NOTA PRELIMINAR
El estudio del tema La Iglesia y las culpas del
pasado fue propuesto a la Comisión Teológica Internacional de
parte de su presidente, el cardenal Joseph Ratzinger, con vistas a
la celebración del Jubileo del año 2000. Para preparar este estudio
se formó una Subcomisión compuesta por el Rev. Christopher Begg, por
Mons. Bruno Forte (presidente), por el Rev. Sebastian Karotemprel,
S.D.B., por Mons. Roland Minnerath, por el Rev. Thomas Norris, por
el Rev. P. Rafael Salazar Cárdenas, M.Sp.S., y por Mons. Anton
Strukelj. Las discusiones generales sobre este tema se han
desarrollado en numerosos encuentros de la Subcomisión y durante las
sesiones plenarias de la misma Comisión Teológica Internacional,
tenidas en Roma en 1998 y en 1999. El presente texto ha sido
aprobado en forma específica, con el voto escrito de la
Comisión, y ha sido sometido después a su presidente, el cardenal J.
Ratzinger, prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, el
cual ha dado su aprobación para la publicación.
INTRODUCCIÓN
La Bula
de convocatoria del Año Santo del 2000 Incarnationis mysterium
(29 de noviembre de 1998) indica, entre los signos «que
oportunamente pueden servir para vivir con mayor intensidad la
insigne gracia del jubileo», la purificación de la memoria.
Ésta consiste en el proceso orientado a liberar la conciencia
personal y común de todas las formas de resentimiento o de violencia
que la herencia de culpas del pasado puede habernos dejado, mediante
una valoración renovada, histórica y teológica, de los
acontecimientos implicados, que conduzca, si resultara justo, a un
reconocimiento correspondiente de la culpa y contribuya a un camino
real de reconciliación. Un proceso semejante puede incidir de manera
significativa sobre el presente, precisamente porque las culpas
pasadas dejan sentir a menudo todavía el peso de sus consecuencias y
permanecen como otras tantas tentaciones también hoy día.
En cuanto tal, la purificación de la memoria requiere «un acto de
coraje y de humildad en el reconocimiento de las deficiencias
realizadas por cuantos han llevado y llevan el nombre de cristianos»
y se basa sobre la convicción de que «por aquel vínculo que, en el
Cuerpo místico, nos une los unos a los otros, todos nosotros
llevamos el peso de los errores y de las culpas de quienes nos han
precedido, aun no teniendo responsabilidad personal y sin pretender
sustituir aquí al juicio de Dios». Juan Pablo II añade: «Como
sucesor de Pedro pido que en este año de misericordia la Iglesia,
fuerte por la santidad que recibe de su Señor, se ponga de rodillas
ante Dios e implore el perdón por los pecados pasados y presentes de
sus hijos» 1. Al reafirmar después que «los cristianos
están invitados a asumir, ante Dios y ante los hombres ofendidos por
sus comportamientos, las deficiencias por ellos cometidas», el Papa
concluye: «Lo hacemos sin pedir nada a cambio, fuertes sólo por el
amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones (Rom
5,5)» 2.
Las peticiones de perdón hechas por el Obispo de
Roma en este espíritu de autenticidad y de gratuidad han suscitado
reacciones diversas. La confianza incondicional que el Papa ha
demostrado tener en la fuerza de la Verdad ha encontrado una acogida
generalmente favorable, en el interior y en el exterior de la
comunidad eclesial. No pocos han subrayado el incremento de
credibilidad de los pronunciamientos eclesiales, consiguiente a
estos comportamientos. No han faltado, sin embargo, algunas
reservas, expresión sobre todo del malestar unido a contextos
históricos y culturales particulares, en los que la simple admisión
de culpas cometidas por los hijos de la Iglesia puede asumir el
significado de una cesión ante las acusaciones de quien es, por
prejuicios, hostil a ella. Entre consenso y malestar se advierte la
necesidad de una reflexión que esclarezca las razones, las
condiciones y la exacta configuración de las peticiones de perdón
relativas a las culpas del pasado.
De esta necesidad ha intentado hacerse cargo,
elaborando el presente texto, la Comisión Teológica Internacional,
en la que están representadas culturas y sensibilidades diversas en
el interior de la única fe católica. En el texto se ofrece una
reflexión teológica sobre las condiciones de posibilidad de los
actos de purificación de la memoria, unidos al reconocimiento
de las culpas del pasado. Las preguntas a las que se intenta
responder son: ¿por qué llevar a cabo tales actos?, ¿quiénes son los
sujetos adecuados?, ¿cuál es su objeto y cómo determinarlo,
conjugando correctamente juicio histórico y juicio teológico?,
¿quiénes son los destinatarios?, ¿cuáles las implicaciones morales?,
¿cuáles los efectos posibles sobre la vida de la Iglesia y sobre la
sociedad? La finalidad del texto no es, por tanto, someter a examen
casos históricos particulares, sino esclarecer los presupuestos que
hagan fundado el arrepentimiento relativo a las culpas pasadas.
Haber precisado desde el comienzo el género de la
reflexión aquí presentada esclarece también a qué se hace referencia
cuando en ella se habla de la Iglesia: no se trata ni de la sola
institución histórica, ni de la sola comunión espiritual de los
corazones iluminados por la fe. Por Iglesia se entenderá siempre la
comunidad de los bautizados, inseparablemente visible y operante en
la historia bajo la guía de los pastores y unificada en la
profundidad de su misterio por la acción del Espíritu vivificante:
aquella Iglesia que, según las palabras del Concilio Vaticano II,
«por una analogía no mediocre se asemeja al misterio del Verbo
encarnado. Pues así como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino
como órgano de salvación unido a Él indisolublemente, de forma no
desemejante el organismo social de la Iglesia está al servicio del
Espíritu de Cristo, que lo vivifica, para el incremento del cuerpo
(cf. Ef 4,16)» 3. Esta Iglesia, que abraza a sus
hijos del pasado y del presente en una comunión real y profunda, es
la única madre en la gracia, que asume sobre sí el peso de las
culpas también pasadas, para purificar la memoria y vivir la
renovación del corazón y de la vida según la voluntad del Señor.
Ella puede hacerlo en cuanto que Cristo Jesús, de quien es el Cuerpo
místicamente prolongado en la historia, ha asumido sobre sí de una
vez para siempre los pecados del mundo.
La estructura del texto refleja las preguntas
planteadas: parte de un breve reexamen histórico del tema (cap. 1),
para poder indagar después el fundamento bíblico (cap. 2) y
profundizar en las condiciones teológicas de las peticiones de
perdón (cap. 3). La conjugación precisa de juicio histórico y de
juicio teológico es elemento decisivo para llegar a pronunciamientos
correctos y eficaces, que tengan en cuenta adecuadamente los
tiempos, los lugares y los contextos en los que se sitúan los actos
considerados (cap. 4). A las implicaciones morales (cap. 5),
pastorales y misioneras (cap. 6) de estos actos de arrepentimiento
relativos a las culpas del pasado están dedicadas las
consideraciones finales, que naturalmente tienen un valor específico
para la Iglesia católica. No obstante, en el convencimiento de que
la exigencia de reconocer las propias culpas tiene razón de ser para
todos los pueblos y para todas las religiones, se formula el deseo
de que las reflexiones propuestas puedan ayudar a todos para avanzar
en un camino de verdad, de diálogo fraterno y de reconciliación.
Y, como conclusión de esta introducción, no será
inútil recordar la finalidad última de todo posible acto de
purificación de la memoria, llevado a cabo por creyentes, pues
ha inspirado también el trabajo de la Comisión: se trata de la
glorificación de Dios, ya que vivir la obediencia a la Verdad divina
y a sus exigencias conduce a confesar conjuntamente con nuestras
culpas la misericordia y la justicia eterna del Señor. La
confessio peccati, sostenida e iluminada por la fe en la Verdad
que libera y salva (confessio fidei), se convierte en
confessio laudis dirigida a Dios, en cuya sola presencia es
posible reconocer las culpas del pasado y las del presente, para
dejarse reconciliar por Él y con Él en Jesucristo, único Salvador
del mundo, y hacerse capaces de ofrecer el perdón a cuantos nos
hubieran ofendido. Este ofrecimiento de perdón aparece
particularmente significativo si se piensa en tantas persecuciones
como los cristianos han sufrido a lo largo de la historia. En esta
perspectiva, los actos llevados a cabo y requeridos por el Papa
respecto a las culpas del pasado, representan un valor ejemplar y
profético, tanto para las religiones, cuanto para los gobiernos y
las naciones, como para la Iglesia católica, que podrá verse así
ayudada a vivir de manera más eficaz el gran Jubileo de la
encarnación como acontecimiento de gracia y de reconciliación para
todos.
CAPÍTULO I
EL PROBLEMA: AYER Y HOY
1. Antes del Vaticano II
El Jubileo se ha vivido siempre en la Iglesia como un
tiempo de alegría por la salvación otorgada en Cristo y como una
ocasión privilegiada de penitencia y de reconciliación por los
pecados presentes en la vida del Pueblo de Dios. Desde su primera
celebración bajo Bonifacio VIII en el año 1300, el peregrinaje
penitencial a la tumba de los apóstoles Pedro y Pablo ha estado
asociado a la concesión de una indulgencia excepcional para
procurar, con el perdón sacramental, la remisión total o parcial de
las penas temporales debidas por los pecados 4. En este
contexto, tanto el perdón sacramental como la remisión de las penas
revisten un carácter personal. A lo largo del «año de perdón y de
gracia» 5, la Iglesia dispensa en modo particular el
tesoro de gracias que Cristo ha constituido en su favor 6.
En ninguno de los jubileos celebrados hasta ahora ha estado
presente, sin embargo, una toma de conciencia de eventuales culpas
del pasado de la Iglesia, ni tampoco de la necesidad de pedir perdón
a Dios por los comportamientos del pasado próximo o remoto.
Más aún, en la historia entera de la Iglesia no se
encuentran precedentes de peticiones de perdón relativas a culpas
del pasado, que hayan sido formuladas por el Magisterio. Los
concilios y las decretales papales sancionaban, ciertamente, los
abusos de que se hubieran hecho culpables clérigos o laicos, y no
pocos pastores se esforzaban sinceramente en corregirlos. Sin
embargo, han sido muy raras las ocasiones en las que las autoridades
eclesiales (Papa, obispos o concilios) han reconocido abiertamente
las culpas o los abusos de los que ellas mismas se habían hecho
culpables. Un ejemplo célebre lo proporciona el papa reformador
Adriano VI, quien reconoció abiertamente, en un mensaje a la Dieta
de Nurenberg del 25 de noviembre de 1522, «las abominaciones, los
abusos [...] y las prevaricaciones» de las que se había hecho
culpable «la corte romana» de su tiempo, «enfermedad [...]
profundamente arraigada y desarrollada», extendida «desde la cabeza
a los miembros» 7. Adriano VI deploraba culpas
contemporáneas, precisamente las de su predecesor inmediato León X y
las de su curia, sin asociar todavía a ello, no obstante, una
petición de perdón.
Será necesario esperar hasta Pablo VI para ver cómo un
Papa expresa una petición de perdón dirigida tanto a Dios como a un
grupo de contemporáneos. En el discurso de apertura de la segunda
sesión del Concilio, el Papa «pide perdón a Dios [...] y a los
hermanos separados» de Oriente que se sientan ofendidos «por
nosotros» (Iglesia católica) y se declara dispuesto, por parte suya,
a perdonar las ofensas recibidas. En la óptica de Pablo VI, la
petición y la oferta de perdón se referían únicamente al pecado de
la división entre los cristianos y presuponían la reciprocidad.
2. La enseñanza del Concilio
El Vaticano II se pone en la misma perspectiva
que Pablo VI. Por las culpas cometidas contra la unidad, afirman los
Padres conciliares, «pedimos perdón a Dios y a los hermanos
separados, así como nosotros perdonamos a quienes nos hayan
ofendido» 8. Además de las culpas contra la unidad, el
Concilio señala otros episodios negativos del pasado en los cuales
los cristianos han tenido alguna responsabilidad. Así, «deplora
ciertas actitudes mentales que no han faltado a veces entre los
propios cristianos» y que han podido hacer pensar en una oposición
entre la ciencia y la fe 9. De manera semejante,
considera que «en la génesis del ateísmo» los cristianos han podido
tener «una cierta responsabilidad», en la medida en que con su
negligencia «han velado más bien que revelado el genuino rostro de
Dios y de la religión» 10. Además, el Concilio «deplora»
las persecuciones y manifestaciones de antisemitismo llevadas a cabo
«en cualquier tiempo y por cualquier persona» 11. El
Concilio, sin embargo, no asocia a los hechos citados una petición
de perdón.
Desde el punto de vista teológico, el Vaticano II
distingue entre la fidelidad indefectible de la Iglesia y las
debilidades de sus miembros, clérigos o laicos, ayer como hoy
12; por tanto, entre ella, esposa de Cristo «sin mancha ni
arruga [...] santa e inmaculada» (cf. Ef 5,27), y sus hijos,
pecadores perdonados, llamados a la metanoia permanente, a la
renovación en el Espíritu Santo. «La Iglesia, recibiendo en su
propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada de
purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la
renovación» 13.
El Concilio ha elaborado también algunos criterios de
discernimiento respecto a la culpabilidad o a la responsabilidad de
los vivos por las culpas pasadas. En efecto, en dos contextos
diferentes, ha recordado la no imputabilidad a los contemporáneos de
culpas cometidas en el pasado por miembros de sus comunidades
religiosas:
— «Lo que en su pasión (de Cristo) se perpetró no puede ser imputado
ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los
judíos de hoy» 14.
— «Comunidades no pequeñas se separaron de la plena comunión de la
Iglesia católica, a veces no sin culpa de los hombres por una y otra
parte. Sin embargo, quienes ahora nacen en esas comunidades y se
nutren con la fe de Cristo no pueden ser acusados de pecado de
separación, y la Iglesia católica los abraza con fraterno respeto y
amor» 15.
En el primer Año Santo celebrado después del Concilio,
en 1975, Pablo VI había dado como tema «renovación y reconciliación»
16, precisando, en la Exhortación apostólica paterna Cum
benevolentia, que la reconciliación debía sobre todo llevarse a
cabo entre los fieles de la Iglesia católica 17. Como en
sus orígenes, el Año Santo seguía siendo una ocasión de conversión y
de reconciliación de los pecadores con Dios, a través de la economía
sacramental de la Iglesia.
3. Las peticiones de perdón
de Juan Pablo II
Juan Pablo II no sólo renueva el lamento por las
«dolorosas memorias» que han ido marcando la historia de las
divisiones entre los cristianos, como habían hecho Pablo VI y el
Concilio Vaticano II 18, sino que extiende la petición de
perdón también a una multitud de hechos históricos, en los cuales la
Iglesia o grupos particulares de cristianos han estado implicados
por diversos motivos 19. En la Carta apostólica Tertio
millennio adveniente 20, el Papa desea que el Jubileo
del Año 2000 sea la ocasión para una purificación de la memoria de
la Iglesia de «todas las formas de contratestimonio y de escándalo»,
que se han sucedido en el curso del milenio pasado 21.
La Iglesia es invitada a «asumir con conciencia más
viva el pecado de sus hijos». Ella «reconoce como suyos a los hijos
pecadores», y los anima a «purificarse, en el arrepentimiento, de
los errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes» 22.
La responsabilidad de los cristianos en los males de nuestro tiempo
es igualmente evocada 23, si bien el acento recae
particularmente sobre la solidaridad de la Iglesia de hoy con las
culpas pasadas, de las que algunas son explícitamente mencionadas,
como la división entre los cristianos 24 o los «métodos
de violencia y de intolerancia» utilizados en el pasado para
evangelizar 25.
El mismo Juan Pablo II estimula a profundizar
teológicamente la asunción de las culpas del pasado y la eventual
petición de perdón a los contemporáneos 26, cuando, en la
exhortación Reconciliatio et paenitentia, afirma que en el
sacramento de la penitencia «el pecador se encuentra solo ante Dios
con su culpa, su arrepentimiento y su confianza. Nadie puede
arrepentirse en lugar suyo o pedir perdón en su nombre». El pecado
es, por tanto, siempre personal, también cuando hiere a la Iglesia
entera que, representada por el sacerdote ministro de la penitencia,
es mediadora sacramental de la gracia que reconcilia con Dios
27. También las situaciones de «pecado social», que se
verifican en el interior de las comunidades humanas cuando se
lesionan la justicia, la libertad y la paz, «son siempre el fruto,
la acumulación y la concentración de pecados personales». En el caso
de que la responsabilidad moral quedara diluida en causas anónimas,
entonces no se podría hablar de pecado social más que por analogía
28. De donde se deduce que la imputabilidad de una culpa no
puede extenderse propiamente más allá del grupo de personas que han
consentido en ella voluntariamente, mediante acciones o por
omisiones o por negligencia.
4. Las cuestiones planteadas
La Iglesia es una sociedad viva que atraviesa los
siglos. Su memoria no está sólo constituida por la tradición que se
remonta a los Apóstoles, normativa para su fe y para su vida, sino
que es también rica por la variedad de las experiencias históricas,
positivas y negativas, que ella ha vivido. El pasado de la Iglesia
estructura en amplia medida su presente. La tradición doctrinal,
litúrgica, canónica y ascética nutre la vida misma de la comunidad
creyente, ofreciéndole un muestrario incomparable de modelos a
imitar. A través del peregrinaje terreno, sin embargo, el grano
bueno permanece siempre mezclado con la cizaña de manera
inextricable, la santidad se establece al lado de la infidelidad y
del pecado 29. Y así es como el recuerdo de los
escándalos del pasado puede obstaculizar el testimonio de la Iglesia
de hoy y el reconocimiento de las culpas cometidas por los hijos de
la Iglesia de ayer puede favorecer la renovación y la reconciliación
en el presente.
La dificultad que se perfila es la de definir las
culpas pasadas, a causa sobre todo del juicio histórico que esto
exige, ya que en lo acontecido se ha de distinguir siempre la
responsabilidad o la culpa atribuible a los miembros de la Iglesia
en cuanto creyentes, de aquella referible a la sociedad de los
siglos llamados «de cristiandad» o a las estructuras de poder en las
que lo temporal y lo espiritual se hallaban entonces estrechamente
entrelazados. Una hermenéutica histórica es, por tanto, necesaria
más que nunca, para hacer una distinción adecuada entre la acción de
la Iglesia en cuanto comunidad de fe y la acción de la sociedad en
tiempos de ósmosis entre ellas.
Los pasos llevados a cabo por Juan Pablo II para pedir
perdón de las culpas del pasado han sido comprendidos en muchísimos
ambientes, eclesiales y no eclesiales, como signos de vitalidad y de
autenticidad de la Iglesia, tales como para reforzar su
credibilidad. Es justo, por otra parte, que la Iglesia contribuya a
modificar imágenes de sí falsas e inaceptables, especialmente en los
campos en los que, por ignorancia o por mala fe, algunos sectores de
opinión se complacen en identificarla con el oscurantismo y con la
intolerancia. Las peticiones de perdón formuladas por el Papa han
suscitado también una emulación positiva en el ámbito eclesial y más
allá de él. Jefes de estado o de gobierno, sociedades privadas y
públicas, comunidades religiosas piden actualmente perdón por
episodios o períodos históricos marcados por injusticias. Esta
praxis no es en absoluto retórica, tanto que algunos dudan en
acogerla al calcular los costes consiguientes a un reconocimiento de
solidaridad con las culpas pasadas, entre otros en el plano
judicial. También desde este punto de vista urge, por tanto, un
discernimiento riguroso.
No faltan, sin embargo, fieles desconcertados, en
cuanto que su lealtad hacia la Iglesia parece quedar alterada.
Algunos de ellos se preguntan cómo transmitir el amor a la Iglesia a
las jóvenes generaciones, si esta misma Iglesia está imputada por
crímenes y por culpas. Otros observan que el reconocimiento de las
culpas es al menos unilateral y se ve aprovechado por los
detractores de la Iglesia, satisfechos al verla confirmar los
prejuicios que ellos mantienen a su respecto. Otros ponen en guardia
ante la culpabilización arbitraria de generaciones actuales de
creyentes por deficiencias en las que ellos no han consentido en
modo alguno, aun declarándose dispuestos a asumir su responsabilidad
en la medida en que grupos humanos se pudieran sentir todavía hoy
afectados por las consecuencias de injusticias sufridas en otros
tiempos por sus predecesores. Algunos, además, retienen que la
Iglesia podrá purificar su memoria respecto a las acciones ambiguas
en las que ha estado implicada en el pasado tomando simplemente
parte en el trabajo crítico sobre la memoria, que se está
desarrollando en nuestra sociedad. Así, ella podría afirmar
condividir con sus contemporáneos el rechazo de lo que la conciencia
moral actual reprueba, sin proponerse como la única culpable y
responsable de los males del pasado, buscando al mismo tiempo el
diálogo en la comprensión recíproca con cuantos se sintieran todavía
hoy heridos por hechos pasados imputables a los hijos de la Iglesia.
Finalmente, es de esperarse que algunos grupos puedan reclamar una
petición de perdón en relación con ellos, o por analogía con otros o
porque retengan haber sufrido comportamientos ofensivos. En
cualquier caso, la purificación de la memoria no podrá significar
jamás que la Iglesia renuncie a proclamar la verdad revelada que le
ha sido confiada, tanto en el campo de la fe como en el de la moral.
Se perfilan así diversos interrogantes: ¿se puede hacer
pesar sobre la conciencia actual una culpa vinculada a
fenómenos históricos irrepetibles, como las cruzadas o la
inquisición? ¿No es demasiado fácil juzgar a los protagonistas del
pasado con la conciencia actual (como hacen escribas y fariseos,
según Mt 23,29-32), como si la conciencia moral no se
hallara situada en el tiempo? ¿Se puede acaso, por otra parte, negar
que el juicio ético siempre tiene vigencia, por el simple hecho de
que la verdad de Dios y sus exigencias morales siempre tienen valor?
Cualquiera que sea la actitud a adoptar, ésta debe confrontarse con
estos interrogantes y buscar respuestas que estén fundadas en la
revelación y en su transmisión viva en la fe de la Iglesia. La
cuestión prioritaria es, por tanto, la de esclarecer en qué medida
las peticiones de perdón por las culpas del pasado, sobre todo
cuando se dirigen a grupos humanos actuales, entran en el horizonte
bíblico y teológico de la reconciliación con Dios y con el prójimo.
CAPÍTULO II
APROXIMACIÓN BÍBLICA
Es posible desarrollar de varios modos una indagación sobre el
reconocimiento que Israel hace de sus culpas en el Antiguo
Testamento y sobre el tema de la confesión de las culpas tal como
ésta se presenta en las tradiciones del Nuevo Testamento
30. La naturaleza teológica de la reflexión aquí llevada a
cabo induce a privilegiar una aproximación de tipo prevalentemente
temático, partiendo de la pregunta siguiente: ¿qué trasfondo ofrece
el testimonio de la Sagrada Escritura a la invitación que Juan Pablo
II hace a la Iglesia para que confiese las culpas del pasado?
1. El Antiguo Testamento
Confesiones de pecado y consecuentes peticiones de
perdón se encuentran en toda la Biblia, tanto en las narraciones del
Antiguo Testamento, como en los salmos, en los profetas, en los
evangelios, así como, más esporádicamente, en la literatura
sapiencial y en las cartas del Nuevo Testamento. Dada la abundancia
y difusión de estos testimonios, se plantea la pregunta de cómo
seleccionar y catalogar el conjunto de los textos significativos.
Puede preguntarse acerca de los textos bíblicos relativos a la
confesión de los pecados: ¿quién está confesando qué cosa (y qué
género de culpa) a quién? Plantear así la cuestión ayuda a
distinguir dos categorías principales de «textos de confesión», cada
una de las cuales comprende diversas subcategorías, a saber: a)
textos de confesión de pecados individuales; b) textos de
confesión de los pecados del pueblo entero (y de aquellos de sus
antepasados). En relación con la reciente praxis eclesial, de la que
parte nuestra investigación, conviene restringir el análisis a la
segunda categoría.
En ella pueden identificarse diversas posibilidades,
según quién haga la confesión de los pecados del pueblo y quién esté
asociado o no a la culpa común, prescindiendo de la presencia o no
de una conciencia de la responsabilidad personal (madurada sólo de
manera progresiva; cf. Ez 14,12-23; 18,1-32; 33,10-20).
Basándose en estos criterios, pueden distinguirse los siguientes
casos, por otra parte más bien flexibles:
— Una primera serie de textos representa al pueblo entero (a veces
personificado como un «Yo» singular), el cual, en un momento
particular de su historia, confiesa o alude a sus pecados contra
Dios sin ninguna referencia (explícita) a las culpas de las
generaciones precedentes 31.
— Otro grupo de textos sitúa la confesión de los pecados actuales
del pueblo, dirigida a Dios, en los labios de uno o más jefes
(religiosos), que pueden o no incluirse explícitamente en el pueblo
pecador por el cual oran 32.
— Un tercer grupo de textos presenta al pueblo o a uno de sus jefes
en el acto de evocar los pecados de los antepasados, sin mencionar,
no obstante, los de la generación presente 33.
— Con más frecuencia, las confesiones que mencionan las culpas de
los antepasados las vinculan expresamente a los errores de la
generación presente 34.
De los testimonios recogidos resulta que en todos los
casos donde son mencionados los «pecados de los padres» la confesión
está dirigida únicamente a Dios y los pecados confesados desde el
pueblo o por el pueblo son aquellos cometidos directamente contra
Él, más bien que los cometidos (también) contra otros seres humanos
(sólo en Núm 27,7 se hace alusión a una parte humana ofendida,
Moisés) 35. Surge la cuestión de por qué los escritores
bíblicos no han sentido la necesidad de peticiones de perdón
dirigidas a interlocutores presentes a propósito de culpas cometidas
por los padres, a pesar de su fuerte sentido de la solidaridad entre
las generaciones, tanto en el bien como en el mal (se piense en la
idea de la personalidad corporativa). Varias hipótesis
podrían avanzarse como respuesta a esta cuestión. Hay, sobre todo,
el difuso teocentrismo de la Biblia, que da la precedencia al
reconocimiento tanto individual como nacional de las culpas
cometidas contra Dios. Además, actos de violencia perpetrados por
Israel contra otros pueblos, que parecerían exigir una petición de
perdón a aquellos pueblos o a sus descendientes, son comprendidos
como la ejecución de directrices divinas respecto a ellos, como, por
ejemplo, Jos 2-11 y Dt 7,2 (el exterminio de los
cananeos) o 1 Sam 15 y Dt 25,19 (la destrucción de
los amalecitas). En tales casos, el mandato divino implicado
parecería excluir toda posible petición de perdón que habría de
hacerse 36. Las experiencias de malos tratos por parte de
otros pueblos, sufridas por Israel, y la animosidad así suscitada,
podrían haber militado también contra la idea de pedir perdón a
estos pueblos por el mal causado a ellos 37.
Queda, a pesar de todo, como algo relevante en el
testimonio bíblico el sentido de la solidaridad intergeneracional en
el pecado (y en la gracia), que se expresa en la confesión ante Dios
de los «pecados de los antepasados», tanto que, citando la
espléndida oración de Azarías, Juan Pablo II ha podido afirmar:
«“Bendito eres tú, Señor, Dios de nuestros padres [...] nosotros
hemos pecado, hemos actuado como inicuos, alejándonos de ti, hemos
faltado en todo modo y manera. No hemos obedecido tus mandatos” (Dan
3,26.29). Así oraban los hebreos después del exilio (cf. también Bar
2,11-13), haciéndose cargo de las culpas cometidas por sus padres.
La Iglesia imita su ejemplo y pide perdón por las culpas también
históricas de sus hijos» 38.
2. El Nuevo Testamento
Un tema fundamental, unido a la idea de la culpa
y ampliamente presente en el Nuevo Testamento, es el de la absoluta
santidad de Dios. El Dios de Jesús es el Dios de Israel (cf. Jn
4,22), invocado como «Padre santo» (Jn 17,11), llamado «el
Santo» en 1 Jn 2,20 (cf. Ap 6,10). La triple
proclamación de Dios como «santo» en Is 6,3 retorna en Ap
4,8, mientras que 1 Pe 1,16 insiste en el hecho de que los
cristianos deben ser santos «porque está escrito: vosotros seréis
santos, porque yo soy santo» (cf. Lev 11,44-45; 19,2). Todo
esto refleja la noción véterotestamentaria de la absoluta santidad
de Dios. Sin embargo, para la fe cristiana la santidad divina ha
entrado en la historia en la persona de Jesús de Nazaret: la noción
véterotestamentaria no se ha visto abandonada, sino desarrollada, en
el sentido de que la santidad de Dios se hace presente en la
santidad del Hijo encarnado (cf. Mc 1,24; Lc 1,35;
4,34; Jn 6,69; Hch 4,27.30; Ap 3,7), y la
santidad del Hijo está participada por los «suyos» (cf. Jn
17,16-19), hechos hijos en el Hijo (cf. Gál 4,4-6; Rom
8,14-17). No puede darse, sin embargo, aspiración alguna a la
filiación divina en Jesús mientras no se dé amor al prójimo (cf.
Mc 12,29-31; Mt 22,37-38; Lc 10,27-28).
Este motivo, decisivo en la enseñanza de Jesús, se
convierte en el «mandamiento nuevo» en el evangelio de Juan: los
discípulos deberán amar como Él ha amado (cf. Jn 13,34-35;
15,12.17), es decir, perfectamente, «hasta el fin» (Jn 13,1).
El cristiano, por tanto, está llamado a amar y a perdonar según una
medida que trasciende toda medida humana de justicia y produce una
reciprocidad entre los seres humanos, que refleja la existente entre
Jesús y el Padre (cf. Jn 13,34s; 15,1-11; 17,21-26). En esta
óptica se da un gran relieve al tema de la reconciliación y del
perdón de las ofensas. A sus discípulos Jesús les pide estar siempre
dispuestos a perdonar a cuantos les hayan ofendido, así como Dios
mismo ofrece siempre su perdón: «Perdona nuestras deudas así como
nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12.12-15).
Quien se halla en grado de perdonar al prójimo demuestra haber
comprendido la necesidad que personalmente tiene del perdón de Dios.
El discípulo está invitado a perdonar «hasta setenta veces siete» a
quien le ofende, incluso aunque éste no pidiera perdón (Mt
18,21-22).
Jesús insiste sobre la actitud requerida de la persona
ofendida respecto a sus ofensores: ella está llamada a dar el primer
paso, cancelando la ofensa mediante el perdón ofrecido «de corazón»
(cf. Mt 18,35; Mc 11,25), consciente de ser ella
misma pecadora ante Dios, quien jamás rechaza el perdón invocado con
sinceridad. En Mt 5,23-24 Jesús pide al ofensor «ir a
reconciliarse con el propio hermano, que tenga algo contra él»,
antes de presentar su ofrenda sobre el altar: no es agradable a Dios
un acto de culto llevado a cabo por quien no quiera reparar primero
el daño causado al propio prójimo. Lo que cuenta es cambiar el
propio corazón y mostrar de manera adecuada que se quiere realmente
la reconciliación. El pecador, no obstante, en la conciencia de que
sus pecados hieren al mismo tiempo su relación con Dios y con el
prójimo (cf. Lc 15,21), puede esperarse el perdón solamente
de Dios, ya que solamente Dios es siempre misericordioso y dispuesto
a cancelar los pecados. Éste es también el significado del
sacrificio de Cristo, que de una vez para siempre nos ha purificado
de nuestros pecados (cf. Heb 9,22; 10,18). Así, el ofensor y
el ofendido son reconciliados por Dios en la misericordia suya, que
a todos acoge y perdona.
En este cuadro, que podría ampliarse mediante el
análisis de las cartas de Pablo y de las cartas católicas, no hay
indicio alguno de que la Iglesia de los orígenes haya dirigido su
atención a los pecados del pasado para pedir perdón. Lo cual puede
explicarse por la fuerte conciencia de la novedad cristiana, que
proyecta a la comunidad más bien hacia el futuro que hacia el
pasado. No obstante, se encuentra una insistencia más amplia y
sutil, que atraviesa el Nuevo Testamento: en los evangelios y en las
cartas la ambivalencia propia de la experiencia cristiana se halla
ampliamente reconocida. Para Pablo, por ejemplo, la comunidad
cristiana es un pueblo escatológico, que vive ya la «nueva creación»
(cf. 2 Cor 5,17; Gál 6,15), pero esta experiencia,
hecha posible por la muerte y resurrección de Jesús (cf. Rom
3,21-26; 5,6-11; 8,1-11; 1 Cor 15,54-57), no nos libra de la
inclinación al pecado, presente en el mundo a causa de la caída de
Adán. Como resultado de la intervención divina en y a través de la
muerte y resurrección de Jesús, hay ahora dos escenarios posibles:
la historia de Adán y la de Cristo. Ambas discurren la una al lado
de la otra y el creyente deberá contar sobre la muerte y la
resurrección del Señor Jesús (cf., p. ej., Rom 6,1-11;
Gál 3,27-28; Col 3,10; 2 Cor 5,14-15) para ser
parte de la historia en la que «sobreabunda la gracia» (cf. Rom
5,12-21).
Una tal relectura teológica del acontecimiento pascual
de Cristo muestra cómo la Iglesia de los orígenes tenía una
conciencia aguda de las posibles deficiencias de los bautizados. Se
podría decir que el entero corpus paulinum llama a los
creyentes a un reconocimiento pleno de su dignidad, aun contando con
la conciencia viva de la fragilidad de su condición humana: «Cristo
nos ha liberado para que permanezcamos libres; manteneos, pues,
firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la
esclavitud» (Gál 5,19). Un motivo análogo puede hallarse en
las narraciones de los evangelios. Emerge incisivamente en Marcos,
donde las carencias de los discípulos de Jesús son uno de los temas
dominantes de la narración (cf. Mc 4,40-41; 6,36-37.51-52;
8,14-21.31-33; 9,5-6.32-41; 10,32-45; 14,10-11.17-21.50; 16,8). El
mismo motivo retorna en todos los evangelistas, aunque se halle
comprensiblemente difuminado. Judas y Pedro son, respectivamente, el
traidor y el que reniega de su Maestro, si bien Judas llega a la
desesperación por la acción cometida (cf. Hch 1,15-20),
mientras que Pedro se arrepiente (cf. Lc 22,61s) y llega a la
triple profesión de amor (cf. Jn 21,15-19). En Mateo, incluso
durante la aparición final del Señor resucitado, mientras los
discípulos lo adoran, «algunos todavía dudaban» (Mt 28,17).
El cuarto evangelio presenta a los discípulos como aquellos a los
cuales se les ha otorgado un amor inconmensurable, a pesar de que su
respuesta esté hecha de ignorancia, deficiencias, negaciones y
traición (cf. 13,1-38).
Esta constante presentación de los discípulos llamados
a seguir a Jesús, que titubean al abandonarse al pecado, no es
simplemente una relectura crítica de los orígenes. Los relatos se
hallan planteados de tal modo que se dirigen a todo discípulo
sucesivo de Cristo que se halle en dificultad y contemple el
Evangelio como la propia guía e inspiración. Por otra parte, el
Evangelio está lleno de recomendaciones a portarse bien, a vivir un
nivel más alto de compromiso, a evitar el mal (cf., p. ej., Sant
1,5-8.19-21; 2,1-7; 4,1-10; 1 Pe 1,13-25; 2 Pe
2,1-22; Jud 3-13; 1 Jn 1,5-10; 2,1-11.18-27; 4,1-6;
2 Jn 7-11; 3 Jn 9-10). No hay, sin embargo, ninguna
llamada explícita, dirigida a los primeros cristianos, a confesar
las culpas del pasado, si bien es ciertamente muy significativo el
reconocimiento de la realidad del pecado y del mal en el interior
del pueblo llamado a la existencia escatológica, propia de la
condición cristiana (se piense sólo en los reproches contenidos en
las cartas a las siete Iglesias del Apocalipsis). Según la petición
que se encuentra en la oración del Señor, este pueblo invoca:
«Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a
todo deudor nuestro» (Lc 11,4; cf. Mt 6,12). Los
primeros cristianos, en fin de cuentas, manifiestan ser bien
conscientes de poder comportarse en manera no correspondiente a la
vocación recibida, no viviendo el bautismo de la
muerte y resurrección de Jesús, con el cual habían sido bautizados.
3. El Jubileo bíblico
Un significativo trasfondo bíblico de la
reconciliación vinculada a la superación de situaciones pasadas lo
representa la celebración del Jubileo, tal como está regulada en el
libro del Levítico (cap. 25). En una estructura social hecha de
tribus, clanes y familias se creaban inevitablemente situaciones de
desorden cuando individuos o familias de condiciones precarias
debían «rescatarse» a sí mismos de las propias dificultades,
entregando la propiedad de su tierra o casa, siervos o hijos a
aquellos que se encontraban en condiciones mejores que las suyas. Un
sistema como éste producía el efecto de que algunos israelitas
llegaban a sufrir situaciones intolerables de deuda, pobreza y
esclavitud, para beneficio de otros hijos de Israel, en aquella
misma tierra que les había sido dada por Dios. Todo esto podía traer
consigo que, en períodos más o menos largos de tiempo, un territorio
o un clan cayeran en las manos de pocos ricos, mientras que el resto
de las familias del clan llegaba a encontrarse en una forma tal de
endeudamiento o de esclavitud que les obligaba a vivir en total
dependencia de los más acomodados.
La legislación de Lev 25 constituye un intento
de subvertir todo esto (¡hasta el punto de poder dudar que jamás se
haya puesto en práctica de una manera plena!); la legislación
convocaba la celebración del Jubileo cada cincuenta años con el fin
de preservar el tejido social del pueblo de Dios y restituir la
independencia también a la familia más pequeña del país. Para
Lev 25 es decisiva la repetición regular de la confesión de fe
de Israel en el Dios que ha liberado a su pueblo a través del éxodo:
«Yo soy el Señor, vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto,
para daros la tierra de Canaán y ser vuestro Dios» (Lev
25,38; cf. vv.42.45). La celebración del Jubileo era una admisión
implícita de culpa y un intento de restablecer un orden justo. Todo
sistema que llevara a la alienación de cualquier israelita, esclavo
en otro tiempo, pero ahora liberado por el brazo poderoso de Dios,
venía de hecho a desmentir la acción salvífica divina en el éxodo y
a través del éxodo.
La liberación de las víctimas y de los que sufren se
convierte en parte del más amplio programa de los profetas. El
Déutero-Isaías, en los poemas del Siervo sufriente (Is
42,1-9; 49,1-6; 50,13-53,12), desarrolla estas alusiones a la
práctica del Jubileo juntamente con los temas del rescate y de la
libertad, del retorno y de la redención. Isaías 58 es un ataque
contra la observancia ritual que no tiene en cuenta la justicia
social, una llamada a la liberación de los oprimidos (Is
58,6), centrada específicamente en las obligaciones de parentesco
(v.7). Más claramente, Isaías 61 usa las imágenes del Jubileo para
representar al Ungido como el heraldo de Dios enviado a
«evangelizar» a los pobres, a proclamar la libertad a los
prisioneros y a anunciar el año de gracia del Señor.
Significativamente es este mismo texto, con una alusión a Isaías
58,6, el que Jesús usa para presentar la finalidad de su vida y de
su ministerio en Lucas 4,17-21.
4. Conclusión
De todo lo dicho se puede concluir que la llamada
dirigida por Juan Pablo II a la Iglesia para que caracterice el año
jubilar con una admisión de culpa por todos los sufrimientos y las
ofensas de que se han hecho responsables en el pasado sus hijos
39, así como la praxis unida a ello, no encuentran una
verificación unívoca en el testimonio bíblico. Sin embargo, se basan
en todo lo que la Sagrada Escritura afirma respecto a la santidad de
Dios, a la solidaridad intergeneracional de su pueblo y al
reconocimiento de su ser pecador. La apelación del Papa asume,
además, correctamente el espíritu del Jubileo bíblico, que requiere
que sean llevados a cabo actos destinados a restablecer el orden del
designio originario de Dios sobre la creación. Esto exige que la
proclamación del hoy del Jubileo, iniciado por Jesús (cf.
Lc 4,21), se continúe en la celebración jubilar de su Iglesia.
Además, esta singular experiencia de gracia empuja al pueblo de Dios
todo entero, así como a cada uno de los bautizados, a tomar una
conciencia todavía mayor del mandato recibido del Señor para estar
siempre dispuestos a perdonar las ofensas recibidas.
CAPÍTULO III
FUNDAMENTOS TEOLÓGICOS
«Es justo que, mientras el segundo milenio del cristianismo llega a
su fin, la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado de
sus hijos recordando todas las circunstancias en las que, a lo largo
de la historia, se han alejado del espíritu de Cristo y de su
evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida
inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar
y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de
escándalo. La Iglesia, aun siendo santa por su incorporación a
Cristo, no se cansa de hacer penitencia: ella reconoce siempre como
suyos, delante de Dios y delante de los hombres, a los hijos
pecadores» 40. Estas palabras de Juan Pablo II
subrayan cómo la Iglesia se encuentra afectada por el pecado de sus
hijos: santa, en cuanto hecha tal por el Padre mediante el
sacrificio del Hijo y el don del Espíritu, es en un cierto sentido
también pecadora, en cuanto asume realmente sobre ella el pecado de
aquellos a quienes ha engendrado en el bautismo, análogamente a como
Cristo Jesús ha asumido el pecado del mundo (cf. Rom 8,3;
2 Cor 5,21; Gál 3,13; 1 Pe 2,24) 41.
Por otra parte, pertenece a la más profunda autoconciencia eclesial
en el tiempo el convencimiento de que la Iglesia no es sólo una
comunidad de elegidos, sino que comprende en su seno justos y
pecadores, del presente y del pasado, en la unidad del misterio que
la constituye. De hecho, tanto en la gracia como en la herida del
pecado, los bautizados de hoy son convecinos y solidarios con los de
ayer. Por ello se puede decir que la Iglesia, una en el tiempo y en
el espacio en Cristo y en el Espíritu, es verdaderamente «santa al
mismo tiempo y siempre necesitada de purificación» 42. De
esta paradoja, característica del misterio eclesial, nace el
interrogante de cómo conciliar los dos aspectos: de una parte, la
afirmación de fe de la santidad de la Iglesia; de otra parte, su
necesidad incesante de penitencia y de purificación.
1. El misterio de la Iglesia
«La Iglesia está en la historia, pero al mismo tiempo
la trasciende. Solamente “con los ojos de la fe” se puede ver al
mismo tiempo en esta realidad visible una realidad espiritual,
portadora de la vida divina» 43. El conjunto de los
aspectos visibles e históricos se relaciona con el don divino de
manera análoga a como en el Verbo de Dios encarnado la humanidad
asumida es signo e instrumento del actuar de la persona divina del
Hijo: las dos dimensiones del ser eclesial forman «una sola realidad
compleja, constituida por un elemento humano y otro divino» 44,
en una comunión que participa de la vida trinitaria y hace que los
bautizados se sientan unidos entre sí, aun en la diversidad de
tiempos y de lugares de la historia. En razón de esta comunión, la
Iglesia se presenta como un sujeto absolutamente único en el
acontecer humano, hasta el punto de poder hacerse cargo de los
dones, de los méritos y de las culpas de sus hijos de hoy y de los
de ayer.
La no débil analogía con el misterio del Verbo
encarnado implica, no obstante, también una diferencia fundamental:
«Mientras Cristo, “santo, inocente, inmaculado” (Heb 7,26),
no conoció el pecado (cf. 2 Cor 5,21), sino que vino a
expiar sólo los pecados del pueblo (cf. Heb 2,17), la
Iglesia, recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al
mismo tiempo que necesitada siempre de purificación, busca sin cesar
la penitencia y la renovación» 45. La ausencia de pecado
en el Verbo encarnado no puede atribuirse a su Cuerpo eclesial, en
cuyo interior más bien cada uno, partícipe de la gracia donada por
Dios, no está menos necesitado de vigilancia y de purificación
incesante y solidaria con la debilidad de los otros: «Todos los
miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse
pecadores (cf. 1 Jn 1,8-10). En todos, la cizaña del pecado
todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del evangelio
hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 13,24-30). La Iglesia,
pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo,
pero todavía en vías de santificación» 46.
Ya Pablo VI había afirmado solemnemente que «la Iglesia
es santa, aun comprendiendo en su seno a los pecadores, ya que ella
no posee otra vida sino la de la gracia [...] Por ello, la Iglesia
sufre y hace penitencia por tales pecados, de los cuales tiene, por
otra parte, el poder de curar a sus propios hijos con la sangre de
Cristo y el don del Espíritu Santo» 47. La Iglesia es, a
fin de cuentas, en su misterio, encuentro de santidad y de
debilidad, continuamente redimida y siempre necesitada nuevamente de
la fuerza de la redención. Como enseña la liturgia, verdadera lex
credendi, el fiel individual y el pueblo de los santos invocan
de Dios que su mirada se fije sobre la fe de su Iglesia y no sobre
los pecados de los individuos, de cuya fe vivida constituyen la
negación: «Ne respicias peccata nostra, sed fidem Ecclesiae Tuae!».
En la unidad del misterio eclesial a través del tiempo y del espacio
es posible considerar entonces el aspecto de la santidad, la
necesidad de arrepentimiento y de reforma, y su articulación en el
actuar de la Iglesia Madre.
2. La santidad de la Iglesia
La Iglesia es santa porque, santificada por Cristo,
quien la ha adquirido entregándose a la muerte por ella, es
mantenida en la santidad por el Espíritu Santo, que la inunda sin
cesar: «Nosotros creemos que la Iglesia es indefectiblemente santa.
Pues Cristo, Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu
llamamos “el solo Santo”, ha amado a la Iglesia como esposa suya,
entregándose a sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef
5,25s), la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la enriqueció con
el don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por eso, todos en la
Iglesia son llamados a la santidad» 48. En este sentido,
desde sus orígenes los miembros de la Iglesia son llamados los
«santos» (cf. Hch 9,13; 1 Cor 6,1s; 16,1). Se puede
distinguir, no obstante, entre la santidad de la Iglesia y la
santidad en la Iglesia. La primera, fundada en las misiones del
Hijo y del Espíritu, garantiza la continuidad de la misión del
pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos y estimula y ayuda a los
creyentes a perseguir la santidad subjetiva y personal. En la
vocación que cada uno recibe se halla radicada, por el contrario, la
forma de santidad que le ha sido donada y que se requiere de él, en
cuanto cumplimiento pleno de la propia vocación y misión. La
santidad personal se halla, en todo caso, proyectada hacia Dios y
hacia los demás, y tiene, por ello, un carácter esencialmente
social: es santidad en la Iglesia, orientada al bien de
todos.
A la santidad de la Iglesia debe, en
consecuencia, corresponder la santidad en la Iglesia: «Los
seguidores de Cristo, llamados por Dios no según sus obras, sino por
designio y gracia de Él, y justificados en el Señor Jesús, han sido
hechos en el bautismo verdaderamente hijos de Dios y partícipes de
la divina naturaleza, y por lo mismo realmente santos; conviene, por
consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan conservarla y
perfeccionarla en su vida con la ayuda de Dios» 49. El
bautizado está llamado a devenir con toda su existencia aquello que
ya es en razón de la consagración bautismal; lo cual no acontece sin
el asentimiento de su libertad y sin la ayuda de la gracia que viene
de Dios. Cuando esto sucede, se deja reconocer en la historia la
humanidad nueva según Dios: ¡nadie llega a ser él mismo con tanta
plenitud como el santo que acoge el designio divino y, con la ayuda
de la gracia, conforma todo su propio ser al proyecto del Altísimo!
Los santos constituyen, en este sentido, como luces suscitadas por
el Señor en medio de su Iglesia para iluminarla, son profecía para
el mundo entero.
3. La necesidad de una renovación continua
Sin ofuscar esta santidad, se debe reconocer que, a
causa de la presencia del pecado, hay necesidad de una renovación
continua y de una conversión constante en el pueblo de Dios; la
Iglesia en la tierra está «adornada de una santidad verdadera» que
es, no obstante, «imperfecta» 50. Observa San Agustín
contra los pelagianos: «La Iglesia en su conjunto dice: ¡perdona
nuestras deudas! Ella tiene, por tanto, manchas y arrugas. Pero, a
través de la confesión, las arrugas se estiran y las manchas quedan
lavadas. La Iglesia se halla en oración para ser purificada por la
confesión y estar así mientras los hombres vivan sobre la tierra»
51. Santo Tomás de Aquino precisa que la plenitud de la
santidad pertenece al tiempo escatológico, mientras la Iglesia
peregrinante no debe engañarse, afirmando estar libre de pecado:
«Que la Iglesia sea gloriosa, sin mancha ni arruga, es la meta final
hacia la que tendemos en virtud de la pasión de Cristo. Esto se
alcanzará, por tanto, sólo en la patria eterna y no ya durante el
peregrinaje; aquí [...] nos engañaríamos si dijésemos no tener
pecado alguno» 52. En realidad, «aun revestidos de la
vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios.
Ahora, con la petición “perdona nuestras deudas”, nos volvemos a Él,
como el hijo pródigo (cf. Lc 15,11-32) y nos reconocemos
pecadores ante Él como el publicano (cf. Lc 18,13). Nuestra
petición empieza con una “confesión” en la que afirmamos al mismo
tiempo nuestra miseria y su misericordia» 53.
Es, por tanto, la Iglesia entera la que, mediante la
confesión del pecado de sus hijos, confiesa su fe en Dios y celebra
su infinita bondad y capacidad de perdón; gracias al vínculo
establecido por el Espíritu Santo, la comunión que existe entre
todos los bautizados en el tiempo y en el espacio es tal que en ella
cada uno es él mismo, pero al tiempo está condicionado por los otros
y ejerce sobre ellos un influjo en el intercambio vital de los
bienes espirituales. De este modo, la santidad de los unos
influencia el crecimiento del bien en los otros, pero también el
pecado tiene una relevancia no exclusivamente personal, ya que pesa
y opone resistencia en el camino de la salvación de todos; en tal
sentido, afecta verdaderamente a la Iglesia en su integridad, a
través de la variedad de los tiempos y de los lugares. Esta
convicción empuja a los Padres a afirmaciones netas como la de San
Ambrosio: «Estemos bien atentos a que nuestra caída no se convierta
en una herida de la Iglesia» 54. Ella, por tanto, «aun
siendo santa por su incorporación a Cristo, no se cansa de hacer
penitencia: ella reconoce siempre como suyos, delante de Dios y
delante de los hombres, a los hijos pecadores» 55, los de
hoy, como los de ayer.
4. La maternidad de la Iglesia
La convicción de que la Iglesia pueda hacerse cargo del
pecado de sus hijos, en razón de la solidaridad existente entre
ellos en el tiempo y en el espacio, gracias a su incorporación a
Cristo y a la obra del Espíritu Santo, está expresada de modo
particularmente eficaz por la idea de la «Iglesia Madre» (Mater
Ecclesia), que «en la concepción protopatrística es el concepto
central de toda la aspiración cristiana» 56; la Iglesia,
afirma el Vaticano II, «también es hecha Madre por la Palabra de
Dios fielmente recibida; en efecto, por la predicación y el bautismo
engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el
Espíritu Santo y nacidos de Dios» 57. A la amplísima
tradición, de la que estas ideas son el eco, da voz, por ejemplo,
Agustín con estas palabras: «Esta madre santa, digna de veneración,
la Iglesia, es igual a María: ella da a luz y es virgen, de ella
habéis nacido, ella engendra a Cristo, porque vosotros sois los
miembros de Cristo» 58. Cipriano de Cartago afirma con
nitidez: «No puede tener a Dios por padre quien no tiene a la
Iglesia como madre» 59. Y Paulino de Nola canta así la
maternidad de la Iglesia: «En cuanto madre recibe el semen de la
Palabra eterna, lleva a los pueblos en su seno y los da a luz»
60.
Según esta visión, la Iglesia se realiza continuamente
en el intercambio y en la comunicación del Espíritu del uno al otro
de los creyentes, como ambiente generador de fe y de santidad en la
comunión fraterna, en la unanimidad orante, en la participación
solidaria en la Cruz, en el testimonio común. En razón de esta
comunicación vital, cada bautizado puede ser considerado al mismo
tiempo hijo de la Iglesia, en cuanto engendrado en ella a la vida
divina, e Iglesia Madre, en cuanto que coopera con su fe y caridad a
engendrar nuevos hijos para Dios; es, en efecto, tanto más Iglesia
Madre cuanto mayor es su santidad y más ardiente el esfuerzo por
comunicar a los otros el don recibido. Por otra parte, no deja de
ser hijo de la Iglesia el bautizado que, a causa del pecado, se
separase de ella con el corazón; él podrá acceder siempre de nuevo a
las fuentes de la gracia y remover el peso que su culpa hace gravar
sobre la entera comunidad de la Iglesia Madre. Ésta, a su vez, en
cuanto Madre verdadera, no podrá no quedar herida por el pecado de
sus hijos de hoy y de los de ayer, continuando amándolos siempre,
hasta el punto de hacerse cargo en todo tiempo del peso producido
por sus culpas; en cuanto tal, la Iglesia aparece a los Padres como
Madre de dolores, no sólo a causa de las persecuciones externas,
sino sobre todo por las traiciones, los fallos, las lentitudes y las
contaminaciones de sus hijos.
La santidad y el pecado en la Iglesia se
reflejan, por tanto, en sus efectos sobre la Iglesia entera, si bien
es convicción de fe que la santidad es más fuerte que el pecado en
cuanto fruto de la gracia divina: ¡son su prueba luminosa las
figuras de los santos, reconocidos como modelo y ayuda para todos!
Entre la gracia y el pecado no hay un paralelismo, ni siquiera una
especie de simetría o de relación dialéctica; ¡el influjo del mal no
podrá vencer jamás la fuerza de la gracia y la irradiación del bien,
incluso el más escondido! En este sentido, la Iglesia se reconoce
existencialmente santa en sus santos; pero, mientras se alegra de
esta santidad y advierte su beneficio, se confiesa no obstante
pecadora, no en cuanto sujeto del pecado, sino en cuanto asume con
solidaridad materna el peso de las culpas de sus hijos, para
cooperar a su superación por el camino de la penitencia y de la
novedad de vida. Por ello, la Iglesia santa advierte el deber de
«lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos, que
han desfigurado su rostro, impidiéndole reflejar plenamente la
imagen de su Señor crucificado, testigo insuperable del amor
paciente y de la humilde mansedumbre» 61.
Esto puede hacerse de modo particular por quien, por
carisma y ministerio, expresa en la forma más densa la comunión del
pueblo de Dios: en nombre de las iglesias locales podrán dar voz a
las eventuales confesiones de culpa y peticiones de perdón los
pastores respectivos; en nombre de la Iglesia entera, una en el
tiempo y en el espacio, podrá pronunciarse aquel que ejerce el
ministerio universal de unidad, el Obispo de la Iglesia «que preside
en el amor» 62, el Papa. He aquí por qué es
particularmente significativo que haya venido propiamente de él la
invitación a que «la Iglesia asuma con una conciencia más viva el
pecado de sus hijos» y reconozca la necesidad de «hacer enmienda,
invocando con fuerza el perdón de Cristo» 63.
CAPÍTULO IV
JUICIO HISTÓRICO Y JUICIO
TEOLÓGICO
La identificación de las culpas del pasado de las que enmendarse
implica, ante todo, un correcto juicio histórico, que sea también en
su raíz una valoración teológica. Es necesario preguntarse: ¿qué es
lo que realmente ha sucedido?, ¿qué es exactamente lo que se ha
dicho y hecho? Solamente cuando se ha ofrecido una respuesta
adecuada a estos interrogantes, como fruto de un juicio histórico
riguroso, podrá preguntarse si eso que ha sucedido, que se ha dicho
o realizado, puede ser interpretado como conforme o disconforme con
el Evangelio, y, en este último caso, si los hijos de la Iglesia que
han actuado de tal modo habrían podido darse cuenta a partir del
contexto en el que estaban actuando. Solamente cuando se llega a la
certeza moral de que cuanto se ha hecho contra el Evangelio por
algunos de los hijos de la Iglesia y en su nombre habría podido ser
comprendido por ellos como tal, y en consecuencia evitado, puede
tener sentido para la Iglesia de hoy hacer enmienda de culpas del
pasado.
La relación entre «juicio histórico» y «juicio
teológico» resulta, por tanto, compleja en la misma medida en que es
necesaria y determinante. Se requiere, por ello, ponerla por obra
evitando los desvaríos en un sentido y en otro: hay que evitar tanto
una apologética que pretenda justificarlo todo, como una
culpabilización indebida que se base en la atribución de
responsabilidades insostenibles desde el punto de vista histórico.
Juan Pablo II ha afirmado respecto a la valoración
histórico-teológica de la actuación de la Inquisición: «El
Magisterio eclesial no puede evidentemente proponerse la realización
de un acto de naturaleza ética, como es la petición de perdón, sin
haberse informado previamente de un modo exacto acerca de la
situación de aquel tiempo. Ni siquiera puede tampoco apoyarse en las
imágenes del pasado transmitidas por la opinión pública, pues se
encuentran a menudo sobrecargadas por una emotividad pasional que
impide una diagnosis serena y objetiva... Ésa es la razón por la que
el primer paso debe consistir en interrogar a los historiadores, a
los cuales no se les pide un juicio de naturaleza ética, que
rebasaría el ámbito de sus competencias, sino que ofrezcan su ayuda
para la reconstrucción más precisa posible de los acontecimientos,
de las costumbres, de las mentalidades de entonces, a la luz del
contexto histórico de la época» 64.
1. La interpretación de la historia
¿Cuáles son las condiciones de una correcta
interpretación del pasado desde el punto de vista del conocimiento
histórico? Para determinarlas hay que tener en cuenta la complejidad
de la relación que existe entre el sujeto que interpreta y el pasado
objeto de interpretación 65; en primer lugar se debe
subrayar la recíproca extrañeza entre ambos. Eventos y palabras del
pasado son ante todo «pasados»; en cuanto tales son irreductibles
totalmente a las instancias actuales, pues poseen una densidad y una
complejidad objetivas, que impiden su utilización únicamente en
función de los intereses del presente. Hay que acercarse, por tanto,
a ellos mediante una investigación histórico‑crítica, orientada a la
utilización de todas las informaciones accesibles de cara a la
reconstrucción del ambiente, de los modos de pensar, de los
condicionamientos y del proceso vital en que se sitúan aquellos
eventos y palabras, para cerciorarse así de los contenidos y los
desafíos que, precisamente en su diversidad, plantean a nuestro
presente.
En segundo lugar, entre el sujeto que interpreta y el
objeto interpretado se debe reconocer una cierta copertenencia, sin
la cual no podría existir ninguna conexión y ninguna comunicación
entre pasado y presente; esta conexión comunicativa está fundada en
el hecho de que todo ser humano, de ayer y de hoy, se sitúa en un
complejo de relaciones históricas y necesita, para vivirlas, de una
mediación lingüística, que siempre está históricamente determinada.
¡Todos pertenecemos a la historia! Poner de manifiesto la
copertenencia entre el intérprete y el objeto de la interpretación,
que debe ser alcanzado a través de las múltiples formas en las que
el pasado ha dejado su testimonio (textos, monumentos,
tradiciones...), significa juzgar si son correctas las posibles
correspondencias y las eventuales dificultades de comunicación con
el presente, puestas de relieve por la propia comprensión de las
palabras o de los acontecimientos pasados; ello requiere tener en
cuenta las cuestiones que motivan la investigación y su incidencia
sobre las respuestas obtenidas, el contexto vital en que se actúa y
la comunidad interpretadora, cuyo lenguaje se habla y a la cual se
pretenda hablar. Con tal objetivo es necesario hacer refleja y
consciente en el mayor grado posible la precomprensión, que de hecho
se encuentra siempre incluida en cualquier interpretación, para
medir y atemperar su incidencia real en el proceso interpretativo.
Finalmente, entre quien interpreta y el pasado objeto
de interpretación se realiza, a través del esfuerzo cognoscitivo y
valorativo, una ósmosis («fusión de horizontes»), en la que consiste
propiamente la comprensión. En ella se expresa la que se considera
inteligencia correcta de los eventos y de las palabras del pasado;
lo que equivale a captar el significado que pueden tener para el
intérprete y para su mundo. Gracias a este encuentro de mundos
vitales, la comprensión del pasado se traduce en su aplicación al
presente: el pasado es aprehendido en las potencialidades que
descubre, en el estímulo que ofrece para modificar el presente; la
memoria se vuelve capaz de suscitar nuevo futuro.
A una ósmosis fecunda con el pasado se accede merced al
entrelazamiento de algunas operaciones hermenéuticas fundamentales,
correspondientes a los momentos ya indicados de la extrañeza, de la
copertenencia y de la comprensión verdadera y propia. Con relación a
un «texto» del pasado, entendido en general como testimonio escrito,
oral, monumental o figurativo, estas operaciones pueden ser
expresadas del siguiente modo: «1) comprender el texto, 2) juzgar la
corrección de la propia inteligencia del texto y 3) expresar la que
se considera inteligencia correcta del texto» 66. Captar
el testimonio del pasado quiere decir alcanzarlo del mejor modo
posible en su objetividad, a través de todas las fuentes de que se
pueda disponer; juzgar la corrección de la propia interpretación
significa verificar con honestidad y rigor en qué medida pueda haber
sido orientada, o en cualquier caso condicionada, por la
precomprensión o por los posibles prejuicios del intérprete;
expresar la interpretación obtenida significa hacer a los otros
partícipes del diálogo establecido con el pasado, sea para verificar
su relevancia, sea para exponerse a la confrontación con otras
posibles interpretaciones.
2. Indagación histórica y valoración teológica
Si estas operaciones están presentes en todo acto
hermenéutico, no pueden faltar tampoco en la interpretación en que
se integran juicio histórico y juicio teológico; ello exige, en
primer lugar, que en este tipo de interpretación se preste la máxima
atención a los elementos de diferenciación y extrañeza entre
presente y pasado. En particular, cuando se pretende juzgar posibles
culpas del pasado, hay que tener presente que son diversos los
tiempos históricos y son diversos los tiempos sociológicos y
culturales de la acción eclesial, por lo cual, paradigmas y juicios
propios de una sociedad y de una época podrían ser aplicados
erróneamente en la valoración de otras fases de la historia, dando
origen a no pocos equívocos; son diversas las personas, las
instituciones y sus respectivas competencias; son diversos los modos
de pensar y los condicionamientos. Hay que precisar, por tanto, las
responsabilidades de los acontecimientos y de las palabras dichas,
teniendo en cuanta el hecho de que una petición eclesial de perdón
compromete al mismo sujeto teológico, la Iglesia, en la variedad de
los modos y del grado en que los individuos singulares representan a
la comunidad eclesial y en la diversidad de las situaciones
históricas y geográficas, con frecuencia muy diferentes entre sí.
Cualquier tipo de generalización debe ser evitada. Cualquier posible
pronunciamiento en la actualidad debe quedar situado y debe ser
producido por los sujetos más directamente encausados (Iglesia
universal, Episcopados nacionales, Iglesias particulares etcétera).
En segundo lugar, la correlación de juicio histórico y
juicio teológico debe tener en cuenta el hecho de que, para la
interpretación de la fe, la conexión entre pasado y presente no está
motivada solamente por los intereses actuales y por la común
pertenencia de todo ser humano a la historia y a sus mediaciones
expresivas, sino que se fundamenta también en la acción unificante
del Espíritu de Dios y en la identidad permanente del principio
constitutivo de la comunión de los creyentes, que es la revelación.
La Iglesia, por razón de la comunión producida en ella por el
Espíritu de Cristo en el tiempo y en el espacio, no puede dejar de
reconocerse en su principio sobrenatural, presente y operante en
todos los tiempos, como sujeto en cierto modo único, llamado a
corresponder al don de Dios en formas y situaciones diversas por
medio de las opciones de sus hijos, aun con todas las carencias que
puedan haberlas caracterizado. La comunión en el único Espíritu
Santo es el fundamento también diacrónico de una comunión de los
«santos», en virtud de la cual los bautizados de hoy se sienten
vinculados a los bautizados de ayer y, así como se benefician de sus
méritos y se nutren de su testimonio de santidad, igualmente se
sienten en el deber de asumir el posible peso actual de sus culpas,
tras haber hecho un discernimiento atento tanto desde el punto de
vista histórico como teológico.
Gracias a este fundamento objetivo y trascendente de la
comunión del pueblo de Dios en sus varias situaciones históricas, la
interpretación creyente reconoce al pasado de la Iglesia un
significado totalmente peculiar para el momento presente: el
encuentro con ese pasado, que se produce en el acto de la
interpretación, puede revelarse cargado de particulares valencias
para el presente, rico en una eficacia performativa que no
siempre puede calcularse de modo previo. Obviamente, el carácter
fuertemente unitario del horizonte hermenéutico y del sujeto
eclesial interpretante deja más fácilmente expuesta la consideración
teológica al riesgo de ceder a lecturas apologéticas o
instrumentales; es aquí donde el ejercicio hermenéutico dirigido a
aprehender los sucesos y las palabras del pasado y a medir la
corrección de su interpretación para el presente se hace más
necesario. La lectura creyente se servirá con tal objetivo de todas
las aportaciones que puedan ofrecer las ciencias históricas y los
métodos de interpretación. El ejercicio de la hermenéutica histórica
no deberá impedir a la valoración de la fe la interpelación de los
textos según su peculiaridad, haciendo, por tanto, que puedan
interactuar presente y pasado en la conciencia de la unidad
fundamental del sujeto eclesial implicado en ellos. Esto pone en
guardia frente a todo historicismo que relativice el peso de las
culpas pasadas y que considere que la historia es capaz de
justificarlo todo. Como observa Juan Pablo II, «un correcto juicio
histórico no puede prescindir de un atento estudio de los
condicionamientos culturales del momento... Pero la consideración de
las circunstancias atenuantes no dispensa a la Iglesia del deber de
lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos»
67. La Iglesia, en resumen, «no tiene miedo a la verdad que
emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones
allí donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto
debido a las personas y a las comunidades. Pero es propensa a
desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena
respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación
sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica,
libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo
que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como
respecto a los daños que ella ha padecido» 68. Los
ejemplos ofrecidos en el capítulo siguiente lo podrán demostrar de
modo concreto.
CAPÍTULO V
DISCERNIMIENTO ÉTICO
Para que la Iglesia realice un adecuado examen de conciencia
histórico delante de Dios, con vistas a la propia renovación
interior y al crecimiento en la gracia y en la santidad, es
necesario que sepa reconocer las «formas de antitestimonio y de
escándalo» que se han presentado en su historia, en particular
durante el último milenio. No es posible llevar a cabo una tarea
semejante sin ser conscientes de su relevancia moral y espiritual.
Ello exige la definición de algunos términos clave, además de la
formulación de algunas precisiones necesarias en el plano ético.
1. Algunos criterios éticos
En el plano moral, la petición de perdón presupone
siempre una admisión de responsabilidad, y precisamente de la
responsabilidad relativa a una culpa cometida contra otros. La
responsabilidad moral normalmente se refiere a la relación entre
la acción y la persona que la realiza; establece la pertenencia de
un acto, su atribución, a una persona concreta o a más personas. La
responsabilidad puede ser objetiva o subjetiva: la
primera se refiere al valor moral del acto en sí mismo en cuanto
bueno o malo, y por tanto a la imputabilidad de la acción; la
segunda se refiere a la percepción efectiva por parte de la
conciencia individual, de la bondad o malicia del acto realizado. La
responsabilidad subjetiva cesa con la muerte de quien ha realizado
el acto: no se transmite por generación, por lo que los
descendientes no heredan la responsabilidad (subjetiva) de los actos
de sus antepasados. En tal sentido, pedir perdón presupone
una contemporaneidad entre aquellos que son ofendidos por una acción
y aquellos que la han realizado. La única responsabilidad capaz de
continuar en la historia puede ser la de tipo objetivo, a la cual se
puede prestar o no una adhesión subjetiva en cualquier momento de
modo libre. Así, el mal cometido sobrevive muchas veces a quien lo
ha realizado a través de las consecuencias de los comportamientos,
que pueden convertirse en un pesado fardo sobre la conciencia y la
memoria de los descendientes.
En tal contexto se puede hablar de una solidaridad
que une el pasado y el presente en una relación de reciprocidad. En
ciertas situaciones, el peso que cae sobre la conciencia puede ser
tan pesado que constituye una especie de memoria moral y religiosa
del mal cometido, que es por su naturaleza una memoria común:
ésta testimonia de modo elocuente la solidaridad objetivamente
existente entre quienes han hecho el mal en el pasado y sus
herederos en el presente. Es entonces cuando resulta posible hablar
de una responsabilidad común objetiva. Del peso de tal
responsabilidad se nos libera, ante todo, implorando el perdón de
Dios por las culpas del pasado, y por tanto, cuando se da el caso, a
través de la purificación de la memoria, que culmina en el
perdón recíproco de los pecados y de las ofensas en el presente.
Purificar la memoria significa eliminar de la
conciencia personal y común todas las formas de resentimiento y de
violencia que la herencia del pasado haya dejado, sobre la base de
un juicio histórico-teológico nuevo y riguroso, que funda un
posterior comportamiento moral renovado. Esto sucede cada vez que se
llega a atribuir a los hechos históricos pasados una cualidad
diversa, que comporta una incidencia nueva y diversa sobre el
presente con vistas al crecimiento de la reconciliación en la
verdad, en la justicia y en la caridad entre los seres humanos y, en
particular, entre la Iglesia y las diversas comunidades religiosas,
culturales o civiles con las que entra en relación. Modelos
emblemáticos de esta incidencia que puede tener un posterior juicio
interpretativo autorizado sobre la vida entera de la Iglesia son la
recepción de los concilios, o actos como la abolición de los
anatemas recíprocos, que expresan una nueva cualificación de la
historia pasada en condiciones de producir una caracterización
distinta de las relaciones vividas en el presente. La memoria de la
división y de la contraposición queda purificada y es sustituida por
una memoria reconciliada, a la cual son invitados a abrirse y a
educarse todos en la Iglesia.
La combinación de juicio histórico y juicio teológico en
el proceso interpretativo del pasado queda unida aquí a las
repercusiones éticas que puede tener en el presente, y que implican
algunos principios, correspondientes en el plano moral a la
fundación hermenéutica de la relación entre juicio histórico y
juicio teológico. Estos principios son:
a) El principio de conciencia
La conciencia, tanto como juicio moral cuanto
como imperativo moral, constituye la valoración
última de un acto en relación con su bondad o maldad ante Dios. En
efecto, tan sólo Dios conoce el valor moral de cada acto humano, aun
cuando la Iglesia, como Jesús, pueda y deba clasificar, juzgar y en
ocasiones condenar algunos tipos de comportamiento (cf. Mt
18,15-18).
b) El principio de historicidad
Precisamente en cuanto cada acto humano pertenece a
quien lo hace, cada conciencia individual y cada sociedad elige y
actúa en el interior de un determinado horizonte de tiempo y
espacio. Para comprender de verdad los actos humanos y los
dinamismos a ellos unidos, deberemos entrar, por tanto, en el mundo
propio de quienes los han realizado; solamente así podremos llegar a
conocer sus motivaciones y sus principios morales. Y esto se afirma
sin perjuicio de la solidaridad que vincula a los miembros de una
específica comunidad en el discurrir del tiempo.
c) El principio de cambio de «paradigma»
Mientras que antes de la llegada del Iluminismo existía
una especie de ósmosis entre Iglesia y Estado, entre fe y cultura,
moralidad y ley, a partir del siglo XVIII esta relación ha quedado
notablemente modificada. El resultado es una transición de una
sociedad sacral a una sociedad pluralista o, como ha sucedido en
algunos casos, a una sociedad secular; los modelos de pensamiento y
de acción, los llamados paradigmas de acción y de valoración,
van cambiando. Semejante transición tiene un impacto directo sobre
los juicios morales, aun cuando este influjo no justifica en modo
alguno una idea relativista de los principios morales o de la
naturaleza de la misma moralidad.
El proceso entero de la purificación de la memoria, en
cuanto exige la correcta combinación de valoración histórica y de
mirada teológica, ha de ser vivido por parte de los hijos de la
Iglesia no sólo con el rigor que tiene en cuenta de modo preciso los
criterios y los principios indicados, sino también con una continua
invocación de la asistencia del Espíritu Santo, para no caer en el
resentimiento o en la autoflagelación y llegar más bien a la
confesión del Dios cuya «misericordia va de generación en
generación» (Lc 1,50), que quiere la vida y no la muerte, el
perdón y no la condena, el amor y no el temor. En este punto se debe
poner igualmente en evidencia el carácter de ejemplaridad que la
honesta admisión de las culpas pasadas puede ejercer sobre las
mentalidades en la Iglesia y en la sociedad civil, reclamando un
compromiso renovado de obediencia a la Verdad y de respeto
consiguiente hacia la dignidad y los derechos de los otros,
especialmente de los más débiles. En tal sentido, las numerosas
peticiones de perdón formuladas por Juan Pablo II constituyen un
ejemplo que pone en evidencia un bien y estimula a su imitación,
reclamando de los individuos y de los pueblos un examen de
conciencia honesto y fructuoso, que abra caminos de reconciliación.
A la luz de estas clarificaciones en el plano ético se
pueden ahora profundizar algunos ejemplos, entre los cuales se
encuentran los mencionados en la Tertio millennio adveniente
69, en los que el comportamiento de los hijos de la Iglesia
parece haber estado en contradicción con el Evangelio de Jesucristo
de un modo significativo.
2. La división de los cristianos
La unidad es la ley de la vida del Dios trinitario
revelado al mundo por el Hijo (cf. Jn 17,21), el cual, en la
fuerza del Espíritu Santo, amando hasta el extremo (Jn 13,1),
hace participar de esta vida a los suyos. Esta unidad deberá ser la
fuente y la forma de la comunión de vida de la humanidad con el Dios
trino. Si los cristianos viven esta ley de amor mutuo, de modo que
sean uno «como el Padre y el Hijo son uno», se conseguirá que «el
mundo crea que el Hijo ha sido enviado por el Padre» (Jn
17,21) y que «todos sepan que ellos son mis discípulos» (Jn
13,35). Desgraciadamente no ha sucedido así, particularmente en este
milenio que llega a su fin, en el cual han aparecido entre los
cristianos grandes divisiones, en abierta contradicción con la
voluntad expresa de Cristo, como si Él mismo hubiese sido dividido
(cf. 1 Cor 1,13). El Concilio Vaticano II juzga este hecho
con las siguientes palabras: «Tal división contradice abiertamente
la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la
santísima causa de la predicación del Evangelio a toda criatura»
70.
Las principales escisiones que durante el pasado milenio «han
afectado a la túnica inconsútil de Cristo» 71 son el
cisma entre las Iglesias de Oriente y de Occidente al comienzo de
este milenio y, en Occidente, cuatro siglos más tarde, la laceración
causada por aquellos acontecimientos «que reciben comúnmente el
nombre de Reforma» 72. Es verdad que «estas diversas
divisiones difieren mucho entre sí, no sólo por razón de su origen,
lugar y tiempo, sino, sobre todo, por la naturaleza y gravedad de
las cuestiones relativas a la fe y a la estructura eclesiástica»
73. En el cisma del siglo XI jugaron un papel importante
factores de carácter social e histórico, mientras que el aspecto
doctrinal se refería a la autoridad de la Iglesia y al Obispo de
Roma, una materia que en aquel momento no había alcanzado la
claridad con la que se presenta hoy gracias al desarrollo doctrinal
de este milenio. Con la Reforma, por el contrario, fueron objeto de
controversia otros campos de la revelación y de la doctrina.
La vía que se ha abierto para superar estas diferencias
es la del diálogo doctrinal animado por el amor mutuo. Común a ambas
laceraciones parece haber sido la falta de amor sobrenatural, de
agape. Desde el momento en que esta caridad es el mandamiento
supremo del Evangelio, sin el cual todo lo demás es solamente
«bronce que resuena o címbalo que retiñe» (1 Cor 13,1), una
carencia semejante ha de ser considerada con toda seriedad delante
del Resucitado, Señor de la Iglesia y de la historia. Basándose en
el reconocimiento de esta carencia, el papa Pablo VI ha pedido
perdón a Dios y a los «hermanos separados» que se sintiesen
ofendidos «por nosotros» (la Iglesia católica) 74.
En 1965, en el clima producido por el Concilio Vaticano
II, el patriarca Atenágoras en su diálogo con Pablo VI puso de
relieve el tema de la restauración (apokatastasis) del amor
mutuo, esencial después de una historia tan cargada de
contraposiciones, de desconfianza recíproca y de antagonismos
75. Lo que estaba en juego era un pasado que aún ejercía su
influencia a través de la memoria: los acontecimientos de 1965
(culminados el 7 de diciembre de 1965 con la supresión de los
anatemas de 1054 entre Oriente y Occidente) representan una
confesión de la culpa contenida en la precedente exclusión
recíproca, capaz de purificar la memoria y de generar una nueva. El
fundamento de esta nueva memoria no puede ser más que el amor
recíproco o, mejor, el compromiso renovado para vivirlo. Éste es el
mandamiento ante omnia (1 Pe 4,8) para la Iglesia, en
Oriente como en Occidente. De este modo la memoria libera de la
prisión del pasado e invita a católicos y a ortodoxos, como también
a católicos y protestantes, a ser los arquitectos de un futuro más
conforme al mandamiento nuevo. En este sentido resulta ejemplar el
testimonio que han prestado a esta nueva memoria el papa Pablo VI y
el patriarca Atenágoras.
Particularmente relevante en relación con el camino
hacia la unidad puede resultar la tentación a dejarse guiar, o hasta
determinar, por factores culturales, por condicionamientos
históricos o por prejuicios que alimentan la separación y la
desconfianza recíproca entre cristianos, aunque nada tengan que ver
con las cuestiones de fe. Los hijos de la Iglesia deben examinar su
conciencia con seriedad para ver si están activamente comprometidos
en la obediencia al imperativo de la unidad y viven la «conversión
interior», «porque los deseos de unidad brotan y maduran como fruto
de la renovación de la mente, de la abnegación de sí mismo y de una
efusión libérrima de la caridad» 76. En el período
transcurrido desde la conclusión del Concilio hasta hoy la
resistencia a su mensaje ciertamente ha entristecido al Espíritu de
Dios (Ef 4,30). En la medida en que algunos católicos se
complacen en permanecer ligados a las separaciones del pasado, sin
hacer nada por remover los obstáculos que impiden la unidad, se
podría hablar justamente de solidaridad en el pecado de la división
(1 Cor 1,10-16). En tal contexto pueden recordarse las
palabras del Decreto sobre el Ecumenismo: «Humildemente pedimos
perdón a Dios y a los hermanos separados, así como nosotros
perdonamos a quienes nos hayan ofendido» 77.
3. El uso de la violencia al servicio
de la verdad
Al antitestimonio de
la división entre los cristianos hay que añadir el de las ocasiones
en que durante el pasado milenio se han utilizado medios dudosos
para conseguir fines buenos, como la predicación del Evangelio y la
defensa de la unidad de la fe: «Otro capítulo doloroso sobre el que
los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al
arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada,
especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia y
hasta de violencia en el servicio a la verdad» 78. Se
refiere con ello a las formas de evangelización que han empleado
instrumentos impropios para anunciar la verdad revelada o no han
realizado un discernimiento evangélico adecuado a los valores
culturales de los pueblos o no han respetado las conciencias de las
personas a las que se presentaba la fe, e igualmente a las formas de
violencia ejercidas en la represión y corrección de los errores.
Una atención análoga hay que prestar a las posibles
omisiones de que se hayan hecho responsables los hijos de la
Iglesia, en las más diversas situaciones de la historia, respecto a
la denuncia de injusticias y de violencias: «Está también la falta
de discernimiento de no pocos cristianos respecto a situaciones de
violación de los derechos humanos fundamentales. La petición de
perdón vale por todo aquello que se ha omitido o callado a causa de
la debilidad o de una valoración equivocada, por lo que se ha hecho
o dicho de modo indeciso o poco idóneo» 79.
Como siempre, resulta decisivo establecer la verdad
histórica mediante la investigación histórico-crítica. Una vez
establecidos los hechos, será necesario evaluar su valor espiritual
y moral e igualmente su significado objetivo. Solamente así será
posible evitar cualquier tipo de memoria mítica y acceder a una
adecuada memoria crítica, capaz, a la luz de la fe, de producir
frutos de conversión y de renovación: «De aquellos rasgos dolorosos
del pasado emerge una lección para el futuro, que debe empujar a
todo cristiano a afianzarse en el principio áureo fijado por el
Concilio: “La verdad no se impone más que por la fuerza de la verdad
misma, que penetra en las mentes de modo suave y a la vez con
vigor”» 80.
4. Cristianos y hebreos
Uno de los campos que requiere un examen de
conciencia particular es la relación entre cristianos y hebreos
81. La relación de la Iglesia con el pueblo hebreo es diversa
de la que condivide con cualquier otra religión 82. Y,
sin embargo, «la historia de las relaciones entre hebreos y
cristianos es una historia atormentada [...] En efecto, el balance
de estas relaciones durante dos milenios ha sido más bien negativo» 83.
La hostilidad o la desconfianza de numerosos cristianos hacia los
hebreos a lo largo del tiempo es un hecho histórico doloroso y es
causa de profunda amargura para los cristianos conscientes del hecho
de que «Jesús era descendiente de David; de que del pueblo hebreo
nacieron la Virgen María y los Apóstoles; de que la Iglesia recibe
su sustento de las raíces de aquel buen olivo al que están unidas
las ramas del olivo selvático de los gentiles (cf. Rom
11,17-24); de que los hebreos son nuestros hermanos queridos y
amados, y de que, en cierto sentido, son verdaderamente “nuestros
hermanos mayores”» 84.
La Shoah fue ciertamente el resultado de una
ideología pagana, como era el nazismo, animada por un antisemitismo
despiadado, que no sólo despreciaba la fe, sino que negaba hasta la
misma dignidad humana del pueblo hebreo. No obstante, «hay que
preguntarse si la persecución del nazismo respecto a los hebreos no
haya sido facilitada por los prejuicios antijudíos presentes en las
mentes y en los corazones de algunos cristianos [...] ¿Ofrecieron
los cristianos toda la asistencia posible a los perseguidos, en
particular a los hebreos?» 85. Hubo, sin duda, muchos
cristianos que arriesgaron su vida para salvar y ayudar a sus
conocidos hebreos. Pero parece igualmente verdad que, «junto a tales
hombres y mujeres valerosos, la resistencia espiritual y la acción
cristiana de otros cristianos no fue la que se hubiera debido
esperar de discípulos de Cristo» 86. Este hecho
constituye una apelación a la conciencia de todos los cristianos de
hoy, capaz de exigir «un acto de arrepentimiento (teshuva)»
87 y de convertirse en acicate para redoblar los esfuerzos por
ser «transformados mediante la renovación de la mente» (Rom 12,2) y
por mantener una «memoria moral y religiosa» de la herida infligida
a los hebreos. En este campo, lo mucho que ya se ha hecho podrá ser
confirmado y profundizado.
5. Nuestra responsabilidad por los males
de hoy
«La época actual, junto a
muchas luces, presenta también no pocas sombras» 88. En
primer plano puede señalarse entre éstas el fenómeno de la negación
de Dios en sus múltiples formas. Lo que llama especialmente la
atención es que esta negación, especialmente en sus aspectos más
teóricos, es un proceso que ha emergido en el mundo occidental.
Unida al eclipse de Dios se encuentra, además, una serie de
fenómenos negativos como la indiferencia religiosa, la difusa falta
del sentido trascendente de la vida humana, un clima de secularismo
y de relativismo ético, la negación del derecho a la vida del niño
no nacido, incluso sancionada en las legislaciones abortistas, y una
amplia indiferencia respecto al grito de los pobres en amplios
sectores de la familia humana.
La cuestión inquietante que hay que plantear es en qué
medida los creyentes mismos han sido responsables de estas formas de
ateísmo, teórico y práctico. La Gaudium et spes responde con
palabras cuidadosamente elegidas: «En este campo también los mismos
creyentes tienen muchas veces alguna responsabilidad. Pues el
ateísmo, considerado en su integridad, no es un fenómeno originario,
sino más bien un fenómeno surgido de diferentes causas, entre las
que se encuentra también una reacción crítica contra las religiones
y, ciertamente, en no pocos países contra la religión cristiana. Por
ello, en esta génesis del ateísmo puede corresponder a los creyentes
una parte no pequeña» 89.
Desde el momento en que el rostro auténtico de Dios ha
sido revelado en Jesucristo, a los cristianos se les ofrece la
gracia inconmensurable de conocer este rostro; los cristianos, sin
embargo, tienen también la responsabilidad de vivir de tal modo que
manifiesten a los otros el verdadero rostro del Dios vivo. Ellos
están llamados a irradiar al mundo la verdad de que «Dios es amor
(agape)» (1 Jn 4,8.16). Porque Dios es amor, es también
Trinidad de Personas, cuya vida consiste en su infinita y recíproca
comunicación en el amor. De ello se deduce que el mejor camino para
que los cristianos irradien la verdad del Dios amor es el amor
mutuo: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si tenéis
amor unos para con otros» (Jn 13,35). Y esto hasta el punto
de poder afirmar que frecuentemente los cristianos «por descuido en
la educación para la fe, por una exposición falsificada de la
doctrina, o también por los defectos de su vida religiosa, moral y
social, puede decirse que han velado el verdadero rostro de Dios y
de la religión, más que revelarlo» 90.
Hay que destacar, finalmente, que mencionar estas
culpas de los cristianos no es tan sólo confesarlas a Cristo
Salvador, sino también alabar al Señor de la historia por el amor
misericordioso. Efectivamente, los cristianos no creen sólo en la
existencia del pecado, sino también y sobre todo en el «perdón de
los pecados». Además recordar estas culpas quiere decir también
aceptar nuestra solidaridad con quienes en el bien y en el mal nos
han precedido en el camino de la verdad, ofrecer al presente un
fuerte motivo de conversión a las exigencias del Evangelio y poner
un necesario preludio a la petición de perdón a Dios, que abre el
camino a la reconciliación mutua.
CAPÍTULO VI
PERSPECTIVAS PASTORALES
Y MISIONERAS
A la luz de las consideraciones hechas, es posible
preguntarse ahora: ¿cuáles son los objetivos pastorales, en vista de
los cuales la Iglesia se hace cargo de las culpas cometidas en el
pasado por sus hijos en su nombre y hace propósito de la enmienda?
¿Cuáles las implicaciones en la vida del pueblo de Dios? ¿Y cuáles
las resonancias respecto a la misión de la Iglesia y a su diálogo
con las diversas culturas y religiones?
1. Las finalidades pastorales
Entre las múltiples finalidades pastorales del
reconocimiento de las culpas del pasado se pueden poner de
manifiesto las siguientes:
a) En primer lugar, estos actos tienden a la purificación de
la memoria, que, como se ha dicho, es el proceso de una
valoración renovada del pasado, capaz de incidir en no pequeña
medida en el presente, ya que los pecados pasados hacen sentir
todavía su peso y permanecen como posibles tentaciones también en la
actualidad. Sobre todo si ha madurado en el diálogo y en la búsqueda
paciente de reciprocidad con quien pudiera sentirse ofendido por
sucesos o palabras del pasado, la remoción de la memoria personal y
común de cualquier causa de posible resentimiento por el mal
padecido, y de todo influjo negativo de aquel hecho del pasado,
puede contribuir a hacer crecer la comunidad eclesial en la
santidad, por medio de la reconciliación y de la paz en la
obediencia a la Verdad. «Reconocer los fracasos de ayer, subraya el
Papa, es acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar
nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos para afrontar las
tentaciones y las dificultades de hoy» 91. Es bueno para
tal fin que la memoria de la culpa incluya todas las posibles faltas
cometidas, aunque solamente algunas de ellas sean hoy mencionadas de
modo frecuente. En cualquier caso, nunca se puede olvidar el precio
que tantos cristianos han pagado por su fidelidad al Evangelio y al
servicio del prójimo en la caridad 92.
b) Una segunda finalidad pastoral, estrictamente unida a la
anterior, puede ser reconocida en la promoción de la perenne
reforma del pueblo de Dios, «de modo que si algunas cosas, sea
en las costumbres o en la disciplina eclesiástica, y asimismo en el
modo de exponer la doctrina, lo cual debe ser cuidadosamente
distinguido del depósito mismo de la fe, han sido observadas de modo
menos cuidadoso, según las circunstancias de hecho o de tiempo, sean
oportunamente colocadas en el orden justo y debido» 93.
Todos los bautizados están llamados a «examinar su fidelidad a la
voluntad de Cristo acerca de la Iglesia y, como es su obligación, a
emprender con vigor la obra de renovación y de reforma» 94.
El criterio de la verdadera reforma y de la auténtica renovación no
puede ser más que la fidelidad a la voluntad de Dios respecto a su
pueblo 95, lo que implica un esfuerzo sincero para
liberarse de todo lo que aleja de ella, ya se trate de culpas
presentes o se refiera a la herencia del pasado.
c) Una finalidad ulterior puede verse en el testimonio
que de este modo rinde la Iglesia al Dios de la misericordia y a su
voluntad que libera y salva, a partir de la experiencia que ella ha
hecho y hace de Él en la historia, y en el servicio que de
este modo desarrolla en relación con la humanidad, para contribuir a
superar los males del presente. Juan Pablo II afirma que «un serio
examen de conciencia ha sido auspiciado por numerosos cardenales y
obispos sobre todo para la Iglesia del presente. A las
puertas del nuevo milenio, los cristianos deben ponerse humildemente
ante el Señor para interrogarse sobre las responsabilidades que
también ellos tienen en relación con los males de nuestro tiempo»
96 y para contribuir, en consecuencia, a su superación en la
obediencia al esplendor de la Verdad salvífica.
2. Las implicaciones eclesiales
¿Qué implicaciones tiene un acto eclesial de petición de perdón en
la vida de la misma Iglesia? Son varios los aspectos que emergen:
a) Ante todo hay que tener en cuenta los procesos diversificados
de recepción de los gestos de arrepentimiento eclesial, ya
que varían en función de los contextos religiosos, culturales,
políticos, sociales, personales, etc. A esta luz se debe considerar
el hecho de que acontecimientos o palabras ligadas a una historia
contextualizada no tienen necesariamente un alcance universal y,
viceversa, que hechos condicionados por una determinada perspectiva
teológica y pastoral han implicado consecuencias de gran peso para
la difusión del Evangelio (piénsese, por ejemplo, en los diversos
modelos históricos de la teología de la misión). Además, hay que
evaluar la relación entre los beneficios espirituales y los posibles
costes de tales actos, también teniendo en cuenta los acentos
indebidos que los «medios» pueden dar a algunos aspectos de los
pronunciamientos eclesiales; siempre se ha de tener en cuenta la
advertencia del apóstol Pablo para acoger, considerar y sostener con
prudencia y amor a los «débiles en la fe» (cf. Rom 14,1). En
particular, hay que prestar atención a la historia, a la identidad y
a los contextos de las Iglesias orientales y de las Iglesias que
actúan en continentes o países donde la presencia cristiana es
ampliamente minoritaria.
b) Se debe precisar el sujeto adecuado que debe
pronunciarse respecto a culpas pasadas, sea que se trate de Pastores
locales, considerados personal o colegialmente, sea que se trate del
Pastor universal, el Obispo de Roma. En esta perspectiva es oportuno
tener en cuenta, al reconocer las culpas pasadas e indicar los
referentes actuales que mejor podrían hacerse cargo de ellas, la
distinción entre magisterio y autoridad en la Iglesia: no todo acto
de autoridad tiene valor de magisterio, por lo que un comportamiento
contrario al Evangelio, de una o más personas revestidas de
autoridad, no lleva de por sí una implicación del carisma
magisterial, asegurado por el Señor a los pastores de la Iglesia, y
no requiere, por tanto, ningún acto magisterial de reparación.
c) Hay que subrayar que el destinatario de toda posible
petición de perdón es Dios, y que eventuales destinatarios humanos,
sobre todo si son colectivos, en el interior o fuera de la comunidad
eclesial, deben ser identificados con adecuado discernimiento
histórico y teológico, sea para realizar actos de reparación
convenientes, sea para testimoniar ante ellos la buena voluntad y el
amor a la verdad por parte de los hijos de la Iglesia. Ello se podrá
lograr tanto mejor cuanto mayor sea el diálogo y la reciprocidad
entre las partes en causa en un hipotético camino de reconciliación,
vinculado al reconocimiento de las culpas y al arrepentimiento por
ellas, sin ignorar que la reciprocidad, a veces imposible a causa de
las convicciones religiosas del interlocutor, no puede ser
considerada condición indispensable y que la gratuidad del amor se
expresa a menudo en una iniciativa unilateral.
d) Los posibles gestos de reparación están ligados al
reconocimiento de una responsabilidad que se prolonga en el tiempo y
que podrán tener tanto un carácter simbólico-profético como un valor
de reconciliación efectiva (por ejemplo, entre los cristianos
divididos). También en la definición de estos actos es de desear una
búsqueda común con los posibles destinatarios, escuchando las
legítimas reclamaciones que puedan presentar.
e) En el plano pedagógico se debe evitar la perpetuación
de imágenes negativas del otro, e igualmente la puesta en marcha de
procesos de autoculpabilización indebida, subrayando cómo el hacerse
cargo de culpas pasadas es para el que cree una especie de
participación en el misterio de Cristo crucificado y resucitado, que
ha cargado con las culpas de todos. Esta perspectiva pascual se
revela particularmente adecuada para producir frutos de liberación,
de reconciliación y de alegría para todos aquellos que con fe viva
están implicados en la petición de perdón, sea como sujetos o como
destinatarios.
3. Las implicaciones en el plano del diálogo
y de la misión
Las implicaciones
previsibles en el plano del diálogo y de la misión, como
consecuencia de un reconocimiento eclesial de las culpas del pasado,
son diversas:
a) En el plano misionero hay que evitar, ante todo, que
tales actos contribuyan a disminuir el impulso de la evangelización
mediante la exasperación de los aspectos negativos. No obstante, se
debe tener en cuenta el hecho de que estos mismos actos podrán hacer
crecer la credibilidad del mensaje, en cuanto nacen de la obediencia
a la verdad y tienden a frutos efectivos de reconciliación. En
particular, los misioneros ad gentes tendrán cuidado en
contextualizar la propuesta de estos temas de modo conforme a la
efectiva capacidad de recepción en los ambientes en que actúan (por
ejemplo, determinados aspectos de la historia de la Iglesia en
Europa podrán resultar poco significativos para muchos pueblos no
europeos).
b) En el plano ecuménico, la finalidad de posibles actos
eclesiales de arrepentimiento no puede ser otra que la unidad
querida por el Señor. En esta perspectiva es aún más de desear que
sean realizados en reciprocidad, aun cuando a veces gestos
proféticos podrán exigir una iniciativa unilateral y absolutamente
gratuita.
c) En el plano interreligioso es oportuno poner de
relieve cómo para los creyentes en Cristo el reconocimiento de las
culpas pasadas por parte de la Iglesia es conforme a las exigencias
de la fidelidad al Evangelio y, por tanto, constituye un luminoso
testimonio de su fe en la verdad y en la misericordia del Dios
revelado por Jesús. Lo que hay que evitar es que actos semejantes
sean interpretados equivocadamente como confirmaciones de posibles
prejuicios respecto al cristianismo. Sería deseable, por otra parte,
que estos actos de arrepentimiento estimulasen también a los fieles
de otras religiones a reconocer las culpas de su propio pasado. Como
la historia de la humanidad está llena de violencias, genocidios,
violaciones de los derechos humanos y de los derechos de los
pueblos, explotación de los débiles y divinización de los poderosos,
del mismo modo la historia de las religiones está revestida de
intolerancia, superstición, connivencia con poderes injustos y
negación de la dignidad y libertad de las conciencias. ¡Los
cristianos no han sido una excepción y son conscientes de cuán
pecadores son todos ante Dios!
d) En el diálogo con las culturas se debe tener presente,
ante todo, la complejidad y la pluralidad de las mentalidades con
que se dialoga, respecto a la idea de arrepentimiento y de perdón.
En todos los casos, el hecho de cargar por parte de la Iglesia con
las culpas pasadas debe ser iluminado a la luz del mensaje
evangélico y, en particular, de la presentación del Señor
crucificado, revelación de la misericordia y fuente de perdón,
además de la peculiar naturaleza de la comunión eclesial, una en el
tiempo y en el espacio. Allí donde una cultura fuese totalmente
ajena a la idea de una petición de perdón, deben ser presentadas de
modo oportuno las razones teológicas y espirituales que motivan este
acto a partir del mensaje cristiano y debe ser tenido en cuenta su
carácter crítico-profético. Donde haya que confrontarse con el
prejuicio de una actitud de indiferencia hacia la palabra de la fe,
se debe tener en cuenta un doble posible efecto de estos actos de
arrepentimiento eclesial: si, por una parte, pueden confirmar
prejuicios negativos o actitudes de desprecio y de hostilidad, de
otra parte participan de la misteriosa atracción característica del
«Dios crucificado» 97. Además hay que tener en cuenta el
hecho de que, en el actual contexto cultural, sobre todo en
Occidente, la invitación a la purificación de la memoria implica un
compromiso común a creyentes y no creyentes. Ya este trabajo común
constituye un testimonio positivo de docilidad a la verdad.
e) Con relación a la sociedad civil se debe considerar la
diferencia que existe entre la Iglesia, misterio de gracia, y
cualquier sociedad temporal, pero tampoco se debe olvidar el
carácter de ejemplaridad que la petición eclesial de perdón puede
presentar y el estímulo consiguiente que puede ofrecer de cara a
realizar pasos análogos de purificación de la memoria y de
reconciliación en las más diversas situaciones en las que se podría
reconocer su urgencia. Afirma Juan Pablo II: «La petición de perdón
[...] se refiere, en primer lugar, a la vida de la Iglesia, su
misión de anunciar la salvación, su testimonio de Cristo, su
compromiso por la unidad, en una palabra, la coherencia que debe
caracterizar la existencia cristiana. Pero la luz y la fuerza del
Evangelio, de que vive la Iglesia, tienen la capacidad de iluminar y
sostener, como por sobreabundancia, las opciones y las acciones de
la sociedad civil, en el pleno respeto de su autonomía [...] En los
umbrales del tercer milenio es legítimo esperar que los responsables
políticos y los pueblos, sobre todo los que se encuentran inmersos
en conflictos dramáticos, alimentados por el odio y por el recuerdo
de heridas muchas veces antiguas, se dejen guiar por el espíritu de
perdón y de reconciliación testimoniado por la Iglesia y se
esfuercen por resolver los contrastes mediante un diálogo leal y
abierto» 98.
CONCLUSIÓN
Como conclusión de las reflexiones desarrolladas conviene poner una
vez más de relieve que en todas las formas de arrepentimiento por
las culpas del pasado, y en cada uno de los gestos conectados con
ellas, la Iglesia se dirige, ante todo, a Dios y tiende a
glorificarlo a Él y su misericordia. Precisamente así sabe que
celebra también la dignidad de la persona humana llamada a la
plenitud de la vida en la alianza fiel con el Dios vivo: «La gloria
de Dios es el hombre viviente, la vida del hombre es la visión de
Dios» 99. Actuando de este modo, la Iglesia da testimonio
también de su confianza en la fuerza de la Verdad que hace libres
(cf. Jn 8,32): «su petición de perdón no debe ser entendida
como ostentación de humildad ficticia, ni como retractación de su
historia bimilenaria, ciertamente rica en méritos en el terreno de
la caridad, de la cultura y de la santidad. Responde más bien a una
exigencia de verdad irrenunciable, que, junto a los aspectos
positivos, reconoce los límites y las debilidades humanas de las
sucesivas generaciones de discípulos de Cristo» 100. La
Verdad reconocida es fuente de reconciliación y de paz porque, como
afirma el mismo Papa, «el amor de la verdad, buscada con humildad,
es uno de los grandes valores capaces de reunir a los hombres de hoy
a través de las diversas culturas» 101. También por su
responsabilidad hacia la verdad la Iglesia «no puede atravesar el
umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el
arrepentimiento, de errores, infidelidades, incoherencias y
lentitudes. Reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y
de valentía» 102. Ello abre para todos un mañana nuevo.
SIGLAS
AAS
Acta Apostolicae Sedis (1909ss).
CCL
Corpus Christianorum. Series latina (Turnhout-París 1953ss).
CEC
Catecismo de la Iglesia Católica.
CSEL
Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum (Viena 1866ss).
DH
CONCILIO VATICANO II, Declaración Dignitatis humanae (1965).
GS
CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et spes
(1965).
IM
JUAN PABLO II, Bula Incarnationis mysterium (29-11-1998).
LG
CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen gentium
(1964).
NAe
CONCILIO VATICANO II, Declaración Nostra aetate (1965).
PL
J. P. MIGNE, Patrología latina (París).
RP
JUAN PABLO II, Exhortación Reconciliatio et Paenitentia
(2-12-1984).
SCh
Sources Chrétiennes (París).
TMA
JUAN PABLO II, Carta apostólica Tertio millennio adveniente
(10-11-1994).
UR
CONCILIO VATICANO II, Decreto Unitatis redintegratio (1964).
UUS
JUAN PABLO II, Carta encíclica Ut unum sint (25-5-1995).
NOTAS
1 IM 11.
2 Ibid. Ya en numerosas ocasiones,
pero particularmente en el número 33 de la Carta apostólica
Tertio millennio adveniente, el Papa había indicado a la Iglesia
el camino por recorrer para purificar la propia memoria respecto a
las culpas del pasado y dar ejemplo de arrepentimiento a los
individuos y a la sociedad civil.
3 LG 8.
4 Cf. Extravagantes communes,
lib. V, tít. IX, c.1 (A. FRIEDBERG, Corpus iuris canonici,
t.II, c.1304).
5 Cf. CLEMENTE XIV, Epistola Salutis
nostrae, 30-4-1774, pár. 2. LEÓN XII, Epistola Quod hoc
ineunte, 24-5-1824, pár. 2, habla del «año de expiación, de
perdón y de redención, de gracia, de remisión y de indulgencia».
6 En este sentido se mueve la
definición de la indulgencia que Clemente VI da al instituir, en
1343, la periodicidad del jubileo cada cincuenta años. Clemente VI
ve en el jubileo eclesial «el cumplimiento espiritual» del «jubileo
de remisión y de alegría» del Antiguo Testamento (Lev 25).
7 «Cada uno de nosotros debe examinar
en qué ha caído y examinarse él mismo con más rigurosidad de la que
será examinado por Dios en el día de su cólera», en: Deutsche
Reichstagsakten (Gotha 1893) n. serie, III 390-399.
8 UR 7.
9 GS 36.
10 GS 19
11 NAe 4.
12 GS 43.6.
13 LG 8; cf. UR 6: «La Iglesia,
peregrinante en el camino, está llamada por Cristo a esta reforma
continua, de la que ella, en cuanto institución humana y terrena,
necesita permanentemente».
14 NAe 4.
15 UR 3.
16 Cf. PABLO VI, Carta apostólica
Apostolorum limina, 23-5-1974 (Enchiridion Vaticanum 5,
305).
17 PABLO VI, Exhortación paterna
Cum benevolentia, 8-12-1974 (Enchiridion Vaticanum 5,
526-553).
18 Cf. UUS 88: «Por aquello de lo que somos
responsables, imploro perdón».
19 Por ejemplo, el Papa «pide perdón,
en nombre de todos los católicos, por los comportamientos ofensivos
para con los no católicos en el curso de la historia», entre los
moravios (cf. canonización de Jan Sarkander, en la República checa,
21-5-1995). Ha deseado llevar a cabo «un acto de expiación» y pedir
perdón a los indios de América Latina y a los africanos deportados
como esclavos (Mensaje a los indios de América, Santo
Domingo, 13-10-1992, y Discurso en la Audiencia general del
21-10-1992). Ya diez años antes había pedido perdón a los africanos
por la trata de negros (Discurso en Yaoundé, 13-8-1985).
20 Cf. n.33‑36.
21 Cf. TMA 33.
22 Cf. TMA 33.
23 Cf. TMA 36.
24 Cf. TMA 34.
25 Cf. TMA 35.
26 Este último aspecto aflora en la
TMA sólo en el n.33, allí donde se dice que la Iglesia reconoce como
suyos a los propios hijos pecadores «delante de Dios y delante de
los hombres».
27 Cf. RP 31.
28 Cf. RP 16.
29 Cf. Mt 13,24-30.36-43; SAN
AGUSTÍN, De civitate Dei I, 35: CCL 47, 33; XI, 1: CCL 48,
321; XIX, 26: CCL 48, 696.
30 Sobre los diversos métodos de
lectura de la Sagrada Escritura, cf. el documento de la Pontificia
Comisión Bíblica La interpretación de la Biblia en la Iglesia
(1993).
31 A esta serie pueden referirse como
ejemplos: Dt 1,41 (la generación del desierto reconoce haber pecado
rechazando avanzar para entrar en la tierra prometida); Jue 10,10.12
(en el tiempo de los Jueces el pueblo dice por dos veces «hemos
pecado» contra el Señor, refiriéndose a haber servido a los baales);
1 Sam 7,6 (el pueblo del tiempo de Samuel afirma: «¡Hemos pecado
contra el Señor!»); Núm 21,7 (este texto se distingue por el hecho
de que el pueblo de la generación mosaica admite que, al lamentarse
respecto a la comida, se ha hecho culpable de «pecado» por haber
hablado contra el Señor y también contra su guía humano, Moisés); 1
Sam 12,19 (los israelitas de la época de Samuel reconocen que, al
pedir tener un rey, han añadido éste «a todos sus pecados»); Esd
10,13 (el pueblo reconoce ante Esdras haber «pecado en esta materia»
grandemente, casándose con mujeres extranjeras); Sal 65,2-2; 90,8;
103,10 (107,10-11.7); Is 59,9-15; 64,5-9; Jer 8,14; 14,7; Lam
1,14.18a.22 («Yo» = personificación de Jerusalén); 3,42 (4,13); Bar
4,12-13 (Sión evoca las culpas de sus hijos que han conducido a la
devastación); Ez 33,10; Miq 7,9 («Yo»). 18-19.
32 Por ejemplo: Éx 9,27 (el faraón
dice a Moisés y a Aarón: «Esta vez he pecado, el Señor tiene razón;
yo y mi pueblo somos culpables»); 34,9 (Moisés invoca: «Perdona
nuestra culpa y nuestro pecado»); Lev 16,21 (el sumo sacerdote
confiesa los pecados del pueblo sobre la cabeza del «chivo
expiatorio» el día de la expiación); Éx 32,11-13 (cf. Dt 9,26-29:
Moisés); 32,31 (Moisés); 1 Re 8,33ss (cf. 2 Crón 6,22s: Salomón reza
para que Dios perdone eventuales pecados futuros del pueblo); 2 Crón
28,13 (los jefes de los israelitas afirman: «Nuestra culpa es
grande»); Esd 10,2 (Sekanías dice a Esdras: «Nosotros hemos sido
infieles hacia nuestro Dios, casándonos con mujeres extranjeras»);
Neh 1,5-11 (Nehemías confiesa los pecados cometidos por el pueblo de
Israel, por sí mismo y por la casa de su padre); Est 4,17n (Ester
confiesa: «Hemos pecado contra ti y nos has entregado en las manos
de nuestros enemigos por haber dado gloria a sus dioses»); 2 Mac
7,18.32 (los mártires judíos afirman que están sufriendo a causa de
«nuestros pecados» contra Dios).
33 Entre los ejemplos de este tipo de
confesión nacional se puede remitir a: 2 Re 22,13 (cf. 2 Crón 34,21:
Josías teme la cólera del Señor «porque nuestros padres no han
escuchado las palabras de este libro»); 2 Crón 29,6-7 (Ezequías
afirma: «Nuestros padres han sido infieles»); Sal 78,8ss (un «yo»
reasume los pecados de las generaciones pasadas a partir del Éxodo).
Cf. también el dicho popular citado en Jer 31,29 y Ez 18,2: «Los
padres comieron agraces y los hijos sufren la dentera».
34 Es el caso de textos como los
siguientes: Lev 26,40 (los exiliados son llamados a «confesar su
iniquidad y la iniquidad de sus padres»); Esd 9,5b-15 (oración
penitencial de Esdras, v.7: «Desde los días de nuestros padres hasta
el día de hoy nos hemos hecho muy culpables»; cf. Neh 9,6-37); Tob
3,1-5 (en su oración, Tobías invoca: «No me condenes por mis
pecados, mis errores y los de mis padres», v.3 y prosigue con la
constatación: «no hemos observado tus decretos», v.5); Sal 79,8-9
(este lamento colectivo implora a Dios que «no recuerdes contra
nosotros culpas de antepasados [...] líbranos y borra nuestros
pecados»); 106,6 («hemos pecado como nuestros padres»); Jer 3,25
(«contra Yahvé nuestro Dios hemos pecado nosotros como nuestros
padres»); Jer 14,19-22 («reconocemos, Yahvé, nuestras maldades, la
culpa de nuestros padres», v.20); Lam 5 («nuestros padres pecaron,
ya no existen; y nosotros cargamos con sus culpas», v.7; «¡Ay de
nosotros, que hemos pecado!», v.16b); Bar 1,15‑3,18 («hemos pecado
ante el Señor», 1,17 [cf. 1,19.21; 2,5.24], «no te acuerdes de las
iniquidades de nuestros padres», 3,5 [cf. 2,33; 3,4.4]); Dan 3,26-45
(la oración de Azarías: «Pues con verdad y justicia has provocado
todo esto, por nuestros pecados», v.28); Dan 9,4-19 («pues, a causa
de nuestros pecados y de las iniquidades de nuestros padres,
Jerusalén [...] es el escarnio de todos [...]», v.16).
35 Éstos incluyen falta de confianza
en Dios (así, p. ej., Dt 1,41; Núm 14,10), idolatría (como en Jue
10,10-15), exigencia de un rey humano (1 Sam 12,9), matrimonios con
mujeres extranjeras, en contraste con la Ley divina (Esd 9-10). En
Is 59,13b el pueblo dice de sí «hablar de opresión y revueltas,
concebir y musitar en el corazón palabras engañosas».
36 Cf. el caso análogo del repudio de
las mujeres extranjeras por parte de los judíos, narrado en Esd
9-10, con todas las consecuencias negativas que habría tenido sobre
las mujeres implicadas. La cuestión de una petición de perdón
dirigida a ellas (y o a sus descendientes) no se plantea
propiamente, en cuanto que el repudio es presentado como una
exigencia de la Ley divina (cf. Dt 7,3) en todos estos capítulos.
37 Viene a la mente, a este respecto,
el caso de las relaciones permanentemente tensas entre Israel y
Edom. Este pueblo, no obstante su condición de «hermano» de Israel,
participó y se alegró de la caída de Jerusalén por obra de los
babilonios (cf., p. ej., Abdías 10-14). Israel, como signo de
ultraje por esta traición, no sintió necesidad alguna de pedir
perdón por la matanza de prisioneros edomitas indefensos, perpetrada
por el rey Amazías según 2 Crón 25,12.
38 JUAN PABLO II, «Discurso del 1 de
septiembre de 1999»: L'Osservatore Romano (2-9-1999) 4.
39 Cf. TMA 33-36.
40 TMA 33.
41 Se piense en el motivo, presente
en autores cristianos de diversas épocas, del reproche a la Iglesia
a causa de sus culpas, uno de cuyos ejemplos más representativos lo
constituye el Liber asceticus, de Máximo el Confesor, PL 90,
912-956.
42 LG 8.
43 CEC 770.
44 LG 8.
45 LG 8; cf. también UR 3 y 6.
46 CEC 827.
47 PABLO VI, Credo del Pueblo de
Dios (30-6-1968) n. 19: Enchiridion Vaticanum 3, 264s.
48 LG 39.
49 LG 40.
50 LG 48.
51 SAN AGUSTÍN, Sermo 181, 5,
7: PL 38, 982.
52 SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa
Theol. III q.8 a.3 ad 2.
53 CEC 2839.
54 SAN AMBROSIO, De virginitate
8, 48: PL 16, 278D: «Caveamus igitur, ne lapsus noster vulnus
Ecclesiae fiat». De «herida» infligida a la Iglesia por el pecado de
sus hijos habla también LG 11.
55 TMA 33.
56 K. DELAHAYE, La Comunità, Madre
dei credenti (Cassano M. [Bari] 1974) 110. Cf. también H.
RAHNER, Mater Ecclesia. Inni di lode alla Chiesa tratti dal primo
millennio della letteratura cristiana (Milán 1972).
57 LG 64.
58 SAN AGUSTÍN, Sermo 25, 8:
PL 46, 938: «Mater ista sancta, honorata, Mariae similis, et parit
et Virgo est. Ex illa nati estis et Christum parit: nam membra
Christi estis».
59 CIPRIANO, De Ecclesiae
Catholicae unitate 6: CCL 3, 253: «Habere iam non potest Deum
Patrem qui ecclesiam non habet matrem». El mismo Cipriano afirma en
otro lugar: «Ut habere quis possit Deum Patrem, habeat ante
ecclesiam matrem» (In Ps 88, Sermo 2, 14: CCL 39, 1244).
60 PAULINO DE NOLA, Carmen 25,
171-172: CSEL 30, 243: «Inde manet mater aeterni semine verbi /
concipiens populos et pariter pariens».
61 TMA 35.
62 IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Ad
Romanos, Proem.: SCh 10, 124 (Th. Camelot, París 1958).
63 TMA 33.
64 Discurso a los participantes en el
Simposio Internacional sobre la Inquisición, promovido por la
Comisión Teológico-Histórica del Comité Central del Jubileo, n.4
(31-10-1998).
65 Cf., para cuanto sigue, H. G.
GADAMER, Verdad y método (Salamanca 1977).
66 B. LONERGAN, Il metodo in
teologia (Brescia 1975) 173.
67 TMA 35.
68 JUAN PABLO II, «Discurso del 1 de
septiembre de 1999»: L'Osservatore Romano (2-9-1999) 4.
69 Cf. n.34-36.
70 UR 1.
71 UR 13. TMA 34 dice: «aún más que
en el primer milenio, la comunión eclesial ha conocido dolorosas
laceraciones».
72 UR 13.
73 Ibid.
74 Cf. el Discurso de apertura
de la Segunda sesión del Concilio, del 29 de septiembre de 1964:
Enchiridion Vaticanum 1 (106) n.176.
75 Cf. la documentación
del diálogo de la caridad entre la Santa Sede y el Patriarcado
ecuménico de Constantinopla en el Tómos Agápes: VaticanPhanar
(1958-1970) (Roma-Estambul 1971).
76 UR 7.
77 Ibid.
78 TMA 35.
79 JUAN PABLO II, «Discurso del 1 de
septiembre de 1999»: L'Osservatore Romano (2-9-1999) 4.
80 TMA 35; DH 1.
81 El tema es tratado de modo
riguroso en la Declaración Nostra Aetate del Vaticano II.
82 Cf. JUAN PABLO II, Discurso a
la Sinagoga de Roma (13-4-1986) 4: AAS 78 (1986) 1120.
83 Éste es el juicio del reciente
documento de la Comisión para las Relaciones Religiosas con el
Hebraísmo, Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoah
(Roma, 16-3-1998) 3.
84 Ibid. 7.
85 Ibid. 5.
86 Ibid. 6.
87 Ibid. 5.
88 TMA 36.
89 GS 19.
90 Ibid.
91 TMA 33.
92 Se piense solamente en el signo
del martirio, cf. TMA, 37.
93 UR 6. Es el mismo texto el que
afirma que «la Iglesia peregrina en este mundo es llamada por Cristo
a esta perenne reforma (ad hanc perennem reformationem), de
la que ella, en cuanto institución humana y terrena, necesita
permanentemente».
94 «Opus renovationis nec non
reformationis», ibid., 4.
95 Ibid., 6: «Toda renovación de la
Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad hacia
su vocación».
96 TMA 36.
97 La fórmula, particularmente
fuerte, es de San Agustín: De Trinitate I, 13, 28: CCL 50,
69, 13; Epist. 169, 2: CSEL 44, 617; Sermo
341A: Misc. Agost. 314, 22.
98 JUAN PABLO II, Discurso a los
participantes en el Simposio Internacional de estudio sobre la
Inquisición, promovido por la Comisión Teológico-Histórica del
Comité Central del Jubileo, 5 (31-10-1998).
99 «Gloria Dei vivens homo: vita
autem hominis visio Dei», SAN IRENEO DE LYON, Adversus Haereses
IV, 20,7; SCh 100, t. II,648.
100 JUAN PABLO II, «Discurso del 1 de
septiembre de 1999»: L'Osservatore Romano (2-9-1999) 4.
101 «Discurso al Centro Europeo para
la Investigación Nuclear» (Ginebra, 15-6-1982), en: Insegnamenti
di Giovanni Paolo II, V, 2 (Vaticano 1982) 2321.
102 TMA 33.