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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE ETIOPÍA ANTE LA SANTA SEDE
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Jueves 10 de enero de 1985

 

Señor Embajador:

1. La voluntad que acaba usted de expresar al inaugurar su alta función ante la Santa Sede, es acogida aquí con suma atención. Le doy las gracias y vea en ello la garantía de una nueva etapa feliz y provechosa de nuestras relaciones.

La Santa Sede se alegra al ver que hoy ocupa Usted, como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario, un lugar en el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede que estaba vacante desde hace algún tiempo. Y no dudo que este acontecimiento responde a la voluntad de su Gobierno de reforzar los vínculos ya existentes desde hace mucho tiempo entre Etiopía y la Santa Sede. Le agradeceré tenga la bondad de expresar a su Presidente. Excmo. Lugarteniente Coronel Menguistu Haile Mariam, mi agradecimiento por los sentimientos de afecto de que usted se ha hecho intérprete y mis buenos deseos para su País y para cuantos ostentan 1a dura responsabilidad de su bien.

2. La Santa Sede tiene gran estima y simpatía par Etiopía, sobre todo al considerar su larguísima y gloriosa historia paralela a la historia bíblica. Conoce los pertinaces esfuerzos realizados por su País desde milenios y en diferentes ocasiones, a través de muchas pruebas internas y a pesar de numerosas intervenciones extranjeras, por salvaguardar la identidad de su civilización y los vínculos entre sus provincias, que poseen cada una peculiares riquezas culturales. Si bien los fieles católicos sólo constituyen en su País una pequeña minoría –muy activa y amante de su Patria, por cierto–, la Iglesia Católica se siente afín a la fe y testimonio espiritual de la Iglesia Coptoortodoxa de Etiopía, que ha incidido muy hondamente en el alma de este País, en sus costumbres y en su arte. Como dije en el Concilio Vaticano II, hay que mirar también con respeto y afecto a cuantos profesan la fe en un único Dios y a cuantos siguen la voz de la conciencia y procuran con sinceridad el bien del prójimo. Es decir, que la Iglesia a ninguna sociedad humana considera realmente ajena, sino que presta a cada una atención fraterna.

3. Vuestra Excelencia ha querido destacar algunos ideales comunes a la Santa Sede y a Etiopía en lo referente al modo de conseguir el bien de esta Nación o las relaciones internacionales. En lo que a nosotros concierne puedo asegurarle, y de ello pueden ser testigos muchas naciones, que la Santa Sede, en sus declaraciones y en su actividad, quiere ciertamente la independencia de cada país, como lo afirmé el año pasado cuando recibí al Cuerpo Diplomático. Desea que la soberanía de cada uno sea reconocida y respetada por los demás sin ingerencias directas o solapadas, y que la ayuda internacional respete la civilización y los modos peculiares que cada país tiende a salvaguardar de acuerdo con los deseos de la población. La Santa Sede considera esenciales el reconocimiento y ejercicio de 1os Derechos Humanos fundamentales, la libertad, el respeto de los valores espirituales propios de la cultura del País y la garantía de que todos los ciudadanos puedan profesar y vivir, sin impedimentos, su fe religiosa según las exigencias de la propia comunidad.

4. La Santa Sede no está menos interesada en todo lo que instaura y acrecienta la justicia entre los hombres y entre los grupos sociales, reconociendo en cada persona la misma dignidad sin distinción de sexo, raza, nacionalidad o religión; y también en todo 1o que fomenta la responsabilidad de unos y otros según su talento dentro del respeto del bien común y al servicio de éste. La Santa Sede tiene la convicción de que la práctica de la justicia es la base mas sólida para instaurar y mantener la paz, paz muy necesaria dentro y fuera en orden a emprender reformas auténticas, afrontar necesidades vitales y conseguir que los ciudadanos alcancen la prosperidad que pone a su disposición los medios para alimentarse, cuidarse e instruirse que corresponden a su dignidad. La Santa Sede no ignora que la paz puede verse amenazada por violencias injustas y que es preciso defenderla por el interés de todos; pero piensa asimismo que es menester intentar constantemente sustituir la violencia por soluciones, fruto de negociaciones que respeten la justicia y el honor, y tengan en cuenta las demandas legítimas de las partes, pues la violencia engendra violencia y es devastadora. Tales son los ideales que la Santa Sede proclama claramente y trata de impulsar con los países que la estiman. Con la evaluación razonable de los verdaderos intereses de los pueblos y con el llamamiento a las conciencias, espera suscitar la conformidad de la mayoría de las naciones.

5. En estos momentos Etiopía vive un gran drama, al igual que muchos países de África: el de la sequía, que sigue agravándose y origina el hambre, cuya solución se está retardando con el perdurar de los conflictos armados aquí y allá. Son millones las personas que padecen esta falta vital de alimentación que les marcará durante largo tiempo, y otros millares mueren cada día y, entre estos, gran número de niños. Organizaciones internacionales, Gobiernos y Asociaciones de ayuda del mundo entero se han conmovido y organizan socorros inmediatos necesarios, con la esperanza de que se encuentren soluciones de largo alcance. ¿Cómo podía no levantar la voz el Papa para reanudar y ampliar este llamamiento? Por medio del Pontificio Consejo «Cor Unum», los organismos de «Cáritas» y otras muchas iniciativas, la Iglesia Católica toma parte localmente en esta obra solidaria, como usted mismo ha tenido la bondad de destacar; y está dispuesta a proseguir y ampliar esta actividad humanitaria en la medida de sus posibilidades, por desgracia demasiado limitadas, y ello en beneficio de todos los pueblos que sufren hambre, sin distinción de religión o campo. Está agradecida al Gobierno etíope de la confianza que le presta en el reparto de socorros.

Pero tal participación en las ayudas de urgencia, tan coherente con la caridad que figura en el corazón mismo del mensaje cristiano, no expresa toda la aportación que la Iglesia está dispuesta a ofrecer al mundo; de ello Su Excelencia está convencido. Como he recordado más arriba, desea actuar en favor de la promoción integral y solidaria de los hombres, en todos los lugares donde se le da confianza y dentro del respeto de las personas e instituciones de cada país; desea ver incrementarse todo 1o que garantiza la dignidad de las personas, su salud, instrucción, cultura, valores familiares, justicia y fraternidad sociales, integridad moral y relaciones con Dios mismo. Esto indica la importancia que atribuye a la educación, y a ésta se complace en dedicar sus fuerzas. Por medio del testimonio de sus hijos y de 1a actividad internacional de la Santa Sede, en el marco de su misión espiritual, tiene la ambición de que los hombres y mujeres estén mejor preparados para las responsabilidades que habrán de ejercer con competencia y espíritu de servicio imparcial, para el bien de todos sus compatriotas y con miras al bien común internacional. ¡Ojalá se unan en este proyecto común los hombres de buena voluntad!

De esto será usted testigo, Señor Embajador, en las relaciones especiales que mantendrá en adelante con la Santa Sede en nombre de su Gobierno. Y a su vez, usted nos comunicará los problemas y anhelos de sus compatriotas, seguro de que la Santa Sede quiere el mayor bien para su Nación y para cuantos la constituyen en su diversidad. Esta disponibilidad recíproca la confiamos a la gracia de Dios, que sondea las voluntades e ilumina los corazones rectos. A usted, Señor Embajador, le deseo que cumpla una misión feliz y fecunda.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.9, p.11.

 



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