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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DEL LÍBANO
ANTE LA SANTA SEDE
*

Sábado 8 de junio de 1985


Señor Embajador:

La coyuntura libanesa impregna de gravedad la presentación de las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República del Líbano ante la Santa Sede. Desde hace más de diez años, su muy amada Patria está envuelta en una tormenta. Quizás la opinión pública se ha acostumbrado, desgraciadamente, a ello. Por el contrario, sus compatriotas y los numerosos amigos del Líbano no han dejado de esperar la aurora de la paz. Le agradezco su discurso de ahora en el que se entremezclan el agradecimiento a la solicitud constante de la Sede Apostólica para con el pueblo libanés, y la espera de ayuda urgente de las naciones a fin de contribuir a la restauración de un país sumamente desgraciado. Y quiero expresar a Vuestra Excelencia la seguridad de mi vivísima comunión en los sufrimientos de todos los habitantes de esa tierra que tanto atrae con su historia marcada por muchos valores humanos e impregnada por una gran fe religiosa.

Ciertamente estaríamos tentados de desesperar si se mira sólo al último decenio. Gracias a Dios, existen muchos libaneses – debo decir grandísimo número de libaneses – que no han consentido que los vientos de la dejadez y del derrotismo apagaran la tenue llama de la esperanza. Vuestra Excelencia sigue confiando como muchas otras personalidades. Es decisivo para las poblaciones que los responsables mantengan la preocupación por el bien común y la lucidez indispensable para salvaguardar el porvenir de la nación, no obstante la acumulación de dificultades. Estoy igualmente cierto de que las poblaciones libanesas sabrán cooperar asimismo en todos los esfuerzos que se emprendan con el fin de consolidar las instituciones, restaurar la vida en sociedad y crear un clima de confianza mutua. El porvenir del Líbano está en manos de todos sus hijos, en el sentido de que toda persona humana – sean las que fueren sus opciones políticas o pertenencia religiosa, y sus pruebas y decepciones – lleva en sí reservas sorprendentes de reconstrucción moral, y espiritual. Tocamos aquí el misterio mismo de la persona humana que participa del mundo de la materia y, al mismo tiempo, del mundo del espíritu. La persona humana ha sido creada a imagen de Dios. Cuando esta dimensión espiritual se reconoce con plena conciencia, es generadora de toda clase de elevaciones del individuo y de las comunidades. La inteligencia del hombre, su voluntad libre y su corazón abierto magnánimamente son fuente de comprensión, respeto, solidaridad, dinamismo y espíritu democrático auténtico capaz de hacer converger las diferencias hacia el bien de todos.

Mis propósitos coinciden con los de Vuestra Excelencia. Tienen en cuenta también un factor común a todas las poblaciones del Líbano: la fe en un Dios único, la cual puede y debe fomentar la reconciliación nacional.

Quisiera indicar asimismo dos elementos fundamentales que los libaneses han de tener sumo interés en desarrollar. De una parte, la persistencia en el suelo de su Patria del encuentro y coexistencia de tradiciones religiosas diferentes. Lejos de ser origen de enemistad y extremismo la pertenencia a una confesión religiosa debe inspirar, por el contrario, sentimientos de comprensión y una colaboración concreta con vistas al bien material y espiritual de la comunidad nacional. De otra parte, durante tiempo el Líbano ha aceptado un pluralismo cultural. Su situación de encrucijada entre Oriente y Occidente explica también este fenómeno. Son muchos los observadores avisados los cuales afirman que este pluralismo cultural ha sido factor de progreso para el País, si bien es de lamentar que unas regiones se han beneficiado de ello menos que otras. Puede tal vez sufrir adaptaciones, pero conserva toda su razón de ser. En esta doble dirección deseo ardientemente que los responsables y el pueblo den nuevos pasos. Dios Todopoderoso, invocado por la grandísima mayoría de los libaneses, ayude a cada uno a revisar y a cambiar su mentalidad y comportamientos para que de nuevo prevalezcan en los espíritus y corazones los valores humanos y espirituales que forman o rehacen la trama de toda sociedad humana y de toda civilización digna de pasar a la historia: respeto sagrado a la vida, aceptación de todas las personas sin discriminación, sacrificio del interés particular en provecho del bien general, protección de los derechos y libertades inalienables y fidelidad diaria al deber y a la conciencia. En este sentido hablé a la Delegación Parlamentaria Libanesa, que vino a visitarme el pasado 29 de marzo.

Mi anhelo ferviente y último es que las naciones de buena voluntad se pongan de acuerdo, por fin, siempre dentro del mayor respeto a la soberanía del Líbano, para liberar al País del azote de la guerra y contribuir a devolverle la paz y felicidad.

Señor Embajador: una vez más le doy las gracias por sus palabras rebosantes de nobleza y sabiduría. Y para su persona y la alta misión que le ha confiado el Señor Presidente Amin Gemayel, mis más cordiales deseos. Dios le ayude y nos otorgue a todos actuar con valentía por la paz del mundo.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 32, p.10.



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