En el lugar donde lo crucificaron había una
huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado.
Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca,
pusieron allí a Jesús.
De los escritos de san Francisco de Asís (Carta a los fieles II, 61-62: FF 202)
Y a aquel que tanto ha soportado por nosotros, que tantos bienes nos ha traído y
nos traerá en el futuro, y a Dios, toda criatura que hay en los cielos, en la
tierra, en el mar y en los abismos rinda alabanza, gloria, honor y bendición,
porque él es nuestro poder y nuestra fortaleza, y sólo él es bueno, sólo él
altísimo, sólo él omnipotente, admirable, glorioso y sólo él santo, laudable y
bendito por los infinitos siglos de los siglos. Amén.
Todo comenzó en un jardín, el Edén, que nuestros primeros padres recibieron como
don y para ser cuidado, y del cual fueron exiliados por no haber confiado en
Dios. Todo vuelve a comenzar en un jardín, donde Jesús fue sepultado y donde
resucitó; un lugar en el que la antigua creación, frágil y mortal, se transforma
en nueva creación, que participa de la misma vida de Dios. Este lugar es la
puerta por medio de la cual Jesús descendió a los infiernos, y es la entrada al
Paraíso, ya no terrenal y pasajero, sino celestial y definitivo. Este es el
lugar del último gesto de piedad y de las últimas lágrimas derramadas sobre el
cuerpo de Cristo muerto. Es el lugar del primer encuentro con Cristo resucitado,
vivo para siempre, reconocible sólo cuando nos llama por nuestro nombre o abre
nuestros ojos, e imposible de retener. El lugar en el que María Magdalena recibe
el mandato de anunciar que la muerte ha sido vencida, porque Jesús de Nazaret ha
resucitado, es el Señor, el Viviente que ya no puede morir.
Desde entonces, también nosotros somos sepultados —gracias al Bautismo— junto
con Jesús, en ese mismo jardín, con la esperanza cierta de que Aquel que ha
resucitado a Cristo de entre los muertos dará la vida también a nuestros cuerpos
mortales por medio de su Espíritu que habita en nosotros (cf. Rm 8,11).
Te damos gracias, Señor, porque has dado un fundamento cierto a nuestra
esperanza de vida eterna.
Oremos diciendo: Ven, Señor Jesús.
| A seguir caminando con nosotros en el Jardín: |
Ven, Señor Jesús. |
| A enjugar las lágrimas de nuestros ojos: |
Ven, Señor Jesús. |
| A darnos una esperanza cierta: |
Ven, Señor Jesús. |
| A quitar la piedra que nos oprime el corazón: |
Ven, Señor Jesús. |
| A hacernos vislumbrar el Paraíso: |
Ven, Señor Jesús. |
SANTO PADRE:
Invocación final y bendición
Al finalizar este Vía Crucis, hagamos nuestra la oración con la que san
Francisco nos invita a vivir nuestra existencia como un camino de progresiva
participación en la relación de amor que une al Padre, y al Hijo, y al Espíritu
Santo.
Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, miserables,
hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te
place, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y abrasados
por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo,
nuestro Señor Jesucristo, y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo, que, en
Trinidad perfecta y en simple Unidad, vives y reinas y eres glorificado, Dios
omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén (Carta a toda la Orden 50-52: FF 233).
Concluyamos con la antigua bendición bíblica (cf. Nm 6,24-26), con la que
san Francisco solía bendecir a los frailes y a toda la gente, hasta el punto de
convertirse en “su” bendición (cf. Bendición a Fr. León: FF 262).
El Señor esté con ustedes.
℟. Y con tu espíritu.
El Señor los bendiga y los guarde.
℟. Amén.
Les muestre su faz y tenga misericordia de ustedes.
℟. Amén.
Vuelva su rostro hacia ustedes y les conceda la paz.
℟. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, ✠ Hijo ✠ y Espíritu ✠ Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
℟. Amén.