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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA

SANTA MISA EN MAGUNCIA PARA LOS OBREROS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 16 de noviembre de 1980

 

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. "La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sea con vosotros" (Flp 1, 2), Con este deseo de bendición del Apóstol os saludo cordialmente a todos. Mi fraternal saludo se dirige al estimado obispo de la diócesis de Maguncia, señor cardenal Hermann Volk, y a los obispos y sacerdotes presentes; en manera especial, se dirige a vosotros, queridos trabajadores y trabajadoras de cerca y de lejos.

La liturgia del domingo de hoy, la Palabra de Dios que hemos escuchado con interior recogimiento, nos dispone de modo especial para coger al vuelo aquellos temas importantes, que se insinúan a través de vuestra presencia aquí: y del saludo que se me ha dirigido al principio.

El encuentro con el mundo del trabajo, que me es posible aquí en Maguncia, junto a la tumba de aquel adalid y apóstol de la cuestión social en el siglo pasado, Wilhelm Emanuel von Ketteler, obispo de Maguncia, trae a mi memoria recuerdos vivos de una completa serie de encuentros parecidos durante el tiempo de mi ministerio como Sucesor de Pedro (Guadalajara y Monterrey en México; el encuentro en Jasna Góra en Polonia con gran número de mineros y metalúrgicos de la Silesia; Limerick en Irlanda, Des Moines en Estados Unidos; en Turín, la gran ciudad industrial de Italia; en Saint Denis de París y, finalmente, en São Paulo de Brasil). Son siempre encuentros de especial importancia por su significación, no sólo desde el punto de vista de su dimensión social, sino también a la luz del mensaje evangélico. El problema del trabajo humano tiene ciertamente su lugar en el cuadro de la alianza que el Creador ha establecido con el hombre, creado a su imagen y semejanza, y que ha fortalecido y renovado en Jesucristo, el cual consumió muchos años de su vida en un taller de Nazaret.

No extraña, por ello, que la cuestión social, que está vinculada con la realidad del trabajo humano como su fundamento, haya ocupado un lugar central en las declaraciones magisteriales de la Iglesia. Pertenece indudablemente a la predicación del Evangelio, especialmente en el mundo moderno de nuestros días.

Al elegir este tema, queremos seguir la voz de la liturgia que nos presenta "ante la presencia de Yahvé, que viene; porque viene a juzgar la tierra. Regirá el orbe con justicia y a los pueblos con equidad" (Sal 95 [96], 13).

La configuración de la justicia humana y la norma que debe aplicarse a la siempre creciente cuestión social, deben ser vistas desde la perspectiva definitiva de la justicia de Dios mismo. La liturgia de este domingo, el penúltimo del año litúrgico, nos ayuda mucho en este sentido.

2. En la lectura de la segunda Carta de San Pablo a los Tesalonicenses, el Apóstol trata muy clara y directamente el tema del trabajo humano sobre la base de su experiencia personal como apóstol: "Sabéis bien cómo debéis imitarnos, pues no hemos vivido entre vosotros desordenadamente ni de balde comimos el pan de nadie, sino que con afán y con fatiga trabajamos día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros. Y no porque no tuviéramos derecho, sino porque queríamos daros un ejemplo que imitar" (2 Tes 3, 7-9).

Pablo de Tarso unió su misión y servicio apostólico al trabajo, al trabajo manual. Como Cristo unió la obra de su redención al trabajo en el taller de Nazaret, así Pablo ha unido el apostolado con el trabajo de sus manos. Esto puede ser una llamada para muchos de vosotros, mejor, para todos, una llamada a todo el mundo cristiano del trabajo. Ved el problema del trabajo en la dimensión de la obra redentora y unid el trabajo con el apostolado. La Iglesia de nuestros días necesita de modo especial de este apostolado del trabajo: del apostolado del trabajador y del apostolado en medio de los trabajadores para iluminar esta gran dimensión de la vida con la luz del Evangelio, ¡Así lo hizo el obispo Ketteler! La luz de la verdad y del amor de Dios debe brillar sobre el trabajo del hombre. Esta luz no debe ser apagada por la sombra de la injusticia, de la explotación, del odio y de la humillación del hombre.

En este apostolado tienen que cumplir un papel importante el cuidado espiritual del trabajador en las diócesis y comunidades así como la realidad de vuestras asociaciones, que se dirigen a todo el mundo del trabajo. Evidentemente son los trabajadores quienes mejor alcanzan a ver las devastadoras consecuencias de la alienación interior con todos los crecientes gravámenes que de ello se derivan para la fe. Quisiera convocar de nuevo a vuestras asociaciones, que se han ganado ya múltiples méritos históricos, sobre todo al "Movimiento católico del trabajo", a "La juventud católica de trabajadores" y a la "Obra de Kolping", quisiera convocarlas —digo— a renovar e intensificar los esfuerzos en pro de los hombres que han sido creados por Dios y redimidos por Cristo.

3. En la segunda Carta a los Tesalonicenses leemos: "A estos tales les recomendamos y exhortamos en el Señor Jesucristo que, trabajando sosegadamente, coman su pan" (3, 12). Brevemente ha expresado el Apóstol este mismo pensamiento en forma lapidaria: "El que no quiere trabajar, no coma" (3, 10).

Estas claras palabras, leídas en el contexto del actual desarrollo de la cuestión social, nos apremian a recordar los principios de la doctrina social católica. Desde la Encíclica Rerum novarum de mi venerable predecesor León XIII, estos principios han sido expuestos con una preocupación pastoral hondamente sentida en innumerables declaraciones del magisterio eclesial, especialmente en el Concilio Vaticano II; han sido explicados por muchos estudiosos católicos, especialmente de habla alemana, en numerosas obras y declaraciones a los trabajadores cristianos por múltiples esfuerzos de celosos Pastores y de laicos responsables. Esta herencia espiritual de creyentes que fueron adalides en el campo de la cuestión social, no debe dejarnos con los brazos cruzados, sino producir frutos muy concretos para los viejos y nuevos problemas, que nos urgen.

El hombre debe constituir el centro de todas las consideraciones relativas al mundo del trabajo y de la economía. En todas las reivindicaciones demandadas debe ser determinante siempre la consideración de la inviolable dignidad del hombre, no sólo del trabajador individualmente considerado, sino también de su familia, no sólo de los hombres de hoy, sino también de las generaciones futuras.

De este principio fundamental, sobre el que debemos reflexionar cada vez más, puede venir luz también para abordar los problemas de vuestro país, que aquí puedo tratar sólo brevemente, pero que sin embargo están muy presentes en mí.

Pienso, por ejemplo, en aquellos cuyo puesto de trabajo está en peligro o en aquellos que lo han perdido. Determinadas reformas estructurales se pueden mostrar necesarias después de una adecuada experimentación y si se ve que resultan más justas, tanto mejor. Nunca, sin embargo, se echarán todas las cargas sobre los hombros de los trabajadores, que durante muchos años han dado lo mejor de sí. Hay que estar junto a ellos solidariamente y ayudarles a encontrar una nueva actividad que dé sentido a su vida. De esto habéis dado ya vosotros un ejemplo estimulante.

Pienso en los trabajadores de otros países, que vosotros habéis llamado y que juntamente con vosotros han creado esto de lo que os alegráis hoy. En los problemas que surjan, vuestro sentido de responsabilidad buscará soluciones que no lesionen sus sentimientos humanos y sean justas para el bienestar espiritual . de sus familias.

Sin embargo, se dan problemas de gran magnitud y profundidad porque presionamos cada vez más frecuentemente sobre los límites del desarrollo económico. Aunque no lo quisiéramos, nos vemos forzados por el desarrollo a apartarnos de las exigencias del pensamiento y a renunciar a hacer algo para que los bienes limitados sean compartidos por el mayor número posible de hombres. Si el clima social comienza a endurecerse, los procesos de cambio que se avecinan sólo podrán afrontarse a través de un desarrollo real y una acción solidaria.

4. En el examen de estos importantes problemas con vistas a la justicia y a una amplia prosperidad social, no debemos reducirnos a los límites de un país, ni siquiera de un continente. La cuestión social tiene hoy una dimensión humana universal. Esto se deduce claramente de las enseñanzas de los últimos Papas (Mater et Magistra, Populorum progressio) y del Concilio Vaticano II. Se dice a este respecto que existe una gran tensión entre el Este y el Oeste, sin embargo, la tensión entre el Norte y el Sur no es menos importante. El "Norte" comprende la zona de países que viven en una cierta opulencia de bienes. "Sur", especialmente el así llamado Tercer Mundo, comprende aquella zona de países cuyos pueblos están subdesarrollados en lo que se refiere a la economía, pero continúan llevando una vida mísera o están abocados a la más terrible hambre hasta morir.

Como ciudadanos tenéis el deber de crear un clima político que ponga al Estado, sobre todo a los Estados ricos, en situación de proporcionar en todas las formas necesarias las ayudas efectivas para el desarrollo de aquellos países perjudicados y con frecuencia explotados.

Como católicos habéis comenzado a descubrir ejemplarmente, desde hace mucho tiempo y cada vez más, vuestra corresponsabilidad con otros pueblos, a través de vuestras grandes obras de ayuda. No ceséis en vuestros esfuerzos. Haced que vuestro corazón corresponda aún más profundamente a las necesidades a menudo desesperantes, de aquellos pueblos. Como Pastor Supremo de la Iglesia, sobre cuyos hombros cae también una inmediata responsabilidad sobre aquellos países, quisiera en nombre de los pobres y de los más pobres daros las gracias de todo corazón en esta ocasión por vuestros esfuerzos y sacrificios. Especialmente agradezco hoy a todos los creyentes del país vuestra más reciente muestra de amplia y generosa solidaridad, especialmente por la colecta que con motivo de mi visita pastoral se ha llevado a cabo entre vosotros para resolver las duras necesidades de África.

Esta dimensión universal de la cuestión social constituye una llamada de atención a nuestra conciencia humana y cristiana; se irá acentuando cada vez más en el último cuarto del siglo presente. La búsqueda de soluciones por parte de todos los hombres de buena voluntad y el apostolado de todos los cristianos deben ser cada vez más conscientes de esta dimensión universal. ¡En nombre del Evangelio! ¡Y asimismo en nombre de la solidaridad humana!

5. El problema social en su actual dimensión histórica está estrechamente unido, por lo que se refiere a cada pueblo en particular y la humanidad entera en general, con un objetivo central: asegurar la paz en el mundo. "Iustitia et Pax", justicia y paz. Juan XXIII nos ha demostrado en su Encíclica Pacem in terris hasta qué punto depende la una de la otra. En ella debemos pensar de nuevo hoy cuando la liturgia nos recuerda las palabras de Cristo sobre guerras y turbulencias: "Se levantará nación contra nación y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos lugares, hambres, pestes, espantos y grandes señales del cielo" (Lc 21, 10 s.).

Estas palabras provienen del discurso "escatológico" según Lucas. Cristo enumera las diversas señales de la "desaparición del mundo en dolores". Se repiten continuamente en la historia. Por eso, añade: "Cuando oyereis hablar de guerras y revueltas, no os aterréis; porque es preciso que sucedan estas cosas primero, pero no vendrá luego el fin" (Lc 21, 9).

Recordamos todavía muy bien las abominables atrocidades de la segunda guerra mundial, especialmente nosotros, hijos e hijas de los pueblos europeos. Recordamos las terribles destrucciones de aquel tiempo, los indescriptibles sufrimientos, el ultraje y desprecio del hombre. Esto no debe volver a ocurrir jamás en la generación de nuestros hijos y nietos, no puede ocurrir entre los hombres, ni en nuestro continente ni en ninguna otra parte.

Pidamos incesantemente a Dios que esta terrible lección de la historia inculque a todos en el mundo la estima de los derechos de cada hombre en particular y de cada uno de los pueblos. ¡Qué importante es esto en nuestro viejo continente! El compromiso por la paz no debe faltar nunca en el cumplimiento de nuestra misión cristiana, no debe faltar nunca en los esfuerzos de todos los hombres de buena voluntad, ante todo, de aquellos que tienen especial responsabilidad en ello.

Confiamos que la preocupación por la paz mueva a todos los responsables a buscar un continuo diálogo sobre los diversos problemas —aunque sean difíciles y complejos—, para afianzar la paz tan anhelada. Y cómo no vamos a desear también que el encuentro que tiene lugar en Madrid sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa pueda contribuir a fortalecer la paz con una atención mayor a los derechos de cada hombre y de cada pueblo, incluida la libertad religiosa, sobre la base de los principios aceptados en las actas finales de Helsinki.

Ojalá que la utilización efectiva de este legítimo criterio de los derechos del hombre y de los derechos de cada pueblo consiga desterrar de la vida de la humanidad toda forma de imperialismo, de dominio, de agresión, de explotación y de colonialismo. Esto lo digo también como hijo de una nación que ha sufrido mucho a lo largo de los siglos y se ha visto forzada a defender con firmeza estos derechos del hombre y del pueblo.

Contemplad la invocación de bendición de la liturgia de hoy con las palabras del Profeta Malaquías: "que surja el 'sol' de justicia" y sus rayos puedan traer la salvación (4, 2) ¡para todos!

6. En el Evangelio de hoy dice también Cristo: «Mirad que no os dejéis engañar, porque muchos vendrán en mi nombre diciendo "soy yo" y "el tiempo está cerca"» ( Lc 21, 8).

¿Queridos hermanos y hermanas! Os rogamos que permanezcáis firmes en la verdad del Evangelio. Recorred bajo su luz el camino de la justicia y de la paz. Nadie debe apartarnos de él.

Cristo continúa diciendo: "Pondrán sobre vosotros las manos y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y metiéndoos en prisión, conduciéndoos ante los reyes y gobernadores por amor de mi nombre" (Lc 21, 12).

¡Queridos hermanos y hermanas! Oremos por todos los hombres del mundo. Oremos especialmente por nuestros hermanos en la fe cuyos derechos son lesionados. Oremos por todos aquellos que sufren opresión, a los que se les niega lo que se deriva del principio de la libertad de conciencia y de religión, dondequiera que esto pueda suceder sobre el orbe de la tierra.

Cristo dice finalmente: "Haced propósito de no preocuparos de vuestra defensa, porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados aun por los padres, por los hermanos, por los parientes y por los amigos, y harán morir a muchos de vosotros, y seréis aborrecidos de todos a causa de mi nombre. Pero no se perderá un sólo cabello de vuestra cabeza. Con vuestra paciencia compraréis (la salvación) de vuestras almas" (Lc 21, 14-19).

¡Queridos hermanos y hermanas! Pensemos en todos aquellos, también en los de vuestro país, que han mantenido heroicamente la fidelidad a esta Palabra de nuestro Salvador y Maestro. Oremos para que todos permanezcamos fieles. Roguemos al Señor, que nos envíe siempre su espíritu de fortaleza, principalmente en las horas y tiempos de prueba. Y que nosotros día a día demos testimonio de El.

7. Cristo dice: "Será para vosotros ocasión de dar testimonio" (Lc 21, 13). Demos gracias por estas palabras. Demos gracias por esta extraordinaria oportunidad de dar testimonio de un Evangelio de paz y justicia, aquí en Maguncia, junto a la tumba de aquel gran adalid y apóstol de este Evangelio, el obispo Wilhelm Emanuel von Ketteler.

Que surja el sol de justicia para todos los que honráis el nombre del Señor, y os haga partícipes de la salvación en sus rayos. Amén.

En esta feliz ocasión, deseo extender una palabra de saludo y gratitud a los miembros de la comunidad americana presentes hoy aquí. Vuestra colaboración en la preparación de esta reunión es digna de profundo aprecio. Pido al Espíritu de Dios que os dé en abundancia la justicia, la paz y la alegría que constituyen el reino de Dios. Y por nuestra parte, queridos hermanos y hermanas, trabajemos todos según las palabras de San Pablo "por la paz y por nuestra mutua edificación" (Rom 14, 19). Y que el amor de Dios permanezca siempre en vuestros corazones.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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